I Vísperas – Domingo III de Cuaresma

I VÍSPERAS

DOMINGO III CUARESMA

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

HIMNO

¿Para qué los timbres de sangre y nobleza?
Nunca los blasones
fueron lenitivo para la tristeza
de nuestras pasiones.
¡No me des coronas, Señor, de grandeza!

¿Altivez? ¿Honores? Torres ilusorias 
que el tiempo derrumba.
Es coronamiento de todas las glorias
un rincón de tumba.
¡No me des siquiera coronas mortuorias!

No pido el laurel que nimba el talento,
ni las voluptuosas
guirnaldas de lujo y alborozamiento.
¡Ni mirtos ni rosas!
¡No me des coronas que se lleva el viento!

Yo quiero la joya de penas divinas
que rasga las sienes.
Es para las almas que tú predestinas.
Sólo tú la tienes.
¡Si me das coronas, dámelas de espinas! Amén.

SALMO 112: ALABADO SEA EL NOMBRE DEL SEÑOR

Ant. «Convertíos y creed en el Evangelio», dice el Señor.

Alabad, siervos del Señor,
alabad el nombre del Señor.
Bendito sea el nombre del Señor,
ahora y por siempre:
de la salida del sol hasta su ocaso,
alabado sea el nombre del Señor.

El Señor se eleva sobre todos los pueblos,
su gloria sobre los cielos.
¿Quién como el Señor, Dios nuestro,
que se eleva en su trono
y se abaja para mirar
al cielo y a la tierra?

Levanta del polvo al desvalido,
alza de la basura al pobre,
para sentarlo con los príncipes,
los príncipes de su pueblo;
a la estéril le da un puesto en la casa,
como madre feliz de hijos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. «Convertíos y creed en el Evangelio», dice el Señor.

SALMO 115: ACCIÓN DE GRACIAS EN EL TEMPLO

Ant. Te ofreceré un sacrificio de alabanza, invocando tu nombre, Señor.

Tenía fe, aun cuando dije:
«¡Qué desgraciado soy!»
Yo decía en mi apuro:
«Los hombres son unos mentirosos.»

¿Cómo pagaré al Señor
todo el bien que me ha hecho?
Alzaré la copa de la salvación,
invocando su nombre.
Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo.

Mucho le cuesta al Señor
la muerte de sus fieles.
Señor, yo soy tu siervo,
siervo tuyo, hijo de tu esclava:
rompiste mis cadenas.

Te ofreceré un sacrificio de alabanza,
invocando tu nombre, Señor.
Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo,
en el atrio de la casa del Señor,
en medio de ti, Jerusalén.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Te ofreceré un sacrificio de alabanza, invocando tu nombre, Señor.

CÁNTICO de FILIPENSES: CRISTO, SIERVO DE DIOS, EN SU MISTERIO PASCUAL

Ant. Nadie me quita la vida, sino que yo la entrego libremente y tengo poder para recuperarla.

Cristo, a pesar de su condición divina,
no hizo alarde de su categoría de Dios;
al contrario, se despojó de su rango
y tomó la condición de esclavo,
pasando por uno de tantos.

Y así, actuando como un hombre cualquiera,
se rebajo hasta someterse incluso a la muerte,
y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo levantó sobre todo
y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»;
en el cielo, en la tierra, en el abismo,
y toda lengua proclame:
Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Nadie me quita la vida, sino que yo la entrego libremente y tengo poder para recuperarla.

LECTURA: 2Co 6, 1-4a

Os exhortamos a no echar en saco roto la gracia de Dios, porque él dice: «En tiempo favorable te escuché, en día de salvación vino en tu ayuda»; pues mirad, ahora es tiempo favorable, ahora es tiempo de salvación. Para no poner en ridículo nuestro ministerio, nunca damos a nadie motivo de escándalo; al contrario, continuamente damos prueba de que somos ministros de Dios.

RESPONSORIO BREVE

R/ Escúchanos, Señor, y ten piedad. Porque hemos pecado contra ti.
V/ Escúchanos, Señor, y ten piedad. Porque hemos pecado contra ti.

R/ Cristo, oye los ruegos de los que te suplican.
V/ Porque hemos pecado contra ti.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Escúchanos, Señor, y ten piedad. Porque hemos pecado contra ti.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Todo lo que, en otro tiempo, sucedía a nuestros padres era como un ejemplo para nosotros.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Todo lo que, en otro tiempo, sucedía a nuestros padres era como un ejemplo para nosotros.

PRECES
Glorifiquemos a Cristo, el Señor, que ha querido ser nuestro maestro, nuestro ejemplo y nuestro hermano, y supliquémosle, diciendo:

Renueva, Señor, a tu pueblo

Cristo, hecho en todo semejante a nosotros, excepto en el pecado, haz que nos alegremos con los que se alegran y sepamos llorar con los que están tristes,
— para que nuestro amor crezca y sea verdadero.

Concédenos saciar tu hambre en los hambrientos,
— y tu sed en los sedientos.

Tú que resucitaste a Lázaro de la muerte,
— haz que, por la fe y la penitencia, los pecadores vuelvan a la vida cristiana.

Haz que todos, según el ejemplo de la Virgen María y de los santos,
— sigan con más diligencia y perfección tus enseñanzas.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Concédenos, Señor, que nuestros hermanos difuntos sean admitidos a la gloria de la resurrección,
— y gocen eternamente de tu amor.

Con la misma confianza que nos da nuestra fe, acudamos ahora al Padre, diciendo, como nos enseñó Cristo:
Padre nuestro…

ORACION

Señor, Padre de misericordia y origen de todo bien, que aceptas el ayuno, la oración y la limosna como remedio de nuestros pecados, mira con amor a tu pueblo penitente y restaura con tu misericordia a los que estamos hundidos bajo el peso de las culpas. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Sábado II de Cuaresma

1) Oración inicial

Señor, Dios nuestro, que, por medio de los sacramentos, nos permites participar de los bienes de tu reino ya en nuestra vida mortal; dirígenos tú mismo en el camino de la vida, para que lleguemos a alcanzar la luz en la que habitas con tus santos. Por nuestro Señor.

2) Lectura

Del santo Evangelio según Lucas 15,1-3.11-32

Todos los publicanos y los pecadores se acercaban a él para oírle. Los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: «Éste acoge a los pecadores y come con ellos.» Entonces les dijo esta parábola:

Dijo: «Un hombre tenía dos hijos. El menor de ellos dijo al padre: ‘Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde.’ Y él les repartió la hacienda. Pocos días después, el hijo menor lo reunió todo y se marchó a un país lejano, donde malgastó su hacienda viviendo como un libertino.

«Cuando se lo había gastado todo, sobrevino un hambre extrema en aquel país y comenzó a pasar necesidad. Entonces fue y se ajustó con uno de los ciudadanos de aquel país, que le envió a sus fincas a apacentar puercos. Y deseaba llenar su vientre con las algarrobas que comían los puercos, pues nadie le daba nada. Y entrando en sí mismo, dijo: ‘¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, mientras que yo aquí me muero de hambre! Me levantaré, iré a mi padre y le diré: Padre, pequé contra el cielo y ante ti. Ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros.’ Y, levantándose, partió hacia su padre.

«Estando él todavía lejos, le vio su padre y, conmovido, corrió, se echó a su cuello y le besó efusivamente. El hijo le dijo: ‘Padre, pequé contra el cielo y ante ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo.’ Pero el padre dijo a sus siervos: ‘Daos prisa; traed el mejor vestido y vestidle, ponedle un anillo en la mano y unas sandalias en los pies. Traed el novillo cebado, matadlo, y comamos y celebremos una fiesta, porque este hijo mío había muerto y ha vuelto a la vida; se había perdido y ha sido hallado.’ Y comenzaron la fiesta.

«Su hijo mayor estaba en el campo y, al volver, cuando se acercó a la casa, oyó la música y las danzas; y, llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello. Él le dijo: ‘Ha vuelto tu hermano y tu padre ha matado el novillo cebado, porque le ha recobrado sano.’ Él se irritó y no quería entrar. Salió su padre y le rogaba. Pero él replicó a su padre: ‘Hace tantos años que te sirvo, y jamás dejé de cumplir una orden tuya, pero nunca me has dado un cabrito para tener una fiesta con mis amigos; y ¡ahora que ha venido ese hijo tuyo, que ha devorado tu hacienda con prostitutas, has matado para él el novillo cebado!’«Pero él le dijo: ‘Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero convenía celebrar una fiesta y alegrarse, porque este hermano tuyo había muerto y ha vuelto a la vida, se había perdido y ha sido hallado.’»

3) Reflexión

• El capítulo 15 del evangelio de Lucas está lleno de la siguiente información: “Todos los publicanos y pecadores se acercaban para oírle a Jesús. Los fariseos y los escribas, sin embargo, murmuraban. Este hombre recibe a los pecadores y come con ellos” (Lc 15,1-3). E inmediatamente Lucas presenta tres parábolas entrelazadas entre sí por el mismo tema: la oveja perdida (Lc 15,4-7), la dracma perdida (Lc 15,8-10), el hijo perdido (Lc 15,11-32). Esta última parábola es el tema del evangelio de hoy.

• Lucas 15,11-13: La decisión del hijo menor. Un hombre tenía dos hijos. El menor pide la parte de la heredad que le toca. El padre divide todo entre los dos. Tanto el mayor como el menor, reciben su parte. Recibir la herencia no es un mérito. Es un don gratuito. La herencia de los dones de Dios está distribuida entre todos los seres humanos, tanto judíos como paganos, tanto cristianos como no cristianos. Todos reciben algo de la herencia del Padre. Pero no todos la cuidan de la misma manera. Así, el hijo menor se va lejos y gasta su herencia en una vida disipada, huyendo de su Padre. En tiempo de Lucas, el mayor representaba a las comunidades venida del judaísmo, y el menor a las comunidades venidas del paganismo. Y hoy, ¿quién es el mayor y quién el menor?

• Lucas 15,14-19: La decepción y la voluntad de volver a casa del Padre. La necesidad de tener que comer hace que el menor perciba su libertad y se vuelva esclavo para cuidar de los puercos. Recibe el tratamiento peor que los puercos. Esta era la condición de vida de millones de esclavos en el imperio romano en tiempo de Lucas. La situación en la que se encuentra hace que el hijo menor recuerde la casa del Padre. Hace una revisión de vida y decide volver a casa. Hasta prepara las palabras que va a decir al Padre: “Ya no merezco ser llamado hijo tuyo. ¡Trátame como a uno de tus jornaleros!” Jornalero, ejecuta órdenes, cumple con la ley de la servidumbre. El hijo menor quiere ser cumplidor de la ley, como lo querían los fariseos y los publicanos en el tiempo de Jesús (Lc 15,1). Era esto lo que los misioneros de los fariseos imputaban a los paganos que se convertían al Dios de Abrahán (Mt 23,15). En el tiempo de Lucas, cristianos venidos del judaísmo consiguieron que algunos cristianos, convertidos del paganismo, se sometieran al yugo de la ley (Gál 1,6-10).

• Lucas 15,20-24: La alegría del Padre al reencontrar al hijo menor. La parábola dice que el hijo menor estaba todavía lejos de casa cuando el Padre ya lo vio, corrió a su encuentro y lo llenó de besos. La impresión que Jesús nos da es que el Padre se había quedado largo tiempo a la ventana mirando hacia la carretera para ver si el hijo despuntaría a lo lejos. Conforme con nuestra forma humana de pensar y de sentir, la alegría del Padre parece exagerada. Ni siquiera deja que el hijo termine las palabras que había preparado. ¡No escucha! El Padre no quiere que el hijo sea su esclavo. Quiere que sea su hijo. Esta es la gran Buena Nueva que Jesús nos trae. Túnica nueva, sandalias nuevas, anillo al dedo, churrasco, ¡fiesta! En esta alegría inmensa del reencuentro, Jesús deja trasparentar la gran tristeza del Padre por la pérdida del hijo. Dios estaba muy triste, y la gente se da cuenta ahora, viendo el tamaño de la alegría del Padre cuando vuelve a encontrar al hijo. ¡Es una alegría compartida con todo el mundo en la fiesta que pide preparar!

• Lucas 15,25-28b: La reacción del hijo mayor. El hijo mayor volvía de su trabajo en el campo y se encuentra con la casa en fiesta. No entra. Quiere saber qué pasa. Cuando se entera de la razón de la fiesta, se llena de rabia y no quiere entrar. Cerrado en sí mismo, piensa tener su derecho. No le gusta la fiesta y no entiende la alegría del Padre. Señal de que no tenía mucha intimidad con el Padre, a pesar de vivir en la misma casa. Pues, si hubiera tenido intimidad con él, hubiera notado la inmensa tristeza del Padre por la pérdida del hijo menor y hubiera entendido su alegría por la vuelta del hijo. Quien vive muy preocupado en observar la ley de Dios, corre el peligro de alejarse de Dios. El hijo menor, a pesar de estar lejos de casa, parecía conocer al Padre mejor que el hijo mayor, que moraba con él en la misma casa. Pues el menor tuvo el valor de volver a la casa del Padre, mientras que el mayor no quiere entrar en la casa del Padre. No se da cuenta de que el Padre, sin él, perderá la alegría. Pues él también, el mayor, es hijo lo mismo que el menor.

• Lucas 15,28a-30: La actitud del Padre y la respuesta del hijo mayor. El padre sale de casa y suplica al hijo mayor para que entre. Pero éste contesta:”Padre, hace tantos años que te sirvo, y jamás dejé de cumplir una orden tuya, pero nunca me has dado un cabrito para tener una fiesta con mis amigos; y ¡ahora que ha venido ese hijo tuyo, que ha devorado tu hacienda con prostitutas, has matado para él el novillo cebado!” El mayor también quiere la fiesta y la alegría, pero sólo con los amigos. No con el hermano, ni siquiera con el padre. Ni siquiera llama al hermano menor con el nombre de hermano, ya que dice “ese hijo tuyo” como si no fuera su hermano. Y es él, el mayor, quien habla de prostitutas. ¡Es su malicia la que interpreta la vida del hermano menor! Cuántas veces nosotros los católicos interpretamos mal la vida y la religión de los demás. La actitud del Padre es otra. El acoge el hijo menor, pero también no quiere perder el hijo mayor. Los dos forman parte de la familia. El uno no puede excluir al otro.

• Lucas 15,31-32: La respuesta final del Padre. Así como el Padre no presta atención a los argumentos del hijo menor, así también no presta atención a los argumentos del hijo mayor y dice: ” Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero convenía celebrar una fiesta y alegrarse, porque este hermano tuyo había muerto y ha vuelto a la vida, se había perdido y ¡ha sido hallado!” ¿Será que el mayor tenía realmente conciencia de estar siempre con el Padre y de encontrar en esta presencia la causa de su alegría? La expresión del Padre “¡Todo lo mío es tuyo!” incluye también al hijo menor que volvió. El mayor no tiene derecho a hacer distinción. Si él quiere ser hijo del Padre, tendrá que aceptarlo así como a él le gustaría que el Padre es. La parábola no dice cuál fue la respuesta final del hermano mayor. Esto le toca al hermano mayor, que somos todos nosotros.

• Aquel que experimenta la gratuita y sorprendente entrada del amor de Dios en su vida se alegra y quiere comunicar esta alegría a los demás. La acción salvadora de Dios es fuente de alegría: “¡Alégrense conmigo!” (Lc 15,6.9) Y de esta experiencia de la gratuidad de Dios nace el sentido de la fiesta y de la alegría (Lc 15,32). Al final de la parábola, el Padre manda alegrarse y hacer fiesta. La alegría queda amenazada a causa del hijo mayor que no quiere entrar. El piensa que tiene derecho a una alegría sólo con sus amigos y no quiere la alegría con todos los miembros de la misma familia humana. El representa a los que se consideran justos y observantes y piensan que no precisan conversión.

4) Para la reflexión personal

• ¿Cuál es la imagen de Dios que está en mí desde mi infancia? ¿Ha cambiado a lo largo de los años? Si ha cambiado, ¿por qué ha cambiado?
• ¿Me identifico con cuáles de los dos hijos: con el menor o con el mayor? ¿Por que?

5) Oración final

Bendice, alma mía, a Yahvé,
el fondo de mi ser, a su santo nombre.
Bendice, alma mía, a Yahvé,
nunca olvides sus beneficios. (Sal 103,1-2)

Moisés y la Samaritana

1.- Las lecturas de este Domingo Tercero de Cuaresma nos presentan escenas, fuertes, impresionantes. Y así, la primera, del Libro del Éxodo y el Evangelio, con el relato que hace San Juan de la escena del Pozo de Sicar, son sin duda unas páginas impresionantes de la Sagrada Escritura. El agua y la sed son argumentos de ambas y se construye, entonces, ese principio del agua eterna, instrumento de consuelo –nunca más habrá sed—para la vida eterna.

El pueblo judío, errante por el desierto, esta devorado por la sed. Y murmuran contra el Señor y contra Moisés. Eso pasa en la vida cotidiana. Cuando las cosas van bien no nos acordamos de Dios, pero si van mal solemos echarle la culpa a Él de nuestra desventura. Y muchas veces nuestros problemas surgen a causa de nuestro mal hacer, de nuestras equivocaciones. Lo interesante y llamativo de este fragmento del Libro del Éxodo que acabamos de escuchar es la familiaridad reinante entre Dios y Moisés. Y además la cercanía paternal del mismísimo Todopoderoso que “reacciona” inmediatamente a las críticas furibundas de su pueblo. No le gustan. Y por eso envía a Moisés para que golpee con su callado en la roca y, por fin, salga el agua que traerá la paz.

La familiaridad de Moisés hacia su amigo el Señor es más que evidente, como decía. No es que se niegue a acometer la misión que le encarga el Señor. No. Pero si le advierte que ese pueblo exasperado le puede apedrear. Y, entonces, Dios le aconseja como presentarse para evitar males mayores. Y es que si va acompañado por algunos de los ancianos –de los senadores—pues tal vez no le apedreen. Además le dice que porte también un instrumento de mucho prestigio: aquel cayado con el que separó las aguas del Mar Rojo cuando huían del Faraón. Pero, además, le da la mayor seguridad posible: Él mismo, Dios en persona, estará allí, sobre Moisés, para protegerle. ¿No es maravilloso este relato? ¿No es verdaderamente emocionante? Claro que si. El episodio de Massá y Meribá estará presente siempre en la historia de Israel y ahí está el Salmo 94 que lo certifica.

La única lectura posible es la que nos dice, sin rodeos, que Dios como Padre Bueno está muy cerca de quien le invoca para acudir enseguida en su ayuda. Y así ocurre que el verdadero argumento de todo el Antiguo Testamento es el de un Padre Amoroso que sigue y persigue a su pueblo para que vuelva con Él. Muchos siglos después, Jesús de Nazaret contaría a sus coetáneos la parábola del Hijo Pródigo que no es otra cosa que un resumen de todas las vivencias del Antiguo Testamento.

2.- Juan Evangelista sabe dar a sus relatos un ritmo cinematográfico. Construye muy bien los diálogos y, desde luego, como obra literaria, su Evangelio es formidable. Pero, claro, no es el fin de Juan hacer preciosismos estilísticos. Interesa pues la historia como tal. En primer lugar aparece una contradicción para los judíos de tiempos de Jesús. Y esa es hablar, saludar, dirigir la palabra a una mujer. Eran consideradas como seres inferiores a los que, además siendo desconocidas, no se les otorgaba trato alguno. Pero además era samaritana. Un cisma religioso –la negación de que el Templo de Jerusalén era el único lugar sagrado—había separado a judíos y samaritanos con un encono terrible. Ya se sabe que uno de los insultos mas duros entre judíos era, precisamente, tildarse de samaritanos. Por eso la mujer se extraña cuando Jesús le pide agua.

Habría que apuntar antes de nada que el cristianismo, desde sus principios, inicio un movimiento de valoración de las mujeres, que resultaba insólita para las costumbres romanas y judías, en las cuales la mujer ni pintaba nada, ni tenía ningún derecho. En todo el recorrido de Jesús de Nazaret por Palestina, durante su vida pública, siempre están presentes las mujeres. No es solamente la Madre de Jesús, María. Ahí está María Magdalena a quien se le aparece en primer lugar. Pero también Marta y Maria de Betania. Y el grupo de mujeres que acompaña a Jesús y a los apóstoles. De ahí que la primera sorpresa sea la conversación iniciada con la samaritana.

La segunda sorpresa es que intente convertirla allí mismo. Todas las alusiones al agua de vida que ofrece e, incluso, el conocimiento de su vida pasada –sus maridos—y su envío en misión dirigida a sus convecinos pues ha sido siempre interpretada por la Iglesia como un catecumenado cristiano, que responde a la pregunta de ¿cómo se llega a ser cristiano?. La samaritana va dando los pasos necesarios: responde a la llamada del Amor de Dios, personificada en su diálogo con Jesús y se dispone a recibir el agua viva, el Bautismo, que lleva el don reparador del Espíritu Santo. Pero era más que lógico que Jesús quiera ofrecer a la samaritana la Salvación. Siempre se acerca a los más pobres, a los más pecadores, a los más marginados. Y con ojos de judíos de su época esa mujer tiene las mayores lacras que puede sufrir una persona: es mujer, además no es virtuosa: es una indecente por vivir con un hombre que no es su marido. Y para colmo es samaritana, miembro de un pueblo odiado y despreciado. Jesús, obviamente, va en pos de las ovejas descarriadas.

3.- El fragmento del capítulo quinto de la Carta de Pablo de Tarso a los fieles de Roma podría ser muy bien como un colofón del evangelio. Y utiliza esa frase que es plegaria de nuestra liturgia: “el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado. Y la cuestión que el Espíritu, él, que nos lo enseña todo está presente por herencia de Jesús. Y así esa presencia nos conduce al camino que nuestro Maestro nos ha marcado.

Y en efecto, estamos en camino, subiendo esta Cuaresma, que ya se aloja en la mitad de recorrido. La parábola de la samaritana nos debe servir como “cuestionario” conversión. Ya lo citaba más arriba: hemos de responder a la llamada de Dios que se nos hace a través del diálogo con Jesucristo y después nos espera la conversión y el perdón de nuestros pecados. Para algunos será el Bautismo en la Vigilia Pascual, para otros, simplemente, acercarse al sacramento de la Reconciliación. En ambos casos es el Espíritu quien nos ha llevado hasta allí. Seguimos, pues, nuestro camino hacia la Pascua: hacia la gloria definitiva que nos anuncia, ya, Jesús con su promesa de Resurrección.

Ángel Gómez Escorial

Comentario – Sábado II de Cuaresma

La parábola del “hijo pródigo” o quizá, mejor, del “padre pródigo” es demasiado extensa y rica en detalles para comentarla de principio a fin. Me detendré en algunos aspectos que, en el momento presente, me parecen más significativos. En ella Jesús responde a la crítica de que es objeto por parte de los fariseos y letrados de “acoger a pecadores y comer con ellos”. No es la primera vez que lo hacían, pues es una conducta frecuente en Jesús que provoca escándalo en ellos. Por eso murmuran de él, casi sin atreverse a lanzarle una censura pública que significase un desafío en toda regla. Jesús responde a estas murmuraciones con una parábola que pone de manifiesto la bondad ilimitada de Dios Padre para con sus hijos. Es quizá ésta la imagen más entrañable y paternal que Jesús ofrece de Dios.

El Padre de estos dos hijos permanece “padre” por siempre, sea cual sea el comportamiento de sus hijos. Porque uno de ellos, el pequeño, le pide la parte de la herencia que le corresponde, pero lo hace a destiempo, antes de convertirse en heredero por la muerte del testador. A pesar de todo, el padre condesciende y reparte los bienes entre sus hijos en un gesto de extrema condescendencia y benignidad. La intención del hijo pequeño era manifiesta: marcharse de la casa paterna con su pequeña fortuna, quizá en busca de ‘fortuna’. ¿Quería sentirse libre? ¿Buscaba la libertad en la independencia o emancipación paterna? ¿Buscaba la felicidad en la sensación o experiencia de libertad? El padre no podía desconocer el error que cometía su hijo; aún así, lo deja hacer. Y sabe de las muchas penalidades que va a tener que soportar fuera del hogar paterno; pero le deja libertad para decidir. La experiencia misma le enseñará los riesgos de una libertad mal orientada y las penosas consecuencias esclavizantes de la misma.

El hijo reúne todo lo suyo, o mejor, lo de su padre –pues de él lo ha recibido- y emigra a un país lejano, como si la lejanía de sus orígenes le fuera a reportar mayor libertad y mayor felicidad. Allí derrochó sin tino toda su fortuna, viviendo en el más absoluto descontrol. Después vendrá el hambre y la necesidad y la mendicidad y la guarda de los cerdos –él, judío, entre animales impuros- y las ganas de llenarse el estómago de las algarrobas que comían los cerdos; en fin, la miseria y la humillación. Más bajo no había podido caer. Pero, estando en semejante situación de marginalidad y descrédito, empieza a recuperar su dignidad. Para ello le basta con dirigir su pensamiento a lo perdido, a lo dejado atrás, al hogar paterno.

Este acto de memoria selectiva o de recapacitación le salva de la desesperación: ¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre! Ha escapado de su casa buscando nuevos aires, nuevas formas de vida, y ahora siente la necesidad imperiosa de volver a ella buscando el pan de los jornaleros. Porque no cree merecer otro tratamiento que el de un jornalero. Se siente realmente hijo indigno y no espera ser recibido como hijo. En el fondo desconoce la magnitud del corazón paterno. Pero al menos el recuerdo de su padre le ha sugerido el retorno: Me pondré en camino, adonde está mi padre, y le diré: «Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo; trátame como a uno de tus jornaleros». Su lugar de retorno está ahora donde está su Padre.

Es a Él al que tiene que expresarle su pesar y su pecado. Y porque no merece llamarse hijo suyo, espera ser tratado como uno de los jornaleros de la casa. La actitud del hijo es juiciosa –la reflexión le ha devuelto la sensatez-, pero totalmente ignorante de los sentimientos que alberga el corazón de su padre, que cada mañana sale al camino con el deseo de ver retornar al hijo perdido. Y un día lo vio, cuando todavía estaba lejos lo vio y se conmovió. La conmoción es un movimiento de las entrañas que se agitan antes de que intervenga el control de la razón. Por eso, le vemos echando a correr; por eso le vemos abrazarlo y besarlo con fruición. Y el hijo, seguramente desconcertado con aquella reacción, intentando formular su arrepentimiento: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti…

Y el padre, embargado por la emoción, sin prestar atención a sus palabras, y dirigiéndose de inmediato a los criados para que le preparen el mejor traje, el anillo, las sandalias, y una fiesta en honor del recién llegado, porque siente que ha recuperado a un hijo ya muerto o al menos perdido. También percibe que hay que devolverle su dignidad de hijo –de ahí lo del traje, el anillo y las sandalias-, porque él no se siente tal y hay que hacérselo sentir de nuevo. Tiene que volver a sentirse hijo porque realmente lo es, porque nunca ha dejado de serlo para su padre, en cuya memoria ha permanecido siempre como hijo, quizá muerto, quizá perdido, pero hijo. Es importante, pues, hacérselo saber. Para ello nada mejor que celebrar el reencuentro o el hallazgo entre padre e hijo con una fiesta a la que se invita a todos los de la casa, sin excluir a nadie.

Pero hay quien se autoexcluye, porque no siente con el padre a pesar de haber vivido tantos años en su compañía. Se trata del hijo mayor que, al enterarse de la vuelta de su hermano, o mejor, del hijo de su padre, porque él ya no le considera hermano suyo, se niega a recibirlo; más aún, se indigna por el “incomprensible” modo en que ha sido recibido de nuevo en la casa que abandonó con desprecio. Y el padre tiene que salir a la puerta –porque él se niega a entrar- para convencerlo de que se una a la fiesta, porque la vuelta de su hermano es un acontecimiento digno de ser celebrado. Pero el hijo mayor le responde con quejas que revelan una amargura interior y un distanciamiento inimaginable en el que había permanecido al lado de su padre por tanto tiempo. Sin embargo, la cercanía física no era cercanía afectiva. También él estaba muy lejos de compartir los sentimientos de su padre. Aquel hijo se considera un intachable cumplidor de la ley. Su hoja de servicios es inmaculada: muchos años y sin desobedecer nunca una orden de su padre.

Pero jamás ha recibido de él un cabrito para tener un banquete con sus amigos. Por comparación con su hermano –que se ha comido los bienes paternos con malas mujeres- se siente maltratado, no debidamente recompensado. Y éste es el momento para espetarle lo que tenía guardado: la herida que aquejaba su corazón. Pero el padre le revela la inmensidad de su amor, y lo hace con una ternura y una delicadeza inigualables: Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo: deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto, y ha revivido, estaba perdido, y lo hemos encontrado. La queja del hijo mayor es producto de un error de apreciación. No ha caído en la cuenta de que todos los bienes de su padre son suyos por el hecho de ser de su padre. Porque el padre no tiene nada para sí; todo lo que tiene lo tiene para sus hijos.

Si el hijo no ha llegado a tomar conciencia de esto es por la enorme distancia que le separa del padre a pesar de vivir en la misma casa y haber pasado tantos años bajo su obediencia. Pero eso no ha sido suficiente para entrar en comunión con él. De hecho, ahora no comparte con su padre la desbordante alegría que éste siente por el regreso de su hijo pequeño. Y debería alegrarse, porque el que ha vuelto es su hermano, que no ha dejado de serlo –aunque le parezca lo contrario- porque no ha dejado de ser hijo de su padre, ese hermano que estaba perdido, pero que han encontrado los dos, uno como hijo y otro como hermano. Cuántos esfuerzos hizo aquel padre para ganarse el favor de su hijo en bien de su hermano; cuántos esfuerzos para lograr que el hermano mayor acogiese al pequeño; cuántos esfuerzos por mantener unida a la familia. La clave estaba en hacer que ambos comulgaran con sus propios sentimientos paternos. Pero teniendo esto tan al alcance de la mano, nos traicionan muchas veces nuestras desmedidas y extraviadas ansias de libertad que sólo una dolorosa frustración nos permite reorientar.

Una de las conclusiones que se desprende de esta historia es que lo importante radica por encima de todo en no perder nunca la memoria –y la conciencia- de que tenemos Padre y de que este Padre, por mucho que nos hayamos alejado de Él, nos estará esperando siempre; más aún, que saldrá incluso a la puerta, a esa puerta que nos negamos a rebasar para persuadirnos con argumentos amorosos de la bondad de compartir con él su alegría. Sólo este recuerdo de lo perdido nos pondrá a salvo de la desesperación y hará posible el retorno salvador.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Directorio para el Ministerio Pastoral de los Obispos “Apostolorum Successores”

2. Imágenes del Obispo.

Algunas expresivas imágenes del Obispo tomadas de la Escritura y de la Tradición de la Iglesia, como la de pastor, pescador, guardián solícito, padre, hermano, amigo, portador de consuelo, servidor, maestro, hombre fuerte, sacramentum bonitatis, remiten a Jesucristo y muestran al Obispo como hombre de fe y de discernimiento, de esperanza y de empeño real, de mansedumbre y de comunión. Tales imágenes indican que entrar en la sucesión apostólica significa entrar en batalla a favor del Evangelio.(8)

Entre las diversas imágenes, la de Pastor ilustra con particular elocuencia el conjunto del ministerio episcopal, en cuanto que pone de manifiesto el significado, fin, estilo, dinamismo evangelizador y misionero del ministerio pastoral del Obispo en la Iglesia. Cristo Buen Pastor indica al Obispo la cotidiana fidelidad a la propia misión, la total y serena entrega a la Iglesia, la alegría de conducir al Señor el Pueblo de Dios que se le confía y la felicidad de acoger en la unidad de la comunión eclesial a todos los hijos de Dios dispersos (cf. Mt 15, 24; 10, 6). En la contemplación de la imagen evangélica del Buen Pastor, el Obispo encuentra el sentido del don continuo de sí, recordando que el Buen Pastor ha ofrecido la vida por el rebaño (cf. Jn 10, 11) y ha venido para servir y no para ser servido (cf. Mt 20, 28);(9) así como encuentra también la fuente del ministerio pastoral, por lo que las tres funciones de enseñar, santificar y gobernar deben ser ejercitadas con las notas características del Buen Pastor. Para desempeñar, por tanto, un fecundo ministerio episcopal, el Obispo está llamado a configurarse con Cristo de manera muy especial en su vida personal y en el ejercicio del ministerio apostólico, de manera que el “pensamiento de Cristo” (1 Co 2, 16) penetre totalmente sus ideas, sentimientos y comportamiento, y la luz que dimana del rostro de Cristo ilumine “el gobierno de las almas que es el arte de las artes”.(10) Este empeño interior aviva en el Obispo la esperanza de recibir de Cristo, que vendrá a reunir y a juzgar a todas las gentes como Pastor universal (cf. Mt 25, 31-46), la “corona de gloria que no se marchita” (1 P 5, 4). Esta esperanza guiará al Obispo a lo largo de su ministerio, iluminará sus días, alimentará su espiritualidad, nutrirá su confianza y sostendrá su lucha contra el mal y la injusticia, en la certeza de que, junto con sus hermanos, contemplará el Cordero inmolado, el Pastor que conduce a todos a las fuentes de la vida y de la felicidad de Dios (cf. Ap 7, 17).


8 Cf. X Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, Relatio post disceptationem, 5.

9 Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Constitución dogmática Lumen Gentium, 27.

10 San Gregorio Magno, Regula pastoralis, 1.

Creer, bautizarse y ser salvo

1.- Estos cuarenta días, que conocemos con el nombre de Cuaresma, eran la última preparación que se daba a quienes iban a ser bautizados en la Vigilia Pascual, único día al año en que, en la Iglesia primitiva, se bautizaba a candidatos a formar parte de la comunidad cristiana. El tema esencial de toda la liturgia de esta semana era: Jesús es el agua de la vida.

La idea central de la primera lectura de este domingo, lectura tomada del libro del Éxodo, aparece en la frase con la que también termina el trozo que leemos: “¿Está o no el Señor en medio de nosotros?”. Recordemos que, en el relato de la anunciación, Jesús es proclamado, precisamente, como aquel que es “Dios-con-nosotros”. Si Dios les ha sacado de Egipto, ¿no esta obligado a facilitarles el camino por el desierto hasta llegar a la tierra prometida? Si ahora mueren de sed, o es que Dios es malo o es que no existe. “¿Está no está el Señor en medio de nosotros”?

El agua refresca, lava, fecunda, regenera; el agua es uno de los símbolos de la vida. En un lugar desértico el agua es la vida misma. Cristo es para nosotros, nos dice la liturgia de esta semana, en el desierto de la vida, el agua que nos lava, refresca, regenera y da la vida nueva.

2.- San Pablo no tiene dudas de que Dios esta con nosotros. No es que saque agua de la roca para saciar nuestra sed, sino que saca agua y sangre del costado de Cristo para salvarnos. Hace a los cristianos de la ciudad de Roma, una verdadera catequesis sobre el bautismo y su valor para configurarnos con Cristo muerto y resucitado.

Recordemos que el bautismo se daba el Sábado Santo a media noche, justamente al final de la cuaresma. Pablo proclama que si algo queda claro sobre Dios es que Él no nos ama porque nosotros seamos buenos, sino porque Él lo es.

Si el hombre pedía –y pide– agua a Dios, ahora es Dios el que pide agua al hombre. Dios se hace mendigo nuestro. Pero a la vez, Jesús suscita otra sed más profunda, que sólo Él podrá saciar: El agua viva. La narración de la Samaritana es un modelo de catequesis: Un diálogo lleno de tacto, profundidad y poesía.

Sabemos qué sentido le veían a este texto los primeros cristianos si nos fijamos en que siempre fue usado como catequesis necesaria para el Bautismo-Confirmación, dentro de los últimos cuarenta días anteriores al día del Bautismo-Confirmación. El relato del encuentro de Jesús con la samaritana servía para enmarcar los primeros escrutinios dentro de la comunidad acerca de qué candidatos debían ser recibidos o no para su Bautismo-Confirmación. El sentido del relato es, desde luego, bautismal: Jesús es el agua verdadera de la vida. Él, y sólo Él, puede darnos al Espíritu Santo que es el agua espiritual que, de verdad, quita la sed para siempre, y únicamente en Cristo se da el culto verdadero al Dios que pide un culto en Espíritu y Verdad.

4.- El Evangelio no dice que el que se bautizare se salvará, sino que el que creyere y se bautizare, se salvará. El que creyere en Cristo y se bañara con el Espíritu de Dios, se salvará. Si llenos de pecados nos acercamos a Cristo, El nos limpiará. Es el mismo tema teológico que está en la base del relato evangélico que, sobre la mujer pecadora, adúltera, agarrada “in fraganti “, nos trae el mismo Juan.

Porque es un relato con sentido bautismal, la samaritana va pasando de menos a más en el conocimiento y confesión acerca de Jesús, y termina convirtiéndose en testigo-apóstol ante sus conciudadanos. Es precisamente, lo que se quería que hicieran todos los recién bautizados, para eso se les instruía. Jesús se salta, hablando en el lugar más público de un pueblo oriental con una mujer, todas las normas rabínicas dadas en contra. Para mayor problema, esa mujer era una hereje samaritana. Jesús irrespeta todos los convencionalismos y segregaciones. El únicamente ve en esa mujer su condición de persona y su categoría de hijo de Dios, y nada más.

La pregunta que la samaritana, representando a toda la comunidad de los primeros cristianos, hace acerca de los actos de culto, recibe una respuesta importantísima: En adelante, para adorar a Dios, no hay que dirigirse a Jerusalén o a Samaría, que es lo mismo que decir: A un lugar determinado o especial. En adelante, dice Jesús, se dará culto a Dios con espíritu y verdad. La presencia de Dios, pues, no está ligada a ningún lugar “sagrado” o especial. En donde se reúnan dos o tres seguidores de Cristo allí está Él. La presencia de Dios la garantiza Cristo mismo, su cuerpo, o sea la comunidad.

Antonio Díaz Tortajada

Señor, dame ese agua

1.- Jesús se fatiga como nosotros, como el pueblo de Israel en el desierto. Jesús está cansado después de un largo viaje y se sienta. Jesús se ha fatigado en el viaje por ti. Vemos que Jesús es la fortaleza y le vemos débil, comenta San Agustín, porque “con su fortaleza nos creó y con su debilidad nos buscó”. Es curioso, muchas veces queremos “buscar a Dios”, cuando es Él el que nos busca a nosotros, se hace el encontradizo como ocurrió con la samaritana. La samaritana es un símbolo del hombre que no consigue apagar su sed. Vamos de pozo en pozo, de mercado en mercado, buscando nuevos productos para apagar la sed que nos tortura, pero al final seguimos con más sed, con más deseos, con más necesidades.

2.- El hombre tiene ansia de profundidad y de plenitud. No hay nada ni nadie en este mundo que pueda llenar totalmente su vacío. Sólo saliendo de lo superficial y buscando lo trascendente puede ser feliz. Muchas veces buscamos por caminos equivocados, quedándonos en las cosas terrenas. Hay en nosotros sed de felicidad, deseo de alcanzar el sentido de nuestra vida. La mujer samaritana había buscado también la felicidad, pero no la encontró. Sólo cuando Jesús se acerca a ella y le ofrece “el agua viva” descubre el secreto.

3.- Sólo necesitamos una cosa: ir a Jesús, creer en El, pedirle de beber como la mujer samaritana que le dice “Señor, dame de ese agua: así no tendré más sed”. El secreto de la felicidad es aceptar el amor que Jesucristo te ofrece y responder con amor confiado. Creer en El es abrirte a El para que viva en ti y te transformes en El. Creer en Jesús es beber de los ríos que brotan de su corazón. ¡Si conocieses el don de Dios! El don de Dios es el Espíritu Santo. Jesús está diciendo a la samaritana que ha empezado un tiempo nuevo, la era del Espíritu, que olvide ya sus dioses y su culto en Garizín, porque el culto que Dios quiere es “en espíritu y en verdad”. Le propone que crea en El para obtener los frutos del Espíritu. Esto mismo te está diciendo a ti, hombre-mujer del siglo XXI, pero tienes que convencerte que sólo El puede apagar tu sed. Pídele: “dame ese agua”.

José María Martín, OSA

Sin agua no hay vida

1.- Metidos de lleno en este ejercicio cuaresmal, nos vamos acercando hasta la Pascua del Señor. En estos próximos tres domingos, incluido el de hoy, vamos a escuchar tres sugerentes catequesis bautismales: la Samaritana, la curación del ciego de nacimiento y la resurrección de Lázaro.

Con el Señor todo se renueva, adquiere una tonalidad distinta y todo recobra un nuevo espíritu. O, dicho de otra manera, donde está Jesús hay vida. Cuando el hombre se empeña en calmar la sequedad del paladar con la simpleza de la oportuna frescura del agua, tarde o temprano, vuelve a tener sed. Lo que ocurre es que, muchos de nuestros contemporáneos, prefieren el agua embotellada y segura, a esa otra agua que se extrae del gran pozo de salvación de Jesús. Vamos tan cargados de nuestras propias miserias que, lo último que se nos ocurre, es pararnos a pensar sobre ellas. Vamos tan llenos de todo que, como la Samaritana, es sano y terapéutico mostrar sin tapujos ni vergüenzas que la vida no es tan feliz como nosotros quisiéramos tenerla.

2.- Hay una bonita leyenda que narra cómo una vez dos peregrinos iban buscando a Dios, en el horizonte, y sintieron sed. Recorridos unos kilómetros se detuvieron ante un pequeño arroyo de aguas turbulentas y contaminadas. Uno de los peregrinos, impaciente y ansioso, sin pensarlo dos veces se lanzó sobre el río y bebió. El otro, con más precaución, se apartó del surco del río y excavó con sus propias manos un pequeño agujero donde, con un poco de esfuerzo y sudor, encontró unas aguas cristalinas, frescas y puras que le ayudaron a finalizar su aventura.

Jesús, como a la Samaritana, nos invita a no quedarnos en la superficie de las cosas. El agua, como alimento, es imprescindible para la salud y para el organismo. Pero, la mente y el corazón, sin ese vaso del agua de eternidad que nos ofrece Jesús ¿podrán resistir a tanta contradicción que nos sacude en una realidad donde todo se mide, menos la profundidad de las personas?

Ortega y Gasset llegó a decir: “Una buena parte de los hombres no tienen más vida interior que la de sus palabras, y sus sentimientos se reducen a una expresión oral”. Como la samaritana necesitamos llenar nuestra existencia con una nueva fuerza llamada Jesús. Hoy (en este maratón cuaresmal) la eucaristía y la oración, el sacramento de la penitencia, la contemplación o el ayuno, pueden ser unos milagrosos pozos donde Jesús se sienta para ofrecernos el agua de la paz y del amor, de la tranquilidad y de la fe, de la esperanza y de la conversión.

Para recoger el agua, que nos ofrece el Señor, es necesario primero vaciar el cántaro de esas aguas corrompidas fruto de vidas pasadas de las que, a veces, tanta cuenta nos lleva el mundo y los que nos rodean pero que quedaron en el olvido para Dios.

Cuaresma. Es bajar hasta el fondo del pozo (no del fango) donde Dios nos da sed de eternidad.

Ciertamente que nuestra Iglesia, hoy más que nunca, necesita con urgencia en pensar y realizar un plan hidrológico eclesial para llevar el agua de la salvación (Jesús) a tantas personas que viven en la sequedad de la fe.

3.- Espero que estas consideraciones a modo de oración os interesen:

¿Cómo, siendo como soy, me pides tú de beber?
Cuando mi vida es un cúmulo de contradicciones e incoherencias
Cuando lo que busco es lo efímero y lo que me puede satisfacer en el momento
Cuando me siento tan a gusto en mi vida cómoda
¿Cómo, siendo quien soy, me pides tú de beber?
Cuando siento que no hay vuelta atrás en muchas de mis acciones
Cuando me cuesta ascender por la escalera de la perfección
Cuando se me hace difícil curar partes de las dolencias de mis pensamientos
¿Cómo, siendo cual soy, me pides tú de beber?
Cuando veo que es poco lo que te puedo dar
Cuando me siento desnudo ante el espejo de tu palabra
Cuando hasta se remueven mis entrañas por la frescura del agua que tú me das.
¿Cómo, siendo así, me pides tú de beber?
¿Cómo te dignas sentarte junto aquel que tan poco tiene que ver contigo?
¿Cómo me hablas cuando sabes que es duro escucharte?
¿Cómo me invitas a ir al fondo de las cosas con lo bien que se vive en la superficialidad?
¿Cómo tú, Señor, me ofreces lo que por miedo no me atrevo a beber?

Javier Leoz

Algo no va bien en la Iglesia

La escena ha sido recreada por el evangelista Juan, pero nos permite conocer cómo era Jesús. Un profeta que sabe dialogar a solas y amistosamente con una mujer samaritana, perteneciente a un pueblo impuro, odiado por los judíos. Un hombre que sabe escuchar la sed del corazón humano y restaurar la vida de las personas.

Junto al pozo de Sicar, ambos hablan de la vida. La mujer convive con un hombre que no es su marido. Jesús lo sabe, pero no se indigna ni le recrimina. Le habla de Dios y le explica que es un «regalo»: «Si conocieras el don de Dios, todo cambiaría, incluso tu sed insaciable de vida». En el corazón de la mujer se despierta una pregunta: «¿Será este el Mesías?».

Algo no va bien en nuestra Iglesia si las personas más solas y maltratadas no se sienten escuchadas y acogidas por los que decimos seguir a Jesús. ¿Cómo vamos a introducir en el mundo su evangelio sin «sentarnos» a escuchar el sufrimiento, la desesperanza o la soledad de las personas?

Algo no va bien en nuestra Iglesia si la gente nos ve casi siempre como representantes de la ley y la moral, y no como profetas de la misericordia de Dios. ¿Cómo van a «adivinar» en nosotros a aquel Jesús que atraía a las personas hacia la voluntad del Padre revelándoles su amor compasivo?

Algo no va bien en nuestra Iglesia cuando la gente, perdida en una oscura crisis de fe, pregunta por Dios y nosotros le hablamos del control de natalidad, el divorcio o los preservativos. ¿De qué hablaría hoy con la gente aquel que dialogaba con la samaritana tratando de mostrarle el mejor camino para saciar su sed de felicidad?

Algo va mal en nuestra Iglesia si la gente no se siente querida por quienes somos sus miembros. Lo decía san Agustín: «Si quieres conocer a una persona, no preguntes por lo que piensa, pregunta por lo que ama». Oímos hablar mucho de lo que piensa la Iglesia, pero los que sufren se preguntan qué ama la Iglesia, a quiénes ama y cómo los ama. ¿Qué les podemos responder desde nuestras comunidades cristianas?

José Antonio Pagola

Comentario al evangelio – Sábado II de Cuaresma

Henri J.M. Nouwen ha desgranado con una maestría admirable el contenido de este texto bíblico inmortalizado por Rembrandt en el cuadro “El Regreso del Hijo Pródigo”. Y llega a decir: “En él está todo el evangelio. En él está toda mi vida y la de mis amigos. Este cuadro se ha convertido en una misteriosa ventana a través de la cual puedo poner un pie en el Reino de Dios”.

Esta parábola nos hace entrar en el mundo de las relaciones familiares, de las que cualquier lector puede hablar por experiencia. Habla de herencia, tema siempre delicado en la armonía de las familias. Habla de un hijo, el menor, que quiere disfrutar cuanto antes del patrimonio, y habla de un padre que, en un alarde de enorme generosidad, le entrega su parte; lo malgasta todo y cuando se ve en la ruina física y moral, se acuerda de su padre y le pide perdón.

El mayor, por su parte, cree que ha hecho méritos suficientes para ganarse todo el amor del padre, pues no ha faltado ni a uno solo de sus mandatos y por tanto tiene que ser recompensado. De su hermano no quiere ni saber.

Jesús revela su experiencia de Dios como Padre, un padre que ama con igual medida tanto a su hijo mayor como al menor.

Lo escandaloso de la parábola es cómo Jesús muestra al hijo menor acaparando el amor del padre a pesar de todo lo que ha hecho.

Es el legalismo el que no permite al hijo mayor descubrir la gratuidad del amor divino, un amor que no se exige como pago a una buena conducta, sino que se recibe como gracia.

Hace años en un encuentro de los cursillos de cristiandad oí el testimonio de un hombre, camionero de profesión, que dijo: “Yo he vivido en mi familia esta parábola, pero al revés: yo eché a mi hijo de casa. Escuchando hoy la lectura de este evangelio me he dado cuenta de mi gran error”. Las lágrimas no le dejaron continuar. Pero todos entendimos que este hombre, curtido en la dura vida de la carretera, había llegado a entender el corazón de Dios.

Ciudad Redonda