Comentario – Sábado IV de Tiempo Ordinario

Tras el «ensayo misionero» los apóstoles volvieron a reunirse con Jesús. Era el momento de compartir experiencias, poniendo en común todo lo que habían hecho y enseñado. Esta comunicación podía ser muy útil, además de reconfortante, para todos. Jesús sabe valorar este momento de puesta en común y les invita a retirarse a un sitio tranquilo para descansar un poco. El objetivo ahora era descansar, algo que no les permitía la gente que les rodeaba, pues eran tantos los que iban y venían que no encontraban tiempo ni para comer. Con este fin, tomaron una barca y se alejaron del bullicio a la búsqueda del ansiado sitio de retiro. Pero he aquí –nos dice el evangelista- que muchos, al verles marcharse, se les adelantaron por tierra, y cuando Jesús y los apóstoles desembarcaron se encontraron de nuevo con una multitud mayor de la que habían dejado en la otra orilla, y sus planes iniciales se vinieron abajo. A Jesús le dio lástima de ellos, porque andaban como ovejas sin pastory se puso a enseñarles con calma.

El incidente narrado resulta aleccionador. La pretensión de Jesús es descansar algún tiempo en compañía de sus discípulos que acababan de regresar de su intenso viaje misionero con el imperioso deseo de compartir experiencias. Pero sus planes se ven trastocados por la providencia divina. La multitud que pretendían dejar atrás se la vuelven a encontrar de nuevo inesperadamente. Dios se la ha puesto delante. Y la reacción de Jesús ante esta contrariedad no es despedirles con malos modos, ni siquiera tirando de cortesía, sino prestarles atención una vez más empujado por la caridad. Ve su necesidad real, les ve como ovejas sin pastor, siente lástima de ellos y se pone a enseñarles como si dispusiera de todo el tiempo del mundo, como si ya no hubiese necesidad de descansar. Y es que ante las exigencias de la caridad nada puede anteponerse. La caridad auténtica reclama la atención inmediata. Lo demás puede esperar: el descanso, la oración, la comunicación amistosa, la comida.

Pero resulta curioso. Aquí Jesús no parece salir al paso de una urgencia o de una situación que requiriese de una respuesta inmediata o de un socorro inaplazable. Se habla de un estado general de desorientación en la gente allí congregada, como ovejas sin pastor. Y lo que reclama la situación es una palabra orientadora, una enseñanza. Pero ¿no podía esperar este alimento hasta nueva ocasión, hasta pasados unos días? Además, también sus discípulos reclamaban su atención en esos momentos, también ellos necesitaban de esa tranquilidad que les ayudase a recomponer ideas o a recuperar fuerzas desgastadas. No obstante, Jesús da prioridad al hambre de esa multitud congregada para escuchar su palabra. Se ve impelido a saciar esa hambre que no puede esperar. El deseo de sus discípulos y el suyo propio, deseo de descansar, sí puede esperar.

La prioridad de Jesús viene marcada por el amor compasivo: se ocupa de aquellos por quienes siente lástima en ese momento. Podían darle pena también sus discípulos, cuyos propósitos quedaban momentáneamente frustrados; pero el reclamo de los necesitados estaba por delante. Insisto, son las exigencias de la caridad que tiene un fuerte componente de compasión y que se ve impelida de modo inexcusable e inaplazable por la necesidad que reclama socorro inmediato. ¿Es ésta nuestra prioridad? ¿No es verdad que muchas veces aplazamos el socorro para otro momento más oportuno o favorable? ¿Y en qué situación dejamos al pobre que nos tiende la mano? Creemos que siempre habrá una segunda o una tercera vez, pero puede que no la haya. La misericordia, para que sea eficaz, tiene que ser diligente; aunque también es verdad que no todo el mundo se deja ayudar, al menos en el modo en que nosotros pretendemos prestarles ayuda. Aun teniendo en cuenta la complejidad de las situaciones de necesidad que reclaman una respuesta por nuestra parte, la conducta de Jesús es para nosotros normativa. Por eso no podemos dejar de mirarnos en él como en un espejo; por eso hemos de tener muy en cuenta sus acciones y reacciones, y sus prioridades.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística