Homilía – Domingo V de Tiempo Ordinario

1.- Una luz que alumbra hacia abajo (Is 58, 7-10)

Hay luces que alumbran hacia arriba y no nos permiten ver la realidad que nos rodea…, aunque sean luces fuertes. Peo las hay que, aun no siendo fuertes, como no es fuerte la aurora, alumbran hacia abajo, haciéndonos descubrir la realidad y la vida cotidiana.

La lectura de Isaías está escogida para hoy por el tema de la luz-. «Entonces romperá tu luz como la aurora ¿Cómo le parece al profeta que alguien pueda iluminar y sentir sana su propia carne? Apunta hacia abajo. Y en ese abajo hacia los más «abajados»: hambrientos, sin techo, desnudos… Todo, sin embargo, parte de «la propia carne», a la que sería absurdo cerrarse. La luz se expande desde la solidaridad. Se genera con la aurora que «rompe» la oscuridad del egoísmo… y se va haciendo pleno día en la donación.

«Iluminar las tinieblas», hacer que la «propia oscuridad se vuelva pleno día»… pasa, en el profeta, por el ejercicio de una caridad fraterna, no sólo de acciones, sino de auténtica conversión del corazón: «Desterrar la opresión, el gesto amenazador y la maledicencia». Sólo desde ahí se puede compartir el pan. Y del compartir surge la luz.

 

2.- La debilidad y el miedo (1Cor 2, 1-5)

Por raro que parezca, son también «cualidades» de la apostólica… Cuando pensamos en el apóstol, nos viene a la mente con más facilidad la «valentía», Pero, la vida apostólica está hecha de paradojas. La experiencia de Pablo le llevará a confesar que «la fuerza se realiza en la debilidad». Y es que valentía no puede confundirse con arrogancia.

El arrogante se apega a su «sublime elocuencia o sabiduría». El arrogante va por la vida intentando lucirse… Pero, la cruz de Cristo daba para poco lucimiento. Ella es, sin embargo, el orgullo de Pablo. En medio de lucimientos arrogantes, él no se precia sino en Cristo Crucificado… Pablo es el apóstol del Resucitado; en una «experiencia gloriosa» comienza su cambio… Pero, la vida cristiana le enseña a agarrarse a la cruz como estilo y camino de predicación.

Contra «la persuasiva sabiduría humana», la cruz se convierte paradójicamente en confesión del poder de Dios El poder es gloria manifestada en Cristo resucitado. Pero el camino lo traza el crucificado, rompiendo los esquemas de llegada a la gloria.

3.- Una luz que alumbra a todos (Mt 5, 13-16)

Que era luz lo dijo Jesús de sí mismo, cumpliendo el oráculo profético de «ser luz para todas las naciones». Pero, Jesús también aplicó la metáfora a los discípulos, junto con la sal.

De la utilidad de ambas y de su mal uso saca Jesús consecuencias prácticas para el estilo del discipulado. De la sal, la necesidad de «saber» a Cristo que tiene nuestro mundo… Se trata de una sal esparcida que, a través de cada insignificante grano, llega a salar el conjunto… Y una sal que es inútil, cuando se ha vuelto sosa, cuando

ya no puede dar sabor. Su destino es «ser tirada» y tratada sin respeto: «Tirarla fuera y que la pise la gente». Nos recuerda nuestro soneto: «Haz de tu sal sabor y garantía./ Verás cómo a tu zaga irá la gloria/ del Señor, pregonando tu victoria/ y el fulgor de un intenso mediodía».

De la luz se derivan también consecuencias para el discipulado. Debe estar en un sitio visible… La visibilidad que al discípulo le da el testimonio. La cima del monte y el candelero no son lugares de altura soberbia; lo son de altura servicial: la ciudad, para ser divisada desde lejos; la lámpara «para que alumbre a todos los de casa». El discípulo se hace visible y alumbra con sus obras…

Pero la gloria va también a lo alto; es «para el Padre q está en los cielos». Nos advierte también nuestro poeta:
«Tú que buscas la luz, haz de tu vida/ luz que encienda
los vidrios de la aurora..,,/ que transforme tu carne pecadora/ en arcilla de amor recién nacida…».

Sal y luz del servicio

Tú, que buscas la «Luz», haz de tu vida
luz que encienda los vidrios de la aurora…,
que transforme tu carne pecadora
en arcilla de amor recién nacida…;

que alumbre el caminar de su seguida
-sin condiciones de lugar ni hora-
tras la justicia redistribuidora
de tu pan…, tus vestidos…, tu acogida…

No fíes de oratoria o escenario,
que no sean la sangre y el calvario.
Haz de tu «sal» sabor y garantía.

Verás cómo a tu zaga irá la gloria
del Señor, pregonando tu victoria,
y el fulgor de tu intenso mediodía.

 

Pedro Jaramillo

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