Comentario – Viernes IV de Tiempo Ordinario

No es la primera vez que el evangelio alude a la fama de Jesús, que, en la medida en que éste extendía el radio de sus actuaciones, se iba acrecentando. Jesús y sus milagros han adquirido ya tal notoriedad (y sonoridad) que han llegado a oídos de los grandes jerarcas de la nación, concretamente del rey Herodes, sucesor de aquel otro Herodes que provocó la matanza de los Inocentes. Pero en la corte del rey había diferentes opiniones acerca del afamado. Unos decían que era Juan el Bautista redivivo –puesto que había sido decapitado no mucho tiempo atrás por orden del mismo Herodes-; otros decían que era una reencarnación o representación de Elías –del cual se decía que estaba para venir-; y otros, que era simplemente un profeta equiparable a los antiguos profetas de la tradición judaica. Herodes, al oír semejantes opiniones, decía: Es Juan, a quien yo decapité, que ha resucitado.

La expresión del rey es significativa. Revela en él una herida nunca cerrada, un sentimiento de culpabilidad respecto de Juan el Bautista, ese profeta cuya voz él había silenciado porque le estaba acusando continuamente, pero con justicia, de una conducta reprobable. Pero el rey era consciente de haber dado muerte a un inocente, más aún, a un verdadero profeta del Altísimo, llevado por el deseo de congraciarse con sus invitados, siendo incapaz de enfrentar las exigencias vengativas de una mujer que aborrecía al acusador y juez de sus desmanes y caprichos. Mas como no soportaba la verdad que brillaba en las ardientes palabras del profeta, decidió cerrarle la boca para siempre. Por eso, a la primera ocasión que tuvo, pidió su cabeza, y además en bandeja de plata. No le bastaba con verle encarcelado; pues, incluso en la cárcel, la palabra de Juan, más aún, su misma presencia encarcelada, seguía siendo molesta, ya que seguía censurando su conducta ilícita o adulterina. Pero el verdadero profeta nunca se doblega a los deseos de los poderosos, porque no está a su servicio, sino al servicio de alguien que está por encima de ellos, al servicio de Dios y de su ley. Y en semejante situación no es extraño que surja un conflicto de intereses que es conflicto de poderes. El interés del poderoso no suele detenerse ante la injusticia ejercida sobre los más débiles; pero Dios no puede tolerar semejante quebrantamiento de la justicia.

Por eso, el profeta, que sirve a los intereses de Dios, tiene que levantar su voz contra ese crimen aunque en ello le vaya la vida. Esto es lo que le sucedió a un mártir de la verdad, como Juan el Bautista, cuya palabra resultó intolerable para los poderosos de este mundo. Primero lo encerraron en la cárcel y después lo mandaron decapitar, porque ni siquiera encarcelado podían doblegarlo. Su alma era tan libre que no había manera de encadenarla sino desterrándola de este mundo. La tristeza de Herodes, que era consciente de su cobardía, se había convertido en una enfermedad crónica. No es extraño que los remordimientos de conciencia no le dejaran dormir o que muchas noches se le apareciera el fantasma de aquel hombre decapitado o de su cabeza removiéndose sobre la bandeja. No sorprende que ahora dijera: Es Juan, a quien yo decapité, que ha resucitado para pedirme cuentas de lo que hice. El fantasma de Juan lo perseguía. Sucede que los poderosos son más débiles y pusilánimes de lo que aparentan ser en todo su esplendor palaciego. Y cuando les falla el más mínimo resorte en el que apoyan su poder, se desmoronan. Son ídolos con pies de barro. Sin embargo, el profeta, cuanto más débil y debilitado parece, cuando dispone de menos recursos o libertad de acción, más se acrecienta su figura y más crece su dignidad; y más se afianza su misión, porque tendrá continuadores que tomen el relevo. Es verdad, los profetas resucitan porque nunca acaba su dinastía, porque siempre tienen seguidores, porque el mismo Dios está detrás de ellos garantizando su continuidad, porque la misión de Dios no puede fracasar y la verdad no puede agonizar.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

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