El Reino y el testimonio de vida

1. El anuncio del Reino se hace con testimonio de vida, más que con palabras. Es el mensaje esencial de este domingo. La primera lectura del profeta Isaías, es todo un catálogo de lo que debemos hacer si queremos ser testimonio del Reino de Dios. Contra todo lo que esperamos, no se nos habla allí de cosas circunstanciales: Se nos habla dos veces de la luz y una vez del mediodía. Y la luz brilla allí donde alguien parte su pan con el hambriento, viste al desnudo y hospeda a los pobres que no pueden vivir bajo techo.

Se nos pide que eliminemos todo género de opresión, toda violencia, toda murmuración contra nuestro prójimo. No se nos pide poco. Siempre nos resulta más fácil quemarle incienso al santo que imitarlo. No se nos pide poco.

El Dios que nosotros anunciamos y cuyo Reino queremos hacer presente, no es un Dios de poder, sino de Espíritu, es decir: El Dios que anunciamos y cuyo Reino queremos hacer presente es un Dios que es amor, es libertad, y es vida. ¿Qué espíritu es el que nos posee si no nos posee el Espíritu de un Dios que es amor, que es vida, que es amor que libera, y libertad que ama? Eso es lo que nos recalca san Pablo en la segunda lectura de la Misa.

2. Jesús en el evangelio nos dice no que nosotros debemos ser sal o luz, sino que somos sal y luz. No es que debemos iluminar o dar sabor, sino que Jesús quiere que estemos seguros de que el Reino de Dios nadie puede impedirlo o retrasarlo definitivamente, precisamente porque es Reino de Dios.

El Reino no llega por medio de devociones bien intencionadas, pero que estén al margen del amor eficaz a Dios y al prójimo, porque es el Reino de Dios, y Dios es amor.

La sal sala y el Reino de Dios es sal, dice Mateo. Pero la sal sólo da sabor y sala a lo que no es sal. El Reino de Dios es sal de Dios, ¿quién podría impedir que sale? La luz ilumina y el Reino de Dios es luz. Pero la luz sólo ilumina si se la enciende en las tinieblas. El Reino de Dios es luz de Dios, ¿Quién podría impedir que ilumine? El Reino de Dios es una ciudad colocada sobre un monte y nada ni nadie puede taparla. El Reino de Dios es ciudad de Dios y es Él quien la ha puesto allí, ¿podría alguien impedir que se vea desde todas partes?

Al Reino lo pueden retrasar momentáneamente, pero porque es Reino de Dios nadie lo puede impedir de tal manera que no llegue. El Reino de Dios viene, sin falta. Nadie puede impedir que el Reino de Dios llegue porque nadie puede impedir que Dios reine o que Dios sea Dios.

3. Aunque lo oigamos decir muy a menudo, no vamos hacia peor. Nosotros los cristianos somos gentes llena de esperanza. Esperanza, pero segura. Si vemos la realidad sin los anteojos de la fe puede ser que nos parezca que vamos cada vez peor y que nunca llegará la plenitud del Reino de Dios. Pero Dios acabará reinando y eso no hay nada ni nadie que pueda impedirlo. El universo acabará por ser un universo como Dios lo quiere, un universo en el que Dios reine; el universo acabará por ser el Reino de Dios.

Todo el libro del Apocalipsis está impregnado por esa única profecía El cordero o sea Cristo, triunfará. Nada importa que el poder imperial más fuerte de la tierra quiera perseguirlo, obstruirlo o impedirlo, el cordero triunfará, el Reino de Dios llegará, Dios acabará reinando aquí y nuestra continua petición del “padrenuestro” será escuchada y cumplida por Dios: ¡Venga a nosotros tu Reino! El Reino es lo único que tenemos que pedir, todo lo demás se nos dará por añadidura.

4. Vivimos entre el «ya» y el «todavía no». El Reino ya está aquí, pero está como sal mezclada a nuestra alimentación, está como semilla sembrada y tiene que producirse la cosecha entera. Entre el «ya» y el «todavía no» debemos vivir como quienes sienten que son ciudadanos del Reino, como quienes saben que Dios no se contenta con menos que con todo. ¿Hablamos de Cristo o de las palabras de Cristo? ¿Hablamos de Cristo con palabras o con nuestra persona y ejemplo? ¿Predicamos el Reino de Dios o el del dinero? ¿Predicamos el Reino de Dios o el de la institución?

Antonio Díaz Tortajada