La misa del domingo

Domingo I de Cuaresma
1 de marzo de 2020

UNA LECTURA DIFERENTE DEL EVANGELIO DE HOY

El simbolismo bíblico del número cuarenta ha pasado a nuestra cultura dando origen a la palabra cuarentena. Precisamente estos días la estamos oyendo continuamente a propósito de la epidemia de `Coronavirus ́ que se extiende por muchos países desde China hasta Europa.

Así se denomina al espacio de tiempo en el que el sujeto ha de demostrar una determinada cualidad cuestionada: salud, resistencia, buen funcionamiento del tratamiento, etc.

Trasladando esta significación, la cuaresma es para el cristiano un simbólico tiempo «de prueba».

Tiempo de prueba como el que vivió Jesús en el desierto poniendo “a prueba” su fidelidad a Dios.

El símbolo del desierto evoca la experiencia de nuestra vida: soledad, llamada a lo verdadero, tierra sin caminos, silencio…

Todos estamos en el desierto, pero no lo aceptamos o no lo sabemos. Y tenemos que descubrirlo y aceptarlo. Quien no sufre la experiencia del desierto y siente la sed no puede comprender el valor del «agua»; quien no camina largamente con un sol abrasador no puede gozarse con la «sombra». El desierto lo verifica todo: la mentira, la vanidad, la inconsistencia de la vida que llevamos. En el desierto nada nos separa de Dios, descubrimos la realidad de nuestra frágil condición humana. Por el desierto el hombre busca, peregrina, espera, decide su camino, prepara el futuro, se encuentra delante de sí mismo sin posibilidad de hacer trampa. en el desierto el hombre se pone ante el espejo de sí mismo.

Jesús también lo hizo; también caminó por el desierto para escuchar la voz de Dios. Pero si no vamos al desierto… ¿a dónde vamos?

Del desierto a la ciudad: ¿Es la ciudad nuestro desierto?

Lo sabemos. El hombre actual del siglo XXI siente el atractivo de la «urbe». Lo muestra claramente eso que hoy se llama en nuestro país “la España vacía o vaciada”. Como dice algún autor: «Algún mal espíritu le ha conducido a la gran ciudad seguramente para ser tentado por el diablo de las aglomeraciones». ¡Y bien que está sufriendo la prueba! Camina entre muchedumbres; trabaja en grandes empresas cuyos trabajadores son «fichas» más que personas con nombre y apellido; se divierte masivamente en playas, estadios y discotecas; vive en torres inmensas, modernos enjambres en los que se amontonan las personas sin apenas conocerse ni saludarse. ¿La «gran urbe» ha mejorado al hombre? ¿Lo ha hecho más humano? Y, en nuestro caso, ¿mejor cristiano? ¿Le ha acercado más a Dios o, por el contrario, lo ha alejado de Dios y de sí mismo? Contestemos a esas preguntas cada uno personalmente.

El evangelio de hoy nos dice que «Jesús fue conducido al desierto para ser tentado por el diablo». Y Jesús salió confortado de la prueba. Desde ahí arrancó el itinerario que iba a cumplir. Dos alternativas, pues: el clima de «ciudad» y el clima de «desierto». ¿Por cuál nos decidimos?

Agustín Fernández, sdb