Comentario – Sábado II de Cuaresma

La parábola del “hijo pródigo” o quizá, mejor, del “padre pródigo” es demasiado extensa y rica en detalles para comentarla de principio a fin. Me detendré en algunos aspectos que, en el momento presente, me parecen más significativos. En ella Jesús responde a la crítica de que es objeto por parte de los fariseos y letrados de “acoger a pecadores y comer con ellos”. No es la primera vez que lo hacían, pues es una conducta frecuente en Jesús que provoca escándalo en ellos. Por eso murmuran de él, casi sin atreverse a lanzarle una censura pública que significase un desafío en toda regla. Jesús responde a estas murmuraciones con una parábola que pone de manifiesto la bondad ilimitada de Dios Padre para con sus hijos. Es quizá ésta la imagen más entrañable y paternal que Jesús ofrece de Dios.

El Padre de estos dos hijos permanece “padre” por siempre, sea cual sea el comportamiento de sus hijos. Porque uno de ellos, el pequeño, le pide la parte de la herencia que le corresponde, pero lo hace a destiempo, antes de convertirse en heredero por la muerte del testador. A pesar de todo, el padre condesciende y reparte los bienes entre sus hijos en un gesto de extrema condescendencia y benignidad. La intención del hijo pequeño era manifiesta: marcharse de la casa paterna con su pequeña fortuna, quizá en busca de ‘fortuna’. ¿Quería sentirse libre? ¿Buscaba la libertad en la independencia o emancipación paterna? ¿Buscaba la felicidad en la sensación o experiencia de libertad? El padre no podía desconocer el error que cometía su hijo; aún así, lo deja hacer. Y sabe de las muchas penalidades que va a tener que soportar fuera del hogar paterno; pero le deja libertad para decidir. La experiencia misma le enseñará los riesgos de una libertad mal orientada y las penosas consecuencias esclavizantes de la misma.

El hijo reúne todo lo suyo, o mejor, lo de su padre –pues de él lo ha recibido- y emigra a un país lejano, como si la lejanía de sus orígenes le fuera a reportar mayor libertad y mayor felicidad. Allí derrochó sin tino toda su fortuna, viviendo en el más absoluto descontrol. Después vendrá el hambre y la necesidad y la mendicidad y la guarda de los cerdos –él, judío, entre animales impuros- y las ganas de llenarse el estómago de las algarrobas que comían los cerdos; en fin, la miseria y la humillación. Más bajo no había podido caer. Pero, estando en semejante situación de marginalidad y descrédito, empieza a recuperar su dignidad. Para ello le basta con dirigir su pensamiento a lo perdido, a lo dejado atrás, al hogar paterno.

Este acto de memoria selectiva o de recapacitación le salva de la desesperación: ¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre! Ha escapado de su casa buscando nuevos aires, nuevas formas de vida, y ahora siente la necesidad imperiosa de volver a ella buscando el pan de los jornaleros. Porque no cree merecer otro tratamiento que el de un jornalero. Se siente realmente hijo indigno y no espera ser recibido como hijo. En el fondo desconoce la magnitud del corazón paterno. Pero al menos el recuerdo de su padre le ha sugerido el retorno: Me pondré en camino, adonde está mi padre, y le diré: «Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo; trátame como a uno de tus jornaleros». Su lugar de retorno está ahora donde está su Padre.

Es a Él al que tiene que expresarle su pesar y su pecado. Y porque no merece llamarse hijo suyo, espera ser tratado como uno de los jornaleros de la casa. La actitud del hijo es juiciosa –la reflexión le ha devuelto la sensatez-, pero totalmente ignorante de los sentimientos que alberga el corazón de su padre, que cada mañana sale al camino con el deseo de ver retornar al hijo perdido. Y un día lo vio, cuando todavía estaba lejos lo vio y se conmovió. La conmoción es un movimiento de las entrañas que se agitan antes de que intervenga el control de la razón. Por eso, le vemos echando a correr; por eso le vemos abrazarlo y besarlo con fruición. Y el hijo, seguramente desconcertado con aquella reacción, intentando formular su arrepentimiento: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti…

Y el padre, embargado por la emoción, sin prestar atención a sus palabras, y dirigiéndose de inmediato a los criados para que le preparen el mejor traje, el anillo, las sandalias, y una fiesta en honor del recién llegado, porque siente que ha recuperado a un hijo ya muerto o al menos perdido. También percibe que hay que devolverle su dignidad de hijo –de ahí lo del traje, el anillo y las sandalias-, porque él no se siente tal y hay que hacérselo sentir de nuevo. Tiene que volver a sentirse hijo porque realmente lo es, porque nunca ha dejado de serlo para su padre, en cuya memoria ha permanecido siempre como hijo, quizá muerto, quizá perdido, pero hijo. Es importante, pues, hacérselo saber. Para ello nada mejor que celebrar el reencuentro o el hallazgo entre padre e hijo con una fiesta a la que se invita a todos los de la casa, sin excluir a nadie.

Pero hay quien se autoexcluye, porque no siente con el padre a pesar de haber vivido tantos años en su compañía. Se trata del hijo mayor que, al enterarse de la vuelta de su hermano, o mejor, del hijo de su padre, porque él ya no le considera hermano suyo, se niega a recibirlo; más aún, se indigna por el “incomprensible” modo en que ha sido recibido de nuevo en la casa que abandonó con desprecio. Y el padre tiene que salir a la puerta –porque él se niega a entrar- para convencerlo de que se una a la fiesta, porque la vuelta de su hermano es un acontecimiento digno de ser celebrado. Pero el hijo mayor le responde con quejas que revelan una amargura interior y un distanciamiento inimaginable en el que había permanecido al lado de su padre por tanto tiempo. Sin embargo, la cercanía física no era cercanía afectiva. También él estaba muy lejos de compartir los sentimientos de su padre. Aquel hijo se considera un intachable cumplidor de la ley. Su hoja de servicios es inmaculada: muchos años y sin desobedecer nunca una orden de su padre.

Pero jamás ha recibido de él un cabrito para tener un banquete con sus amigos. Por comparación con su hermano –que se ha comido los bienes paternos con malas mujeres- se siente maltratado, no debidamente recompensado. Y éste es el momento para espetarle lo que tenía guardado: la herida que aquejaba su corazón. Pero el padre le revela la inmensidad de su amor, y lo hace con una ternura y una delicadeza inigualables: Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo: deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto, y ha revivido, estaba perdido, y lo hemos encontrado. La queja del hijo mayor es producto de un error de apreciación. No ha caído en la cuenta de que todos los bienes de su padre son suyos por el hecho de ser de su padre. Porque el padre no tiene nada para sí; todo lo que tiene lo tiene para sus hijos.

Si el hijo no ha llegado a tomar conciencia de esto es por la enorme distancia que le separa del padre a pesar de vivir en la misma casa y haber pasado tantos años bajo su obediencia. Pero eso no ha sido suficiente para entrar en comunión con él. De hecho, ahora no comparte con su padre la desbordante alegría que éste siente por el regreso de su hijo pequeño. Y debería alegrarse, porque el que ha vuelto es su hermano, que no ha dejado de serlo –aunque le parezca lo contrario- porque no ha dejado de ser hijo de su padre, ese hermano que estaba perdido, pero que han encontrado los dos, uno como hijo y otro como hermano. Cuántos esfuerzos hizo aquel padre para ganarse el favor de su hijo en bien de su hermano; cuántos esfuerzos para lograr que el hermano mayor acogiese al pequeño; cuántos esfuerzos por mantener unida a la familia. La clave estaba en hacer que ambos comulgaran con sus propios sentimientos paternos. Pero teniendo esto tan al alcance de la mano, nos traicionan muchas veces nuestras desmedidas y extraviadas ansias de libertad que sólo una dolorosa frustración nos permite reorientar.

Una de las conclusiones que se desprende de esta historia es que lo importante radica por encima de todo en no perder nunca la memoria –y la conciencia- de que tenemos Padre y de que este Padre, por mucho que nos hayamos alejado de Él, nos estará esperando siempre; más aún, que saldrá incluso a la puerta, a esa puerta que nos negamos a rebasar para persuadirnos con argumentos amorosos de la bondad de compartir con él su alegría. Sólo este recuerdo de lo perdido nos pondrá a salvo de la desesperación y hará posible el retorno salvador.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística