La Vida de Jesús – Fco. Fernández-Carvajal

3.- LA MUERTE DE LOS INOCENTES. LA VUELTA DE EGIPTO

Mt 8, 16-22

Herodes esperaba a los Magos, quizá con curiosidad y también con cierta preocupación por las noticias del nacimiento del que habían llamado rey de los judíos. No debía de estar muy lejos la Sagrada Familia cuando le dijeron que aquellos orientales se habían marchado con su pequeño séquito y que la casa donde había vivido el Niño estaba vacía. Herodes contaba con buenos informadores en todas partes. Y cuando recibió estas noticias se sintió burlado y en ridículo, y seirritó en extremo. Este estado de cólera y las medidas que tomó a continuación se explican bien si se tiene en cuenta que Herodes sufrió manía persecutoria, viendo siempre competidores de su realeza. Ha pasado a la historia en buena parte por su crueldad.

Entonces, probablemente al día siguiente de la noche en que la Sagrada Familia emprendió la huida, mandó matar a todos los niños que había en Belén y toda su comarca, de dos años para abajo, con arreglo al tiempo que cuidadosamente había averiguado de los Magos. Quería asegurarse así de que eliminaba al Niño.

Belén era un pueblo pequeño que apenas llegaría a los dos mil habitantes, contando los caseríos de los alrededores. Teniendo en cuenta el número de nacimientos en una población así, la mortalidad infantil -que en aquellos tiempos era muy alta- y que la mitad aproximadamente son niñas, se ha calculado que el número de los niños asesinados debió de estar entre los veinte y los treinta[1].

El dolor, y mucho más el de los inocentes, no tiene fácil explicación. Estos niños apenas se enteraron de su sacrificio; en el Cielo conocerían enseguida que habían muerto en lugar del Mesías y la gloria que les esperaba. Para los padres el dolor sería más largo. Pero más tarde comprenderían cómo Dios había estado en deuda con ellos y cómo ahora les pagaba con creces.

La noticia de la muerte de aquellos pequeños debió de llegar pronto a la colonia judía de Egipto donde se encontraba la Sagrada Familia, pues eran muchos los mercaderes que partiendo de Jerusalén hacían aquellos recorridos. María y José se conmovieron ante tanta barbarie. Nadie se explicaba aquella nueva locura de Herodes. Ellos sí sabían que el rey buscaba la muerte de su Hijo.

Herodes murió en su palacio de invierno de Jericó, en la primavera del año 750 de la fundación de Roma. Su cuerpo fue llevado a Belén y sepultado solemnemente cerca de la fortaleza-palacio llamada Heroclium[2].

José levantó una vez más su hogar y tuvo la intención de dirigirse a Judea, a Belén, de donde partieron para Egipto[3]. Pero por el camino debió de enterarse del carácter del nuevo gobernante de Judea. De hecho, Arquelao era un hombre despótico como su padre, y fue mal recibido por el pueblo.

José llevaba un tesoro demasiado valioso para exponerlo a cualquier peligro, y temió ir allá. Mientras reflexionaba dónde sería más conveniente para Jesús instalarse -siempre es Jesús lo que motiva las decisiones de su vida-, fue de nuevo avisado en sueños y marchó a la región de Galilea, a Nazaret, el pueblo pequeño y desconocido donde había tenido lugar la Anunciación. Volvía de nuevo al lugar donde conocía a todos y todos le conocían a él.

Allí, en Galilea, gobernaba Herodes Antipas, con muchos errores, pero era menos sanguinario que su padre. Es de notar que Nazaret distaba solamente unos cinco kilómetros de Séforis, donde tenía su corte el rey Antipas, hasta que se trasladó a Tiberíades en el año 18. Fueron, pues, vecinos durante un buen número de años.

Y a Nazaret se dirigió José, con un ánimo que rondaba entre la inquietud por la seguridad de Jesús y la alegría de hallarse de nuevo en tierra conocida. Allí encontró antiguos amigos y parientes. Sin duda le harían preguntas de no fácil respuesta: de dónde venía, qué había pasado en todo ese tiempo… Reanudó amistades y pronto se adaptó a una nueva tierra, la suya, y vivió con Jesús y María unos años de felicidad y de paz hasta su muerte.


[1] En ocasiones se ha hablado de centenares, incluso de miles. Se ha llegado a dar la cifra de 144.000, identificando a los inocentes con los que preceden al Cordero mencionados en el Apocalipsis (Ap 7, 9). La cifra, como es lógico, es mucho más pequeña.

[2] FLAVIO JOSEFO, Antigüedades judías, XVIII, VI, 5.

[3] Entonces, reinando ya Arquelao, José recibió un nuevo aviso del ángel: Levántate, toma al niño y a su madre y vete a la tierra de Israel; pues han muerto ya los que atentaban contra la vida del niño (Mt 2, 20). Parece probable que la Sagrada Familia permaneciera en Egipto unos dos años y algunos meses.