Comentario – Viernes II de Cuaresma

Jesús continúa con su relato parabólico. Esta vez de dirige a la multitud de los judíos, pero no pierde de vista a los «dirigentes» del pueblo, a los sumos sacerdotes, que se encuentran también presentes. Les habla de un propietario que plantó una viña en su terreno, la acondicionó, la arrendó a unos labradores y se marchó de viaje.

Cuando llegó el tiempo de la vendimia, envió a sus criados para que les entregaran los frutos que le correspondían –el 50 o el 30 por ciento de la cosecha- como propietario de la viña. Pero los labradores reaccionaron de manera violenta apaleando, matando y apedreando a aquellos emisarios. Seguidamente, el dueño les envió a otros criados, porque se creía con derecho a percibir su parte establecida por contrato. Pero con los nuevos criados hicieron lo mismo. Por último, aquel propietario decidió enviarles como emisario a su propio hijo, pensando que a éste le respetarían. Pero no fue así. Aquellos labradores sin escrúpulos, al ver al hijo, pensaron: lo matamos y nos quedamos con la herencia. Y así lo hicieron.

La pregunta que queda latiendo es: Cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores? Los oyentes de la parábola son llamados a intervenir en la acción y le contestan: Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros labradores que le entreguen los frutos a sus tiempos. Probablemente los que dieron esta respuesta eran esos «sumos sacerdotes» que se encontraban entre la multitud. Pero no cayeron en la cuenta de que, en su respuesta, estaban dictando sentencia contra sí mismos; porque Jesús les estaba significando en esos labradores malvados que, con tal de apropiarse de la cosecha que no era suya, estaban dispuesto a cometer todo tipo de atrocidades, a asesinar incluso a los mensajeros del dueño que venían reclamando el fruto preceptivo.

Y es que Jesús estaba describiendo en su parábola la historia del pueblo de Israel, la viña del Señor que le había sido entregada, a modo de arriendo, por Dios a sus dirigentes para que le devolvieran los frutos pertinentes. Dios había implicado a ciertas personas, sus profetas, en esta tarea de reclamación, pero estos habían sido ignorados, despreciados e incluso asesinados. Finalmente envió a su propio Hijo, el relator de la parábola, que, al tiempo del relato, no había sido aún apresado, empujado fuera de la viña y asesinado, pero que lo sería, tal como quedaba plasmado en la misma narración. Su propio desenlace vital formaba parte de esta historia de infidelidad e injusticia escrita por aquellos a quienes les había sido encomendada la viña del Señor, el pueblo elegido.

Cuando oyeron la ‘moraleja’ o conclusión del relato, aquellos sumos sacerdotes y fariseos comprendieron que hablaba de ellos; por eso creció su indignación contra él e intentaron echarle mano, pero no lo hicieron porque temían a esa multitud enfervorizada que le rodeaba y le tenía por profeta. Jesús había dicho: Por eso os digo que se os quitará a vosotros el Reino de los cielos y se le dará a un pueblo que produzca sus frutos. La «viña del Señor» ya no es simplemente el pueblo elegido, sino la comunidad mesiánica, el Reino de los cielos, que se había dado en arriendo a los que tenían por misión trabajar y cultivar los frutos latentes en esa viña plantada por él mismo. Esos arrendatarios, siendo simples administradores de unos bienes ajenos, han pretendido ilegítimamente hacerle con la propiedad de los mismos para manejarlos a su libre albedrío, adquiriendo sobre ellos un dominio soberano y, por tanto, arrebatándoselos a su dueño y Señor.

Este es quizá el primer pecado de aquellos labradores (=sumos sacerdotes): pretender usurpar a Dios el dominio absoluto que le corresponde en cuanto dueño de su pueblo, de su ley, de sus designios, de sus bienes; para llevar a cabo estos planes se han visto obligados a matar a los enviados de Dios que se han presentado a ellos reclamando los frutos que el Dueño pedía como suyos. Entre esos enviados estará también su propio Hijo, llegado en un último envío para reclamar lo mismo que habían reclamado los profetas anteriores a él: los frutos que Dios espera obtener de lo sembrado por él mismo en la historia de este pueblo que es el suyo, el escogido como aliado. Dado que harán oídos sordos a la reclamación de Dios por medio de su Hijo, silenciando finalmente su voz y arrancándolo de la tierra de los vivos, les será quitado sin ningún miramiento ese Reino que les había sido entregado en cuanto pueblo elegido, para serle dado a otro pueblo y a otros dirigentes que produzcan sus frutos a su tiempo. ¿No hay aquí una profecía del traspaso del Reino al nuevo pueblo de la alianza, al pueblo salido del costado de Cristo?

Pero la historia no ha acabado. Lo mismo que les fue arrebatado al pueblo judío y a sus dirigentes, les puede ser arrebatado de nuevo al pueblo cristiano porque sigue sin dar el fruto que Dios espera de él. Y el pueblo es en gran medida lo que han hecho sus dirigentes de él. De ahí el importante papel de la jerarquía de la Iglesia en la conformación y fructificación de esa Iglesia (resp. pueblo) a cuya cabeza está. Dios nos ha entregado ahora su viña, los bienes del Reino (su palabra, su ley, sus sacramentos, sus consejos, su evangelio, su Espíritu, sus dones salvíficos), para hacerla fructificar con nuestro trabajo. Si pasa el tiempo, llegan los tiempos de la recolección, silenciamos la voz de sus profetas, que Él sigue enviando tras la muerte y resurrección de su Hijo, y seguimos sin dar el fruto esperado, puede que a nosotros se nos quite también el Reino de Dios no sólo como campo de trabajo, sino también como recompensa.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística