I Vísperas – Domingo V de Tiempo Ordinario

I VÍSPERAS

DOMINGO V DE TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Como una ofrenda de la tarde,
elevamos nuestra oración;
con el alzar de nuestras manos,
levantamos el corazón.

Al declinar la luz del día,
que recibimos como don,
con las alas de la plegaria,
levantamos el corazón.

Haz que la senda de la vida
la recorramos con amor
y, a cada paso del camino,
levantemos el corazón.

Gloria a Dios Padre, que nos hizo,
gloria a Dios Hijo Salvador,
gloria al Espíritu divino:
tres Personas y un solo Dios. Amén.

SALMO 140: ORACIÓN ANTE EL PELIGRO

Ant. Suba mi oración, Señor, como incienso en tu presencia.

Señor, te estoy llamando, ve de prisa,
escucha mi voz cuando te llamo.
Suba mi oración como incienso en tu presencia,
el alzar de mis manos como ofrenda de la tarde.

Coloca, Señor, una guardia en mi boca,
Un centinela a la puerta de mis labios;
no dejes inclinarse mi corazón a la maldad,
a cometer crímenes y delitos
ni que con los hombres malvados
participe en banquetes.

Que el justo me golpee, que el bueno me reprenda,
pero que el ungüento del impío no perfume mi cabeza;
yo seguiré rezando en sus desgracias.

Sus jefes cayeron despeñados,
aunque escucharon mis palabras amables;
como una piedra de molino, rota por tierra,
están esparcidos nuestros huesos a la boca de la tumba.

Señor, mis ojos están vueltos a ti,
en ti me refugio, no me dejes indefenso;
guárdame del lazo que me han tendido,
de la trampa de los malhechores.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Suba mi oración, Señor, como incienso en tu presencia.

SALMO 141: TÚ ERES MI REFUGIO

Ant. Tú eres mi refugio y mi lote, Señor, en el país de la vida.

A voz en grito clamo al Señor,
a voz en grito suplico al Señor;
desahogo ante él mis afanes,
expongo ante él mi angustia,
mientras me va faltando el aliento.

Pero tú conoces mis senderos,
y que en el camino por donde avanzo
me han escondido una trampa.

Mira a la derecha, fíjate:
nadie me hace caso;
no tengo adónde huir,
nadie mira por mi vida.

A ti grito, Señor;
te digo: «Tú eres mi refugio
y mi lote en el país de la vida.»

Atiende a mis clamores,
que estoy agotado;
líbrame de mis perseguidores,
que son más fuertes que yo.

Sácame de la prisión,
y daré gracias a tu nombre:
me rodearán los justos
cuando me devuelvas tu favor.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Tú eres mi refugio y mi lote, Señor, en el país de la vida.

CÁNTICO de FILIPENSES: CRISTO, SIERVO DE DIOS, EN SU MISTERIO PASCUAL

Ant. El Señor Jesús se rebajó, y por eso Dios lo levantó por los siglos de los siglos.

Cristo, a pesar de su condición divina,
no hizo alarde de su categoría de Dios;
al contrario, se despojó de su rango
y tomó la condición de esclavo,
pasando por uno de tantos.

Y así, actuando como un hombre cualquiera,
se rebajo hasta someterse incluso a la muerte,
y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo levantó sobre todo
y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»;
en el cielo, en la tierra, en el abismo,
y toda lengua proclame:
Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El Señor Jesús se rebajó, y por eso Dios lo levantó por los siglos de los siglos.

LECTURA: Rom 11, 33-36

¡Qué abismo de generosidad, de sabiduría y conocimiento, el de Dios! ¡Qué insondables sus decisiones y qué irrastreables sus caminos! ¿Quién conoció la mente del Señor? ¿Quién fue su consejero? ¿Quién le ha dado primero para que Él le devuelva? Él es el origen, guía y meta del universo. A Él la gloria por los siglos. Amén.

RESPONSORIO BREVE

R/ Cuántas son tus obras, Señor.
V/ Cuántas son tus obras, Señor.

R/ Y todas las hiciste con sabiduría.
V/ Tus obras, Señor.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Cuántas son tus obras, Señor.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Sed como la luz que alumbra a todos los de la casa.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Sed como la luz que alumbra a todos los de la casa.

PRECES
Glorifiquemos a Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, y supliquémosle, diciendo:

Escucha a tu pueblo, Señor.

Padre todopoderoso, haz que florezca en la tierra la justicia
— y que tu pueblo se alegre en la paz.

Que todos los pueblos entren a formar parte en tu reino,
— y obtengan así la salvación.

Que los esposos cumplan tu voluntad, vivan en concordia
— y sean siempre fieles a su mutuo amor.

Recompensa, Señor, a nuestros bienhechores
— y concédeles la vida eterna.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Acoge con amor a los que han muerto víctimas del odio, de la violencia o de la guerra
— y dales el descanso eterno.

Movidos por el Espíritu Santo, dirijamos al Padre la oración que nos enseñó el Señor:
Padre nuestro…

ORACION

Vela, Señor, con amor continuo sobre tu familia; protégela y defiéndela siempre, ya que sólo en ti ha puesto su esperanza. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Sábado IV de Tiempo Ordinario

1) Oración

Señor: concédenos amarte con todo el corazón y que nuestro amor se extienda, también, a todos los hombres. Por nuestro Señor.

2) Lectura

Del Evangelio según Marcos 6,30-34
Los apóstoles se reunieron con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y lo que habían enseñado. Él, entonces, les dice: «Venid también vosotros aparte, a un lugar solitario, para descansar un poco.» Pues los que iban y venían eran muchos, y no les quedaba tiempo ni para comer. Y se fueron en la barca, aparte, a un lugar solitario. Pero les vieron marcharse y muchos cayeron en cuenta; y fueron allá corriendo, a pie, de todas las ciudades y llegaron antes que ellos. Y al desembarcar, vio mucha gente, sintió compasión de ellos, pues estaban como ovejas que no tienen pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas.

3) Reflexión

• ¡El evangelio de hoy está en vivo contraste con el de ayer! De un lado, el banquete de la muerte, promovido por Herodes con los grandes del reino en el palacio de la Capital, durante el cual Juan Bautista fue asesinado, (Mc 6,17-29). Por el otro lado, el banquete de vida, promovido por Jesús con el pueblo hambriento de Galilea allí en el desierto (Mc 6,30-44). El evangelio de hoy nos trae la introducción a la multiplicación de los panes y describe la enseñanza de Jesús.
• Marcos 6,30-32. La acogida dada a los discípulos. “Los apóstoles se reunieron con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y lo que habían enseñado. Él, entonces, les dice: «Venid también vosotros aparte, a un lugar solitario, para descansar un poco» Estos versículos nos muestran como Jesús formaba a sus discípulos. No se preocupaba sólo del contenido de la predicación, sino que también del descanso. Los llevó a un lugar tranquilo para poder descansar y hacer una revisión.
• Marcos 6,33-34. La acogida a la gente. La gente percibió que Jesús había ido por el otro lado del lago, y se fue detrás procurando alcanzarle, andando por tierra, hasta el otro lado. “Y al desembarcar, vio mucha gente, sintió compasión de ellos, pues estaban como ovejas que no tienen pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas”. Al ver aquella multitud, Jesús sintió dolor, “pues estaban como ovejas sin pastor”. El olvida el descanso y se pone a enseñar. Al percibir a la gente como oveja sin pastor, Jesús empieza a ser pastor. Empieza a enseñar. Como dice el Salmo “¡El Señor es mi pastor! ¡Nada me falta¡ Fortalece mi alma; me guía por el recto sendero por amor de su Nombre. Aunque pase por quebradas oscuras, no temo ningún mal, porque tú estás conmigo; tu bastón y tu vara me confortan. Tu preparas ante mi una mesa, frente a mis adversarios” (Sal 23,1.3-5). Jesús quería descansar junto con los discípulos, pero la necesidad de la gente lo lleva a dejar de lado el descanso. Algo semejante aconteció cuando se encontró con la samaritana. Los discípulos fueron a buscar comida. Al volver, dijeron a Jesús: “Maestro, ¡come algo!” (Jn 4,31), pero él respondió: “Tengo un alimento que ustedes no conocen” (Jn 4,32). El deseo de atender la necesidad de la gente samaritana le lleva a no pensar en el hambre. “Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a cabo su obra” (Jn 4,34). En primer lugar atiende a la gente que lo busca. La comida viene después.
• Y se puso a enseñarles muchas cosas. El evangelio de Marcos dice muchas veces que Jesús enseñaba. La gente quedaba impresionada: “¡Una nueva enseñanza! ¡Dada con autoridad! ¡Diversa de los escribas!” (Mc 1,22.27). Enseñar era lo que Jesús más hacía (Mc 2,13; 4,1-2; 6,34). Era su costumbre (Mc 10,1). Más de quince veces Marcos dice que Jesús enseñaba, pero raramente dice lo que enseñaba. ¿Es que a Marcos no le interesa el contenido? ¡Depende de a qué se le llama contenido! Enseñar no es sólo una cuestión de enseñar nuevas verdades a la gente. El contenido que Jesús tenía para dar no se manifestaba sólo en las palabras, sino también en los gestos y en su manera de relacionarse con la gente. El contenido no está nunca desligado de la persona que lo comunica. Jesús era una persona acogedora (Mc 6,34). Quería mucho a la gente. La bondad y el amor que se desprendían de sus palabras formaban parte del contenido. Contenido bueno sin bondad es como leche derramada. Esta nueva manera de enseñar de Jesús se manifestaba de muchas maneras. Jesús acepta a sus discípulos no solamente a hombres, sino también a mujeres. Enseña no sólo en la sinagoga, sino en cualquier lugar donde hubiera gente dispuesta a escucharle: en la sinagoga, en casa, en la playa, en el monte, en la llanura, por el camino, en el barco, en el desierto. No crea una relación de alumno-profesor, sino de discípulo a maestro. El profesor da clases y el alumno está con él durante ese tiempo. El maestro da testimonio y el discípulo vive con él muchas horas al día. ¡Es más difícil ser maestro que profesor! Nosotros no somos alumnos de Jesús, ¡somos discípulos y discípulas! La enseñanza de Jesús era una comunicación que desbordaba de la abundancia de su corazón en las formas más variadas: como conversación que trata de esclarecer los hechos (Mc 9,9-13), como comparación que hace que la gente piense y participe (Mc 4,33), como explicación de lo que el mismo hacía (Mc 7,17-23), como discusión que no huye de lo que es polémico (Mc 2,6-12), como crítica que denuncia lo que es falso y equivocado (Mc 12,38-40). Era siempre un testimonio de lo que él mismo vivía, ¡una expresión de su amor! (Mt 11,28-30).

4) Para la reflexión personal

• ¿Qué haces tu cuando debes enseñar a los otros algo de la fe y de la religión? ¿Imita a Jesús?
• Jesús se preocupa no sólo del contenido, sino también del descanso. ¿Cómo fue la enseñanza de religión que recibiste en tu infancia? Los/las catequistas ¿imitaban a Jesús?

5) Oración final

¿Cómo purificará el joven su conducta?
Observando la palabra del Señor.
Te busco de todo corazón,
no me desvíes de tus mandatos. (Sal 119,9-10)

El efecto de la luz

1.- Las tinieblas debieron asustar mucho a los hombres de la antigüedad. No es difícil pensar que la noche estaba llena de peligros reales e irreales. Con la luz, por el contrario, volvía la paz y era fácil extasiarse ante la contemplación de la naturaleza. La Biblia nos enseña que las apariciones de los ángeles, de los enviados de Dios, estaban rodeadas de una luz muy especial y que sus rostros y vestidos se convertían en luminiscentes. La escena de la Transfiguración también nos aporta ese efecto lumínico de indudable importancia. Hay científicos que afirman que la luz será el próximo vehículo de comunicación en el espacio sustituyendo, por un lado, a la transmisión de ondas hertzianas propias de la radiofrecuencia y, por otro, al empuje de los motores de chorro. La luz, como vehículo de comunicación y de tracción, es algo intelectualmente muy atractivo, aunque no tenga –por ahora– confirmación científica.

2.- Nuestro Señor Jesús se ofrece también como luz del mundo y lo es. Tras cerrar los ojos Jesús, allá en el Gólgota, fueron sus seguidores los encargados de hacer de luz y de guía en la tierra. Los discípulos deben ser guía luminosa para el género humano. Es una responsabilidad enorme convertirse en faro y guía de los hermanos. Incluso es un proyecto de tal magnitud que sin la ayuda de Dios será imposible acometer. Y así los elegidos para guiar a los otros serán como los satélites que reflejan la luz de Sol. Y es evidente que una luna llena no tiene comparación con la potencia lumínica del Astro Rey pero su ayuda es muy placentera y su belleza también. Aunque siempre hay que tener en cuenta que la luz no es propia.

3.- «Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo». La luz iluminará nuestras buenas obras y ellas servirán para entender que es Dios quien nos ayuda a acometerlas, hasta el punto que podemos ser, indignamente, reflejo del mismo Dios. El foco divino proyectado hacia nosotros no solo servirá como guía, sino que dará claridad a nuestras mentes, pero, a su vez, mostrará nuestro propio quehacer. Tenemos que acometer obras buenas para que la luz de Dios las ilumine. ¿Podría esa misma luz iluminar nuestras malas obras? La otra comparación habla de ser la sal del mundo.

En la antigüedad la sal era un bien escaso, incluso en zonas y países cercanos al mar. Por tanto, tenía un gran valor. La sal ayuda a condimentar los alimentos, a darles agradable sabor. «Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente». Si la sal pierde su virtud será pisoteada. Es también una llamada de atención a la calidad de nuestras obras. El Señor Jesús no deja sitio a las dudas. Hemos de trabajar mucho para merecer su luz y mostrársela a los hermanos.

4.- La primera lectura pertenece al profeta Isaías y completa perfectamente el mensaje total de las lecturas de este Quinto Domingo del Tiempo Ordinario. Hay que dar pan al hambriento para que luz del Señor llegue a nosotros. Nuestras obras van a ser fundamentales para Dios nos otorgue su luz. San Pablo, a su vez, en la Carta a los Corintios, aporta algo que es más fundamental: nuestra capacidad para presentar la predicación de la Palabra de Dios solo es posible con la ayuda del Espíritu. No podemos atribuir a mérito propio los resultados del trabajo en el apostolado. Esa es una excelente receta pues alguno le pueden confundir sus «buenas dotes» como lector o predicador, su facilidad de palabra o su erudición bíblica. Lo único importante para ese trabajo con el prójimo es la ayuda del Espíritu Santo.

Ángel Gómez Escorial

Comentario – Sábado IV de Tiempo Ordinario

Tras el «ensayo misionero» los apóstoles volvieron a reunirse con Jesús. Era el momento de compartir experiencias, poniendo en común todo lo que habían hecho y enseñado. Esta comunicación podía ser muy útil, además de reconfortante, para todos. Jesús sabe valorar este momento de puesta en común y les invita a retirarse a un sitio tranquilo para descansar un poco. El objetivo ahora era descansar, algo que no les permitía la gente que les rodeaba, pues eran tantos los que iban y venían que no encontraban tiempo ni para comer. Con este fin, tomaron una barca y se alejaron del bullicio a la búsqueda del ansiado sitio de retiro. Pero he aquí –nos dice el evangelista- que muchos, al verles marcharse, se les adelantaron por tierra, y cuando Jesús y los apóstoles desembarcaron se encontraron de nuevo con una multitud mayor de la que habían dejado en la otra orilla, y sus planes iniciales se vinieron abajo. A Jesús le dio lástima de ellos, porque andaban como ovejas sin pastory se puso a enseñarles con calma.

El incidente narrado resulta aleccionador. La pretensión de Jesús es descansar algún tiempo en compañía de sus discípulos que acababan de regresar de su intenso viaje misionero con el imperioso deseo de compartir experiencias. Pero sus planes se ven trastocados por la providencia divina. La multitud que pretendían dejar atrás se la vuelven a encontrar de nuevo inesperadamente. Dios se la ha puesto delante. Y la reacción de Jesús ante esta contrariedad no es despedirles con malos modos, ni siquiera tirando de cortesía, sino prestarles atención una vez más empujado por la caridad. Ve su necesidad real, les ve como ovejas sin pastor, siente lástima de ellos y se pone a enseñarles como si dispusiera de todo el tiempo del mundo, como si ya no hubiese necesidad de descansar. Y es que ante las exigencias de la caridad nada puede anteponerse. La caridad auténtica reclama la atención inmediata. Lo demás puede esperar: el descanso, la oración, la comunicación amistosa, la comida.

Pero resulta curioso. Aquí Jesús no parece salir al paso de una urgencia o de una situación que requiriese de una respuesta inmediata o de un socorro inaplazable. Se habla de un estado general de desorientación en la gente allí congregada, como ovejas sin pastor. Y lo que reclama la situación es una palabra orientadora, una enseñanza. Pero ¿no podía esperar este alimento hasta nueva ocasión, hasta pasados unos días? Además, también sus discípulos reclamaban su atención en esos momentos, también ellos necesitaban de esa tranquilidad que les ayudase a recomponer ideas o a recuperar fuerzas desgastadas. No obstante, Jesús da prioridad al hambre de esa multitud congregada para escuchar su palabra. Se ve impelido a saciar esa hambre que no puede esperar. El deseo de sus discípulos y el suyo propio, deseo de descansar, sí puede esperar.

La prioridad de Jesús viene marcada por el amor compasivo: se ocupa de aquellos por quienes siente lástima en ese momento. Podían darle pena también sus discípulos, cuyos propósitos quedaban momentáneamente frustrados; pero el reclamo de los necesitados estaba por delante. Insisto, son las exigencias de la caridad que tiene un fuerte componente de compasión y que se ve impelida de modo inexcusable e inaplazable por la necesidad que reclama socorro inmediato. ¿Es ésta nuestra prioridad? ¿No es verdad que muchas veces aplazamos el socorro para otro momento más oportuno o favorable? ¿Y en qué situación dejamos al pobre que nos tiende la mano? Creemos que siempre habrá una segunda o una tercera vez, pero puede que no la haya. La misericordia, para que sea eficaz, tiene que ser diligente; aunque también es verdad que no todo el mundo se deja ayudar, al menos en el modo en que nosotros pretendemos prestarles ayuda. Aun teniendo en cuenta la complejidad de las situaciones de necesidad que reclaman una respuesta por nuestra parte, la conducta de Jesús es para nosotros normativa. Por eso no podemos dejar de mirarnos en él como en un espejo; por eso hemos de tener muy en cuenta sus acciones y reacciones, y sus prioridades.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Christus Vivit – Francisco I

267. Para aquellos que no son llamados al matrimonio o a la vida consagrada, hay que recordar siempre que la primera vocación y la más importante es la vocación bautismal. Los solteros, incluso si no son intencionales, pueden convertirse en testimonio particular de dicha vocación en su propio camino de crecimiento personal.

El aperitivo de días pasados

1.- En unas semanas comenzaremos, Dios mediante, la Santa Cuaresma. Pero como aperitivo de lo que nos espera (siguiendo y viviendo de cerca las huellas de Jesús) hemos compartido con El estos cinco domingos del tiempo ordinario que queda detenido por estos próximos cuarenta días de sensibilización y de meditación ante los grandes misterios que se acercan en Semana Santa.

Digo aperitivo porque hemos comprobado que seguir a Jesús (teniendo como telón de fondo las bienaventuranzas) implica revitalizar e iluminar el mundo con esa fuerza y esa luz que tiene en su interior. ¿La llevamos dentro los cristianos de este recién estrenado milenio? ¿Somos conscientes que, al acoger el espíritu de las bienaventuranzas, nos convierte automáticamente en soles y en sales para nuestro mundo?

2. No podemos conformarnos, o quedar petrificados, con unos hábitos que han sido orientativos y decisivos en el modo de vivir y expresar la fe por generaciones pasadas. La luz y la sal de la nueva evangelización nos exigen, sin renunciar a lo esencial, sazonar con toda la persuasión de la que somos capaces aquellas realidades que están inmersas en la insipidez o en la oscuridad.

¿Quién no sabe lo que es una central eléctrica? A través de unos hilos es conducida la corriente, por ella generada, a millones de hogares, calles y empresas, montes y valles para hacer posible el que las lámparas iluminen las tinieblas de la noche, el movimiento de las máquinas o el uso de la técnica, o que simplemente, el hombre, pueda vivir con mayor comodidad o bienestar.

También los cristianos, por si lo hemos olvidado, tenemos una «gran central» instalada en el cielo desde donde, por ejemplo a través de los sacramentos y de la iglesia misma, vamos recibiendo esa energía necesaria para vivir con ilusión la dignidad de ser hijos de Dios y para dar ese “punto” que necesitan los grandes guisos que muchos mediocres cocineros intentan llevar a cabo prescindiendo de la gran receta del evangelio o, ¡cuando no!, jactándose de que, lo que antes era rico plato, comieron y se aprovecharon abundantemente de él, ahora ni siquiera es un tentempié.

3.- La vida de muchos cristianos, volviendo al evangelio de hoy, tal vez esté limitada por un catolicismo vergonzante y tímido; prefiera estar apagada por temor y temblor a quemarse, a medio gas o romperse por servir a la causa de Jesús. Recordemos aquel viejo proverbio: «la piedra se lanza sobre lo que se mueve y la indiferencia sobre lo que no molesta»

Necesitamos, proponiendo sin arrogancia pero con convencimiento el mensaje evangélico, mirar y recurrir más hacia aquella fuente de inagotable energía como es el poder de Dios en el que se sustentaba el temple y el carácter apostólico de San Pablo del que nos habla hoy la segunda lectura.

— Acostumbrados a ser salero (catolicismo fácil y con el ambiente a favor) no nos hemos de acobardar a ser sal (y pimienta si hace falta) en situaciones contrarias a la fe. Y, por cierto, la sal cuando se echa sobre la herida….escuece. O el sol, cuando uno sale de la oscuridad, duele. Por eso, y no nos debemos de asustar por ello, ante la situación que vivimos en España diálogo fe/cultura iglesia/gobierno…no nos debemos de extrañar que ciertas propuestas, irrenunciables para los cristianos, escuezan y peguen donde más duele a la sociedad.

— Acostumbrados a ser sol (sin otras ideologías que nos interpelasen y fustigasen) hemos de pasar a ser pequeñas lámparas (no fuegos de artificio destellante) sin imposición pero convencidos de nuestras propuestas.

Vamos a comenzar la cuaresma. La luz descubre delante de nosotros un mar infinito de contrastes y de colores. La sal, incluso diluida, se convierte en el elemento más valioso e imprescindible del banquete más caro.

Vamos a acompañar a Jesús, a partir del próximo miércoles de ceniza, en su ascenso camino del calvario. Hagamos promesa de seguir siendo esas lámparas «puestas a punto» para alumbrar, denunciar y encauzar el momento que vivimos. Intentemos ser esa sal «fina, seca y blanca» (superando la insipidez que a veces viste nuestra vida cristiana) allá donde se están cociendo los destinos, las decisiones y el futuro del hombre y sin miedo a ir al fondo de las cosas.

No se puede esconder la luz que portamos debajo de un celemín. Mucho menos recluirlo, como algunos pretenden, en la cómoda y barroca sacristía. Entre otras cosas, porque la Iglesia, desde la sacristía y desde la privacidad nunca podría estar a la altura de los dolores y de las necesidades de miles de hombres y de mujeres a los que sirve. Ahí está el Sida, ancianos, educación, la sanidad y un sinfín de situaciones donde la Iglesia, aunque muchos lo ignoren, sigue siendo luz y sal.

No podemos desaparecer, como otros pretenden, renunciando a lo que es vigor, fondo y esencia de la vida cristiana. Mucho menos claudicar u ofrecer lo que los anfitriones de turno dan y piden como bueno para un falso progresismo sin Dios.

Eso, además de producir un cortocircuito entre Dios y nosotros, nos llevaría a ser sosos y oscuros. Y, de eso, la mesa de nuestra sociedad está muy bien servida.

Javier Leoz

El Reino y el testimonio de vida

1. El anuncio del Reino se hace con testimonio de vida, más que con palabras. Es el mensaje esencial de este domingo. La primera lectura del profeta Isaías, es todo un catálogo de lo que debemos hacer si queremos ser testimonio del Reino de Dios. Contra todo lo que esperamos, no se nos habla allí de cosas circunstanciales: Se nos habla dos veces de la luz y una vez del mediodía. Y la luz brilla allí donde alguien parte su pan con el hambriento, viste al desnudo y hospeda a los pobres que no pueden vivir bajo techo.

Se nos pide que eliminemos todo género de opresión, toda violencia, toda murmuración contra nuestro prójimo. No se nos pide poco. Siempre nos resulta más fácil quemarle incienso al santo que imitarlo. No se nos pide poco.

El Dios que nosotros anunciamos y cuyo Reino queremos hacer presente, no es un Dios de poder, sino de Espíritu, es decir: El Dios que anunciamos y cuyo Reino queremos hacer presente es un Dios que es amor, es libertad, y es vida. ¿Qué espíritu es el que nos posee si no nos posee el Espíritu de un Dios que es amor, que es vida, que es amor que libera, y libertad que ama? Eso es lo que nos recalca san Pablo en la segunda lectura de la Misa.

2. Jesús en el evangelio nos dice no que nosotros debemos ser sal o luz, sino que somos sal y luz. No es que debemos iluminar o dar sabor, sino que Jesús quiere que estemos seguros de que el Reino de Dios nadie puede impedirlo o retrasarlo definitivamente, precisamente porque es Reino de Dios.

El Reino no llega por medio de devociones bien intencionadas, pero que estén al margen del amor eficaz a Dios y al prójimo, porque es el Reino de Dios, y Dios es amor.

La sal sala y el Reino de Dios es sal, dice Mateo. Pero la sal sólo da sabor y sala a lo que no es sal. El Reino de Dios es sal de Dios, ¿quién podría impedir que sale? La luz ilumina y el Reino de Dios es luz. Pero la luz sólo ilumina si se la enciende en las tinieblas. El Reino de Dios es luz de Dios, ¿Quién podría impedir que ilumine? El Reino de Dios es una ciudad colocada sobre un monte y nada ni nadie puede taparla. El Reino de Dios es ciudad de Dios y es Él quien la ha puesto allí, ¿podría alguien impedir que se vea desde todas partes?

Al Reino lo pueden retrasar momentáneamente, pero porque es Reino de Dios nadie lo puede impedir de tal manera que no llegue. El Reino de Dios viene, sin falta. Nadie puede impedir que el Reino de Dios llegue porque nadie puede impedir que Dios reine o que Dios sea Dios.

3. Aunque lo oigamos decir muy a menudo, no vamos hacia peor. Nosotros los cristianos somos gentes llena de esperanza. Esperanza, pero segura. Si vemos la realidad sin los anteojos de la fe puede ser que nos parezca que vamos cada vez peor y que nunca llegará la plenitud del Reino de Dios. Pero Dios acabará reinando y eso no hay nada ni nadie que pueda impedirlo. El universo acabará por ser un universo como Dios lo quiere, un universo en el que Dios reine; el universo acabará por ser el Reino de Dios.

Todo el libro del Apocalipsis está impregnado por esa única profecía El cordero o sea Cristo, triunfará. Nada importa que el poder imperial más fuerte de la tierra quiera perseguirlo, obstruirlo o impedirlo, el cordero triunfará, el Reino de Dios llegará, Dios acabará reinando aquí y nuestra continua petición del “padrenuestro” será escuchada y cumplida por Dios: ¡Venga a nosotros tu Reino! El Reino es lo único que tenemos que pedir, todo lo demás se nos dará por añadidura.

4. Vivimos entre el «ya» y el «todavía no». El Reino ya está aquí, pero está como sal mezclada a nuestra alimentación, está como semilla sembrada y tiene que producirse la cosecha entera. Entre el «ya» y el «todavía no» debemos vivir como quienes sienten que son ciudadanos del Reino, como quienes saben que Dios no se contenta con menos que con todo. ¿Hablamos de Cristo o de las palabras de Cristo? ¿Hablamos de Cristo con palabras o con nuestra persona y ejemplo? ¿Predicamos el Reino de Dios o el del dinero? ¿Predicamos el Reino de Dios o el de la institución?

Antonio Díaz Tortajada

¿Hemos llegado tare con la sal?

1.- En las comidas hay que echar la sal a tiempo. Poca gracia tiene que entre en el comedor el ama de casa o la cocinera con el salero en la mano cuando ya todos se han tomado, aguantando la respiración, el plato de puré de patatas sin sal.

A Barajas o a la estación de Chamartín hay que llegar a tiempo, a pesar del tráfico, porque si no se expone uno a asistir al despegue del avión o a ver la sonrisa irónica del farol del vagón de cola que se aleja de un andén vacío.

El Señor nos dice que nosotros somos la sal de la tierra y estamos rodeados de una sociedad aburrida, que todo lo encuentra soso que busca estímulos más fuertes cada vez porque no encuentra sabor en la vida, ya se han tragado el puré de patatas sin sal y nosotros no hemos llegado a tiempo con el salero. Digo, tal vez nosotros mismos encontramos todo soso.

Sin la sal de Dios, de la Fe, la sociedad se corrompe. Y se nos ha corrompido hasta el punto de que aquí nos tragamos actitudes que en países no cristianos como Japón no se aguantarían ni unas horas.

No echamos la culpa a nadie. Los que debimos ser la sal de la sociedad nos hemos quedado sin sabor y la sal sin sabor no vale para nada. Es como el champán sin su burbujeo: agua de limón.

2.- El Señor no nos dicen que tenemos que correr detrás de la sociedad a ver como vamos parcheando las grietas que aparecen en ella por los problemas modernos, nos dice que tenemos que ser en ella protagonistas de los cambios de la sociedad en que vivimos, que somos la luz que se pone en alto para iluminar a todos, para que nos vean y nos imiten.

¿Y cuántas veces hemos llegado los protagonistas de la función en el momento en que empezaban a caer el telón?

Tendríamos que ir nosotros tirando el carro, no corriendo delante de él para que no nos atropelle.

Tenemos que movernos y mover a otros, no dejarnos arrastrar sin vida como cantos rodados que se lleva el río.

3.- El Señor nos dice que nosotros somos luz del mundo como Él es luz del mundo. Y en la primera lectura, Isaías nos dice como seremos luz del mundo: “parte tu pan al hambriento, hospeda al pobre sin techo, viste al desnudo y entonces romperá tu luz como la aurora” “Cuando destierres la opresión, la maledicencia, el gesto amenazador, tu luz se volverá mediodía.

Dios, nuestro Padre común no se cansa de recordarnos lo único que Él quiere de nosotros: que nos portemos como hermanos y el mundo comprenderá entonces que nuestra Fe es verdadera.

Seamos cada uno lucecita en el pequeño ambiente en que nos movemos. Seamos luz de cariño y amor. No importa que esa luz sea pequeña.

Hay un dicho japonés que dice: “cuando una flor nace, el universo entero se hace primavera”. Hagamos nacer cada uno nuestra luz y el mundo entero será luz de mediodía.

José María Maruri, SJ

La luz de las buenas obras

Los seres humanos tendemos a aparecer ante los demás como más inteligentes, más buenos, más nobles de lo que realmente somos. Nos pasamos la vida tratando de aparentar ante los demás y ante nosotros mismos una perfección que no poseemos.

Los psicólogos dicen que esta tendencia se debe, sobre todo, al deseo de afirmarnos ante nosotros mismos y ante los otros, para defendernos así de su posible superioridad.

Nos falta la verdad de «las buenas obras», y llenamos nuestra vida de palabrería y de toda clase de disquisiciones. No somos capaces de dar al hijo un ejemplo de vida digna, y nos pasamos los días exigiéndole lo que nosotros no vivimos.

No somos coherentes con nuestra fe cristiana, y tratamos de justificarnos criticando a quienes han abandonado la práctica religiosa. No somos testigos del evangelio, y nos dedicamos a predicarlo a otros.

Tal vez hayamos de comenzar por reconocer pacientemente nuestras incoherencias, para presentar a los demás solo la verdad de nuestra vida. Si tenemos el coraje de aceptar nuestra mediocridad, nos abriremos más fácilmente a la acción de ese Dios que puede transformar todavía nuestra vida.

Jesús habla del peligro de que «la sal se vuelva sosa». San Juan de la Cruz lo dice de otra manera: «Dios os libre que se comience a envanecer la sal, que, aunque más parezca que hace algo por fuera, en sustancia no será nada, cuando está cierto que las buenas obras no se pueden hacer sino en virtud de Dios».

Para ser «sal de la tierra», lo importante no es el activismo, la agitación, el protagonismo superficial, sino «las buenas obras» que nacen del amor y de la acción del Espíritu en nosotros.

Con qué atención deberíamos escuchar hoy en la Iglesia estas palabras del mismo Juan de la Cruz: «Adviertan, pues, aquí los que son muy activos y piensan ceñir el mundo con sus predicaciones y obras exteriores, que mucho más provecho harían a la Iglesia y mucho más agradarían a Dios… si gastasen siquiera la mitad de ese tiempo en estarse con Dios en oración».

De lo contrario, según el místico doctor, «todo es martillear y hacer poco más que nada, y a veces nada, y aún a veces daño». En medio de tanta actividad y agitación, ¿dónde están nuestras «buenas obras»? Jesús decía a sus discípulos: «Alumbre vuestra luz a los hombres para que vean vuestras buenas obras y den gloria al Padre».

José Antonio Pagola

Comentario al evangelio – Sábado IV de Tiempo Ordinario

El texto bíblico de hoy nos presenta el ambiente de gran cercanía que Jesús con sus amigos los apóstoles. “Él les dijo: «Venid vosotros solos a un sitio tranquilo a descansar un poco.» Así es cómo Jesús enseña, preocupándose del bienestar y entrando en el corazón de sus amigos .

Es maravilloso escuchar estas palabras de labios de nuestro Señor. Él nos invita a seguirle cargando la cruz de cada día, pero no se olvida de que aunque nuestra voluntad y deseo es grande, nuestras fuerzas son limitadas. Y que en más de una ocasión nos sentimos agotados y necesitamos descansar para reponer fuerzas

Después de cada misión es necesario dedicar tiempo a los informes y a la evaluación, pero, sobre todo necesitamos estar cerca de Jesús para recuperar las fuerzas de nuestro espíritu. Es importante planificar la actividad, estar al día de las situaciones que vamos a encontrar, pero lo que nunca puede faltarnos es la intimidad con Jesús. En una palabra: el mejor apóstol es el más amigo de Jesús, el que llega a entrar en su Corazón.

Porque no son las verdades solamente las que mueven a las personas, sino sobre todo los sentimientos, los afectos, como demuestra el breve pasaje del evangelista Marcos que hoy meditamos.

Dice el evangelio: ” Al desembarcar, Jesús vio una multitud y le dio lástima de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor; y se puso a enseñarles con calma”. Como en toda persona y mucho más en Jesús, el corazón es el que mueve su vida: “le dio lástima de ellos”. De ahí lo importante que son para todo apóstol de Cristo las horas de intimidad con Él. Ahí está el manantial de donde brota el amor y la fortaleza para hacer de verdad apostolado, agradeciendo a Dios los éxitos y sobrellevando los fracasos.

La compasión y la misericordia de Jesús no se quedan en palabras, sino que buscan alternativas y soluciones a las necesidades de las personas. La expresión «ovejas sin pastor» ratifica la crítica de Jesús a los dirigentes religiosos y políticos de Israel en aquel tiempo, porque dispersaban y extraviaban a su pueblo.

Decimos con el salmo: Te busco de todo corazón, Señor, no consientas que me desvíe.

Carlos Latorre, cmf