1Cor 3, 16-23 (2ª lectura Domingo VII de Tiempo Ordinario)

Cristo y la comunidad

En la segunda lectura vamos a concluir el tema de la sabiduría cristiana frente a la sabiduría del mundo que se ha ido proponiendo todos estos domingos. Ahora, en una especie de diatriba, Pablo quiere decir algo importante a la comunidad para que se percate de una vez por todas de la importancia de todo lo que les ha dicho en estos tres capítulos. Con la imagen del templo, del templo nuevo, del templo del Espíritu, el apóstol quiere enmarcar de nuevo, el principio de la sabiduría cristiana: si alguien en la comunidad, en la Iglesia, quiere ser considerado sabio, que no le importe que lo consideren necio, como que no vale. Porque los criterios de la comunidad cristiana deben ser distintos de los del mundo. Los que más valen, pues, no son los que triunfan en el mundo, porque el mundo construye sus triunfos en lo que fenece.

Por eso vuelve a mencionar a los «líderes» por los cuales la comunidad se dividía (Pablo, Apolo, Cefas-Pedro). Y por ello queda claro que todos los grandes y pequeños en la comunidad deben estar ante Cristo. De ahí podríamos inferir que los de Cristo no constituían un grupo aparte en la comunidad. Cristo, justamente, es el que unifica criterios, el que libera las ideas de todo personalismo de la sabiduría de este mundo. Y por eso la comunidad cristiana no debe tener personajes que deslumbren o líderes que se posesionen para ellos de la verdad del evangelio. Esa verdad es de cada uno, sean más inteligentes o tenga una misión más determinada. Porque el «cuerpo» de Cristo dignifica a todos aquellos que en el mundo no tendrían dignidad alguna.