Comentario – Viernes VI de Tiempo Ordinario

Jesús invita a su seguimiento al tiempo que advierte de las graves implicaciones del mismo: Si alguno quiere venirse en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga. Irse con él es un acto de voluntad que responde a una llamada. Pero el que inicia el seguimiento debe saber que tiene que negarse a sí mismo, y no una vez, sino muchas veces, constantemente, cuantas veces sean necesarias para mantenerse en el camino emprendido. La negación de sí mismo o abnegación debe ser una actitud permanente en la vida del seguidor de Jesús.

En realidad, la negación forma parte de la vida de todo hombre que se afirma en sus diferentes opciones. Generalmente, el que opta por una cosa tiene que dejar otras; el que opta por un oficio o un estado de vida como el celibato, tiene que renunciar a otros como el de casado. No se puede ser a la vez algo y su contrario; no se pueden ejercer dos oficios al mismo tiempo, ni se puede servir simultáneamente a dos amos. La negación es el reverso de la afirmación; y en toda afirmación se halla implicada una negación. Seguir a Jesús como al Maestro y Señor de nuestras vidas implica de ordinario dejar de seguir otros magisterios o dejar de pertenecer a otros señores; por tanto, negación no sólo de otros (de su enseñanza o señorío), sino de nosotros mismos, renunciando a nuestras tendencias autodidactas o inclinaciones autonómicas.

Negarse a sí mismo supone muchas veces renunciar a apetencias propias, a proyectos personales, a aspiraciones legítimas, a ensoñaciones de independencia, a compromisos afectivos, a éxitos profesionales, quizá a cierto desarrollo intelectual o al cultivo de ciertas cualidades, a la propia voluntad: un sacrificio en aras de una voluntad superior, pero al mismo tiempo más íntima y luminosa que la propia.

Y la negación, por lo que tiene de negación, suele llevar asociado un componente de cruz o de sufrimiento. Por eso, tome su cruz y me siga. También la cruz es un elemento presente en toda vida humana. Para advertirlo basta prestar atención a su condición mortal y sufriente. Todos, tarde o temprano, acabamos encontrándonos con la cruz, o las cruces, porque éstas son múltiples y variadas, en nuestro camino. Pretender caminar por la vida sin cruz es a todas luces una pretensión imposible. Puesto que esto es así, hemos de tomar nuestra cruz (tantas veces inevitable), y con ella seguirle.

El seguimiento de Jesús no nos va a eximir de la cruz; al contrario, añade la suya a la nuestra, es decir, incorpora a nuestra vida otras cruces que se agregan en razón de su seguimiento o consorcio con él. Son esas cruces asociadas a nuestra condición de cristianos entre las cuales se cuentan renuncias exigidas, rechazos o desprecios indeseados, persecuciones previstas o imprevistas, martirios. La cruz se suele presentar como una carga generadora de sufrimiento; por eso se habla de “llevar la cruz” o de “cargar con la cruz”.

Esa carga puede ser un defecto congénito o adquirido, un complejo que nos retrae u obstaculiza nuestra tarea o nuestras relaciones, una tara física o psíquica, un acontecimiento que nos deja heridos o disminuidos, una difamación que perdura en el tiempo, una pérdida relevante de salud, una limitación acentuada con la edad. A estas cargas pueden sumarse todas aquellas que nos sobrevienen por el simple hecho de habernos incorporado al seguimiento de un Crucificado, esto es, de un rechazado por el mundo. Hacerse consortes de Jesús es compartir la suerte de alguien que fue arrojado de la ciudad y clavado a una cruz en la cima de un monte; por tanto, compartir la suerte de alguien tenido por un malhechor y por un mártir. Nada tiene de extraño que entre sus seguidores haya también mártires, y no uno ni dos, sino muchos. Al fin y al cabo seguimos a un mártir, esto es, a alguien que dio la vida (y por eso la perdió) por el Evangelio, es decir, por anunciar la salvación que él mismo traía, la salvación que llegaba con él.

Por mucho que pretendamos salvar la vida que actualmente poseemos (y muchos parecen dispuestos a emplear medios tan descabellados como la criogenización en este empeño), la perderemos, puesto que es una vida temporal (la idea de la detención del envejecimiento humano parece más una ensoñación que una posibilidad real) y, por tanto, con fecha de caducidad; pero si perdemos la vida por el que ha perdido la vida por nosotros y por el Evangelio, la salvaremos como él mismo la salvó o la recuperó tras haber pasado por la muerte. De nada sirve ganar el mundo entero si perdemos el alma o la vida. Sin vida no es posible gozar de la posesión del mundo. No hay comparación entre ambos valores: el mundo, con todas sus riquezas, y la vida. El mundo sin la vida no vale nada para el que no dispone de aquélla; y aunque no conocemos por experiencia una vida sin mundo, podemos esperarla porque nos ha sido prometida, y podemos hallarla en Cristo resucitado. La vida nos resulta tan valiosa que seguramente estaríamos dispuestos a entregar todas nuestras posesiones por obtenerla o por recobrarla, pues la totalidad de éstas no valen lo que vale la vida.

Pues bien, Cristo, el crucificado, pero también el resucitado, nos ofrece una vida que, por ser eterna, no tiene comparación con esta vida caduca y temporal, una vida de incomparable calidad, una vida sin sombra de muerte. Pero, para obtener este galardón, es preciso ser y mostrarse sus consortes, no avergonzarse de él ni de sus palabras en medio de esta generación adúltera y pecadora en la que seguimos viviendo, puesto que esta generación no es menos adúltera y pecadora que aquella que compartía época con Jesús. Porque -como él mismo nos dice- si nos avergonzamos de él (el Hijo del hombre), también él se avergonzará de nosotros cuando venga con la gloria de su Padre, entre sus ángeles.

Avergonzarse de él fue lo que hizo Pedro cuando negó por tres veces ser su discípulo. Avergonzarnos de él es lo que hacemos nosotros cada vez que negamos ante quienes nos señalan con el dedo en ademán acusatorio ser sus seguidores o pertenecer a su Iglesia y no simplemente estar bautizados (ya que muchos bautizados han dejado de seguirle), sino seguirlo con plena conciencia y voluntariedad, seguirlo por comulgar con él y con sus ideas, y seguirlo hasta estar dispuestos a darlo todo, incluida la vida, por él. De los que son como estos el Hijo del hombre no puede avergonzarse cuando venga en su gloria; al contrario, estará muy orgulloso de tales seguidores, como lo está de sus mártires.

El solemne añadido con el que se cierra el pasaje evangélico es ciertamente enigmático y de imposible verificación. Son palabras que el evangelista pone en boca de Jesús: En verdad os digo que algunos de los aquí presentes no gustarán la muerte hasta que vean el Reino de Dios en toda su potencia. Lo dice de algunos, no de todos. ¿Alude Jesús a su próxima venida en gloria? Es lo que parece; pero ésta no ha acontecido aún, puesto que seguimos a su espera. ¿Ha habido entre los contemporáneos de Jesús alguno que haya visto en vida el Reino de Dios en toda su potencia? ¿O hay que pensar que ese Reino en toda su potencia se ha hecho visible en sus apariciones como Resucitado? La afirmación de Jesús se nos presenta envuelta en la nebulosa de las preguntas sin respuesta.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística