Santoral 6 de marzo

SAN OLEGARIO, obispo († 1137)

San Olegario nació en Barcelona, hijo de noble familia, el año 1060. Su padre, Olegario, era gran valido del Conde de Barcelona, Ramón Berenguer I. Su madre, Guilia, descendía de la nobleza goda. Crecía el niño y crecían a la par sus virtudes. Tanto las teologales como las cardinales. En todas sobresalía. Era muy asiduo en la oración, muy devoto en la Misa.

Tenía el Conde de Barcelona tres hijos y, queriendo el mejor ejemplo para ellos, consiguió que Olegario estudiase en su compañía para que les sirviese de estímulo y no se dejasen llevar por la molicie de la corte.

A los diez años entró Olegario en el gremio de los canónigos de la catedral de Barcelona. Muy joven era en la edad, pero muy dispuesto para adelantar en toda obra buena. Se distinguió por la piedad, por la austeridad, por el adelantamiento en los estudios. Era sobre todo muy aficionado a la lectura de los Santos Padre, por lo que se convirtió en un gran maestro, doctor y predicador famosísimo. De todas partes acudían a oírle.

  1. Beltrán, obispo de la ciudad condal, fundó, no lejos de la ciudad, en San Adrián, junto al río Besós, un convento de canónigos regulares de San Agustín. Conociendo Olegario la vida ejemplar de aquellos santos varones, sintió una santa emulación y deseo de imitarles. Rompió con los lazos que le ataban a vanidades y prebendas y entró como miembro de la comunidad.

Al comprobar sus compañeros su virtud y discreción, pronto lo hicieron prior de la comunidad. Él prefería practicar la obediencia en el anonimato. Marchó a un convento de la Provenza, pero también lo hicieron abad.

Faltó entonces el obispo de Barcelona. Doña Dulce, esposa de Ramón Berenguer III, que conocía muy bien las virtudes de Olegario, instó para que fuera elegido sucesor. El clero y el pueblo así lo deseaba y de muchas maneras lo manifestó. Olegario, asustado, logró huir y se escondió. El papa Pascual II envió un legado con la orden expresa de que Olegario aceptarse la sede de Barcelona. Por fin Olegario, viendo la voluntad de Dios aceptó.

Como obispo, fue el pastor solícito de la grey que se le había encomendado. Predicaba continuamente con oportunidad y sin ella, imponía justicia, reconciliaba a los enemistados, reedificaba iglesias, levantaba centros para atender a los necesitados, repartía grandes limosnas.

Acudió a Roma a prestar obediencia al nuevo papa Gelasio II, como entonces era costumbre. De nuevo contra su resistencia, fue trasladado a la sede de Tarragona. Asistió a los concilios de Tolosa, Reims, y al Lateranense I, noveno de los ecuménicos. Enviado por el papa Inocencio II al concilio de Clermont, coincidió allí con San Bernardo y San Buenaventura. La elocuencia de sus argumentos logró la excomunión del antipapa Anacleto. Buscando siempre la paz entre los príncipes cristianos, fue a Zaragoza y reconcilió a D. Alfonso VII, rey de Castilla, y a Ramiro II, rey de Aragón.

Fue toda su vida muy piadoso y devoto. Le gustaba visitar los sepulcros de los santos. En sus últimos años tuvo el consuelo de visitar en Tierra Santa los lugares principales donde se había desarrollado la vida de Jesús. Viendo ya muy cercana la hora de su muerte, de lo que había tenido una premonición, intensificó su vida de piedad y se desprendió de todos sus bienes. Rezando a la Virgen María, de quien era muy devoto, y pronunciando las palabras de Jesús en la cruz: “A tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu”, entregó su alma a Dios el 6 de marzo del año 1137.

 

Otros Santos de hoy: Marciano, Víctor, Rosa de Viterbo, Basilio.

Justo y Rafael Mª López-Melús