Sin agua no hay vida

1.- Metidos de lleno en este ejercicio cuaresmal, nos vamos acercando hasta la Pascua del Señor. En estos próximos tres domingos, incluido el de hoy, vamos a escuchar tres sugerentes catequesis bautismales: la Samaritana, la curación del ciego de nacimiento y la resurrección de Lázaro.

Con el Señor todo se renueva, adquiere una tonalidad distinta y todo recobra un nuevo espíritu. O, dicho de otra manera, donde está Jesús hay vida. Cuando el hombre se empeña en calmar la sequedad del paladar con la simpleza de la oportuna frescura del agua, tarde o temprano, vuelve a tener sed. Lo que ocurre es que, muchos de nuestros contemporáneos, prefieren el agua embotellada y segura, a esa otra agua que se extrae del gran pozo de salvación de Jesús. Vamos tan cargados de nuestras propias miserias que, lo último que se nos ocurre, es pararnos a pensar sobre ellas. Vamos tan llenos de todo que, como la Samaritana, es sano y terapéutico mostrar sin tapujos ni vergüenzas que la vida no es tan feliz como nosotros quisiéramos tenerla.

2.- Hay una bonita leyenda que narra cómo una vez dos peregrinos iban buscando a Dios, en el horizonte, y sintieron sed. Recorridos unos kilómetros se detuvieron ante un pequeño arroyo de aguas turbulentas y contaminadas. Uno de los peregrinos, impaciente y ansioso, sin pensarlo dos veces se lanzó sobre el río y bebió. El otro, con más precaución, se apartó del surco del río y excavó con sus propias manos un pequeño agujero donde, con un poco de esfuerzo y sudor, encontró unas aguas cristalinas, frescas y puras que le ayudaron a finalizar su aventura.

Jesús, como a la Samaritana, nos invita a no quedarnos en la superficie de las cosas. El agua, como alimento, es imprescindible para la salud y para el organismo. Pero, la mente y el corazón, sin ese vaso del agua de eternidad que nos ofrece Jesús ¿podrán resistir a tanta contradicción que nos sacude en una realidad donde todo se mide, menos la profundidad de las personas?

Ortega y Gasset llegó a decir: «Una buena parte de los hombres no tienen más vida interior que la de sus palabras, y sus sentimientos se reducen a una expresión oral». Como la samaritana necesitamos llenar nuestra existencia con una nueva fuerza llamada Jesús. Hoy (en este maratón cuaresmal) la eucaristía y la oración, el sacramento de la penitencia, la contemplación o el ayuno, pueden ser unos milagrosos pozos donde Jesús se sienta para ofrecernos el agua de la paz y del amor, de la tranquilidad y de la fe, de la esperanza y de la conversión.

Para recoger el agua, que nos ofrece el Señor, es necesario primero vaciar el cántaro de esas aguas corrompidas fruto de vidas pasadas de las que, a veces, tanta cuenta nos lleva el mundo y los que nos rodean pero que quedaron en el olvido para Dios.

Cuaresma. Es bajar hasta el fondo del pozo (no del fango) donde Dios nos da sed de eternidad.

Ciertamente que nuestra Iglesia, hoy más que nunca, necesita con urgencia en pensar y realizar un plan hidrológico eclesial para llevar el agua de la salvación (Jesús) a tantas personas que viven en la sequedad de la fe.

3.- Espero que estas consideraciones a modo de oración os interesen:

¿Cómo, siendo como soy, me pides tú de beber?
Cuando mi vida es un cúmulo de contradicciones e incoherencias
Cuando lo que busco es lo efímero y lo que me puede satisfacer en el momento
Cuando me siento tan a gusto en mi vida cómoda
¿Cómo, siendo quien soy, me pides tú de beber?
Cuando siento que no hay vuelta atrás en muchas de mis acciones
Cuando me cuesta ascender por la escalera de la perfección
Cuando se me hace difícil curar partes de las dolencias de mis pensamientos
¿Cómo, siendo cual soy, me pides tú de beber?
Cuando veo que es poco lo que te puedo dar
Cuando me siento desnudo ante el espejo de tu palabra
Cuando hasta se remueven mis entrañas por la frescura del agua que tú me das.
¿Cómo, siendo así, me pides tú de beber?
¿Cómo te dignas sentarte junto aquel que tan poco tiene que ver contigo?
¿Cómo me hablas cuando sabes que es duro escucharte?
¿Cómo me invitas a ir al fondo de las cosas con lo bien que se vive en la superficialidad?
¿Cómo tú, Señor, me ofreces lo que por miedo no me atrevo a beber?

Javier Leoz