El aperitivo de días pasados

1.- En unas semanas comenzaremos, Dios mediante, la Santa Cuaresma. Pero como aperitivo de lo que nos espera (siguiendo y viviendo de cerca las huellas de Jesús) hemos compartido con El estos cinco domingos del tiempo ordinario que queda detenido por estos próximos cuarenta días de sensibilización y de meditación ante los grandes misterios que se acercan en Semana Santa.

Digo aperitivo porque hemos comprobado que seguir a Jesús (teniendo como telón de fondo las bienaventuranzas) implica revitalizar e iluminar el mundo con esa fuerza y esa luz que tiene en su interior. ¿La llevamos dentro los cristianos de este recién estrenado milenio? ¿Somos conscientes que, al acoger el espíritu de las bienaventuranzas, nos convierte automáticamente en soles y en sales para nuestro mundo?

2. No podemos conformarnos, o quedar petrificados, con unos hábitos que han sido orientativos y decisivos en el modo de vivir y expresar la fe por generaciones pasadas. La luz y la sal de la nueva evangelización nos exigen, sin renunciar a lo esencial, sazonar con toda la persuasión de la que somos capaces aquellas realidades que están inmersas en la insipidez o en la oscuridad.

¿Quién no sabe lo que es una central eléctrica? A través de unos hilos es conducida la corriente, por ella generada, a millones de hogares, calles y empresas, montes y valles para hacer posible el que las lámparas iluminen las tinieblas de la noche, el movimiento de las máquinas o el uso de la técnica, o que simplemente, el hombre, pueda vivir con mayor comodidad o bienestar.

También los cristianos, por si lo hemos olvidado, tenemos una «gran central» instalada en el cielo desde donde, por ejemplo a través de los sacramentos y de la iglesia misma, vamos recibiendo esa energía necesaria para vivir con ilusión la dignidad de ser hijos de Dios y para dar ese “punto” que necesitan los grandes guisos que muchos mediocres cocineros intentan llevar a cabo prescindiendo de la gran receta del evangelio o, ¡cuando no!, jactándose de que, lo que antes era rico plato, comieron y se aprovecharon abundantemente de él, ahora ni siquiera es un tentempié.

3.- La vida de muchos cristianos, volviendo al evangelio de hoy, tal vez esté limitada por un catolicismo vergonzante y tímido; prefiera estar apagada por temor y temblor a quemarse, a medio gas o romperse por servir a la causa de Jesús. Recordemos aquel viejo proverbio: «la piedra se lanza sobre lo que se mueve y la indiferencia sobre lo que no molesta»

Necesitamos, proponiendo sin arrogancia pero con convencimiento el mensaje evangélico, mirar y recurrir más hacia aquella fuente de inagotable energía como es el poder de Dios en el que se sustentaba el temple y el carácter apostólico de San Pablo del que nos habla hoy la segunda lectura.

— Acostumbrados a ser salero (catolicismo fácil y con el ambiente a favor) no nos hemos de acobardar a ser sal (y pimienta si hace falta) en situaciones contrarias a la fe. Y, por cierto, la sal cuando se echa sobre la herida….escuece. O el sol, cuando uno sale de la oscuridad, duele. Por eso, y no nos debemos de asustar por ello, ante la situación que vivimos en España diálogo fe/cultura iglesia/gobierno…no nos debemos de extrañar que ciertas propuestas, irrenunciables para los cristianos, escuezan y peguen donde más duele a la sociedad.

— Acostumbrados a ser sol (sin otras ideologías que nos interpelasen y fustigasen) hemos de pasar a ser pequeñas lámparas (no fuegos de artificio destellante) sin imposición pero convencidos de nuestras propuestas.

Vamos a comenzar la cuaresma. La luz descubre delante de nosotros un mar infinito de contrastes y de colores. La sal, incluso diluida, se convierte en el elemento más valioso e imprescindible del banquete más caro.

Vamos a acompañar a Jesús, a partir del próximo miércoles de ceniza, en su ascenso camino del calvario. Hagamos promesa de seguir siendo esas lámparas «puestas a punto» para alumbrar, denunciar y encauzar el momento que vivimos. Intentemos ser esa sal «fina, seca y blanca» (superando la insipidez que a veces viste nuestra vida cristiana) allá donde se están cociendo los destinos, las decisiones y el futuro del hombre y sin miedo a ir al fondo de las cosas.

No se puede esconder la luz que portamos debajo de un celemín. Mucho menos recluirlo, como algunos pretenden, en la cómoda y barroca sacristía. Entre otras cosas, porque la Iglesia, desde la sacristía y desde la privacidad nunca podría estar a la altura de los dolores y de las necesidades de miles de hombres y de mujeres a los que sirve. Ahí está el Sida, ancianos, educación, la sanidad y un sinfín de situaciones donde la Iglesia, aunque muchos lo ignoren, sigue siendo luz y sal.

No podemos desaparecer, como otros pretenden, renunciando a lo que es vigor, fondo y esencia de la vida cristiana. Mucho menos claudicar u ofrecer lo que los anfitriones de turno dan y piden como bueno para un falso progresismo sin Dios.

Eso, además de producir un cortocircuito entre Dios y nosotros, nos llevaría a ser sosos y oscuros. Y, de eso, la mesa de nuestra sociedad está muy bien servida.

Javier Leoz