I Vísperas – Domingo II de Cuaresma

I VÍSPERAS

DOMINGO II DE CUARESMA

INVOCACIÓN INICIAL

V./ Dios mío, ven en mi auxilio
R./ Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

¿Para qué los timbres de sangre y nobleza?
Nunca los blasones
fueron lenitivo para la tristeza
de nuestras pasiones.
¡No me des coronas, Señor, de grandeza!

¿Altivez? ¿Honores? Torres ilusorias 
que el tiempo derrumba.
Es coronamiento de todas las glorias
un rincón de tumba.
¡No me des siquiera coronas mortuorias!

No pido el laurel que nimba el talento,
ni las voluptuosas
guirnaldas de lujo y alborozamiento.
¡Ni mirtos ni rosas!
¡No me des coronas que se lleva el viento!

Yo quiero la joya de penas divinas
que rasga las sienes.
Es para las almas que tú predestinas.
Sólo tú la tienes.
¡Si me das coronas, dámelas de espinas! Amén.

SALMO 118: HIMNO A LA LEY DIVINA

Ant. Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una morada alta y se transfiguró delante de ellos.

Lámpara es tu palabra para mis pasos,
luz en mi sendero;
lo juro y lo cumpliré:
guardaré tus justos mandamientos;
¡estoy tan afligido!
Señor, dame vida según tu promesa.

Acepta, Señor, los votos que pronuncio,
enséñame tus mandatos;
mi vida está siempre en peligro,
pero no olvido tu voluntad;
los malvados me tendieron un lazo,
pero no me desvié de tus decretos.

Tus preceptos son mi herencia perpetua,
la alegría de mi corazón;
inclino mi corazón a cumplir tus leyes,
siempre y cabalmente.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una morada alta y se transfiguró delante de ellos.

SALMO 15: EL SEÑOR ES EL LOTE DE MI HEREDAD

Ant. Su rostro resplandecía como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz.

Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti;
yo digo al Señor: «Tú eres mi bien».
Los dioses y señores de la tierra
no me satisfacen.

Multiplican las estatuas
de dioses extraños;
no derramaré sus libaciones con mis manos,
ni tomaré sus nombres en mis labios.

El Señor es el lote de mi heredad y mi copa;
mi suerte está en tu mano;
me ha tocado un lote hermoso,
me encanta mi heredad.

Bendeciré al Señor, que me aconseja,
hasta de noche me instruye internamente.
Tengo siempre presente al Señor,
con él a mi derecha no vacilaré.

Por eso se me alegra el corazón,
se gozan mis entrañas,
y mi carne descansa serena.
Porque no me entregarás a la muerte,
ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción.

Me enseñarás el sendero de la vida,
me saciarás de gozo en tu presencia,
de alegría perpetua a tu derecha.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Su rostro resplandecía como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz.

CÁNTICO de FILIPENSES: CRISTO, SIERVO DE DIOS, EN SU MISTERIO PASCUAL

Ant. Moisés y Elías hablaban de su muerte, que iban a consumar en Jerusalén.

Cristo, a pesar de su condición divina,
no hizo alarde de su categoría de Dios;
al contrario, se despojó de su rango
y tomó la condición de esclavo,
pasando por uno de tantos.

Y así, actuando como un hombre cualquiera,
se rebajo hasta someterse incluso a la muerte,
y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo levantó sobre todo
y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»;
en el cielo, en la tierra, en el abismo,
y toda lengua proclame:
Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Moisés y Elías hablaban de su muerte, que iban a consumar en Jerusalén.

LECTURA: 2Co 6, 1-4a

Os exhortamos a no echar en saco roto la gracia de Dios, porque él dice: «En tiempo favorable te escuché, en día de salvación vino en tu ayuda»; pues mirad, ahora es tiempo favorable, ahora es tiempo de salvación. Para no poner en ridículo nuestro ministerio, nunca damos a nadie motivo de escándalo; al contrario, continuamente damos prueba de que somos ministros de Dios.

RESPONSORIO BREVE

R/ Escúchanos, Señor, y ten piedad. Porque hemos pecado contra ti.
V/ Escúchanos, Señor, y ten piedad. Porque hemos pecado contra ti.

R/ Cristo, oye los ruegos de los que te suplican.
V/ Porque hemos pecado contra ti.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Escúchanos, Señor, y ten piedad. Porque hemos pecado contra ti.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Una voz desde la nube decía: «Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto; escuchadlo.»

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Una voz desde la nube decía: «Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto; escuchadlo.»

PRECES
Bendigamos a Dios, solícito y providente para con todos los hombres, e invoquémosle, diciendo:

Salva, Señor, a los que has redimido.

Oh Dios, fuente de todo bien y origen de toda verdad, llena con tus dones al Colegio de los obispos,
— y haz que aquellos que les han sido confiados se mantengan fieles a la doctrina de los apóstoles.

Infunde tu amor en aquellos que se nutren con el mismo pan de vida,
— para que todos sean uno en el cuerpo de tu Hijo.

Que nos despejemos de nuestra vieja condición humana y de sus obras,
— y nos renovemos a imagen de Cristo, tu Hijo.

Concede a tu pueblo que, por la penitencia, obtenga el Perdón de sus pecados
— y tenga parte en los méritos de Jesucristo.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Haz que nuestros hermanos difuntos puedan alabarte eternamente en el cielo,
— y que nosotros esperemos confiadamente unidos a ellos en tu reino.

Con la misma confianza que nos da nuestra fe, acudamos ahora al Padre, diciendo, como nos enseñó Cristo:
Padre nuestro…

ORACION

Señor, Padre santo, tú que nos has mandado escuchar a tu Hijo, el predilecto, alimenta nuestro espíritu con tu palabra; así, con mirada limpia, contemplaremos gozosos la gloria de tu rostro. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Sábado I de Cuaresma

1) Oración inicial

Dios, Padre Eterno, vuelve hacia ti nuestros corazones, para que, consagrados a tu servicio, no busquemos sino a ti, lo único necesario, y nos entreguemos a la práctica de las obras de misericordia. Por nuestro Señor.

2) Lectura

Del santo Evangelio según Mateo 5,43-48

Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa vais a tener? ¿No hacen eso mismo también los publicanos? Y si no saludáis más que a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de particular? ¿No hacen eso mismo también los gentiles? Vosotros, pues, sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial.

3) Reflexión

• En el evangelio de hoy vemos como Jesús interpreta el mandamiento “No matarás” para que su observancia lleve a la práctica del amor. Además de “No matarás” (Mt 5,21), Jesús cita otros cuatro mandamientos del antigua ley: no cometerás adulterio (Mt 5,27), no jurarás en falso (Mt 5,33), ojo por ojo, diente por diente (Mt 5,38) y, en el evangelio de hoy: “Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo” (Mt 5,43). Así, por cinco veces en conjunto, Jesús critica y completa la manera antigua de observar estos mandamientos y apunta hacia un camino nuevo para alcanzar el objetivo de la ley que es la práctica del amor (Mt 5,22-26; 5, 28-32; 5,34-37; 5,39-42; 5,44-48).

• Amar a los enemigos. En el Evangelio de hoy, Jesús cita la antigua ley que decía: “Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo”. Este texto no se encuentra tal cual en el Antiguo Testamento. Se trata más bien de una mentalidad reinante, segundo la cual la gente no veían ningún problema en que una persona odiara a su enemigo. Jesús no está de acuerdo y dice “Pero yo les digo Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan”. Y expone la motivación: “Pues, si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa vais a tener? Los cobradores de impuestos ¿no hacen eso mismo? Y si no saludáis más que a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de particular? ¿No hacen eso mismo los gentiles? Vosotros, pues, sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial.” Jesús nos lo muestra. En la hora de ser crucificado observó aquello que enseñó.

• Padre, ¡perdona! ¡Ellos no saben lo que hacen! Un soldado tomó la mano de Jesús en el brazo de la cruz, clavó un clavo y empezó a dar golpes. Varias veces. Salí sangre. El cuerpo de Jesús se contorcía de dolor. El soldado, un mercenario, ignorante, ajeno a lo que estaba haciendo y a lo que estaba ocurriendo alrededor, continuaba dando golpes como si fuera un trozo de pared de la casa y estuviera colgando un cuadro. En ese momento Jesús pidió por el soldado que lo torturaba y dirigió esta plegaria a su Padre: “¡Padre, perdona! No saben lo que hacen”. Amó al soldado que lo mataba. Por más que quisiesen, la falta de humanidad no logró apagar en Jesús la humanidad y el amor. Lo tomaron, escupieron en su rostro, le rieron a la cara, hicieron de él un rey payaso con una corona de espinas sobre la cabeza, lo torturaran, lo obligaron a ir por las calles como un criminal, tuvo que oír los insultos de las autoridades religiosas, en el calvario lo dejaron totalmente desnudo a la vista de todos y de todas. Pero el veneno de la falta de humanidad no consiguió alcanzar la fuente de amor y de humanidad que brotaba desde dentro de Jesús. El agua del amor que brotaba desde dentro era más fuerte que el veneno del odio que venía de fuera. Mirando a aquel soldado Jesús tuvo dolor y rezó por él y por todos: “¡Padre perdona!” Y hasta añadió una disculpa: “No saben lo que hacen”. Jesús se hizo solidario con aquellos que lo torturaban y maltrataban. Era como el hermano que va con sus hermanos ante en juez y él, víctima de sus hermanos, dice al juez: “Son mis hermanos, sabe usted, son unos ignorantes. Perdónelos. ¡Se mejorarán!” Amó al enemigo.

• Sed perfecto como el Padre del cielo es perfecto. Jesús no quiere solamente un cambio superficial, porque nada cambiaría. El quiere cambiar el sistema de la convivencia humana. La Novedad que quiere construir viene de la nueva experiencia que tiene de Dios como Padre lleno de ternura ¡que acoge a todos! Las palabras de amenazas contra los ricos no pueden ser para los pobres una ocasión de venganza. Jesús manda tener la actitud contraria: “¡Amad a vuestros enemigos!” El verdadero amor no puede depender de lo que yo recibo del otro. El amor debe querer el bien del otro independientemente do lo que él hace por mí. Pues así es el amor de Dios por nosotros.

4) Para una reflexión personal

• Amar a los enemigos. ¿Será que soy capaz de amar a mis enemigos?

5) Oración final

Dichosos los que caminan rectamente,
los que proceden en la ley de Yahvé.
Dichosos los que guardan sus preceptos,
los que lo buscan de todo corazón. (Sal 119,1-2)

La meta es la luz

1.- La Transfiguración contrasta con la humildad habitual en la vida de Jesús. Es un hombre del pueblo que se acerca a los enfermos, a los pecadores a los marginados de entonces para darles consuelo y paz. Y un día en lo alto de un monte muestra la Gloria a sus discípulos. Quiere decir, entonces, que esa felicidad es también insoslayable, que mensaje no es solo de humildad, sufrimiento y dificultades. La meta está junto a esa luz que blanqueaba los vestidos.

2.- Todo parece indicar que los Apóstoles no se enteraban “ni de la Misa la media”. Tuvo que llegar la Resurrección del Señor y la venida del Espíritu Santo para que se dieran cuenta de quien habían tenido al lado. Es cuando comienzan a llamar a Jesús, el Señor, término que se utilizaba para referirse a Dios. De todas formas, la escena de la Transfiguración situada en un contexto de realidad corriente es terrible. Hay ingredientes de gloria y de eternidad en ella y se produce, precisamente, para que Pedro, Santiago y Juan vayan recibiendo datos sobre la divinidad de Cristo. Se ha dicho también que fue el “refuerzo” para que ellos asumieran mejor los tiempos duros de la Pasión. Aparentemente, no sirvió para nada y en esos citados días difíciles los Apóstoles huyeron y dejaron a Jesús completamente solo. Pero su misión no comenzaba entonces, se iniciaba tras la Resurrección y Ascensión del Señor y sería, entonces, cuando todos los signos realizados por Jesús darían su fruto. Ocurre algo parecido con nosotros, así como con la mayoría de los creyentes. hay situaciones incompresibles que toman su exacto significado después, cuando posterior un hecho nos las aclara.

3.- El relato de San Mateo, del capítulo 17 de su Evangelio, narra con gracia y precisión el aturdimiento voluntarista de Pedro y finalmente el miedo de los tres: Santiago, Juan y Pedro. Y no es para menos si nosotros mismos, aquí y ahora, nos imaginamos como protagonistas de la escena. Se cumple, además, el deseo del Maestro de no anticipar acontecimientos. No quiere que cuenten el prodigio. Solo desea que quede en su memoria para cuando sea necesario. Y Pablo cuenta en su Segunda Carta Timoteo, el resultado de la transfiguración. Dice: “Al aparecer nuestro Salvador Jesucristo, que destruyó la muerte y sacó a la luz la vida inmortal, por medio del Evangelio”. Es la vida inmortal para todos lo que Jesús quiso mostrar a los tres apóstoles en el Monte de la Transfiguración. La primera lectura, del capítulo del Libro del Génesis, nos cuenta como Dios nos muestra nuestra misión. Abrahán, ya no muy joven recibió el encargo dejarlo todo e iniciar una nueva vida en otro lugar. Tal vez, hoy Dios, en este Tiempo de Cuaresma, se nos quiere mostrar para enseñarnos el camino. Tengámoslo en cuenta.

Ángel Gómez Escorial

Comentario – Sábado I de Cuaresma

El Sermón de la montaña que recoge el capítulo 5º del evangelio de san Mateo es quizá la expresión más original de la enseñanza de Jesús. En él al menos se contrapone lo dicho (es decir, lo enseñado, lo mandado, lo exigido) a los antiguos y lo dicho por Jesús: Habéis oído que se dijo… Yo, en cambio, os digo. Aquí hay, si no una rectificación, sí una superación. Aquí resplandece la plenitud de la Ley y los profetas. Aquí encontramos lo más genuinamente cristiano: lo que se pide al cristiano por el hecho de ser cristiano, más allá de comportamientos naturales, habituales o simplemente “humanos”.

Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y ‘aborrecerás a tu enemigo’. La segunda parte de este mandamiento no se encuentra en ningún lugar del AT; pero sí se encuentran textos como Ecl 12, 4-7 y otros textos del Qumrán donde se habla de detestar a los pecadores. Se trata, por tanto, de una interpretación de Jesús al mandamiento del “amor al prójimo” desde la perspectiva de la enseñanza veterotestamentaria, según la cual el concepto de “prójimo” no incluía a ciertas personas: los paganos, los extranjeros, los no correligionarios, los enemigos. Estos quedaban excluidos del mandamiento, porque no eran “prójimo”.

El mandamiento del amor al prójimo quedaba así reducido a un grupo limitado de personas: los próximos por razón de consanguinidad, o de vecindad, o de religión (o circuncisión), o de raza, o de partido, o de pureza. Dejaba de ser un precepto con valor universal. Prójimo, en realidad, es todo hombre al que sea posible acercar o acercarse. Jesús salva este reduccionismo, característico del particularismo judío, invitando a amar incluso a los enemigos, puesto que ellos también son ‘prójimo’: Yo, en cambio, os digo: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen y rezad por los que os persiguen y calumnian. Así seréis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos.

La contraposición entre el “aborrecerás a tu enemigo” y el “amad a vuestros enemigos” es notable. Pero Jesús no hace otra cosa que desplegar toda la potencia que se contiene en el antiguo mandamiento del amor al prójimo; porque el enemigo, el que nos aborrece, el que nos persigue y calumnia, también es prójimo y debe ser amado a pesar de su enemistad, de su odio y de su persecución. Siempre cabe decir: “no saben lo que hacen”. Quizá el amor con que respondamos a su odio pueda curarles y transformarles de enemigos en amigos. Es el efecto milagroso del amor que tantas veces se ha hecho realidad en tiempos de persecución y de odio. Sólo obrando así nos estaremos mostrando como hijos de ese Padre que derrama sus dones –su sol y su lluvia- no sólo sobre los buenos, sino también sobre los malos. Sólo obrando así nos comportaremos como lo que somos: hijos de este Padre universal que a la hora de la beneficencia no distingue entre buenos y malos, entre los que lo merecen y los que no lo merecen, ya que los destinatarios de sus beneficios son todas sus criaturas sin exclusión (porque cualquier ser vivo se aprovecha de su sol y de su lluvia), especialmente las humanas.

Porque –continúa Jesús su argumentación-, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y si saludáis sólo a vuestro hermano, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los paganos? Por tanto, sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto. Jesús quiere entre sus seguidores una conducta que les distinga, sin pretenderlo, de los demás, paganos, publicanos, etc. Ciertamente, amar a los que nos aman no parece que sea muy meritorio. Es simplemente responder con la misma moneda: devolver el amor que se nos da. Aun así, muchas veces no somos capaces siquiera de esta respuesta, porque somos ingratos al amor recibido de otros. Pero esto de responder con amor al que nos ama es un sentimiento tan humano que lo encontramos en todo tipo de personas y muchas de ellas poco ejemplares en su conducta. Y si saludamos sólo al que nos saluda, o al hermano que permanece en buena hermandad, ¿qué hacemos de extraordinario? Nada, simplemente seguir una buena norma de educación. Pero a veces ni siquiera se observan estas elementales normas de educación o de higiene social.

Jesús quiere que sus seguidores se distingan en su conducta del común de los mortales, de modo que lo extraordinario entre los paganos sea ordinario entre los cristianos. ¿Y qué mayor distinción que la del amar a los enemigos, de modo que puedan decir de ellos no sólo “mirad cómo se aman”, sino “mirad cómo aman a sus enemigos”?

Puede que esta exigencia nos parezca excesiva, porque se nos está invitando a imitar a nuestro Padre del cielo; pero Él es Dios y además está en el cielo, mientras que nosotros somos hombres, y además estamos en la tierra. ¿Cómo pretender ser perfectos como el Perfecto siento tan imperfectos? ¿No es una fatua pretensión querer imitar a Dios? ¿No estaríamos pretendiendo de nuevo ser como Dios? Es verdad que la consigna de Jesús pone como punto de referencia al Padre del cielo, pero no es necesario emprender la tarea de imitarle directamente a Él, tan infinitamente “distante” de nosotros por naturaleza. Tenemos un punto de referencia más cercano a nosotros, que nos traslada la conducta de Dios al espacio y al tiempo humanos, y ese es el mismo Jesús, Verbo encarnado; porque el que lo ve a él, ve al Padre.

Jesucristo nos enseña cómo llevar a la práctica este mandamiento que incluye el amor a los enemigos, especialmente en momentos tan dramáticos como el de su muerte en la cruz. Nos enseña cómo hacerlo y nos da la fuerza (su Espíritu de amor) para llevarlo a cabo. Y si nos seguimos cuestionando cómo funciona esto, preguntémosles a todos los mártires (y santos) de la historia que han sufrido persecución y muerte o han sido calumniados sin provocar en ellos otra respuesta que el amor en forma de favor, de oración o de perdón. Se han mostrado realmente –y sin afectación- hijos del Padre del cielo y cabales imitadores de Cristo en su amor al prójimo, incluidos los enemigos. Este amor ha dado lugar a muchas conversiones –como la de Saulo, testigo de la muerte de Esteban, el diácono protomártir- y ha acabado generando muchos hijos e imitadores del mismo Dios. Si este fermento se extendiera a todos los hombres, se produciría sin duda la transformación de toda la humanidad. Ya no habría que amar a los enemigos, porque ya no habría enemigos; aunque sí habría “prójimos” a quienes seguir amando en el Reino de Dios.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Christus Vivit – Francisco I

295. Entonces sí el discernimiento se convierte en un instrumento de lucha para seguir mejor al Señor[161]. De ese modo, el deseo de reconocer la propia vocación adquiere una intensidad suprema, una calidad diferente y un nivel superior, que responde mucho mejor a la dignidad de la propia vida. Porque en definitiva un buen discernimiento es un camino de libertad que hace aflorar eso único de cada persona, eso que es tan suyo, tan personal, que sólo Dios lo conoce. Los otros no pueden ni comprender plenamente ni prever desde afuera cómo se desarrollará.


[161] Cf. Exhort. ap. Gaudete et exsultate (19 marzo 2018), 169.

La fe no es merengue

1.- El domingo pasado, si recordáis, hablábamos de que la CUARESMA interviene sobre todo para removernos por dentro (convertirnos) con el objetivo de que lleguemos a la Pascua del Señor con las cosas más o menos claras en lo que conlleva la vida de un cristiano.

Uno, cuando lee y escucha atentamente el relato de la transfiguración del Señor, no puede menos que correr el riesgo de situarse al lado de Pedro: la fe merengue y dulce. ¿Morir tú, Señor? ¿Resucitar? ¿De qué nos hablas? ¿Qué dices?

El Señor les había llamado, como con nosotros lo hizo en el día del Bautismo, pero no les había advertido de la crudeza y riesgos de ser sus amigos. De que les habrían de señalar por seguir su causa o que, incluso, serían tomados por locos al pretender instaurar un reino de Dios con unos esquemas tan sencillos y tan llanos como aquellos que les proponía el nazareno.

Pero también es verdad que, los creyentes, necesitamos de estos revulsivos del monte Tabor para seguir adelante. Aquello de “Señor; qué bien se está aquí” lo vivimos de muchas maneras y en muchos momentos cuando (a solas o en comunidad) nos hacemos los encontradizos y cercanos a Jesús.

2.- Ciertamente, y sobre todo en estos tiempos donde a veces se mira a la iglesia con recelo (como se miró a Jesús en su tiempo), y donde cuesta asumir un estilo de vida marcado por el compás del evangelio necesitamos de una experiencia de Dios que nos clarifique y nos fortalezca en la fe para seguir adelante. Lo malo no son las dificultades, ni las zancadillas o aguijonazos que sentimos constantemente para caminar como creyentes ni, tan siquiera, la indiferencia con la que otras veces topamos para llevar la Buena Noticia a nuestros ambientes. Lo negativo y, lo más peligroso, es quedarnos en “lo nuestro y con los nuestros”. En subirnos a la azotea de la comodidad, quedarnos en la altura y resistirnos a bajar al llano que es donde está la cruz y el yunque donde se acrisola nuestra fe.

La cuaresma, por ello mismo nos invita a contemplar ese Jesús iluminado por Dios para que, cuando lleguen las dificultades, comprendamos que la acidez es algo que camina en paralelo a la dulzura aparente del mensaje cristiano.

¡No tengamos miedo! Si el Señor lo dice, nosotros intentaremos romper silencios y vacíos, prejuicios y temores para saber que toda resurrección implica un poco de pasión.

Que la Eucaristía, que celebramos en este segundo domingo de Cuaresma, sea un sentirnos en el Monte Tabor y escuchar como aquella vez: “Este es mi Hijo, mi amado, escuchadle”

3.- ¡Hagamos miles de tiendas,Señor!

-Una tienda cuyo techo sea el cielo que nos habla de tu presencia Señor.

-Una tienda, sin puerta de entrada ni salida, para que siempre nos encuentres en vela, despiertos y contemplando tu rostro.

-Una tienda en la que todos aprendamos que la CRUZ es condición necesaria e insoslayable en la fidelidad cristiana.

-Una tienda que nos ayude a entender que aquí todos somos nómadas. Que no importa tanto el estar instalados cuanto estar siempre cayendo en la cuenta de que todo es fugaz y pasajero.

-Una tienda, Señor, que nos proteja de las inclemencias de los fracasos ytumbos de nuestra vida cristiana.

-Una tienda, Señor, que nos ayude a ESCUCHAR tu voz en el silencio del desierto.

-Una tienda, Señor, por la que a través de su ventana contemplemos para salir rápidos los avatares del mundo

-Una tienda, Señor, donde cuando amanezca escuchemos la voz de Dios que nos llama al trabajo, al llano, al compromiso activo y sufrido por tu reino.

-Una tienda, Señor, donde permanentemente sintamos cómo se tambalea su débil estructura al soplo de tu voz: “Tú eres mi Hijo amado”.

Javier Leoz

¿Dónde está nuestro Tabor?

1.- Durante los primeros quinientos años de la vida de la Iglesia se llevaban a cabo, en este domingo, las ordenaciones sacerdotales. A eso corresponden las lecturas de este domingo. Nada tienen que ver, pues, esas tres lecturas con el espíritu litúrgico del tiempo cuaresmal.

En la primera lectura, del libro del Génesis, se nos presenta la llamada dirigida a quien se iba a dedicar, de por vida, a desinstalarse continuamente para dedicar su vida entera, minuto a minuto, a servir a Dios en el prójimo: Sal de tu casa, de tu tierra y de entre tus parientes.

Toda vocación empieza por una llamada que nos saca de nuestra casa y de nuestras “casillas”. Y puede tener formas diversas, pero siempre es una llamada a cortar con “algo” o con “alguien”, a ponerse en camino, a superarse, trascenderse y transfigurarse. La llamada puede decir: Sal o sube, baja o ven… No se sabe lo que nos espera.

Abrahán, nuestro padre en la fe, es el prototipo de esta llamada a la desinstalación para la disponibilidad continua. Se trataba, para el ordenado como sacerdote, de mantenerse en total disponibilidad para ir donde y cuando más conviniera para la predicación del Reino de Dios. Y Abrahán no es el único prototipo que se nos presenta en la Palabra de Dios, igualmente se exige a Isaac, a Jacob, al pueblo de Israel entero, a Moisés, a cada uno de los profetas y, desde luego, Jesús es un modelo perfecto, de tal manera que llega a decir que un hombre como Él no tiene en dónde reclinar su cabeza.

No se sabe lo que nos espera, pero hay promesa y bendición: Crecerás, te ensancharás, tendrás fruto, darás vida, vivirás…

2. Una vocación puede ser la de anunciar el Evangelio. Es una vocación gozosa, como ninguna. Pero es también una vocación dura, dolorosa, porque encuentra el rechazo de muchos y la persecución de otros.

La segunda carta de san Pablo a Timoteo, es una magnífica exhortación-resumen acerca de cuál iba a ser su labor en adelante, dirigida a quien iba a ser ordenado como sacerdote en este domingo. Otro gallo nos hubiera cantado en la Iglesia si siempre hubiéramos hecho caso a estas palabras del apóstol Pablo. Tomar parte en los duros trabajos del Evangelio según las fuerzas que Dios nos dé. Bien claro; nada de triunfalismos.

El predicar el Evangelio será un duro trabajo, pero debemos confiar no en nuestras fuerzas, sino en las fuerzas que Dios nos dé. Él, Dios, es el más interesado. Él es quien salva, y lo hace por medio de Jesucristo, no por medio de nosotros; a lo más, podemos ser sus representantes, pero nadie puede sustituirlo a Él.

3. En el evangelio tenemos la versión de Mateo del suceso teológico que conocemos como “la transfiguración”. Como en un “preestreno”, la gloria del Hijo del hombre es vista por los tres apóstoles que estaban considerados como las tres columnas esenciales de la Iglesia primitiva.

No se trata de un truco mágico hecho por Jesús. Sino que, de repente, los apóstoles pueden ver, o sea comprender, todo lo Dios encarnado que es el hombre Jesús. De repente también, con la pasión de Jesús, todo lo que habían comprendido, o sea visto, se les vino abajo. Solamente después de la resurrección vuelve a hacérseles claro que todo lo que Dios es, toda la gloria de Dios, se había hecho visible, oíble, encarnado, en el hombre Jesús de Nazaret.

La aparición de Moisés y Elías en ese cuadro catequético se debe a que representaban “la Ley y los profetas”, que es la expresión judía para decir: La Sagrada Escritura entera. Mateo quiere decirnos, pues, que toda la Sagrada Escritura da testimonio acerca de Jesús y que toda la Sagrada Escritura alcanza su sentido pleno en Él.

Como Pedro, Santiago, y Juan, como las columnas de la comunidad, el recién ordenado, venía a decir la Iglesia primera, ha sido escogido de entre todos los seguidores de Jesús para contemplar de cerca su divinidad y dar testimonio de ella ante todos los demás.

4. Los apóstoles se sabían su catecismo de memoria, pero necesitaron una “revelación” para entender de verdad todo lo Dios que era Jesús. ¿No nos pasa lo mismo a nosotros?

Pero, ¿dónde esta nuestro Tabor? Miramos a los montes y no vemos luz alguna. ¿Donde esta el lugar de la dicha y la gloria? Lo que más impresiona no es la luz, sino la oscuridad y los agujeros negros insaciables.

Estamos invitados a mirar hacia dentro, al “hombre interior”. Y allí, desde el silencio, podremos escuchar la voz del Espíritu que se nos ha dado. Es una voz intensa que habla del Padre y que llena de esperanza. No estamos solos. Todo el misterio de Dios nos habita.

¿Nos hemos dado cuenta de que, por la fe, tenemos que aprender a descubrir en ese carpintero, en ese niño pobre, en esa mujer embarazada, al Hijo de Dios que hay en él? Quizá cuando lo descubramos ya sea demasiado tarde y tengamos que oír, lo de “yo tuve hambre y tú no me diste de comer.” ¿Hemos entendido, en nuestra Iglesia, el sentido que tiene el que todos los llamados por Dios lo son a servir a los demás? ¿Es nuestra vida, y nuestras palabras, un buen testimonio de la divinidad de Jesucristo? ¿Hay alguien que se haya sentido animado a creer, a esperar y a amar, gracias a nuestra vida y palabras?

Antonio Díaz Tortajada

El resplandor del Señor

1.- Todo en principio es difícil. Todo tiene un tiempo de gestación dolorosa. Los estudios, un nuevo trabajo, los comienzos de un negocio hasta que se encarrila, cuesta y duele. Todo lo que es éxito y vida nace de una mezcla de dolor y muerte. Hasta la boda de dos jóvenes llenos de ilusión conlleva la separación de los padres, la acomodación a una nueva vida compartida que no es fácil. El nacimiento de una maravilla de niño es precedido de nueve meses de molestia de la madre.

La misma naturaleza irracional se desarrolla por caminos de muerte a vida. La flor vestida de colores exige la muerte de la semilla. ¿Y os habéis imaginado alguna vez los dolores de parto de la tierra hasta formar los valles y montes del Guadarrama, de Gredos y de los Pirineos?

2.- No son más fáciles los caminos de Dios. Cuando el Señor quiere hacer de Abrahán un gran pueblo lo primero que le dice es “sal, arráncate de la casa de tu padre y de tu patria. Un arrancón doloroso fue el comienzo de su grandeza como pueblo elegido de Dios.

Y Jesús que días antes de la Transfiguración les ha anunciado a sus discípulos el mismo principio de muerte y vida, diciéndoles que Él mismo llegará a la Resurrección a través de la pasión y muerte, se ve en la precisión de desvelar un poco, ente los discípulos, cuál será su final glorioso.

El monte, la nube, el resplandor, la voz, todo son símbolos veterotestamentarios de la presencia del Dios veraz que viene a confirmar la veracidad de la afirmación de Jesús, que por su muerte llegará a la resurrección y a la vida. Un principio difícil y un fin glorioso.

3.- Y los apóstoles, muy humanos, como nosotros, que prefieren el éxito, la gloria, el final del camino sin andar el camino, responden por boca de Padre: “Qué bien se está aquí, hagamos tres tiendas…” Quedémonos en lo alto del monte, para que bajar a continuar el camino difícil. Quedémonos quietos aquí…

Sin darse cuenta de que sin hacer el camino no hay final del camino. El que se queda quieto no llega a la vida, el que se queda parado anquilosa sus miembros, paraliza su cuerpo y en lugar de llegar a la vida se atrae a la muerte.

Hasta los terroristas saben esto y utilizan la teoría de la bicicleta. Promueven atentados sin sentido para mantener a su gente en acción, porque el que no pedalea se cae de la bicicleta.

4.- Y mientras nosotros decimos: “quedémonos aquí porque aquí se está muy bien”, el Señor le dice a Abrahán “sal de la casa de tu padre y de tu patria, desestabiliza tu vida y yo te bendeciré. Y a los apóstoles les dice “Levantaos, bajemos del monte, porque soy yo el se encuentra a gusto en el ruido de la calle, en los hogares de los hombres, en tu casa.

Y quizás es por esto por lo que queremos hacerle tres tiendas al Señor en el Monte, porque nos da miedo tenerle más cerca y menos en mi casa.

Los judíos relegaron al Señor al templo de Jerusalén. Y ellos iban a verle una vez al año, para que Él no se molestase y para que Dios no les molestase.

Nosotros somos más generosos, hemos relegado al Señor al templo, pero le venimos a ver todas las semanas y que tampoco se moleste Él en venir a nuestra casa.

— ¿Qué tiene que ver el Señor con la televisión o los videos que se ven en mi casa?

— ¿Qué tiene que ver el Señor con las ya enconadas desavenencias entre marido y mujer?

— ¿Qué tiene que ver con la total incomprensión entre padre e hijos?

— ¿Qué tiene que ver con nuestras cuentas corrientes bancarias?

— ¿Qué tiene que ver con una mesa demasiado bien puesta o con armarios repletos de cosas demasiado lujosas?

Nos da miedo que el resplandor del Señor en nuestra casa nos haga a nosotros mismos ver demasiado claro, que el tenor de nuestra vida no es conforme a sus enseñanzas.

Quédate en el monte Señor, que nosotros vendremos a verte todas las semanas…

José María Maruri, SJ

Los miedos en la Iglesia

Probablemente es el miedo lo que más paraliza a los cristianos en el seguimiento fiel a Jesucristo. En la Iglesia actual hay pecado y debilidad, pero hay sobre todo miedo a correr riesgos. Hemos comenzado el tercer milenio sin audacia para renovar creativamente la vivencia de la fe cristiana. No es difícil señalar alguno de estos miedos.

Tenemos miedo a lo nuevo, como si «conservar el pasado» garantizara automáticamente la fidelidad al Evangelio. Es cierto que el Concilio Vaticano II afirmó de manera rotunda que en la Iglesia ha de haber «una constante reforma», pues «como institución humana la necesita permanentemente». Sin embargo, no es menos cierto que lo que mueve en estos momentos a la Iglesia no es tanto un espíritu de renovación cuanto un instinto de conservación.

Tenemos miedo para asumir las tensiones y conflictos que lleva consigo buscar la fidelidad al evangelio. Nos callamos cuando tendríamos que hablar; nos inhibimos cuando deberíamos intervenir. Se prohíbe el debate de cuestiones importantes, para evitar planteamientos que pueden inquietar; preferimos la adhesión rutinaria que no trae problemas ni disgusta a la jerarquía.

Tenemos miedo a la investigación teológica creativa. Miedo a revisar ritos y lenguajes litúrgicos que no favorecen hoy la celebración viva de la fe. Miedo a hablar de los «derechos humanos» dentro de la Iglesia. Miedo a reconocer prácticamente a la mujer un lugar más acorde con el espíritu de Jesús.

Tenemos miedo a anteponer la misericordia por encima de todo, olvidando que la Iglesia no ha recibido el «ministerio del juicio y la condena», sino el «ministerio de la reconciliación». Hay miedo a acoger a los pecadores como lo hacía Jesús. Difícilmente se dirá hoy de la Iglesia que es «amiga de pecadores», como se decía de su Maestro.

Según el relato evangélico, los discípulos caen por tierra «llenos de miedo» al oír una voz que les dice: «Este es mi Hijo amado… escuchadlo». Da miedo escuchar solo a Jesús. Es el mismo Jesús quien se acerca, los toca y les dice: «Levantaos, no tengáis miedo». Solo el contacto vivo con Cristo nos podría liberar de tanto miedo.

José Antonio Pagola

Comentario al evangelio – Sábado I de Cuaresma

En el contexto del Deuteronomio la primera lectura de hoy tiene un carácter jurídico, es de hecho una fórmula de tratado, la ratificación formal de la alianza. En su simplicidad el texto tiene un claro objetivo didáctico de expresar la experiencia que el pueblo de Israel ha tenido con Dios. Ellos experimentan que Dios no es un ser absoluto, lejano, inaccesible. Dios es ante todo comunión, es cercano y entra en relación con su pueblo. Es Él quien toma la iniciativa de liberarlo de la esclavitud de Egipto y de caminar con ellos.

De este texto se desprende una intuición que nos puede iluminar en este tiempo de Cuaresma. Redescubrir que nuestra experiencia creyente, nuestra vida cristiana es una relación. Olvidar este aspecto relacional pude convertir nuestra vida espiritual en una lucha contra nosotros mismos o querer demostrarle algo a los demás. La llamada de Moisés al Pueblo de Israel a cumplir los mandatos y decretos del Señor no se limita a la observancia de unas normas. Es la invitación a entrar en una relación.

Una relación que se mueve desde la lógica del amor y la gratuidad. Hasta llegar a ser «Hijos del Padre Celestial». Es a partir de esta experiencia como seremos capaces de amar incluso a nuestros enemigos como pide Jesús a sus discípulos en el evangelio. Esa perfección a la que nos llama, no significa una serenidad inalterable, ascética pura, imperturbabilidad. Jesús nos revela que esa perfección es misericordia para todos, amor universal, bondad sin limites. Tender a la perfección significará conformar nuestro corazón con la voluntad del Padre bueno, que dona sus bienes sin hacer distinción.

Pidámosle a María nuestra madre que interceda por nosotros y nos obtenga de su Hijo la gracia de una verdadera conversión de nuestro corazón. Ella que supo encarnar en su vida el amor de Dios que nos salva y humaniza nuestro mundo.

Edgardo Guzmán CMF