Vísperas – Lunes I de Cuaresma

VÍSPERAS

LUNES I DE CUARESMA

 

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

 

HIMNO

Te damos gracias, Señor,
porque has depuesto la ira
y has detenido ante el pueblo
la mano que lo castiga.

Tú eres el Dios que nos salva,
la luz que nos ilumina,
la mano que nos sostiene
y el techo que nos cobija.

Y sacaremos con gozo
del manantial de la Vida
las aguas que dan al hombre
la fuerza que resucita.

Entonces proclamaremos:
«¡Cantadle con alegría!
¡El nombre de Dios es grande;
su caridad, infinita!

¡Que alabe al Señor la tierra!
Contadle sus maravillas.
¡Qué grande, en medio del pueblo,
el Dios que nos justifica!» Amén.

 

SALMO 10: EL SEÑOR, ESPERANZA DEL JUSTO

Ant. El Señor se complace en el pobre.

Al Señor me acojo, ¿por qué me decís:
“Escapa como un pájaro al monte,
porque los malvados tensan el arco,
ajustan las saetas a la cuerda,
para disparar en la sombra contra los buenos?
Cuando fallan los cimientos,
¿qué podrá hacer el justo?

Pero el Señor está en su templo santo,
el Señor tiene su trono en el cielo;
sus ojos están observando,
sus pupilas examinan a los hombres.

El Señor examina a inocentes y culpables,
y al que ama la violencia él lo odia.
Hará llover sobre los malvados ascuas y azufre,
les tocará en suerte un viento huracanado.

Porque el Señor es justo y ama la justicia:
los buenos verán su rostro.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El Señor se complace en el pobre.

 

SALMO 14: ¿QUIÉN ES JUSTO ANTE EL SEÑOR?

Ant. Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda
y habitar en tu monte santo?

El que procede honradamente
y practica la justicia,
el que tiene intenciones leales
y no calumnia con su lengua,

el que no hace mal a su prójimo
ni difama al vecino,
el que considera despreciable al impío
y honra a los que temen al Señor,

el que no retracta lo que juró
aun en daño propio,
el que no presta dinero a usura
ni acepta soborno contra el inocente.

El que así obra nunca fallará.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

 

CÁNTICO de EFESIOS: EL DIOS SALVADOR

Ant. Dios nos ha destinado en la persona de Cristo a ser sus hijos.

Bendito sea Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en la persona de Cristo
con toda clase de bienes espirituales y celestiales.

Él nos eligió en la persona de Cristo,
antes de crear el mundo,
para que fuésemos santos
e irreprochables ante Él por el amor.

Él nos ha destinado en la persona de Cristo
por pura iniciativa suya,
a ser sus hijos,
para que la gloria de su gracia,
que tan generosamente nos ha concedido
en su querido Hijo,
redunde en alabanza suya.

Por este Hijo, por su sangre,
hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.
El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia
ha sido un derroche para con nosotros,
dándonos a conocer el misterio de su voluntad.

Este es el plan
que había proyectado realizar por Cristo
cuando llegase el momento culminante:
recapitular en Cristo todas las cosas
del cielo y de la tierra.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Dios nos ha destinado en la persona de Cristo a ser sus hijos.

 

LECTURA: Rm 12, 1-2

Os exhorto, hermanos, por la misericordia de Dios, a presentar vuestros cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios; éste es vuestro culto razonable. Y no os ajustéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir lo que es voluntad de Dios, lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto.

 

RESPONSORIO BREVE

R/ Yo dije: Señor, ten misericordia.
V/ Yo dije: Señor, ten misericordia.

R/ Sáname, porque he pecado contra ti.
V/ Señor, ten misericordia.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Yo dije: Señor, ten misericordia.

 

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Dice el Señor: «Lo que hicisteis con uno de éstos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis.»

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Dice el Señor: «Lo que hicisteis con uno de éstos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis.»

 

PRECES

Invoquemos al Señor Jesús, que nos ha salvado a nosotros, su pueblo, librándonos de nuestros pecados, y digámosle humildemente:

Jesús, Hijo de David, compadécete de nosotros.

Te pedimos, Señor Jesús por tu Iglesia santa, por la que te entregaste para consagrarla con el baño del agua y con la palabra:
— purifícala y renuévala por la penitencia.

Maestro bueno, haz que los jóvenes descubran el camino que les preparas
— y que respondan siempre con generosidad a tus llamadas.

Tú que te compadeciste de los enfermos que acudían a ti, levanta la esperanza de nuestros enfermos
— y haz que imitemos tu gesto generoso y estemos siempre atentos al bien de los que sufren.

Haz, Señor, que recordemos siempre, nuestra condición de hijos tuyos, recibida en el bautismo,
— y que vivamos siempre para ti.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Da tu paz y el premio eterno a los difuntos
— y reúnenos un día con ellos en tu reino.

 

Fieles a la recomendación del Salvador, nos atrevemos a decir:
Padre nuestro…

 

ORACION

Conviértenos a ti, Dios Salvador nuestro; ilumínanos con la luz de tu palabra, para que la celebración de esta Cuaresma produzca en nosotros sus mejores frutos. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

 

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Lunes I de Cuaresma

1) Oración inicial

Conviértenos a ti, Dios Salvador nuestro; ilumínanos con la luz de tu palabra, para que la celebración de esta Cuaresma produzca en nosotros sus mejores frutos. Por nuestro Señor.

2) Lectura del Evangelio

Del santo Evangelio según Mateo 25,31-46

«Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria acompañado de todos sus ángeles, entonces se sentará en su trono de gloria. Serán congregadas delante de él todas las naciones, y él separará a los unos de los otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos. Pondrá las ovejas a su derecha, y los cabritos a su izquierda. Entonces dirá el Rey a los de su derecha: ‘Venid, benditos de mi Padre, recibid la herencia del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y acudisteis a mí.’ Entonces los justos le responderán: ‘Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer; o sediento, y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos forastero, y te acogimos; o desnudo, y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel, y acudimos a ti?’ Y el Rey les dirá: ‘En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis.’ Entonces dirá también a los de su izquierda: ‘Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de beber; era forastero, y no me acogisteis; estaba desnudo, y no me vestisteis; enfermo y en la cárcel, y no me visitasteis.’ Entonces dirán también éstos: ‘Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento o forastero o desnudo o enfermo o en la cárcel, y no te asistimos?’ Y él entonces les responderá: ‘En verdad os digo que cuanto dejasteis de hacer con uno de estos más pequeños, también conmigo dejasteis de hacerlo.’ E irán éstos a un castigo eterno, y los justos a una vida eterna.»

3) Reflexión

• El Evangelio de Mateo presenta a Jesús como el nuevo Moisés. Como Moisés, Jesús promulgó la Ley de Dios. Como la antigua Ley, así la nueva ley dada por Jesús tiene cinco libros o discursos. El Sermón del Monte (Mt 5,1 a 7,27), el primer discurso, se abre con las ocho bienaventuranzas. El Sermón de la Vigilancia (Mt 24,1 a 25,46), el quinto y último se cierra con la descripción del Juicio Final. Las bienaventuranzas describen la puerta de entrada para el Reino de Dios, enumerando ocho categorías de personas: los pobres de espíritu, los mansos, los afligidos, los que tienen hambre y sed de justicia, los misericordiosos, los de corazón limpio, los promotores da paz y los perseguidos por causa de la justicia (Mt 5,3-10). La parábola del Juicio Final cuenta lo que debemos hacer para poder tomar posesión del Reino: acoger a los hambrientos, a los sedientos, a los extranjeros, a los desnudos, a los enfermos y presos (Mt 25,35-36). Tanto en el comienzo como al final de la Nueva Ley, están los excluidos y los marginados. 

• Mateo 25,31-33: Abertura del Juicio Final. El Hijo del Hombre reúne a su alrededor a las naciones del mundo. Separa a las personas como el pastor separa a las ovejas de los cabritos. El pastor sabe discernir. El no se equivoca: las ovejas a la derecha, los cabritos a la izquierda. El sabe discernir a los buenos y a los malos. Jesús no juzga, ni condena (cf. Jn 3,17; 12,47). El apenas separa. Es la persona misma la que juzga o se condena por la manera como se porta en relación con los pequeños y los excluidos. 

• Mateo 25,34-36: La sentencia para los que están a la derecha del Juez. Los que están a su derecha son llamados “¡Benditos de mi Padre!”, esto es, reciben la bendición que Dios prometió a Abrahán y a su descendencia (Gen 12,3). Ellos son convidados a tomar posesión del Reino, preparado para ellos desde la fundación del mundo. El motivo de la sentencia es éste: “Tuve hambre y sed, era extranjero, estaba desnudo, enfermo y preso, y ustedes me acogieron y ayudaron”. Esta frase nos hace saber quiénes son las ovejas. Son las personas que acogieron al Juez cuando éste estaba hambriento, sediento, extranjero, desnudo, enfermo y peso. Y por el modo de hablar “mi Padre” e “Hijo del Hombre”, sabemos que el Juez es Jesús mismo. ¡El se identifica con los pequeños!

• Mateo 25,37-40: Una demanda de esclarecimiento y la respuesta del Juez: Los que acogen a los excluidos son llamados “justos”. Esto significa que la justicia del Reino no se alcanza observando normas y prescripciones, pero sí acogiendo a los necesitados. Pero lo curioso es que los justos no saben cuándo fue que acogieron a Jesús necesitado. Jesús responde: “¡Toda vez que lo hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis!” ¿Quiénes son estos “hermanos míos más pequeños”? En otros pasajes del Evangelio de Mateo, las expresiones “hermanos míos” y “pequeñuelos” indican a los discípulos (Mt 10,42; 12,48-50; 18,6.10.14; 28,10). Indican también a los miembros más abandonados de la comunidad, a los despreciados que no tienen a dónde ir y que no son bien recibidos (Mt 10,40). Jesús se identifica con ellos. Pero no es sólo esto. En el contexto tan amplio de esta parábola final, la expresión “mis hermanos más pequeños” se alarga e incluye a todos aquellos que en la sociedad no tienen lugar. Indica a todos los pobres. Y los “justos” y los “benditos de mi Padre” son todas las personas de todas las naciones que acogen al otro en total gratuidad, independientemente del hecho de ser cristiano o no. 

• Mateo 25,41-43: La sentencia para los que están a su izquierda. Los que están del otro lado del Juicio son llamados “malditos” y están destinados al fuego eterno, preparado por el diablo y los suyos. Jesús usa el lenguaje simbólico común de aquel tiempo para decir que estas personas no van a entrar en el Reino. Y aquí también el motivo es uno sólo: no acogieron a Jesús hambriento, sediento, extranjero, desnudo, enfermo y preso. No es Jesús que nos impide entrar en el Reino, sino nuestra práctica de no acoger al otro, la ceguera que nos impide ver a Jesús en los pequeños.

• Mateo 25,44-46: Un pedido de aclaración y la respuesta del Juez. El pedido de esclarecimiento muestra que se trata de gente que se porta bien, personas que tienen la conciencia en paz. Están seguras de haber practicado siempre lo que Dios les pedía. Por eso se extrañan cuando el Juez dice que no lo acogieron. El Juez responde: “¡Todas las veces que no hicieron esto a unos de estos pequeños, conmigo dejasteis de hacerlo!” ¡La omisión! ¡No hicieron más! Apenas dejaron de practicar el bien a los pequeños y acoger a los excluidos. Y sigue la sentencia final: estos van para el fuego eterno, y los justos van para la vida eterna. ¡Así termina el quinto libro de la Nueva Ley!

4) Para la reflexión personal

• ¿Qué es lo que más te ha llamado la atención en la parábola del Juicio Final?
• Párate y piensa: si el Juicio final fuera hoy, ¿tú estarías del lado de las ovejas o de los cabritos?

5) Oración final

Los preceptos de Yahvé son rectos,
alegría interior;
el mandato de Yahvé es límpido,
ilumina los ojos. (Sal 19,9)

Levantaos, no temáis

Estamos en el segundo domingo de Cuaresma, aún quedan muchos días de camino hasta la Pascua de Resurrección. Las lecturas que hemos escuchado nos invitan a abandonar la rutina cotidiana del día a día para adentrarnos en la aventura de buscar a Dios y unirnos a Él.

¡Qué bien estaba Abrán en su país, viviendo tranquilamente entre su gente! ¿Se puede pedir algo más para ser feliz? La respuesta es que sí: porque sólo Dios nos da la verdadera y auténtica felicidad, la que se obtiene formando parte de la Historia de la Salvación. Y eso es algo que Dios nos ofrece a todos: dejar la comodidad de la rutina, para vivir el Evangelio, trabajando por el bien común.

En efecto, Abrán, que sentía la seguridad de estar en su tierra y ahí tenía todo lo necesario para su bienestar, escuchó la voz de Dios, y emprendió el camino para fundar el pueblo de Israel, en el que muchos siglos más tarde nació nuestro Salvador. Así, Abrán se convirtió en un eslabón fundamental para nuestra felicidad. Y lo hizo dejando su rutina y poniéndose totalmente en manos de Dios. Y Dios fue fiel a su promesa.

Asimismo, hemos escuchado cómo Pablo le pide a Timoteo que se enfrente al duro trabajo de la construcción del Reino de Dios en este mundo. Y para ello Timoteo también debe dejar su cómoda vida rutinaria. Pero Pablo le dice que confíe, porque Dios le sostendrá con su gracia. También en esta lectura Dios nos pide que nos liberemos de nuestras comodidades para poder dar testimonio del Evangelio. Por difícil que a veces esto nos pueda resultar, sabemos que Dios nos sostiene con su amor todopoderoso. Porque, como hemos orado en el Salmo 32, «Él es nuestro auxilio y escudo».

Y todo esto nos conduce hacia el pasaje de la Transfiguración. La vida de los discípulos era relativamente cómoda mientras seguían a Jesús de pueblo en pueblo, escuchando su palabra. Pero, un buen día, Él pidió a sus tres discípulos más cercanos: Pedro, Santiago y Juan, que le acompañaran a orar en la cima de un monte. Todos alguna vez hemos subido a una montaña. Y sabemos que no es fácil, porque nuestras piernas se cansan rápidamente, comenzamos a sudar y, al llegar a la cima, el aire frío azota nuestra cara.

Así, fatigados llegaron a la cumbre y se sentaron junto a Jesús a orar, mientras contemplaban la belleza del paisaje que se abría ante ellos. Y pronto se dieron cuenta de que el esfuerzo ascético que les había supuesto llegar ahí, había merecido la pena. Nos dicen los evangelistas que aquella oración fue tan profunda e intensa, que vieron cómo Jesús se mostraba ante ellos con toda su divinidad. ¿Estarían teniendo una alucinación? No, era real, pues vieron cómo las Sagradas Escrituras, representadas por Moisés –la Ley– y Elías –los profetas–, confirmaban que, en efecto, Jesús es Dios.

Aquello sobrepasaba su capacidad intelectual, estaban confusos, pero también se sentían muy a gusto estando junto a Jesús. Era tal su consolación interior, que deseaban que aquello no acabase nunca. Por eso, Pedro, ingenuamente, se ofreció para construir unas cabañas a Jesús, Moisés y Elías. Pensaba que cuanto más tiempo durase aquella experiencia espiritual, mejor. Pero ese no es el fin de la oración, uno no ora buscando su bienestar interior, sino su conversión. Oramos para que Dios nos transforme interiormente en personas caritativas.

Y así fue, Dios Padre se hizo presente ante ellos por medio una nube, pues sabían que estaba ahí, pero su intelecto no era capaz de percibir ni entender lo que estaba sucediendo. Pues Dios es el sumo Bien, la suma Verdad y la suma Belleza. Y eso no lo puede captar nuestro cerebro. Por eso, lo que vieron fue una nube. Y, por medio de ella, Dios les habló confirmando que Jesús es su Hijo, y diciéndoles que es a Él al que deben escuchar y al que deben seguir, incluso cuando, dentro de unas semanas, muera en la Cruz.

Y, una vez que los discípulos captaron este mensaje que les había llegado de lo Alto, la nube se disipó y todo volvió a la normalidad. La experiencia mística había acabado. Pero ellos ya no eran los mismos. Y Jesús les dijo que, de momento, no contaran nada. En efecto, sabemos por los autores místicos que una experiencia así de fuerte necesita años para ser comprendida y asimilada. Ellos tuvieron que esperar a la venida del Espíritu Santo en Pentecostés para poder comenzar a contar aquello que les sucedió en la cima del monte, cuando subieron a orar con Jesús.

Como vemos, en este segundo domingo de Cuaresma las lecturas nos invitan a dejar la rutina, la comodidad de hacer siempre lo mismo, para aventurarnos a seguir a Jesús y tener una profunda experiencia de Dios que nos transforme. Ciertamente, eso nos va a suponer un esfuerzo, como lo fue para los discípulos subir al monte, pero mereció la pena, vaya que sí. A nosotros, como a ellos, Jesús nos invita a seguir sus pasos para experimentar su divinidad. ¿Y cuándo tendremos esa experiencia?: en Semana Santa, cuando vivamos comunitariamente su muerte y su resurrección. Pero, para ello, debemos salir ahora de nuestra «patria», de nuestra rutina, y hemos de animarnos a subir junto a Jesús el «monte» del Evangelio.

Fray Julián de Cos Pérez de Camino

Comentario – Lunes I de Cuaresma

El evangelista pone en boca de Jesús una representación del juicio universal, cuando sean reunidas todas las naciones ante el Hijo del hombre, oficiando como juez glorioso desde su trono de gloria. Todo juicio implica discernimiento, separación entre la verdad y la mentira, entre el trigo y la cizaña, entre la luz y las tinieblas, entre lo lleno y lo vacío, entre lo que tiene peso y lo que no lo tiene, entre lo bueno y lo malo, pues ambos términos de la balanza no pueden convivir en el mismo reino. El momento del juicio es, pues, el momento de la separación, para darle a cada cosa “su lugar”. Por eso, refiere el evangelio, él separará a unos de otros, como un pastor separa a las ovejas de las cabras. A unos les pondrá a su derecha y a otros a su izquierda. Pero ¿cuál es el criterio seguido en esta operación de separar? ¿Por qué a unos les corresponde ocupar la derecha y a otros la izquierda?

Jesús lo aclara con esta explicación: Entonces dirá el rey (y juez) a los de su derecha: Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Los juzgados dignos de ocupar su derecha se convierten en ese instante en herederos de un reino preparado para ellos desde la creación del mundo. ¿Por qué este premio? Porque el juicio ha desvelado lo que han hecho a lo largo de su vida por él, haciéndoles merecedores de esta recompensa. ¿Por qué? Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fue forastero, y me hospedasteis; estuve desnudo, y me vestisteis; enfermo y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a verme. Dar de comer al hambriento y de beber al sediento, hospedar al forastero, vestir al desnudo, visitar al enfermo y al encarcelado, son todas obras de misericordia que solemos llamar corporales porque hacen referencia inmediata al cuerpo del socorrido con sus necesidades de alimento, vestido, cobijo y cuidados. Aquí lo que llama la atención es que sea el mismo juez el que se presenta como ese indigente que ha sido objeto de las atenciones de los que ahora merecen su alabanza, como identificándose con todos los hambrientos, sedientos, forasteros, desnudos, enfermos o encarcelados de este mundo.

Esto es precisamente lo que se desvela en las palabras que siguen: Entonces los justos–aquí los misericordiosos reciben el nombre de justos- le contestaránSeñor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?; ¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?; ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel, y fuimos a verte? Son conscientes de haber socorrido a hambrientos y sedientos, de haber hospedado a forasteros, vestido a harapientos y visitado a enfermos; pero no lo son de haberlo hecho con él, con ese en quien reconocen a su Señor. Pero él les desvelará el secreto de esta identificación sacramental: Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis. Lo hecho, por tanto, con los indigentes de este mundo debe considerarse hecho a él, que asume como propio lo recibido por sus humildes hermanos. Aquí no se valoran ni las conciencias, ni las intenciones, sino sólo las acciones en su desnudez.

Evidentemente se trata de obras de misericordia, y el que las hace debe ser consciente de estar proporcionando un bien (alimento, vestido, hospedaje, cuidados, afecto) a una persona necesitada, pero no necesita saber siquiera que en esa persona está Jesucristo o que el bien que le hacemos se lo hacemos al mismo Cristo para ser recompensada con la herencia prometida. Tampoco los que dejan de socorrer al necesitado y merecen por ello ser colocados a la izquierda del juez y recibir una sentencia condenatoria: Apartaos de mí, malditos, id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles, necesitan saber que lo que no hicieron en favor de los indigentes con los que se encontraron, no lo hicieron con él. Pero saber esto, que Cristo está en el indigente identificándose con él a efectos de caridad o como destinatario de nuestra obra de misericordia, tiene que ser una motivación más para esa práctica de amor compasivo, un motivo añadido para vencer las últimas resistencias de ese egoísmo que nos impide desplegar nuestras energías en beneficio del prójimo sufriente.

El juicio se hace recaer, pues, sobre la obra de misericordia aplicada a los necesitados de este mundo. Eso es precisamente lo que salva: la práctica de la misericordia para con nuestros semejantes –ya que Dios no puede ser objeto de nuestra misericordia-. Y esto no debe extrañarnos, puesto que la salvación es una obra de misericordia. Pero no podremos salvarnos si esa misericordia que brota de lo alto no toca nuestro corazón haciéndonos misericordiosos para con los necesitados de misericordia. No puede convivir con el Dios misericordioso el que se mantiene inmisericorde con su prójimo; no pueden siquiera convivir en el mismo reino los que carecen de entrañas para apiadarse del hambriento, enfermo o encarcelado.

En el reino del amor no cabe el desamor que revela la ausencia de misericordia. Por eso Dios quiere la misericordia y no los sacrificios carentes de ella. Por eso solicita el perdón de los que están siendo perdonados. Por eso nos invita a pedir: Perdónanos nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que non ofenden. Por eso nos advierte que hay una medida con la que seremos medidos, y esa medida será la que nosotros hayamos puesto en nuestra relación con los demás: si misericordia, misericordia; si inmisericordia, inmisericordia. De Dios, que es la fuente inagotable de la misericordia, no podemos esperar un trato inmisericorde. Pero, al parecer, ni siquiera la misericordia divina podrá evitar la separación provocada por el juicio entre los de la izquierda y los de la derecha, entre los que vayan al castigo eterno y los que disfruten de la vida eterna. Será la misma verdad de las cosas presente en los corazones, conformados por sus propios actos, la que dicte sentencia colocando a cada persona en su lugar. Pero ese juicio con carácter de definitividad sólo le corresponde al Juez universal.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Christus Vivit – Francisco I

290. La potencia de la vida y la fuerza de la propia personalidad se alimentan mutuamente en el interior de cada joven y lo impulsan a ir más allá de todo límite. La inexperiencia permite que esto fluya, aunque bien pronto se transforma en experiencia, muchas veces dolorosa. Es importante poner en contacto este deseo de «lo infinito del comienzo todavía no puesto a prueba»[160] con la amistad incondicional que nos ofrece Jesús. Antes de toda ley y de todo deber, lo que Jesús nos propone para elegir es un seguimiento como el de los amigos que se siguen y se buscan y se encuentran por pura amistad. Todo lo demás viene después, y hasta los fracasos de la vida podrán ser una inestimable experiencia de esa amistad que nunca se rompe.


[160] Romano Guardini, Le età della vita, en Opera omnia IV, 1, Brescia 2015, 209.

Homilía – Domingo II de Cuaresma

1.- La llamada «original» (Gén 12, 1-4a)

El momento es decisivo para el conjunto de la historia de la salvación. Es el comienzo originante que pone la historia en camino. La amplitud del escenario del relato de creación se concentra y se concreta en una llamada personal. Abrahán sale, respondiendo a una invitación de Dios. Señalará el autor de la Carta a los hebreos que es una salida «sin saber a dónde iba, guiado tan sólo por la fe». La fe y la confianza puesta en la promesa y en la fidelidad de Dios para cumplirla.

La llamada y la respuesta engendran fecundidad: «Haré de ti un gran pueblo». Con el pueblo y desde el pueblo, germinada en la llamada personal, Abrahán abrirá de nuevo la escena. Todo se hace de nuevo universal en forma de bendición. Abrahán y el pueblo que de él nace «serán una bendición para todas las familias del mundo». ¡Que no cierra la vocación en los propios intereses! Abre a «los intereses de Dios», que abarcan a todos los pueblos.

Nunca se podrá cerrar la llamada universal que Dio hace a cada uno. ¡Qué hermoso es percibirse convertido en bendición para todas aquellas personas que encontramos caminando por la vida!

 

2.- «Nos llamó a una vida santa» (2Tim 1, 8b-10)

La bendición originaria de Abrahán se repite en la historia personal de cada uno de los creyentes. No por méritos nuestros, sino por su pura gracia, «nos llama Dios a una vida santa». Nos llamó y nos salvó. Todo es misterio de gracia. Un designio inmemorial: La misma vida de Dios que se dona en Jesucristo.

Y, en Jesucristo, se dona, salvando. La mayor esclavitud es para el hombre la muerte. Destruirla en su raíz y sacar a la luz una vida en plenitud es la obra de Jesús y la entraña misma de su Evangelio.

La invitación de san Pablo a «tomar parte en los duros trabajos del Evangelio» es apremiante llamada a una apuesta por la vida. Acogerla es emprender la marcha por el camino que lleva a una meta, y nos salva. Como Abrahán, también nosotros somos peregrinos de la fe, en la confianza.

 

3.- Una llamada con meta: la transfiguración (Mt 17, 1-9)

En el camino de la llamada, Jesús se muestra a lo suyos, anticipando la meta: «Se transfiguró delante de ellos». Les revela una identidad de luz-, la expresada en los vestidos la infundida en los apóstoles para la comprensión cabal de su misterio. En la hondura del misterio del Señor, el ser se inunda de gozo-. «¡Qué hermoso es estar aquí!», disfrutando la intimidad del Señor transfigurado.

En Jesús, el hombre queda inundado de Dios, que lo cubre con su sombra y le deja oír su voz, remitiéndolo de nuevo a la intimidad de Cristo: «Este es mi Hijo, el ama- do, mi predilecto». Y, desde la identidad divina, el mandato: ¡Escuchadlo! Una escucha que se va a realizar de nuevo en la vida corriente con Jesús. A él se encuentran de nuevo remitidos: «Al alzar los ojos no vieron a nadie más que a Jesús solo». Tienen, sin embargo, ahora un nuevo criterio para escuchar a Jesús. Desde la experiencia de la transfiguración, podrán decir de verdad al Jesús de la llamada y del camino: «Tú solo tienes palabras de vida eterna».

Desde Ur al Tabor

¡Transfigurar la realidad humana!
Encontrarse con Dios y, de ese encuentro,
dar sentido a la vida desde dentro,
abrevando en su pródiga fontana.

Nunca dice el Señor palabra vana.
Él dicta las partidas y el recuento.
Si de su voluntad haces tu centro,
al punto brotará tu carne sana.

Creyó Abrán, y al final de su camino
cuajó en un mar de estrellas su destino,
Pueblo de Dios…, arenas incontables…

Ser en el mundo recia levadura,
acompañar a Pablo en la locura
de transmitir palabras inefables.

 

Pedro Jaramillo

Mt 17, 1-9 (Evangelio – Domingo II Cuaresma)

La Transfiguración, la transformación de lo divino en lo humano

Todos los años, en el segundo domingo de cuaresma, leemos el relato de la transfiguración. Corresponde, pues, en este domingo leer el texto de Mateo. Los pormenores del este relato mateano no nos alejaría mucho de su fuente, que es Marcos (9,2ss). Lucas (9,28ss) sí se ha permitido una autonomía más personal (como la oración, por dos veces, que es tan importante en el tercer evangelista y otros pormenores, como cuando Moisés y Elías hablan de su “éxodo”). Para el evangelista Marcos es el momento de emprender el viaje a Jerusalén y este es el punto de partida; Lucas ha querido adelantar la Transfiguración antes de emprender de una forma decisiva el “viaje” (9,51ss). Por tanto, Mateo es el más dependiente de Marcos a todos los efectos literarios. Deberíamos pensar que una experiencia muy intensa vivida por Jesús con algunos de sus discípulos, ha marcado la tradición de esta narración.

El hecho de que esté en este momento, tras la predicación de Jesús en Galilea y ya a las puertas de emprender el viaje definitivo a Jerusalén, resulta elocuente. No podemos negar que esta narración está concebida con el tono apocalíptico y con el lenguaje veterotestamentario pertinentes. Las dos columnas del AT, Moisés y Elías son testigos privilegiados de esta “experiencia”, en el monte (que nosotros lo conocemos como el Tabor, pero que no está identificado en el texto, y no es necesario). Porque el “monte” en cuestión es un símbolo, un lugar sagrado, un templo, el cielo… Precisamente esos dos personajes del AT tuvieron con Dios su experiencia en el monte, el Sinaí o el Horeb que es lo mismo. Por tanto, ya podemos llegar a percibir unas claves concretas de lectura a partir de estas semejanzas con los personajes mencionados. Por una parte están esos personajes para ser testigos de la “intimidad” de Jesús, el Hijo de Dios, pero en su necesidad más humana… Jesús, no es un impostor que habla del Reino a los hombres sin autoridad. Moisés y Elías testifican que no es así… si “conversan” con él es porque ellos le conceden a Jesús el “testigo” definitivo de la revelación. Pero este no es solamente un nuevo Moisés o un nuevo Elías… es el Hijo, como hace notar la voz celeste: escuchadlo!

Independientemente de la fisonomía literaria y teológica del relato, con las cartas marcadas por la cristología que respira la narración, nos preguntamos: ¿Qué significa la transfiguración? La transformación luminosa de Jesús delante de sus discípulos, ya camino de Jerusalén y de la pasión, es como un respiro que se concede Jesús para ponerse en comunicación con lo más profundo de su ser y de su obediencia a Dios. Jesús lee, digamos, su propia historia a la luz de su obediencia a Dios con objeto de llevar adelante ese plan de salvación para todos los hombres. Jesús no sube al monte de la transfiguración siendo el Hijo de Dios de la alta cristología, sino el hombre-profeta de Galilea que pregunta a Dios si el camino que ha emprendido se cumplirá. Por eso Lucas pone tanto interés en la oración, porque estas cosas se preguntan y se viven en la oración. Y las respuestas de Dios se escuchan también en la experiencia de la oración. De esa manera, los dos personajes que se presentan acompañando a la nube divina, Moisés y Elías, representantes cualificados del Antiguo Testamento, indican que ahora es Jesús quien revela a Dios y a su mundo. Los discípulos le acompañan, pero no pueden percibir más que una especie de sosiego que les lleva a pedir y desear “plantarse” allí, construir tiendas en lo alto del monte.

Pero los hombres están abajo, en la tierra, en la historia, y se les invita a bajar, como una especie de vocación; deben acompañar a Jesús, recorrer con él el camino de Jerusalén, porque un día ellos deben anunciar la salvación a todos los hombres. Jesús decide bajar de ese monte y pide a los suyos que le acompañen. Viene de “arriba” con la confianza absoluta de que su Dios lo ama… y ama a los hombres. Pero en Jerusalén no le otorgarán la autoridad que ahora le han concedido Moisés y Elías. También un día Moisés tuvo que bajar del Sinaí y se encontró con la realidad de un pueblo que se había fabricado un becerro de oro (Ex 32,1-35); Elías también descendió del Horeb (1Re 19), sabiendo que lo perseguirían las huestes de Jezabel que querían imponer a los dioses cananeos. Jesús tuvo que aclarar en el “monte” si su mensaje y su vida eran la voluntad de Dios. La voz celeste, por muy apocalíptica que suene, lo deja claro.

¿Se debe o no se debe subir al monte de la transfiguración? Desde luego que sí. Y este es un relato que nos habla de la búsqueda de Dios y de su voluntad en la “contemplación” y en la “oración”. Esta es una de las razones por las que el relato de la transfiguración figura en la liturgia de la Cuaresma. No obstante, la enseñanza es palmaria: lo contemplado debe ser llevado a la vida de cada día, de cada hombre. Como Abrahán tuvo que dejar su tierra, los discípulos deben dejar la “altura infinita” del monte para abajarse, porque ese evangelio que ellos han vivido, deben anunciarlo a todos los hombres cuando Jesús resucite de entre los muertos. Probablemente Jesús vivió e hizo vivir a los suyos experiencias profundas que se describen como aquí, simbólicamente, pero siempre estuvo muy cerca de las realidades más cotidianas. No obstante, ello le valió para ir vislumbrando, como profeta, que tenía que llegar hasta dar la vida por el Reino. Se debe subir, pues, al monte de la transfiguración, para bajar a iluminar la vida.

2Tim 1, 8-10 (2ª Lectura Domingo II Cuaresma)

La pasión del evangelio como salvación

El autor de este texto epistolar, presuntamente Pablo, recomienda a su discípulo Timoteo que se haga cargo de la misión y vocación que ha recibido de parte de Dios: anunciar el evangelio. Es un texto hermoso, de un buen discípulo de Pablo si es que aceptamos, como máxima probabilidad, que Pablo no lo escribiera. La mímesis o adaptación al pensamiento paulino es encomiable. Conceptos como testimonio (martyrion), fuerza de Dios (dynamis theou), el verbo salvar y llamar (sôsantos… kai kalésatos), obras frente a gracia (erga-charis). Todo esto tiene como objetivo final destruir la muerte (thánatos) y ofrecernos la inmortalidad (aphtharsía) por medio del evangelio. Muchas cosas son de Pablo, otras suponen un evolución de su pensamiento. Pero las afirmaciones, todas, son un buen ejemplo del kerygma cristiano, de aquello que se debe proclamar al mundo.

Es la tarea más arriesgada de un hombre comprometido con una comunidad. Por ello, anunciar el evangelio no es relatar cosas o doctrinas carentes de sentido. Al contrario, como buena noticia que es, y como los hombres necesitan estas buenas noticias para vivir, se debe poner de manifiesto que Dios nos ha salvado. Eso, independientemente de nosotros; porque el plan de Dios, como se expresa el autor de Timoteo, es un proyecto de gracia. Y ese plan tiene un nombre concreto, una historia que puede conocer toda la humanidad; se trata de Jesús de Nazaret, el Mesías cristiano, quien ha venido para destruir la muerte, el pecado, el odio… y para darnos una esperanza nueva. El cristianismo se fundamenta en esto, y como Abrahán debemos poner en ello toda nuestra “confianza”, porque tenemos, además, la garantía de Cristo.

Gén 12, 1-4 (1ª Lectura – Domingo II Cuaresma)

La confianza en Dios, base de la religión

El relato de la vocación de Abrahán abre las lecturas de este segundo domingo de cuaresma. Es un relato que viene a manifestar la promesa de Dios que nunca abandonará a la humanidad. En Gn 1-11 se ha repasado, sucintamente, con alardes literarios y casi míticos, el misterio de la humanidad en general, que poco a poco ha querido emprender un camino independiente de Creador. Si debemos reconocer que lo allí descrito no puede ser “historia pura”, la verdad de todo está en llegar a la situación en la que es necesaria de nuevo la mano de Dios para poner su obra creadora en armonía con su proyecto de salvación. Es por eso que Gn 12 es tan importante desde el punto de vista de la “historia de la salvación”. Dios siempre encuentra hombres o grupos para que su obra pueda seguir teniendo esa categoría creacional buena.

Ya en esos capítulos anteriores se ponía de manifiesto, puntualmente, el proyecto salvífico de Dios, que nunca podía guardar silencio ante las acciones de los hombres; pero quizás las cosas se presentan allí con una cierta mentalidad pesimista. Ahora ese proyecto salvífico del Creador se va a hacer muy concreto con el “padre de los creyentes”, con Abrahán. Este personaje, al que se hace originario de la cuenca de los dos ríos de Mesopotamia, de Caldea, donde existía una cultura muy antigua, se le pide abandonar la tierra, los lazos de siempre, porque Dios quiere comenzar algo nuevo en un sitio menos deslumbrante ¡no olvidemos este detalle!. De entre aquellos nombres oscuros y sin grandeza enumerados en las páginas precedentes del Génesis, surge Abrahán y con él se pone de manifiesto la virtud del creyente que se fía rotundamente de Dios y que busca una luz nueva.

La carta a los Hebreos (11,8-10) describe profundamente ese momento: se fue a una tierra extraña, sin saber adónde iba. Pero Dios no falla nunca; pide, pero siempre responde. Abrahán debe dejar detrás la cultura de los ziggurat, la grandiosidad de los dioses mesopotámicos que no han llenado, a pesar de todo, la vida de los hombres. Atrás queda Babel, los intereses de los pueblos y ciudades, sus confusiones y orgullos…, porque Dios, un Dios con corazón, le quiere brindar a él, y con él a la humanidad, una vida con más sentido. Babilonia es la encarnación de todas las potencias políticas que han hecho derramar sangre y lágrimas a la humanidad. Dios, el Dios creador, no quiere eso para la humanidad… y Abrahán emprender, según nuestro relato, el camino de la fe, de la confianza (emunah) absoluta en Dios. Comienza así, idílicamente si queremos, una nueva manera de entender la religión como experiencia de confianza en Dios creador y salvador. Esta es la clave de la fe de Israel. Los dioses babilónicos serían “muy cultos”, pero nunca quisieron la confianza de los hombres, sino el someterlos.

Comentario al evangelio – Lunes I de Cuaresma

El texto de la primera lectura de hoy se abre con la llamada a la santidad dirigido a todo el pueblo de Israel. La motivación profunda es la propia santidad de Dios: «sean santos porque yo el Señor soy santo». El Señor es el “totalmente otro”, el radicalmente distinto del ser humano. De ahí, el sentido etimológico de “santo” que quiere decir “poner aparte”.

Esta santidad a la que llama el libro del Levítico no es una santidad para apartarse del mundo. El texto recuerda al creyente que está llamado a participar de la santidad de Dios, que se expresa en un nuevo tipo de relaciones con los demás, basadas en el amor y la justicia. Estas afirmaciones de la santidad divina y la santidad del creyente, junto con la segunda parte de este texto del Levítico que enfatiza el amor al prójimo, no es solo un texto muy conocido y citado, incluso por el mismo Jesús, sino que también nos habla del núcleo espiritual del creyente: su amor a Dios y su amor al prójimo.

Esta centralidad del amor en las relaciones con los demás, aplicado a la vida concreta por el creyente o la comunidad, es lo que dará testimonio ante el mundo de haber sido “puesto aparte” por Dios, es decir, de ser el pueblo Santo de Dios que vive desde sus valores. Esta santidad a la que invita el Levítico inspira una ética personal y social que promueve la construcción de un mundo más humano y, por lo tanto, más divino.

En el Evangelio se nos narra la conclusión del discurso escatológico de Mateo, en la línea de la tradición bíblica apocalíptica, lo que tiene que ver con las cosas últimas, con el juicio final. En esta imagen Jesús viene presentado como el “Hijo del hombre”, como una figura humana-divina que tiene la misión de instaurar el Reino de Dios. Jesús aparece como un personaje glorioso para llevar a la historia en modo definitivo a esa realidad que en el tiempo ha permanecido escondida a los ojos de los todos.

La imagen del juicio final se nos presenta con una metáfora pastoril, “como un pastor separa las ovejas de las cabras”, propio del ambiente palestino del tiempo de Jesús. Este Rey-Pastor “separará a unos de otros”, en ese sentido es un juicio, cuyo criterio distintivo será la caridad. Según este texto del Evangelio de Mateo lo que no salva es la caridad, el amor practicado con gestos y acciones concretas: dar de comer, dar de beber, dar hospedaje, vestir, visitar al que está enfermo o en la cárcel. Lo que nos salvará son las obras, como nos recuerda la Carta de Santiago: «Una fe sin obras está muerta» (cf. Sant 2, 17). «Muéstrame tu fe sin obras y yo te mostraré por las obras mi fe» (Sant 2, 18).

El texto nos revela también algo sorprendente, y es que Jesús nos muestra cómo esta figura real quiere identificarse con los que tienen hambre, sed, los migrantes, los que están desnudos, enfermos o en la cárcel. Ninguno fue capaz de reconocerlo con los ojos de la carne, tampoco se dice que fue a la luz de la fe o por la fidelidad al cumplimiento de la Ley. Se trata simplemente de amar con los hechos, de respetar y valorar la dignidad de los demás, descubriendo en ellos la presencia del Señor. ¿Soy capaz de reconocer en los demás, sobre todo en los más vulnerables la presencia y la llamada de Jesús?

Edgardo Guzmán CMF