Señor, dame ese agua

1.- Jesús se fatiga como nosotros, como el pueblo de Israel en el desierto. Jesús está cansado después de un largo viaje y se sienta. Jesús se ha fatigado en el viaje por ti. Vemos que Jesús es la fortaleza y le vemos débil, comenta San Agustín, porque «con su fortaleza nos creó y con su debilidad nos buscó». Es curioso, muchas veces queremos «buscar a Dios», cuando es Él el que nos busca a nosotros, se hace el encontradizo como ocurrió con la samaritana. La samaritana es un símbolo del hombre que no consigue apagar su sed. Vamos de pozo en pozo, de mercado en mercado, buscando nuevos productos para apagar la sed que nos tortura, pero al final seguimos con más sed, con más deseos, con más necesidades.

2.- El hombre tiene ansia de profundidad y de plenitud. No hay nada ni nadie en este mundo que pueda llenar totalmente su vacío. Sólo saliendo de lo superficial y buscando lo trascendente puede ser feliz. Muchas veces buscamos por caminos equivocados, quedándonos en las cosas terrenas. Hay en nosotros sed de felicidad, deseo de alcanzar el sentido de nuestra vida. La mujer samaritana había buscado también la felicidad, pero no la encontró. Sólo cuando Jesús se acerca a ella y le ofrece «el agua viva» descubre el secreto.

3.- Sólo necesitamos una cosa: ir a Jesús, creer en El, pedirle de beber como la mujer samaritana que le dice «Señor, dame de ese agua: así no tendré más sed». El secreto de la felicidad es aceptar el amor que Jesucristo te ofrece y responder con amor confiado. Creer en El es abrirte a El para que viva en ti y te transformes en El. Creer en Jesús es beber de los ríos que brotan de su corazón. ¡Si conocieses el don de Dios! El don de Dios es el Espíritu Santo. Jesús está diciendo a la samaritana que ha empezado un tiempo nuevo, la era del Espíritu, que olvide ya sus dioses y su culto en Garizín, porque el culto que Dios quiere es «en espíritu y en verdad». Le propone que crea en El para obtener los frutos del Espíritu. Esto mismo te está diciendo a ti, hombre-mujer del siglo XXI, pero tienes que convencerte que sólo El puede apagar tu sed. Pídele: «dame ese agua».

José María Martín, OSA