Vísperas – Lunes II de Cuaresma

VÍSPERAS

LUNES II DE CUARESMA

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Te damos gracias, Señor,
porque has depuesto la ira
y has detenido ante el pueblo
la mano que lo castiga.

Tú eres el Dios que nos salva,
la luz que nos ilumina,
la mano que nos sostiene
y el techo que nos cobija.

Y sacaremos con gozo
del manantial de la Vida
las aguas que dan al hombre
la fuerza que resucita.

Entonces proclamaremos:
«¡Cantadle con alegría!
¡El nombre de Dios es grande;
su caridad, infinita!

¡Que alabe al Señor la tierra!
Contadle sus maravillas.
¡Qué grande, en medio del pueblo,
el Dios que nos justifica!» Amén.

SALMO 44: LAS NUPCIAS DEL REY

Ant. Eres el más bello de los hombres; en tus labios se derrama la gracia.

Me brota del corazón un poema bello,
recito mis versos a un rey;
mi lengua es ágil pluma de escribano.

Eres el más bello de los hombres,
en tus labios se derrama la gracia,
el Señor te bendice eternamente.

Cíñete al flanco la espada, valiente:
es tu gala y tu orgullo;
cabalga victorioso por la verdad y la justicia,
tu diestra te enseñe a realizar proezas.
Tus flechas son agudas, los pueblos se te rinden,
se acobardan los enemigos del rey.

Tu trono, oh Dios, permanece para siempre,
cetro de rectitud es tu centro real;
has amado la justicia y odiado la impiedad:
por eso el Señor, tu Dios, te ha ungido
con aceite de júbilo
entre todos tus compañeros.

A mirra, áloe y acacia huelen tus vestidos,
desde los palacios de marfiles te deleitan las arpas.
Hijas de reyes salen a tu encuentro,
de pie a tu derecha está la reina,
enjoyada con oro de Ofir.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Eres el más bello de los hombres; en tus labios se derrama la gracia.

SALMO 44:

Ant. ¡Que llega el Esposo, salid a recibirlo!

Escucha, hija, mira: inclina tu oído,
olvida tu pueblo y la casa paterna;
prendado está el rey de tu belleza:
póstrate ante él, que él es tu señor.
La ciudad de Tiro viene con regalos,
los pueblos más ricos buscan tu favor.

Ya entra la princesa, bellísima,
vestida de perlas y brocado;
la llevan ante el rey, con séquito de vírgenes,
la siguen sus compañeras:
la traen entre alegría y algazara,
van entrando en el palacio real.

«A cambio de tus padres, tendrás hijos,
que nombrarás príncipes por toda la tierra.»

Quiero hacer memorable tu nombre
por generaciones y generaciones,
y los pueblos te alabarán
por los siglos de los siglos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. ¡Que llega el Esposo, salid a recibirlo!

CÁNTICO de EFESIOS: EL DIOS SALVADOR

Ant. Cuando llegó el momento culminante, Dios recapituló todas las cosas en Cristo.

Bendito sea Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en la persona de Cristo
con toda clase de bienes espirituales y celestiales.

Él nos eligió en la persona de Cristo,
antes de crear el mundo,
para que fuésemos santos
e irreprochables ante Él por el amor.

Él nos ha destinado en la persona de Cristo
por pura iniciativa suya,
a ser sus hijos,
para que la gloria de su gracia,
que tan generosamente nos ha concedido
en su querido Hijo,
redunde en alabanza suya.

Por este Hijo, por su sangre,
hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.
El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia
ha sido un derroche para con nosotros,
dándonos a conocer el misterio de su voluntad.

Éste es el plan
que había proyectado realizar por Cristo
cuando llegase el momento culminante:
recapitular en Cristo todas las cosas
del cielo y de la tierra.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Cuando llegó el momento culminante, Dios recapituló todas las cosas en Cristo.

LECTURA: Rm 12, 1-2

Os exhorto, hermanos, por la misericordia de Dios, a presentar vuestros cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios; éste es vuestro culto razonable. Y no os ajustéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir lo que es voluntad de Dios, lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto.

RESPONSORIO BREVE

R/ Yo dije: Señor, ten misericordia.
V/ Yo dije: Señor, ten misericordia.

R/ Sáname, porque he pecado contra ti.
V/ Señor, ten misericordia.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Yo dije: Señor, ten misericordia.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. «No juzguéis, y no os juzgarán; porque os van a juzgar como juzguéis vosotros», dice el Señor.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. «No juzguéis, y no os juzgarán; porque os van a juzgar como juzguéis vosotros», dice el Señor.

PRECES

Bendigamos a Dios, nuestro Padre, que, por boca de su Hijo, prometió escuchar la oración de los que se reúnen en su nombre, y, confiados en esta promesa, supliquémosle, diciendo:

Escucha a tu pueblo, Señor.

Señor, tú que en la montaña del Sinaí diste a conocer tu ley por medio de Moisés y la perfeccionaste luego por Cristo,
— haz que todos los hombres descubran que tienen inscrita esta ley en el corazón y que deben guardarla como una alianza.

Concede a los superiores fraternal solicitud hacia los que les han sido confiados,
— y a los súbditos, espíritu de obediente colaboración.

Fortalece el espíritu y el corazón de los misioneros
— y suscita en todas partes colaboradores de su obra.

Que los niños crezcan en gracia y en edad,
— y que los jóvenes se abran con sinceridad a tu amor.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Acuérdate de nuestros hermanos que ya duermen el sueño de la paz
— y dales parte en la vida eterna.

Fieles a la recomendación del Salvador, nos atrevemos a decir:
Padre nuestro…

ORACION

Señor, Padre santo, que para nuestro bien espiritual nos mandaste dominar nuestro cuerpo mediante la austeridad, ayúdanos a librarnos de la seducción del pecado y a entregarnos al cumplimiento filial de tu santa ley. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Lunes II de Cuaresma

1) Oración inicial

Señor, Padre santo, que para nuestro bien espiritual nos mandaste dominar nuestro cuerpo mediante la austeridad; ayúdanos a librarnos de la seducción del pecado y a entregarnos al cumplimiento filial de tu santa ley. Por nuestro Señor.

2) Lectura

Del santo Evangelio según Lucas 6,36-38

«Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo. No juzguéis y no seréis juzgados, no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados. Dad y se os dará; una medida buena, apretada, remecida, rebosante pondrán en el halda de vuestros vestidos. Porque con la medida con que midáis se os medirá.»

3) Reflexión

• Los tres breves versículos del Evangelio de hoy (Lc 6,36-38) constituyen la parte final de un breve discurso de Jesús (Lc 6,20-38). En la primera parte de este discurso, él se dirige a los discípulos (Lc 6,20) y a los ricos (Lc 6,24) proclamando para los discípulos cuatro bienaventuranzas (Lc 6,20-23), y para los ricos cuatro maldiciones (Lc 6,20-26). En la segunda parte, se dirige a todos los que lo escuchan (Lc 6,27), a saber, aquella multitud inmensa de pobres y enfermos, venida de todos los lados (Lc 6,17-19). Las palabras que dice a esta multitud y a todos nosotros son exigentes y difíciles: amar a los enemigos (Lc 6,27), no maldecir (Lc 6,28), ofrecer la otra mejilla a los que te golpean la cara y no reclamar cuando alguien toma lo que es nuestro (Lc 6,29). ¿Cómo entender estos consejos tan exigentes? La explicación nos la dan tres versículos del evangelio de hoy, de donde sacamos el centro de la Buena Nueva que Jesús vino a traernos.

• Lucas 6,36: Ser misericordioso como vuestro Padre es misericordia. Las bienaventuranzas para los discípulos (Lc 6,20-23) y las maldiciones contra los ricos (Lc 6,24-26) no pueden ser interpretadas como una ocasión para que los pobres se venguen de los ricos. Jesús manda tener la actitud contraria. Y dice:”¡Amad a vuestros enemigos!” (Lc 6,27). La mudanza o la conversión que Jesús quiere realizar en nosotros no consisten en algo superficial solamente para invertir el sistema, pues así nada cambiaría. El quiere cambiar el sistema. La Novedad que Jesús quiere construir viene de la nueva experiencia que tiene de Dios como Padre/Madre lleno de ternura que acoge a todos, buenos y malos, que hace brillar el sol sobre malos y buenos y hace llover sobre justos e injustos (Mt 5,45). El amor verdadero no depende de lo que yo recibo del otro. El amor debe querer el bien del otro independientemente do lo que él o ella hacen por mí. Pues así es el amor de Dios por nosotros. El es misericordioso no solamente para con los buenos, sino para con todos, hasta “con los ingratos y con los malos” (Lc 6,35). Los discípulos y las discípulas de Jesús deben irradiar este amor misericordioso.

• Lucas 6,37-38: No juzgad y no seréis juzgados. Estas palabras finales repiten de forma más clara lo que él había dicho anteriormente: “Así, pues, tratad a los demás como queréis que ellos os traten” (Lc 6,31; cf. Mt 7,12). Si no deseas ser juzgado, ¡no juzgues! Si no deseas ser condenado, ¡no condenes! Si quieres ser perdonado, ¡perdona! No te quedes esperando hasta que el otro tome la iniciativa, ¡tómala tú la iniciativa y comienza ya! Y verás que todo esto ocurre.

4) Para la reflexión personal

• La Cuaresma es tiempo de conversión. ¿Cuál es la conversión que el evangelio de hoy me pide?
• ¿Has procurado ser misericordioso como el Padre del cielo es misericordioso?

5) Oración final

Ayúdanos, Dios salvador nuestro,
por amor de la gloria de tu nombre;
líbranos, borra nuestros pecados,
por respeto a tu nombre. (Sal 79,9)

Señor, dame esa agua

Era normal rodear Samaria, pero Jesús no lo hace, era necesario pasar,esa era la indicación del Padre. Los movimientos de escena son completados de una forma magistral: Jesús estaba sentado sobre el pozo de Jacob en Sicar, cansado, alrededor del mediodía. Estaba solo porque sus discípulos habían ido a comprar pan. Llega una mujer con su cántaro sobre la cabeza y comienza el diálogo.

Necesidad común de agua

Jesús le ofrece “agua viva” en una conversación sin la arrogancia de un varón judío, hablando a nivel de necesidad puramente física que todos tenemos, diciendo: “Dame de beber”. Todos sabemos algo de cansancio, soledad, sed de felicidad, miedo, tristeza. Las necesidades nos unen dejando a un lado las diferencias. La samaritana representa la insatisfacción más radical del hombre, que ninguna criatura puede satisfacerle. Sed de amar y ser amada (necesidad afectiva), que lleva en el fondo el deseo de Dios. Jesús la va a ayudar a descubrir ese oscuro deseo que tiene. Todas las aventuras sentimentales que había emprendido no le habían aportado la felicidad. Son sucedáneos del verdadero amor, son amores de paso, sin compromiso, baratos, de inferior calidad, superficiales. Esperó encontrar el verdadero amor que calmara su sed, pero no fue así, los cinco pozos (maridos) de los que bebió le dejaron desengañada y con más sed. El agua que ofrece Jesús es bien distinto, es de manantial, no está estancada, quien la beba no volverá a tener más sed. Esta mujer no había conocido la gratuidad, toda su vida ha sido un esfuerzo para “sacar agua del pozo” y no conseguir nada: sus maridos se han ido esfumando uno a uno.

El interés de Jesús por la samaritana es que se relacione de una manera totalmente nueva con Dios. Eso es lo que necesita, esa es su sed. No le interesan sus maridos y relaciones pecaminosas. No le interesan los pecados morales, le interesa su único mal que es la falta de fe, que la desvincula de la verdad, viviendo en la ceguera espiritual, como  los dirigentes soberbios judios.

Bebiendo del mismo vaso que la samaritana rechaza poderosos convencionalismos sociales e ignora hostilidades entre judíos y samaritanos. La conversación, de un modo progresivo, responde y trasciende cada una de las barreras que separan a Jesús de la mujer, al mismo tiempo que Jesús desarrolla el simbolismo del “agua viva”, y la mujer va madurando en su percepción de quién es Jesús.

Jesús, con su iniciativa pide antes de ofrecer y antes de dar y pide algo que está al alcance de la mujer, como cuando Elías visita a la viuda de Sarepta. Parece egoísmo y crueldad para con aquella pobre mujer, arrancándola el último puñado de harina. Podíamos probar este método pastoral de acercarnos como hombres débiles y necesitados, más que imponiendo nuestras sabidurías. Despertar la generosidad de los demás es esencial, porque eso les llevará más allá de sí mismos. Paradójico es que sólo el sediento pueda dar agua, como Jesús que lleno de sed, ofrece agua en la cruz (Tengo sed, Jn 19, 28. Y al instante salió sangre y agua, 19. 34).

Reflexión

¿Escuchamos la sed de los corazones humanos, sus sufrimientos, sanamos la vida de las personas? ¿Nos sentamos a escuchar deseos de felicidad, sufrimientos y dolores de los más maltratados y desamparados? ¿Cómo seguir llamándonos, seguidores de Jesús? No puede ir bien la iglesia si somos, o así nos ven, como los representantes de la ley y la moral, ¿dónde hemos dejado la misericordia y la compasión? En la profunda crisis de fe que estamos sumergido no podemos limitamos a hablar de morales ni de lo que hay que hacer ni dedicamos a enjuiciar y decir lo que pensamos, sino lo que nos ama y cómo nos ama Jesús.

Identidad de Jesús y las diferencias de culto. Del dónde al cómo

Trascendiendo la narración, la trama de los maridos nos ayudará a ver la fe de la mujer samaritana, su culto y la identidad de Jesús, que se quiere manifestar. Jesús toma la iniciativa diciéndole que vaya a buscar a su marido. Ella, comienza a experimentar la seducción, comienza a perder pié y a sentir la desestabilización. Cuando ella responde que no tiene marido, miente diciendo que no ha tenido necesidad de amar, necesidad de saciar su sed y quiere mantener el control de todos sus sentimientos, pero Jesús la demuestra que sabe lo que hay en el corazón de cada persona, reafirmando que lo que ha dicho es verdad, pues no se siente satisfecha, reconoce su fracaso, lo hondo de esa insatisfacción tras tantas experiencias frustradas. En ese momento todas sus defensas se derrumban y reconoce a Jesús como profeta.

Reflexión

El verdadero culto no depende de un lugar determinado, de un espacio, ni es propiedad de nadie, ni de ninguna religión o pueblo, sino al corazón. Al Padre, se le encuentra y rinde culto sin ir a lugares especiales religiosos. Basta ir a una cárcel o a un hospital; desde la cocina o cualquier trabajo nos podemos encontrar con él. Los lugares altos no acercan a Dios, nos acerca sentir el sufrimiento de los demás y no siendo indiferentes, como el Padre que acompaña. Importante encontrar el manantial en nuestro propio corazón,

Los adoradores del Padre no lo son por las ceremonias, incienso y parafernalias, sino por la sencillez y su espíritu y verdad: la de ser seguidores de Jesús, que como él van a los últimos, con la compasión del Padre, su ternura, perdón, aliento, … arriesgando la vida. Cuando la vida está tiritando en nuestro mundo hay que volver a la verdad, sin dejarnos envolver en nuestras propias mentiras.

Una mujer actúa, testigo eficaz para su pueblo llevándoles a Jesús

¡Los discípulos le han traído el almuerzo, pero la mujer le ha traído toda la ciudad! El testimonio de la mujer a sus conciudadanos vuelve a repetirse: “Me ha dicho todo lo que he hecho”. El profeta sabía todo lo que había hecho y a pesar de ello la aceptó. El relato que comenzó con una mujer, termina con toda una ciudad. Comenzó cuando la mujer se encontró con un extranjero junto a un pozo cerca de una ciudad, derribando las barreras que existían entre judíos y samaritanos y termina con la confesión de que Jesús es “el Salvador del mundo”. Una vez más, el reconocimiento de Jesús es el punto focal en el que termina el relato. La fe que en un principio se basa en el testimonio de la mujer, ahora se ve confirmada por la propia escucha. La suya es una fe que se basa no en señales, sino en la palabra de Jesús

Fr. Pedro Juan Alonso O.P.

Comentario – Lunes II de Cuaresma

Jesús propone de nuevo a Dios Padre como referente de comportamiento para sus discípulos: Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo; no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante. La medida que uséis, la usarán con vosotros. Para un hijo de semejante Padre, Dios, no hay mejor forma de ser que la de su Padre. La filiación divina ya implica una participación en el ser de ese Padre del que somos hijos. Por tanto, ser como nuestro Padre no es sino conducirnos en la vida conforme a lo que ya somos en cuanto hijos de Dios. No es, pues, ni una pretensión desorbitada, ni una temeridad. Es simplemente traducir en actos lo que ya somos: hijos de Dios. Dios es amor, nos dice san Juan, y amor misericordioso. El ser compasivo es una nota constitutiva de este Dios que debe verse reflejada en la conducta de sus hijos. No ser compasivos sería como renegar de la propia condición o impedir el normal desarrollo del dinamismo vital que nos conforma. No obrar con compasión es desmentir lo que somos: hijos de un Dios compasivo y misericordioso.

Fuera de esto, Jesús quiere hacernos ver que habrá una proporcionalidad entre lo que hagamos nosotros en relación con los demás y lo que hagan con nosotros. La medida que usemos con los demás, la usarán con nosotros; más aún, a nosotros nos verterán una medida colmadarebosante. Es importante tener esto en cuenta, porque si nuestras obras tienen “medida”, ello se debe a que serán “juzgadas”. Sólo un juicio puede determinar la “medida” de nuestras acciones o de nuestras omisiones, es decir, de nuestros juicios, de nuestras condenas, de nuestros perdones, de nuestras donaciones. No juzguéis; pero ¿se puede pasar por la vida sin hacer juicios? ¿No disponemos de inteligencia para enjuiciar las cosas que suceden a nuestro alrededor: acontecimientos, noticias, actuaciones, personas? Seguramente Jesús se refiera a juicios condenatorios –de hecho, a continuación dice: no condenéis– sobre personas, no sobre hechos, conductas u omisiones. Los juicios laudatorios son menos dañinos que los condenatorios, aunque si son falsos también pueden dañar tanto al que los recibe como al que los emite.

En cualquier caso, nuestros juicios pueden tener una componente de parcialidad o de mentira muy notable: no siempre disponemos de todos los elementos necesarios para hacer un juicio correcto; a veces nos precipitamos en nuestros juicios; a veces estos se asientan en un error de apreciación; muchas veces pretendemos juzgar lo que nos es imposible o lo que sólo sería posible para el que es capaz de penetrar en lo profundo de las conciencias, en las intenciones; finalmente, nuestros juicios nunca podrán ser definitivos, porque el ser humano sobre el que hacemos recaer nuestro juicio siempre puede cambiar o dejar de ser lo que era. Por tanto, no juzguéis, y no seréis juzgados: no os constituyáis en jueces de los demás, pues el que habrá de juzgarnos a todos, y en el día oportuno, no nos ha nombrado jueces de esos cuyo juicio se lo ha reservado Él, el único capaz de juzgar con verdad y rectitud en un juicio universal y definitivo.

Pero “no condenar” es una garantía de que tampoco nosotros seremos condenados; lo mismo que perdonar es una garantía de que obtendremos perdón. Y ello en razón de la proporcionalidad de la medida usada. Dad y se os dará: si damos bienes, se nos darán bienes; si males, males. La medida que usemos al tasar la conducta y las cualidades o los defectos de los demás será la que Dios emplee para apreciar nuestra propia valía, nuestros méritos o deméritos. Esta medida, incluso, rebasará la empleada por nosotros; pues será una medida colmada o remecida rebosante. ¿Qué otra cosa significa: porque si no perdonáis a los demás sus culpastampoco vuestro Padre del cielo os perdonará a vosotros? Es siempre la misma estimación. Para Dios tiene tanto valor nuestro modo de tratar a los demás, que está dispuesto a aplicarnos la misma medida (o medicina) que empleemos con ellos. Y es que nuestra morada definitiva dependerá esencialmente de esta medida, pues los que hacen el Reino son sus habitantes, lo mismo que los que hacen la casa confortable son sus moradores.

Sólo si la medida usada con los demás es producto del amor misericordioso podrá construirse ese Reino cimentado sobre esta base que hace posible la convivencia, la armonía y la paz, sin las cuales se tornará aspiración imposible, sueño irrealizable, plasmación fantasmagórica. Reparemos, pues, en la medida que usamos para evaluar, apreciar o valorar las conductas de los demás, sin olvidar que nadie nos ha constituido en jueces de las vidas ajenas, y ni siquiera de la propia. Decía san Pablo: Es verdad que mi conciencia no me remuerde; pero ni siquiera yo me juzgo; mi juez es el Señor.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Christus Vivit – Francisco I

297. Ya que «el tiempo es superior al espacio»[162], hay que suscitar y acompañar procesos, no imponer trayectos. Y son procesos de personas que siempre son únicas y libres. Por eso es difícil armar recetarios, aun cuando todos los signos sean positivos, ya que «se trata de someter los mismos factores positivos a un cuidadoso discernimiento, para que no se aíslen el uno del otro ni estén en contraste entre sí, absolutizándose y oponiéndose recíprocamente. Lo mismo puede decirse de los factores negativos: no hay que rechazarlos en bloque y sin distinción, porque en cada uno de ellos puede esconderse algún valor, que espera ser descubierto y reconducido a su plena verdad»[163].


[162] Exhort. ap. Evangelii gaudium (24 noviembre 2013), 222: AAS 105 (2013), 1111.

[163] S. Juan Pablo II, Exhort. ap. postsin. Pastores dabo vobis (25 marzo 1992), 10: AAS 84 (1992), 672.

Homilía – Domingo III de Cuaresma

1.- El agua de la roca (Ex 17, 3-7)

Dureza de la vida en el desierto. El fantasma de la muerte, causada por la sed: «¿Nos has hecho salir de Egipto para hacernos morir de sed a nosotros, a nuestros hijos y a nuestros ganados?». Una queja que encierra en lo más hondo el dolor de la pregunta: «¿Está o no está Dios en medio de nosotros?». El hombre, herido de muerte por la sed, y profundamente dolido por el silencio de Dios. y silencio. Necesidades de vida y silencios de muerte. Camino doloroso de una vida nunca fácil.

Angustia en la pregunta en los labios del mediador amenazado: «¿Qué puedo hacer por este pueblo?». Volver a Dios la mirada y confiar en su constante compañía salvadora. Es el mismo cayado que, en las aguas del río, abrió un nuevo camino, el que va a golpear la roca para que brote de ella «el agua para que beba el pueblo». mismo Dios salvador, acompañante incansable de los caminos del hombre, aunque, a veces, pese y cueste su silencio.

2.- «La esperanza no defrauda» (Rom 5, 1-2.5-8)

Las razones más hondas de la espera suelen ir siempre por dentro. Desde ellas, cualquier desierto puede tornarse en vergel. Son las aguas abundantes que brotan del corazón y riegan toda la vida, y la fecundan.

Hechos justos por la fe, a la medida de Dios, por medio de Jesucristo, recibimos como modo propio de ser el vivir en esperanza: Lo que ya somos tendrá que manifestarse, para nuestro propio gozo y para el gozo de aquellos con quienes vivimos nuestra vida cotidiana.

Tenemos en el corazón para manifestarlo en la vida el mismísimo amor de Dios: «El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado». Teniendo semejante don, ¿cómo puede defraudarnos o defraudar a otros la esperanza? Hermosa es la paradoja de esperar lo que tenemos: Lo que ya lleva por dentro, aún no manifestado del todo. Lo que se nos va mostrando y nosotros revelamos en el camino creyente y en la meta que, como don, nos aguarda. El amor de Dios ya manifestado en Cristo. El amor real de Cristo que no «pesa» nuestros méritos: «La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros».

 

3.- El agua que salta hasta la vida eterna (Jn 4, 5-42)

El agua de la roca, para abrevar desde fuera, se hace agua en el corazón para saciarse por dentro, bebiendo del manantial de la vida. De la roca que da el agua por la fuerza del cayado (primera lectura) a Cristo, la nueva roca, que da el agua como don, compartiendo su propio ser: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber…».

Todo empieza por comulgar en la sed. La misma sed en la mujer que llega al pozo y en Jesús que le pide de beber. La comunión en la necesidad abre al diálogo y al don. Desde una necesidad real Jesús pide agua a la mujer samaritana: «Jesús, cansado del camino, estaba allí, sentado, junto al manantial», sin cubo para sacar el agua del pozo hondo. Jesús se nos presenta necesitado de alguien que pueda calmar su sed.

Jesús, necesitado de agua y en comunión de necesidad con una mujer marginada —por mujer y por samaritana—, se hace ofertador de otra agua: «El que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed». La oferta de lo que no se ve: «El surtidor de agua que salta hasta la vida eterna», desde la necesidad palpada y compartida de beber. Desde la necesidad al don. Desde la pobreza a la gracia. Del vacío a la plenitud. De la carencia a la abundancia.

Jesús se presenta a la mujer como agua, como profeta, como único lugar para el culto verdadero, superando los espacios «reservados» por el hombre para el encuentro con Dios. Con la samaritana también confesamos: «Sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo».

El agua que no cesa

Haz brotar de tu roca el agua que no cesa
ele remediar sequías y sanar arideces;
el agua saltarina, Señor, con la que acreces
el hambre de saciarnos con el pan de tu mesa…;

el agua que nos lava la suciedad espesa
de la ambición sin tino, las taimadas dobleces,
la soberbia crecida, las torpes estrecheces,
el corazón de piedra y la intención aviesa…;

el agua cristalina y tersa, que refleja
la brizna de lo eterno que, a ciegas, tanteamos
y el fulgor de tu luz, para que más creamos…;

el agua primigenia, activa, que no deja
de batir con sus olas la voluntad inerte,
de fecundar el ansia de vida tras la muerte…

 

Pedro Jaramillo

Jn 4, 5-42 (Evangelio Domingo III de Cuaresma)

El agua viva de una religión de gracia

El evangelio, de san Juan (en este domingo se prescinde de Mateo), nos ofrece una de las escenas y diálogos mejor construidos del cuarto evangelista. Todo hemos escuchado alguna vez esta narración de Jesús y la samaritana; aunque no siempre hayamos podido abarcar todo su significado y profundidad. Puede que hoy no la oigamos completa, pero su sentido es el mismo que exponemos. Jesús pasa por territorio de herejes, como eran considerados los samaritanos por los judíos ortodoxos. Es una vieja historia de odios y rencores a causa de la religión. Los samaritanos se consideraban herederos de los patriarcas, tenían su Pentateuco, creían en Yahvé, en Dios, pero unos y otros pensaban que su “dios” era mejor que el otro, y su templo, y su monte santo, y su agua y sus fuentes. La escena se sitúa en Samaría.

Los samaritanos proceden de la unión de tribus asirias y de judíos del reino del Norte antes de su destrucción en el año 721 a. C.. Después se llegó a un verdadero cisma entre judíos y samaritanos, como rigorismo de la reforma judía que sigue al destierro de Babilonia. Los samaritanos se opusieron a la construcción del nuevo Templo de los judíos. Construyeron otro santuario para ellos en el monte Garizim que fue destruido en el año 129 a C.. Los samaritanos se consideran descendientes de los Patriarcas, y estaban orgullosos del pozo que -decían- les había dejado su padre Jacob por medio de José (Gn 33,19;48,22; Jos 24,32). Los samaritanos solamente creen en los cinco libros del Pentateuco; aún hoy existen tribus samaritanas. Un judío religioso debía evitar todo contacto con los samaritanos, no solamente impuros, sino herejes, y lo que menos se podía pensar era en pedirle a ellos de comer o beber (Cf. Eclo 50,25-26; Lc 9,52; 10,33; Mt 10,5). En este relato van a coincidir una serie de factores, muchos tipológicos, para enseñar verdades que nunca deberíamos olvidar. Jesús fatigado del camino, deja Jerusalén, va hacia Galilea y pasa por Samaría que era un lugar que evitaban los judíos piadosos. El, Jesús, un hombre, un judío, y si queremos Dios «pide» a una mujer pecadora y herética. Jesús, a una samaritana, a una persona que por herejía solo podía dar hastío y maldición, le pide. Ya sabemos que Jesús le pide para dar él mucho más. El diálogo es sabroso, es un diálogo con alguien maldito. Y Jesús ofrece a cambio «agua viva». Esta expresión en el AT significaba: los valores de la vida, la revelación, la Sabiduría divina y la Ley (Cf: Jer 2,13; Zac 14,8; Ez 47,9; Prov 13,14; Is 44,3; Jl 3,1). En nuestro caso, a cambio, Jesús ofrece por el agua del pozo (que puede significar el judaísmo con lo que prometía y no daba, ya que los samaritanos también eran judíos), «agua viva» que según el mismo Juan es el Espíritu que da la vida eterna (cf: Jn 7, 37-39).

Jesús no pasa por casualidad por aquél camino, ya que a la ida o vuelta de Jerusalén, había que evitar este territorio central de Tierra Santa; había elegido él mismo el camino por el que debía pasar; se siente cansado, pero, más bien que por el camino, a causa de estas disputas religiosas sin sentido y le pide a la mujer (representante de todo un pueblo odiado y condenado) agua, llega pidiendo, no ofreciendo. Existe desconfianza, aunque Jesús ha venido para ofrecer a estos herejes un espíritu nuevo, un agua viva, un culto nuevo, un Dios verdadero. El agua del pozo estaba encerrada y el pozo era hondo; representa el judaísmo y el samaritanismo. Es una crítica a las religiones que ponen tanto empeño en sus cosas, en sus tradiciones, en sus costumbres y en sus normas. A una y otra religión les faltaba el agua viva, carecían de Espíritu y verdadera adoración. Vemos a Jesús que escucha las quejas de la mujer samaritana contra los judíos; pero Jesús, en el evangelio no representa a los judíos, aunque sea confundido con uno de ellos. Advirtamos que Jesús pide, para dar; pregunta, para responder; siente sed, para ofrecerse como agua viva.

Con esa dinámica de contraste, la teología joánica de este pasaje, emblemático a todas luces, propone una religión nueva y un culto nuevo: el culto en Espíritu y verdad. El Espíritu dará a conocer cuál es el culto que tiene sentido: el conocer a Dios y el adorarlo como Padre. Pero los judíos y los samaritanos no adoran precisamente a un Dios como Padre, sino a un dios que ellos mismos se han creado a su modo y manera; el dios que justifica sus odios y rencores. Esa religión, que muchas veces sigue siendo la dinámica de nuestras religiones actuales es un contra-Dios y anti-evangelio. Hoy, pues, también podemos aprender mucho desde el punto de vista ecuménico en la celebración de la eucaristía con este evangelio joánico. Ese no pasar de lejos por el terreno, por el mundo o la vida de los malditos; ese pedir para dar y ofrecer en nombre del Dios vivo la felicidad y la vida verdadera… es lo propio de la “religión” de Cristo. Son muchos los desafíos que esta narración evangélica nos sugiere. El relato nos muestra a un Jesús que en este caso no es un simple judío, sino el Logos de Dios, que habla y dialoga con una mujer (que representa a un pueblo con sus influencias sincretistas, pero al fin y al cabo una mujer)… que descubre algo nuevo que viene de Dios. Y entonces todo cambia… se dejan de lado historias pasadas, reglas que atan el corazón y el alma de la gente religiosa… y hacen posible descubrir a Dios como Padre.

Rom 5, 1-8 (2ª lectura Domingo III de Cuaresma)

Dios nos ofrece la salvación “por amor”

La segunda lectura nos ofrece una enseñanza clave en esta carta paulina. La verdad es que la liturgia no ha tomado la totalidad de este conjunto, uno de los más fuertes y densos de este escrito paulino. El apóstol comienza en este instante el meollo de su carta (5,1-8,39) y lo hace con una significativa proclamación kerygmática de lo que Dios ha hecho por la humanidad, por medio de Cristo que “lo ha llevado” hasta dar la vida por todos. Esto es básico en el pensamiento de Pablo y en la proclamación de la condición de la religión cristiana. Vemos aquí que es Dios el que sale al encuentro del hombre, no el hombre el que sale a la búsqueda de Dios. Por eso debemos seguir afirmando que el cristianismo es la religión de la gracia, de la oferta, del milagro de la misericordia y gratuidad divina.

Pablo, aquí, centra su pensamiento en lo que significa en la vida presente para los creyentes ser justificados por la fe. La salvación, pues, es una gracia de Dios que se nos otorga mediante nuestra confianza en Jesucristo. El enunciado de esto es de un calado teológico sin precedentes, dicho, además, por alguien que procede del judaísmo, como Pablo. Esta gracia es lo que define la justicia de Dios y la vida cristiana. De esto es de lo que debe gloriarse el cristiano, de creer y experimentar la gracia que nos llega por medio del Espíritu de Dios. Pablo está queriendo decir que no hay que gloriarse del esfuerzo que debemos hacer para salvarnos, porque entiende que la salvación es una gracia, un regalo; pero también los regalos hay que saber acogerlos y agradecerlos.

¿Qué significa, pues, la proclamación kerygmática de Rom 5,1-11? Pues que la justificación ó si queremos la salvación, para ser más directos, tiene una estrategia que ha establecido el mismo Dios, por medio de Cristo. Aunque Pablo no se va a poder liberar del lenguaje propio del AT, de los sacrificios y de la muerte, no debemos quedarnos en eso, sino en lo que se afirma. Cristo murió por los “impíos”… y puesto que Dios nos ama (v. 8), Cristo dio su vida por nosotros. ¿Era necesaria esa muerte? Para Dios no era necesaria, y no es Dios quien entrega a la muerte a Jesús, sino los hombres. Pero la formulación de Pablo quiere dejar clara la iniciativa divina. Esto ha ocurrido porque Dios nos “ha amado” y nos ama…

Ex 17, 3-7 (1ª lectura Domingo III de Cuaresma)

Masá y Meriba: Dios siempre da de beber

Los nombres de Masá y Meribá -en los que se ha establecido una relación etimológica con el hecho “de tentar y de contender” (reyerta y tentación), de que habla el relato-, son con toda seguridad nombres de lugares antiguos que se han cargado de mito y leyenda. Pero también ha venido a tener su simbología en la actitud por la que pasa el pueblo y por la que pasan por los todos los creyentes; por eso no importa mucho si ignoramos en dónde están y en qué desierto. La leyenda judía ideó que esa roca iba siguiendo a los israelitas por el desierto. Y de ahí tomó pie Pablo para hacer una lectura midráshica, como han puesto de manifiesto los especialistas y glosar, desde la perspectiva del cristiano que ve en Cristo el gran signo de Dios: “Y la roca era Cristo” (1 Cor 10,4).

La roca del Horeb sobre la que debía golpear Moisés para dar agua al pueblo en el desierto, en las fuentes de Meribá, ha tenido una gran tradición en el Antiguo Testamento, especialmente en los Salmos (78; 95; 105; 106; Sab 11,4). Ya se sabe que el desierto es el lugar de la prueba, especialmente por la necesidad de beber. El agua, en Israel, era y es un tesoro, porque es una pequeña región rodeada de desierto. Un poco de agua es como un milagro y toda sequía es como un castigo y una tentación. Al pueblo, en el desierto, no le compensa su libertad frente a los faraones; no quieren morir en el desierto, aunque podían haber muerto esclavos y explotados cerca de la pirámides de Egipto. Pero así es el sino de todo tipo de liberación.

“¿Está o no está el Señor en medio de nosotros?” Es la pregunta del pueblo sediento… ¿de qué vale la libertad conquistada? El texto quiere reafirmar la fe de un pueblo en Dios, pase lo que pase y suceda lo que suceda. Es más, las dificultades y adversidades deben ser las que ponga de manifiesto la fe en Dios, porque siempre Él, de una manera o de otra, nos “da del agua de la roca”… Dios está en medio de nosotros, pero no podemos exigirle que lo muestre como nosotros queremos, sino que sepamos buscar “el agua” que nos proporciona de rocas que en su entraña llevan una fuente. Sin la vara de Moisés, sin el milagro de la magia, sino con la confianza y la fortaleza de ánimo, porque Dios ¡sí está en medio de nosotros!

Comentario al evangelio – Lunes II de Cuaresma

La oración penitencial comunitaria de Daniel en la primera lectura nos prepara para escuchar el texto del evangelio: “Sed compasivos, como también vuestro Padre es compasivo”. Pero, ¿quién se siente preparado para actuar como Dios actúa?

Y a continuación nos da como una especie de vocabulario básico para vivir en cristiano, algo así como las frases fundamentales para entenderte con la gente cuando viajas a un país extranjero: “No juzguéis, no condenéis, perdonad, dad…Dios os medirá con la misma medida con que vosotros midáis a los demás.”

Sólo quien tiene el corazón abierto a Dios y ha experimentado la compasión y el perdón en su vida, es capaz de actuar guiado por esos sentimientos.

Decíamos en el salmo de hoy: “Señor, no nos trates como merecen nuestros pecados…, que tu compasión nos alcance pronto pues estamos agotados.”

En el Reino que Jesús inaugura, hay que ignorar las barreras creadas por afinidades y simpatías naturales. Se trata de adoptar el comportamiento misericordioso de Dios, para recrear una humanidad nueva. El amor del discípulo de Jesús siempre es entendido en el Nuevo Testamento no como un sentimiento, sino como una acción y una tarea, y debe alcanzar incluso a aquellos que no lo merecen: los enemigos, los que te odian, los que te golpean, los que te roban.

La Beata Teresa de Calcuta siguió practicando el amor total y desinteresado al prójimo más pobre y abandonado a pesar de la oscuridad y desolación interior en que vivía. Así lo revelan sus cartas íntimas. Nadie podía imaginar que esta mujer tan entregada a las obras de caridad más heroicas, viviera en una profunda noche espiritual: no sentía la cercanía de Dios, pero nunca renunció a la compasión. Esa es su grandeza espiritual y lo que la convierte en ejemplo permanente para nosotros. Su amor a los pobres era fruto de una fe pura y desnuda en Jesús, cuya palabra no se cansaba de escuchar. ¿Con el corazón rebosante de alegría quien no es capaz de algún heroísmo?

Ciudad Redonda