¿Hemos llegado tare con la sal?

1.- En las comidas hay que echar la sal a tiempo. Poca gracia tiene que entre en el comedor el ama de casa o la cocinera con el salero en la mano cuando ya todos se han tomado, aguantando la respiración, el plato de puré de patatas sin sal.

A Barajas o a la estación de Chamartín hay que llegar a tiempo, a pesar del tráfico, porque si no se expone uno a asistir al despegue del avión o a ver la sonrisa irónica del farol del vagón de cola que se aleja de un andén vacío.

El Señor nos dice que nosotros somos la sal de la tierra y estamos rodeados de una sociedad aburrida, que todo lo encuentra soso que busca estímulos más fuertes cada vez porque no encuentra sabor en la vida, ya se han tragado el puré de patatas sin sal y nosotros no hemos llegado a tiempo con el salero. Digo, tal vez nosotros mismos encontramos todo soso.

Sin la sal de Dios, de la Fe, la sociedad se corrompe. Y se nos ha corrompido hasta el punto de que aquí nos tragamos actitudes que en países no cristianos como Japón no se aguantarían ni unas horas.

No echamos la culpa a nadie. Los que debimos ser la sal de la sociedad nos hemos quedado sin sabor y la sal sin sabor no vale para nada. Es como el champán sin su burbujeo: agua de limón.

2.- El Señor no nos dicen que tenemos que correr detrás de la sociedad a ver como vamos parcheando las grietas que aparecen en ella por los problemas modernos, nos dice que tenemos que ser en ella protagonistas de los cambios de la sociedad en que vivimos, que somos la luz que se pone en alto para iluminar a todos, para que nos vean y nos imiten.

¿Y cuántas veces hemos llegado los protagonistas de la función en el momento en que empezaban a caer el telón?

Tendríamos que ir nosotros tirando el carro, no corriendo delante de él para que no nos atropelle.

Tenemos que movernos y mover a otros, no dejarnos arrastrar sin vida como cantos rodados que se lleva el río.

3.- El Señor nos dice que nosotros somos luz del mundo como Él es luz del mundo. Y en la primera lectura, Isaías nos dice como seremos luz del mundo: “parte tu pan al hambriento, hospeda al pobre sin techo, viste al desnudo y entonces romperá tu luz como la aurora” “Cuando destierres la opresión, la maledicencia, el gesto amenazador, tu luz se volverá mediodía.

Dios, nuestro Padre común no se cansa de recordarnos lo único que Él quiere de nosotros: que nos portemos como hermanos y el mundo comprenderá entonces que nuestra Fe es verdadera.

Seamos cada uno lucecita en el pequeño ambiente en que nos movemos. Seamos luz de cariño y amor. No importa que esa luz sea pequeña.

Hay un dicho japonés que dice: “cuando una flor nace, el universo entero se hace primavera”. Hagamos nacer cada uno nuestra luz y el mundo entero será luz de mediodía.

José María Maruri, SJ

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