Homilía – Domingo VII de Tiempo Ordinario

 1.- Amar al prójimo «amigo» (Lev 19,1-2.17-18)

El amor al prójimo no es una innovación de Jesús. Ya estaba prescrito en el Antiguo Testamento. En el texto del Levítico aparece una formulación negativa del precepto: «No odiarás de corazón a tu hermano», y otra positiva: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». El ámbito, sin embargo, es la propia familia o el propio pueblo. Se repite por dos veces los que son destinatarios: «Tu pariente»/«tus parientes». Y es verdad que los de la propia familia son los más cercanos «próximos», pero no son los únicos.

Tampoco es nueva en el Nuevo Testamento, la motivación teológica de este amor. El mismo Levítico apunta la razón más profunda de este amor: la participación y la imitación por parte del creyente de la santidad misma de Dios: «Seréis santos, porque yo, el Señor vuestro Dios soy santo». El modo más hondo del precepto: la imitación de Dios… A imitación de Dios, amar al prójimo.

2.- Los creyentes, nuevo templo de Dios, son santos (1Cor 3,16-23)

De la realidad del templo material como morada de la santidad de Dios arranca Pablo la exhortación con la que va a dibujar el perfil del predicador del Evangelio.

Del templo material da el paso a un templo nuevo y existencial. La morada de Dios en el templo de piedras se hace inhabitación del Espíritu Santo en los creyentes la exigente santidad del templo material se convierte en exigencia de vida renovada: «Porque el templo de Dios es santo, y ese templo sois vosotros».

El templo se construye y se destruye. Material y espiritualmente. Y destruir el templo es acarrear la destrucción de uno mismo: «Si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él».

Y vuelve de nuevo Pablo al tema de la sabiduría verdadera, insistiendo en la paradoja: a los necios y a los sabios no los mide Dios con la misma vara con que lo hacemos nosotros. Ahí reside la «sorpresa» de la sabiduría evangélica. Su inspiración es siempre la incomprensible sabiduría, manifestada en la Pascua: «A la luz por la cruz».

«Enganchar» y «engancharse» al liderazgo, aun dentro de la Iglesia, por motivos humanos es una «vana-gloria» «Que nadie se gloríe en los hombres». El hombre es punto de partida, pero, en una sucesiva cadena de pertenencias, el punto de llegada es Dios: «Todo es vuestro, vosotros, de Cristo; Cristo, de Dios».

3.- Amar al prójimo «enemigo» (Mt 5, 38-48)

Ahí sí que hay novedad y contraposición «Habéis oído, pero yo os digo» Contraposición exigente en el tema del amor, que es núcleo del mensaje evangélico Aquí se difuminan las fronteras familiares, tribales o sociales Inspirándose en la moral evangélica se ha podido afirmar como lema «Todo hombre es mi hermano» Frente a todas las tendencias restrictivas del amor el Evangelio tiende a ampliar ¿Hasta dónde? Hasta llegar a los mismos enemigos.

Así de tajante «Amad a vuestros enemigos», y así de concreto «Haced el bien a los que os aborrecen y orad por los que os calumnian o persiguen» ¿La razón de un comportamiento tan a contracorriente La imitación misma de Dios (primera lectura), hecha providencia cercana y amorosa para todos el sol nace tanto para buenos como para malos, y el agua no distingue entre los justos e injustos.

Y es que en la vida hay simple «cumplimiento», pero hay también «perfección» Ese «estar hechos por completo» a golpe de acciones contraculturales frente a la «cultura de la reciprocidad» («te amo para que me ames, te doy para que me des»), la «cultura evangélica de la gratuidad», que es regalo de la perfección del Padre.

En la raíz de este cambio, la meta de la perfección cristiana «Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto» Tan «bien y completamente hechos» como el mismo Dios Sólo de ahí brota el comportamiento que supera la venganza del «ojo por ojo y diente por diente».

Y sólo desde ahí se llega a una generosidad «desmedida» La que multiplica el don más allá de lo pedido.

La razón del amor

El odio es Satanás. Dios es la vida,
la fuerza original que crea y perdona,
la razón del amor que no razona
la venganza, aunque sea merecida…

La santidad de Dios vive escondida
en el templo de tu alma peleona…,
¡busca en ella la fuerza que condona
el daño de la ofensa y de la herida!

Surte la necedad sabiduría,
cuando el hombre, venciendo su agonía,
ama de corazón a su enemigo

y en lugar de exigir diente por diente,
hace la salvación de Dios presente
con su veraz perdón como testigo.

 

Pedro Jaramillo