Santoral 29 de febrero

SAN DOSITEO, monje († siglo VI)

Las vidas de los Padre del Yermo son una maravilla. Es cierto que no todo cuanto ellos hacían se puede ahora sin más imitar, pero sí que hay una gran enseñanza en ellas para nuestra vida de hoy.

Un joven bien apuesto, elegante, rico, de sólida cultura, contemplaba en cierta ocasión un precioso cuadro en una de las Iglesias de Jerusalén que representaba una visión horripilante del infierno. Era en la iglesia devota de Getsemaní. Este mismo joven bien apuesto lo contaría después: “Mientras atónito contemplaba aquel cuadro, una dama de soberana belleza y majestad —que sin duda comprendí que era la Virgen María— se acercó a mi lado y empezó a explicarme, con patéticas palabras, el espectáculo que tenía ante mis ojos… Mi alma se turbó profundamente. La sangre parecía que me quemaba en las venas. Entonces me indicó el medio más seguro de evitar el infierno: ayunar, vigilar, orar sin desfallecimiento. Para esto vengo aquí, padre Abad, para que usted tenga la bondad de admitirme entre sus monjes sujetándome a cuantas reglas y preceptos tenga a bien obligarme…”.

Este joven elegante era Dositeo y el abad a quien dirigía tan emocionadas y sinceras palabras era el santo abad Seridio que también lo recordarán estas Vidas ejemplares como modelo de estas virtudes de oración, obediencia y humildad.

Era a mediados del siglo VI y uno de los Monasterios más famosos de Palestina donde esto sucedía: “Quiero salvarme, Padre. Quiero ser monje y la Virgen María me ha encaminado hacia este Monasterio para que vos me ayudéis a conseguir mi salvación que es el único negocio que ahora me interesa”… Aquel joven era sincero y había impresionado profundamente a aquel venerable Abad, ya maestro en recibir confidencias, pero ninguna le había parecido tan auténtica y tan tajante como ésta y más por proceder de un joven que tenía todo un mundo altamente subyugador por delante. San Seridio pensó: “Es un buen regalo el que hoy envía el Señor a este pobre Monasterio. Seremos responsables de que esta perla sea cultivada como se merece. ¿A quién encomendaremos que la vaya puliendo con maestría para que su valor acreciente?”… Y pensó que nadie mejor para tan delicada empresa que el experimentado y santo Doroteo.

Este gran maestro no pretende introducirlo de lleno en la práctica de la Regla como los demás monjes, que ya llevan varias decenas de años en el Monasterio. Va poco a poco: Hoy le prohíbe una cosa, mañana le manda otra. Antes le ha corregido en algo que no ha hecho. Ahora le premia un detalle en el que Dositeo no ha caído… Las raíces de la humildad como fundamento de aquel edificio de santidad que pretende edificar en él deben llegar muy hondas.

Le nombran enfermero del Monasterio. Allí se ejercita de lleno en su virtud preferida que es la caridad. La enfermería está siempre llena, a veces aun sin estar lo suficientemente enfermos, sino para tener la dicha de ser atendidos y aconsejados por aquel dulce enfermero que parece ser una auténtica copia del Divino Maestro.

San Doroteo intenta privarle hasta de las cosas más imprescindibles. De sus mismos instrumentos de trabajo para que su desprendimiento sea total. Le somete a las más duras pruebas de obediencia y anonadamiento. Hasta en las cosas más sencillas y vulgares debe procurar olvidarse de sí mismo y renunciar a ellas por voluntad de Dios… Aquel cuerpo antes tan delicado y hermoso está hecho ahora una piltrafa por sus severas mortificaciones y largas horas de plegaria… Va ya a morir y le pide permiso al nuevo abad que ahora es San Doroteo. Le contesta éste: “Vete ya, amado de mi alma, y ruega a su Majestad por todos nosotros…”.

 

Otros Santos de hoy: Teófilo, Alercio, Cereal, Cayo, Serapión, Hilario…

Justo y Rafael Mª López-Melús