La misa del domingo

Semana VII del tiempo ordinario
Domingo 23 de febrero de 2020

Levítico 19, 1–2.17–18 Salmo 102. 1Corintios 3, 16 – 23 Mateo 5, 38–48

El evangelio que hemos escuchado hoy siempre ha sido una lectura controvertida, que nos sorprende y nos parece imposible de cumplir. Comienza Jesús mostrando cuál era la ley que cumplían en aquel momento: la ley del Talión. Según esa ley, cuando uno era dañado por otro, para que la venganza no fuese desproporcionada, era pagado con el mismo daño.

Esta parece ser nuestra naturaleza, si alguien nos hace daño o nos molesta, reaccionamos airadamente buscando devolver el golpe, el daño o la molestia causada. En la mayoría de los deportes de contacto, si alguien nos hace una falta, se busca devolvérsela en la siguiente jugada. En nuestra vida, buscamos de manera casi automática devolver al otro la mala jugada que nos haya hecho, tanto en clase, en el trabajo, en el grupo de amigos. Ya se sabe el dicho: Quien la hace, la paga. Si alguien se ríe de nosotros, esperamos el fallo del otro para reírnos de él. Y en casi todas las facetas de nuestra vida, buscamos el mal del otro, para resarcirnos del mal que nos ha hecho.

Sin embargo, cuando el que nos molesta o hace daño es alguien de nuestro grupo: un amigo, un familiar, un compañero, … Una persona que está de nuestra parte, la manera de reaccionar es distinta. Es una persona amada y, por lo tanto, nuestras reacciones no parecen buscar una venganza. Puede que le recriminemos su acción, pero no nos vengamos.

Y Jesús nos muestra hoy como es realmente Dios. Dios va más allá todavía. Dios no solo no busca venganza, no busca devolver mal por mal. Hace justo lo contrario. Este es el verdadero ser de Dios: Dios es compasivo y misericordioso siempre. No importa la situación, la injusticia o el daño cometido: hemos de amar al prójimo.

En la primera lectura del Levítico ya nos sorprende con lo que nos pide: no odiar de corazón a nuestro hermano, pero reprenderlo cuando haga falta. Nos pide que busquemos ayudarle para su salvación, pues sino cargaremos nosotros con sus pecados. No hemos de buscar nuestra salvación únicamente, sino la de aquel que está a nuestro lado, el prójimo. Don Bosco ya decía algo semejante, cuando vayamos al cielo no se nos preguntará que hemos hecho para merecer el paraíso. La verdadera pregunta será: ¿A cuántos has salvado? Y en función de ello será tu destino.

¿Trabajamos todos los días para salvar a alguien? El convivir día tras día con personas que no son elegidos por nosotros, que no son nuestros amigos, que parecen hacer nuestra vida imposible, es realmente el campo donde hemos de realizar nuestra tarea. Es nuestro sitio, aquí debemos mostrar realmente que somos cristianos. Como Dios, podemos amar a todos, incluso a los que nos hacen perder la paciencia, enfadarnos a veces por el simple hecho de su presencia. Dios no hace distinciones, hace salir el sol para buenos y malos, manda la lluvia para justos e injustos.

Esta es la perfección, amar a aquellos que no nos aman. Es fácil amar a quien nos quiere. El verdadero sacrificio, lo verdaderamente extraordinario es dar una sonrisa a quien nos pone mala cara, saludar a quien nos evita, ofrecer ayuda a aquel que no hace más que poner obstáculos en nuestra vida.

Que aprendamos de Jesús, de Dios, a ser misericordiosos y compasivos con todas las personas con las que convivimos y nos relacionamos. Seamos realmente cristianos que aman al prójimo.

Germán Rivas, sdb