Vísperas – Martes III de Cuaresma

VÍSPERAS

MARTES III de CUARESMA

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

HIMNO

Libra mis ojos de la muerte;
dales la luz que es su destino.
Yo, como el ciego del camino,
pido un milagro para verte.

Haz de esta piedra de mis manos
una herramienta constructiva;
cura su fiebre posesiva
y ábrela al bien de mis hermanos.

Que yo comprenda, Señor mío,
al que se queja y retrocede;
que el corazón no se me quede
desentendidamente frío.

Guarda mi fe del enemigo
(¡tantos me dicen que estás muerto!…).
Tú que conoces el desierto,
dame tu mano y ven conmigo. Amén.

SALMO 124: EL SEÑOR VELA POR SU PUEBLO

Ant. El Señor rodea a su pueblo.

Los que confían en el Señor son como el monte Sión:
no tiembla, está asentado para siempre.

Jerusalén está rodeada de montañas,
y el Señor rodea a su pueblo
ahora y por siempre.

No pesará el cetro de los malvados
sobre el lote de los justos,
no sea que los justos extiendan
su mano a la maldad.

Señor, concede bienes a los buenos,
a los sinceros de corazón;
y a los que se desvían por sendas tortuosas,
que los rechace el Señor con los malhechores.
¡Paz a Israel!

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El Señor rodea a su pueblo.

SALMO 130: ABANDONO CONFIADO EN LOS BRAZOS DE DIOS

Ant. Si no volvéis a ser como niños, no entraréis en el reino de los cielos.

Señor, mi corazón no es ambicioso,
ni mis ojos altaneros;
no pretendo grandezas
que superan mi capacidad;
sino que acallo y modero mis deseos,
como un niño en brazos de su madre.

Espere Israel en el Señor
ahora y por siempre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Si no volvéis a ser como niños, no entraréis en el reino de los cielos.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: HIMNO DE LOS REDIMIDOS

Ant. Has hecho de nosotros, Señor, un reino de sacerdotes para nuestro Dios.

Eres digno, Señor, Dios nuestro,
de recibir la gloria, el honor y el poder,
porque tú has creado el universo;
porque por tu voluntad lo que no existía fue creado.

Eres digno de tomar el libro y abrir sus sellos,
porque fuiste degollado
y con tu sangre compraste para Dios
hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación;
y has hecho de ellos para nuestro Dios
un reino de sacerdotes,
y reinan sobre la tierra.

Digno es el Cordero degollado
de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría,
la fuerza, el honor, la gloria, y la alabanza.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Has hecho de nosotros, Señor, un reino de sacerdotes para nuestro Dios.

LECTURA: St 2, 14. 17. 18b

¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe, si no tiene obras? ¿Es que esa fe lo podrá salvar? La fe, si no tiene obras, por sí sola está muerta. Enséñame tu fe sin obras, y yo, por las obras, te probaré mi fe.

RESPONSORIO BREVE

R/ Yo dije: Señor, ten misericordia.
V/ Yo dije: Señor, ten misericordia.

R/ Sáname, porque he pecado contra ti.
V/ Señor, ten misericordia.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Yo dije: Señor, ten misericordia.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo, si cada cual no perdona de corazón a su hermano.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo, si cada cual no perdona de corazón a su hermano.

PRECES

A Cristo, el Señor, que nos mandó velar y orar a fin de no sucumbir en la tentación, digámosle confiadamente:

Oh Señor, escucha y ten piedad.

Señor, tú que prometiste estar presente cuando tus discípulos se reúnen en tu nombre parar orar,
— haz que oremos siempre unidos a ti en el Espíritu santo, a fin de que tu reino llegue a todos los hombres.

Purifica de todo pecado a la Iglesia penitente
— y haz que viva siempre en la esperanza y el gozo del Espíritu Santo.

Amigo del hombre, haz que estemos siempre atentos, como tú nos mandaste, al bien del prójimo,
— para que la luz de tu amor brilla a través de nosotros ante todos los hombres.

Rey pacífico, concede que tu paz reine en el mundo
— y que nosotros trabajemos sin cesar para conseguirla.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Tú que has muerto para que nosotros tengamos vida,
— da la vida eterna a los que han muerto.

Unidos fraternalmente como hermanos de una misma familia, invoquemos al Padre común de todos:
Padre nuestro…

ORACION

Señor, que tu gracia no nos abandone, para que, entregados plenamente a tu servicio, sintamos sobre nosotros tu protección continua. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Martes III de Cuaresma

1) Oración inicial

Señor, que tu gracia no nos abandone, para que, entregados plenamente a tu servicio, sintamos sobre nosotros tu protección continua. Por nuestro Señor. 

2) Lectura

Del santo Evangelio según Mateo 18,21-35
Pedro se acercó entonces y le dijo: «Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano? ¿Hasta siete veces?» Dícele Jesús: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.»
«Por eso el Reino de los Cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos. Al empezar a ajustarlas, le fue presentado uno que le debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, ordenó el señor que fuese vendido él, su mujer y sus hijos y todo cuanto tenía, y que se le pagase. Entonces el siervo se echó a sus pies, y postrado le decía: ‘Ten paciencia conmigo, que todo te lo pagaré.’ Movido a compasión el señor de aquel siervo, le dejó ir y le perdonó la deuda. Al salir de allí aquel siervo se encontró con uno de sus compañeros, que le debía cien denarios; le agarró y, ahogándole, le decía: ‘Paga lo que debes.’ Su compañero, cayendo a sus pies, le suplicaba: ‘Ten paciencia conmigo, que ya te pagaré.’ Pero él no quiso, sino que fue y le echó en la cárcel, hasta que pagase lo que debía. Al ver sus compañeros lo ocurrido, se entristecieron mucho, y fueron a contar a su señor todo lo sucedido. Su señor entonces le mandó llamar y le dijo: ‘Siervo malvado, yo te perdoné a ti toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también compadecerte de tu compañero, del mismo modo que yo me compadecí de ti?’ Y encolerizado su señor, le entregó a los verdugos hasta que pagase todo lo que le debía. Esto mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si no perdonáis de corazón cada uno a vuestro hermano.» 

3) Reflexión

• El Evangelio de hoy habla de la necesidad del perdón. No es fácil perdonar. Pues ciertas heridas siguen machucando el corazón. Hay personas que dicen: “Yo perdono pero no olvido” Rencor, tensiones, discusiones, opiniones diferentes, ofensas, provocaciones dificultan el perdón y la reconciliación. Vamos a meditar las palabras de Jesús que hablan de reconciliación (Mt 18,21-22) y que nos traen la parábola del perdón sin límites (Mt 18,23-35).
• Mateo 18,21-22: ¡Perdonar setenta veces siete! Jesús había hablado de la importancia del perdón y sobre la necesidad de saber acoger a los hermanos y a las hermanas para ayudarlos a reconciliarse con la comunidad (Mt 18,15-20). Ante estas palabras de Jesús, Pedro pregunta: “¿Cuántas veces tengo que perdonar a los hermanos que pecan contra mí? ¿Hasta setenta veces siete? ” El número siete indica una perfección. En este caso, era sinónimo de siempre. Jesús va más lejos de la propuesta de Pedro. Elimina todo y cualquier límite posible para el perdón: “No te digo siete, sino setenta veces siete.” O sea, ¡setenta veces siempre! Pues no hay proporción entre el perdón que recibimos de Dios y el perdón que debemos ofrecer a los hermanos, como nos enseña la parábola del perdón sin límites.
• La expresión setenta veces siete era una alusión a las palabras de Lamec que decía: “Y dijo Lamec a sus mujeres: Que un varón mataré por mi herida, y un joven por mi golpe. Si siete veces será vengado Caín, Lamec en verdad setenta veces siete lo será”. (Gen 4,23-24). Jesús quiere invertir el espiral de violencia que entró en el mundo por la desobediencia de Adán y Eva, por el asesinato de Abel y Caín y por la venganza de Lamec. Cuando la violencia desenfrenada se apodera de la vida, todo se deshace y la vida se desintegra. Surge el Diluvio y aparece la Torre de Babel de la dominación universal (Gen 2,1 a 11,32).
• Mateo18, 23-35: La parábola del perdón sin límite. La deuda de diez mil talentos valía alrededor de 164 toneladas de oro. La deuda de cien denarios valía 30 gramos de oro. No existe medio de comparación entre los dos. Aunque el deudor con mujer e hijos fuesen a trabajar la vida entera, jamás serían capaces de juntar 164 toneladas de oro. Ante el amor de Dios que perdona gratuitamente nuestra deuda de 164 toneladas de oro, es nada más que justo el que nosotros perdonemos al hermano una deuda insignificante de 30 gramos de oro, ¡setenta veces siempre! ¡El único límite a la gratuidad del perdón de Dios es nuestra incapacidad de perdonar al hermano! (Mt 18,34; 6,15).
• La comunidad como espacio alternativo de solidaridad y de fraternidad. La sociedad del Imperio Romano era dura y sin corazón, sin espacio para los pequeños. Estos buscaban un abrigo para el corazón y no lo encontraban. Las sinagogas también eran exigentes y no ofrecían un lugar para ellos. Y en las comunidades cristianas el rigor de algunos en la observancia de la Ley llevaba dentro de la convivencia los mismos criterios de la sinagoga. Además de esto, hacia finales del siglo primero, en las comunidades cristianas comenzaban a aparecer las mismas divisiones que existían en la sociedad entre rico y pobre (Sant 2,1-9). En vez de ser la comunidad un espacio de acogida, corría el riesgo de volverse un lugar de condena y de conflictos. Mateo quiere iluminar las comunidades, para que sean un espacio alternativo de solidariedad y de fraternidad. Deben ser una Buena Nueva para los pobres. 

4) Para la reflexión personal

• ¿Por qué es tan difícil perdonar?
• En nuestra comunidad, ¿existe un espacio para la reconciliación? ¿De qué manera? 

5) Oración final

Muéstrame tus caminos, Yahvé,
enséñame tus sendas.
Guíame fielmente, enséñame,
pues tú eres el Dios que me salva.
En ti espero todo el día,
por tu bondad, Yahvé. (Sal 25,4-6)

La Vida de Jesús – Fco. Fernández-Carvajal

VIII. LAS TENTACIONES DE JESÚS

1.- EN EL DESIERTO DE JUDEA

Mt 4, 1-11; Mc 1, 12-13; Lc 4, 1-13

Después de haber sido bautizado Jesús, el Espíritu Santo lo impulsó al desierto (Mc).

La vida de Cristo, desde su concepción hasta su glorificación, todos sus actos, cada una de sus palabras, todo «procede de la plenitud del Espíritu que hay en Él»[1]. Esta unión con el Espíritu Santo, «unión de la que es plenamente consciente», será siempre «su fuente secreta», «la fuente íntima de su vida y de la acción mesiánica»[2]. Y este fue el Don, el inmenso regalo, que el Señor nos dejaría antes de partir al Padre: el Espíritu Santo.

Este lugar era la zona árida del llamado desierto de Judea. Desde las orillas del Jordán caminó el Señor unos ocho kilómetros, la distancia entre aquellas riberas y la ciudad de Jericó; luego se encaminó hacia el Oeste y se detuvo, según nos indica san Mateo con precisión, en la región más elevada del desierto. Con mucha probabilidad en lo que hoy se llama el monte de la Cuarentena (el Djebel Garantal, de 323 m de altura), a unos pocos kilómetros del Jericó moderno. Es un terreno seco, de piedras peladas y surcado por profundas torrenteras. San Marcos nos dice, señalando su extrema soledad, que moraba con las fieras (Mc). En aquellos parajes deshabitados eran sobre todo chacales, zorros y buitres. San Mateo especifica que fue allí Jesús para ser tentado por el diablo.

El Espíritu Santo lo impulsó al desierto. Desde la orilla del Jordán, donde había sido bautizado, caminó el Señor unos ocho kilómetros, hacia el oeste de Jericó, en la parte más alta del desierto, hasta el llamado monte de la Cuarentena (el Djebel Garantal) de 323 m de altura.

Con buen fundamento se supone que el ayuno del Señor tuvo lugar en los meses más fríos y lluviosos del año, en enero y febrero, pues poco después -indica el evangelista- vino la Pascua, que tenía lugar a finales de marzo o comienzos de abril.

Después de estos días, en los que la naturaleza humana de Jesús se encuentra debilitada, se acercó el Tentador para tenderle la primera trampa. El evangelio nos muestra al príncipe de los demonios acercándose de modo insidioso, probablemente con forma humana. Los distintos nombres que le dan los escritores sagrados son los mismos que se suelen encontrar en otros lugares de la Escritura: Satán, palabra hebrea que significa «adversario»; diablo o calumniador; y también tentador. Contra Cristo manifestará toda su astucia y su maldad[3].

La imagen del Mesías que tiene el demonio es semejante a la que tenían muchos judíos de aquel tiempo: un gran profeta, pero hombre al fin y al cabo.

Advierten los Santos Padres[4] que Jesús quiso someterse a las tres tentaciones que ordinariamente más estragos hacen en los hombres: la falta de templanza, la soberbia y la avaricia. Quiso darnos ejemplo de fortaleza contra las intenciones de nuestro enemigo de perder nuestra alma por uno de esos caminos.

Estas tentaciones del Señor son difíciles de comprender por nosotros. Jesús, como dice la Carta a los Hebreos[5], quiso ser tentado para compadecerse de nuestras debilidades y servirnos de ejemplo. Tienen, además, estas pruebas un sentido mesiánico, en cuanto que el demonio trataba de averiguar si Jesús era el Mesías. Si era así, procuraría atraerle hacia un mesianismo popular, político y triunfal, según la idea más extendida de la época. Le propone la comodidad en vez de la cruz, los milagros aparatosos en vez de la vida trabajosa, la dominación política del universo en vez de un reinado en las almas. Nunca pudo imaginar el diablo que aquel hombre era el Hijo de Dios, Dios mismo.

Hemos de recordar aquí que el Señor fue tentado porque Él quiso y que su absoluta perfección no permitía sino lo que llamamos tentación externa. Cristo, la santidad misma, era esencialmente impecable y careció del desorden que provocó el pecado original en el mundo. Tuvo la experiencia, real y auténtica, de la tentación, pero no la del pecado. Soportó sobre sí la presión del demonio, de los hombres, de las circunstancias, que le pedían desnaturalizar su mesianismo. Fueron tentaciones reales, pero no implicaban desorden interior alguno, aunque para ser rechazadas requerían fortaleza: no tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino que, siendo como nosotros, fue probado en todo, menos en el pecado.

En el Señor existían las apetencias normales de lo que era bueno para su cuerpo y para su alma, y también el rechazo de lo que les era nocivo. Cuando se dice que Él no padeció el desorden de la concupiscencia no se afirma la ausencia o la negación de la sensibilidad. Al contrario, Jesús poseía una sensibilidad delicada, como muestran sus reacciones con quienes encontró a su paso y en su predicación: se compadeció ante las necesidades de los demás; sintió hambre y apeteció el comer; tuvo sed y sueño, y experimentó la necesidad de saciarlos; se indignó con ira santa; saboreó el gozo de la amistad; lloró con auténtico dolor de hombre; sintió miedo y angustia ante la muerte.

Su santa Humanidad rechazó los tormentos y la muerte, sin que ese rechazo fuese desordenado, pues corresponde al orden de las cosas. Pero esa misma naturaleza humana libre dominó la repulsión hacia los tormentos y la muerte, y obedeció al Padre: si es posible, pase de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya (Lc).

Las tentaciones del Señor se sitúan, con todo, en un contexto más amplio: el de la lucha entre Satanás y el Hijo de Dios, el Mesías, tan señalada en los evangelios. Jesús sufre los ataques de Satanás, quien, a pesar de emplear todos los medios a su alcance, es vencido siempre y en todo[6].

Las tres tentaciones se refieren de un modo u otro al mesianismo de Cristo y guardan estrecha relación con la interpretación terrena que la mentalidad de la época daba a la misión del Mesías. Satanás emplea sus poderes contra Jesús para que oriente su misión en provecho propio y, por tanto, a espaldas de la voluntad del Padre. De hecho, el Señor hubo de rechazar a lo largo de su vida las presiones de su ambiente, que le empujaban en esta dirección, contraria al plan del Padre. Es la misma tentación que promueven los judíos al final de su vida, cuando está ya en la cruz: Si eres el Hijo de Dios, baja de la cruz, y creeremos (Mt; Mc).

Se trata, pues, de tentaciones numerosas y reales, que Cristo vence con perseverancia. El gran tentador de Jesús es Satanás, pero la tentación brotará también más tarde de sus enemigos, del ambiente, de sus mismos discípulos y de los familiares.

Para que la experiencia de la tentación sea real y su vencimiento una auténtica victoria, no es necesario que el corazón del hombre esté inclinado al mal, que tenga el fomes peccati. En Jesucristo no hay ninguna connivencia con el mal; no reina en sus miembros ninguna ley del pecado[7]; pero fue tentado verdaderamente. Sus victorias sobre estas tentaciones no tienen solo un sentido pedagógico (enseñarnos a luchar); forman parte además de su lucha y de su victoria sobre el príncipe de este mundo (Jn).

La victoria de Cristo sobre el diablo se consumó en la cruz; pero comenzó ya -y de forma contundente- mucho antes. Uno de los momentos cruciales de esa lucha y victoria de Jesús fueron precisamente estas tentaciones en el desierto de Judea.


[1] JUAN PABLO II, Enc. Dominum et vivificantem, 18-V-1986, nn. 21-22.

[2] Ibídem.

[3] El demonio posee un gran poder, pero este no es infinito. Solo es una criatura, poderosa por el hecho de ser espíritu puro, pero siempre criatura: no puede impedir la edificación del Reino de Dios. Aunque Satán actúe en el mundo por odio contra Dios y su Reino en Jesucristo, y aunque su acción cause graves daños –de naturaleza espiritual e indirectamente incluso de naturaleza física en cada hombre y en la sociedad–, esta acción es permitida por la divina providencia que, con fuerza y dulzura, dirige la historia del hombre y del mundo. Es un gran misterio para nosotros que Dios permita la actividad diabólica, pero sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman (Rm 8, 28). La victoria de Jesús aquí en el desierto sobre el Tentador es un anticipo de la victoria de la Pasión, momento supremo de su amor y obediencia filial al Padre (cfr. Catecismo, nn. 395, 540).

[4] Cfr. SAN JUAN CRISÓSTOMO, Homilías sobre san Mateo, 12, 1: MG 57, 209 ss.; SAN AGUSTÍN, Sermón 123: ML, pp. 85 ss., etc.

[5] Hb 2, 18; 4, 15.

[6] Los cristianos podemos salir victoriosos de las pruebas gracias a la victoria de Jesús; y de hecho vamos a sufrir diversas y frecuentes tentaciones. San Pedro lo recordaba a los primeros cristianos: Sed sobrios y estad vigilantes; porque vuestro enemigo el diablo anda dando vueltas alrededor de vosotros en busca de presa que devorar… (1 P 5, 8). El Señor, en su providencia, ha dispuesto que también de las tentaciones saquemos provecho. Toda tentación vencida robustece el alma y aumenta la gracia santificante.

[7] Cfr. Rm 7, 21-25.

Comentario – Martes III de Cuaresma

El perdón es nuclear en el mensaje de Jesús. La reconciliación no se concibe sin el perdón. Jesús se había referido al perdón en las parábolas de la misericordia y lo había concedido a ciertas personas aquejadas de enfermedades o necesitadas de una palabra liberadora que les permitiese experimentar la salvación, como la mujer sorprendida en adulterio y sometida al angustioso trance de ser apedreada. Los apóstoles sabían que había que perdonar la ofensa del hermano, pero ¿hasta cuándo?, ¿hasta dónde? ¿Acaso el perdón exigido era ilimitado?

Así se expresa el apóstol Pedro a propósito de este perdón: Si mi hermano me ofende –le pregunta a Jesús-, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces? Pedro considera que el perdón otorgado al ofensor tiene que tener un límite; de lo contrario podría favorecerse el incremento de las ofensas o el padecimiento del ofendido. Entiende que siete veces es un número razonable en la concesión del perdón al hermano reincidente. Pero la respuesta de Jesús no se atiene a esos límites racionales en los que Pedro quiere encerrar el perdón solicitado por el ofensor: No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. “Setenta veces siete” no es un numerus clausus, aunque más abultado; es un circunloquio para significar “siempre”. Uno tiene que estar dispuesto a perdonar a su hermano siempreEl amor –dirá san Pablo- disculpa sin límites.

Y para explicar el concepto, Jesús les propone una parábola. El Reino de los cielos se parece a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus empleados. Uno le debía diez mil talentos: una verdadera fortuna. Como no disponía de este dinero para saldar la deuda con su acreedor –Jesús plantea el tema en términos de deuda, no de ofensa-, el rey manda que lo vendan a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones. La medida resulta drástica, pero al parecer aplicable en una sociedad donde los acreedores poderosos podían exigir tales compensaciones.

Ante un futuro tan incierto, el empleado suplica compasión a su señor: Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo. Y el señor se deja mover por la súplica y le concede el perdón solicitado, dejándole marchar sin exigirle la devolución del dinero adeudado. Con la condonación de la deuda, ésta desaparece. Ya está libre de gravámenes. Ya no está en deuda con nadie. Pero la historia no acaba aquí. Resulta que aquel empleado tenía un compañero que le debía una pequeña cantidad de dinero, apenas cien denarios. Pues bien, se lo encuentra y le agarra hasta casi estrangularlo, exigiéndole la devolución de la deuda: Págame lo que me debes –le decía-. El otro le rogaba, imitando a su acreedor airado, que tuviera paciencia con él, ya que estaba dispuesto a pagarle lo debido. Pero el liberado poco tiempo antes de una enorme deuda no tuvo paciencia ni compasión de aquel compañero que le debía una pequeña cantidad. Y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía.

La noticia provoca consternación en los demás empleados que acuden a su señor a contarle lo sucedido. Y cuando éste se entera, manda llamar de nuevo al empleado de la deuda condonada y, tras otorgarle el calificativo de malvado, le dice con indignación: Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo pediste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti? La justicia conmutativa parece reclamar este comportamiento. Si han tenido compasión de ti, lo suyo es que tú tengas compasión del que te la pide. Si te han perdonado una deuda, tras haber solicitado un aplazamiento para pagarla, perdona tú también al que te solicita ese mismo margen para una deuda inferior. Esto es lo que se espera en justicia de aquel que ha recibido ese trato de favor. Pero, dado que aquel empleado no actuó según este criterio de equidad, fue finalmente entregado a los verdugos hasta que pagara toda la deuda. El señor revocó, pues, el indulto, obligándole a pagar la deuda contraída.

La conclusión viene dictada por el mismo desenlace de la parábola: Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo si cada cual no perdona de corazón a su hermano. Se trata de un Padre que nos ha perdonado y nos sigue perdonando ofensas, deudas, desprecios, ingratitudes, negligencias, traiciones, infidelidades; un Padre con el que hemos contraído una enorme deuda a consecuencia de nuestros pecados acumulados, una deuda saldada con un acto de amor infinito, que es la entrega de su propio Hijo a la muerte por nosotros –así se expresa san Pablo aludiendo a la muerte redentora de Cristo y a su sangre derramada-. ¿Qué puede esperar de nosotros ese Padre, que no ha perdonado a su propio Hijo, sino que lo ha entregado a la muerte por nosotros, sino que extendamos el perdón recibido a nuestros hermanos?

Por eso, Jesús nos invita a pedir en el “Padre nuestro”: perdónanos nuestras ofensas (o deudas), como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. Hay una correspondencia tal entre el perdón recibido (de Dios) y el perdón donado (a los hermanos), que no son separables, como si Dios supeditase aquél a éste. Y el perdón exigido es, además, un perdón de corazón. Dios nos perdona de corazón y espera que nosotros también lo hagamos. Al parecer no basta con querer perdonar (acto volitivo); es preciso perdonar en acto y de corazón. Para ello hay que hacer desaparecer el rencor o el resentimiento que lo invade. Quizá no podamos restañar la herida provocada por la ofensa. En este caso habrá que tener paciencia y dejar pasar el tiempo, que todo lo cicatriza. Pero el perdón, para que sea real, tiene que ser de corazón. De no ser así, estará siempre falto de algo. Y si carecemos de fuerzas para perdonar de este modo, habrá que acudir a la fuente de la gracia para adquirir el impulso necesario.

Sólo así, perdonando de corazón podrá tornar la paz a ese corazón herido o torturado por la ofensa o la agresión sufridas. Sucede que el perdón de Dios resulta improductivo si no logra transformar nuestro corazón, es decir, si no le confiere la capacidad de perdonar al hermano. Por eso, el perdón de Dios no se hace realidad factual en nuestras vidas hasta que no provoca en nosotros ese saludable efecto de tener que perdonar a nuestros ofensores o deudores. La ofensa tiene siempre una connotación más hiriente que la deuda, a no ser que entendamos la ofensa como una deuda (afectiva) contraída con el ofendido. En cualquier caso, ambas deben ser perdonadas si el deudor u ofensor suplican el perdón porque no tienen con qué pagar o con qué reparar el daño. Dios puede esperar esto de nosotros, porque Él nos ha perdonado primero.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Directorio para el Ministerio Pastoral de los Obispos “Apostolorum Successores”

5. Las Iglesias particulares.

El Pueblo de Dios no es sólo una comunidad de gentes diversas, sino que en su mismo seno se compone también de diferentes partes, las Iglesias particulares, formadas a imagen de la Iglesia universal, en las cuales y de las cuales está constituida la Iglesia Católica, una y única.(14) La Iglesia particular se confía al Obispo,(15) que es principio y fundamento visible de unidad,(16) y mediante su comunión jerárquica con la cabeza y con los otros miembros del Colegio episcopal la Iglesia particular se inserta en la plena communio ecclesiarum de la única Iglesia de Cristo.

Por eso, el entero Cuerpo místico de Cristo es también un cuerpo de Iglesias,(17) entre las que se genera una admirable reciprocidad, ya que la riqueza de vida y de obras de cada una redunda en bien de toda la Iglesia, y en la abundancia sobrenatural de todo el Cuerpo participan el mismo Pastor y su grey.

Estas Iglesias particulares existen también en y a partir de la Iglesia, que está y obra verdaderamente en ellas. Por este motivo, el Sucesor de Pedro, Cabeza del Colegio episcopal, y el Cuerpo de los Obispos son elementos propios y constitutivos de cada Iglesia particular.(18) El gobierno del Obispo y la vida diocesana deben manifestar la recíproca comunión con el Romano Pontífice y con el Colegio episcopal, además de con las Iglesias particulares hermanas, especialmente con las que están presentes en el mismo territorio.


14 Cf. Codex Iuris Canonici, can. 368.

15 Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decreto Christus Dominus, 11; Codex Iuris Canonici, cans. 381 § 1; 369; 333.

16 Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Constitución dogmática Lumen Gentium, 23.

17 Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Constitución dogmática Lumen Gentium, 23.

18 Cf. Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta Communionis Notio, 9 y 13.

Recursos – Ofertorio Domingo IV de Cuaresma

PRESENTACIÓN DE LA LUZ

(Sería interesante que lo pudiera ofrecer algún miembro de la Pastoral de los Bautismos)

ORACIÓN – EXPLICACIÓN: Señor, en nombre de cuantos y de cuantas estamos reunidos y reunidas, yo te ofrezco hoy esta luz, que la queremos unir a las que lucen sobre la mesa del altar. Ella es el símbolo del efecto del bautismo en nosotros y en nosotras y de nuestro compromiso. La ha prendido tu Hijo Resucitado, que es quien ilumina nuestro corazón, y quiere que nosotros y nosotras, con nuestras palabras y nuestra vida, seamos luz que alumbra las tinieblas del mundo. No permitas nunca, Señor, que seamos opacos para los y las demás.

PRESENTACIÓN DE UN CORAZÓN

(Esta ofrenda debiera haber sido preparada previamente por alguno de los grupos de catequesis de la comunidad. Consistiría en la elaboración de un gran corazón de cartulina, en el que se han pegado multitud de rostros humanos de todo tipo, raza y condición. Lo puede llevar todo el grupo, aunque uno solo es quien hace la ofrenda)

ORACIÓN – EXPLICACIÓN: Señor, nosotros y nosotras nos hemos reunido y elaborado este gran corazón, repleto de rostros humanos, rostros a los que Tú amas porque son tus hijos e hijas. Hoy te lo queremos ofrecer como signo de nuestra apertura al amor universal a las personas. Que no se nos escape nadie, por muy lejos que se encuentre de nosotros y de nosotras, tanto en la distancia, como ideológica y culturalmente. Comprometemos en esta ofrenda nuestra capacidad de tolerancia y optamos por actitudes de misericordia, como Tú mismo lo haces. Y te pedimos nos des fuerzas para amar a todas las personas, incluso a las poco amables.

UN MATRIMONIO PRESENTA A SU HIJO PEQUEÑO O A SU HIJA PEQUEÑA

(Marido y mujer se levantan con su hijo pequeño (o hija pequeña) y se acercan hasta el presbiterio para hacer la ofrenda. Intervienen los dos, uno después de otro. Concluidas sus intervenciones, permanecen con el niño (o la niña) en el mismo presbiterio durante el resto de la celebración. Dicen:)

ORACIÓN – EXPLICACIÓN:

MARIDO: Señor, aquí nos tienes con este(a) nuestro(a) hijo(a), regalo tuyo y fruto de nuestro amor. Te lo(a) queremos ofrecer en respuesta a tu misericordia. Tuyo(a) es y traza sobre él (ella) el plan de salvación.

MUJER: Te queremos ofrecer también nuestros deseos de proseguir y mantener el amor que nos hizo engendrarle, mediante nuestros cuidados y la educación. Educación, que pensamos, no sólo en orden a darle la oportunidad de que llegue a ser adulto(a), sino también que logre ser una persona en plenitud.

LA PAREJA: Sin embargo, Señor, somos conscientes de las muchas dificultades que engendra esta tarea y, principalmente, aquellas que nos vienen de un ambiente y una sociedad interesada en personas débiles y fácilmente manipulables. Por eso, Señor, danos tu gracia para poderlo realizar.

PRESENTACIÓN DE UN MEDICAMENTO

(Con el envoltorio sería suficiente, para tener el valor de símbolo. Y lo puede presentar alguien relacionado con la sanidad)

ORACIÓN – EXPLICACIÓN: Mira, Señor, yo te traigo un medicamento, porque pensamos que es un buen signo de la misericordia, que tú mismo tienes para con nosotros y nosotras, y que podemos tener en nuestra vida de cada día. Queremos ser eso: medicina para los otros y las otras. Bálsamo y aceite que curen las heridas de los y las demás. Mera capacidad de escucha, que alivie y aligere los problemas de los otros y de las otras. Y lo queremos hacer a imagen de tu Hijo Jesucristo, tal como Él lo hizo antes y lo hace ahora con nosotros y con nosotras.

PRESENTACIÓN DE UNAS MANOS VACÍAS

(Una persona adulta de la comunidad muestra sus manos, en forma de cuenco, pero vacías, mientras dice:)

ORACIÓN – EXPLICACIÓN: Yo, por mi parte, quiero añadir que a pesar de los dones que hemos recibido de tu misma bondad, nosotros y nosotras, a cambio, no tenemos nada que darte, como la higuera que no da frutos. Sólo nuestra disponibilidad para acoger de nuevo tu gracia. Eso es lo que yo hoy te ofrezco, con estas manos vacías, que esperan ser llenadas por Ti.

PRESENTACIÓN DE LA CARTA DE UN MISIONERO/A A LA COMUNIDAD

(Con antelación, será necesario contactar con la persona, sea Sacerdote, Religioso/a o Seglar; mejor si es conocida por la comunidad cristiana concreta. No sería cuestión de leer toda la carta; acaso alguna frase, o presentarla de manera que luego pueda quedar en un lugar accesible donde la gente pueda leerla; por eso, colocarla con letra grande, fijada en una cartulina amplia, etc.)

ORACIÓN – EXPLICACIÓN: Señor, al presentarte hoy la CARTA de un miembro de esta Comunidad, trabajando en una acción misionera y lejos de los suyos y de nosotros y de nosotras, te ofrecemos lo mejor de tantos hombres y mujeres, entregados en favor de los y las más pobres y necesitados-necesitadas, amando a sus semejantes como Tú mismo los amas. Acepta esta ofrenda agradable y conviértenos, también a nosotros y a nosotras, en testigos de tu amor, aquí, en medio de nuestra cultura y de nuestra sociedad.

Oración de los fieles – Domingo IV de Cuaresma

Como aquel mendigo también nosotros andamos ciegos por este mundo. Nuestro corazón está ciego y sordo ante el dolor del prójimo. Oremos diciendo:

CURA NUESTRA CEGUERA, SEÑOR.

1. – Por el Papa, para que su luz continúe alumbrando las tinieblas de este mundo.

OREMOS

2. – Por los que dirigen las naciones para que centren sus esfuerzos en los más necesitados de la sociedad.

OREMOS

3. – Por todos los que caminan de espaldas a la luz para que el Señor pase por sus vidas y transforme su ceguera en una mirada limpia.

OREMOS

4. – Por los enfermos y necesitados de nuestra parroquia o nuestro barrio para que encuentren en nosotros una mano abierta a sus problemas.

OREMOS

5. – Por los niños y los jóvenes para que sintiéndose ungidos por Dios lleven una vida acorde con la Luz que Cristo nos proclama.

OREMOS

6. – Por los que preparamos con ilusión la Pascua del Señor, para que aprovechemos este tiempo favorable y demos paso a la luz en nuestros corazones.

OREMOS

Padre, atiende esta súplicas que con confianza te presentamos que tu luz llegue a nosotros para renacer a la Vida que Cristo nos trajo. Por Jesucristo Nuestro Señor

Amen.


Escucha Dios Padre Nuestro la plegaria que hoy te dirigimos y danos tu luz, la que nunca se apaga. Y respondemos.

ILUMINA, SEÑOR, NUESTROS CORAZONES

1.- Por el Papa Francisco,  y por todos los obispos del mundo para sepan predicar con amor, humildad y entrega la Santa Cuaresma.

OREMOS.

2. Por los sacerdotes, diáconos, ministros, sacristanes y laicos comprometidos, que el Espíritu les guíe y con su ejemplo sepan colaborar en la conversión cuaresmal de muchos.

OREMOS

3.- Por todos los que sufren ceguera o enfermedades graves relacionadas con la vista y, también por los médicos que los atiende, para que encuentren a la vera del camino la voz de Jesús que les cura y les alienta

OREMOS

4.- Por los pobres, los prisioneros, los emigrantes y todos aquellos que sufre dificultades económicas, para que Jesús les envíe consuelo y nosotros sepamos atenderles con amor y eficacia.

OREMOS

5.- Por nosotros, pecadores, y por todos los que sufren el peso de sus culpas, para que a todos nos llegue el perdón de Dios y la alegría de sabernos con el corazón puro.

OREMOS

6.- Por todos los que asistimos a esta Eucaristía –y por aquellos que no pudieron o no quisieron venir—para que la luz de Jesús llene nuestras almas.

OREMOS

Escucha Padre de Bondad la oración que con talante humilde y corazón contrito te hacemos. Escúchanos y danos tu bendición reparadora.

Por Jesucristo Nuestro Señor

Amen.

Comentario al evangelio – Martes III de Cuaresma

El libro de Daniel se compuso probablemente en la época de las guerras macabeas, en el siglo II antes de Cristo. El autor, ficticiamente, sitúa sus narraciones cuatro siglos antes, en tiempos del exilio babilónico, profundamente grabado en el imaginario religioso de Israel. Una vez más el pueblo elegido está siendo aplastado por el imperio de turno, ahora el siro-seléucida, y su templo, malamente reconstruido al regreso de Babilonia, ha sido despiadadamente profanado: “no tenemos príncipes, ni holocaustos, ni un lugar donde ofrecerte primicias”. La oración de Azarías es semejante a las Lamentaciones. Otra catástrofe más, que el pueblo interpreta como castigo pedagógico por sus pecados y que, bajo la guía de algún líder clarividente, sabe aprovechar para definir de nuevo qué es lo que agrada a Dios: no principalmente un templo de piedra o la sangre de animales, sino “un corazón contrito y un espíritu humilde”. Esto no debe entenderse como una invitación a andar triste y cabizbajo por la vida, sino a reconocerse sencillamente criatura necesitada de su creador, limitada, no autosuficiente ni capaz de salvarse a sí misma, necesitada de perdón y comprensión.

La liturgia cuaresmal acierta al ofrecer este texto a nuestra reflexión; estamos en un “tiempo fuerte”, en el que buscamos formas siempre más auténticas de vivir la fe.

El evangelio vuelve sobre el tema del perdón. Jesús habla de él recurriendo al estilo hiperbólico oriental, con el que nos presenta de forma más impresionante la inconmensurable generosidad de Dios. El creyente, ante todo, deberá admirarla y agradecerla, y luego intentar transparentarla en su propio proceder. 10.000 talentos era una cantidad tan exorbitada que nadie podía ser acreedor de ella, ni poseerla. Y nadie suele pasar tan ofendido por la vida que tenga que perdonar 490 veces (aunque el texto pudiera significar también 77 veces, ¡que ya es!). En un caso y en otro, se trata de una gran generosidad, muy lejos de la casi raquítica propuesta de Pedro.

Lo de Dios en relación con nosotros es siempre de exceso, de superabundancia y de derroche. San Pablo dice que “donde abundó el pecado sobreabundó la gracia” (Rm 5,20) y que “el tesoro de su gracia ha sido un derroche para con nosotros” (Ef 1,8).

Pero lo que Dios en último término desea, repetimos, es ser imitado en su generosidad: “que seáis hijos de vuestro Padre, que regala la lluvia justos e injustos” (Mt 5,45). ¿Cómo es posible que un receptor de tan sobreabundante perdón o condonación no sea capaz de perdonar una minucia?

Severiano Blanco, cmf