La Vida de Jesús – Fco. Fernández-Carvajal

VIII. LAS TENTACIONES DE JESÚS

1.- EN EL DESIERTO DE JUDEA

Mt 4, 1-11; Mc 1, 12-13; Lc 4, 1-13

Después de haber sido bautizado Jesús, el Espíritu Santo lo impulsó al desierto (Mc).

La vida de Cristo, desde su concepción hasta su glorificación, todos sus actos, cada una de sus palabras, todo «procede de la plenitud del Espíritu que hay en Él»[1]. Esta unión con el Espíritu Santo, «unión de la que es plenamente consciente», será siempre «su fuente secreta», «la fuente íntima de su vida y de la acción mesiánica»[2]. Y este fue el Don, el inmenso regalo, que el Señor nos dejaría antes de partir al Padre: el Espíritu Santo.

Este lugar era la zona árida del llamado desierto de Judea. Desde las orillas del Jordán caminó el Señor unos ocho kilómetros, la distancia entre aquellas riberas y la ciudad de Jericó; luego se encaminó hacia el Oeste y se detuvo, según nos indica san Mateo con precisión, en la región más elevada del desierto. Con mucha probabilidad en lo que hoy se llama el monte de la Cuarentena (el Djebel Garantal, de 323 m de altura), a unos pocos kilómetros del Jericó moderno. Es un terreno seco, de piedras peladas y surcado por profundas torrenteras. San Marcos nos dice, señalando su extrema soledad, que moraba con las fieras (Mc). En aquellos parajes deshabitados eran sobre todo chacales, zorros y buitres. San Mateo especifica que fue allí Jesús para ser tentado por el diablo.

El Espíritu Santo lo impulsó al desierto. Desde la orilla del Jordán, donde había sido bautizado, caminó el Señor unos ocho kilómetros, hacia el oeste de Jericó, en la parte más alta del desierto, hasta el llamado monte de la Cuarentena (el Djebel Garantal) de 323 m de altura.

Con buen fundamento se supone que el ayuno del Señor tuvo lugar en los meses más fríos y lluviosos del año, en enero y febrero, pues poco después -indica el evangelista- vino la Pascua, que tenía lugar a finales de marzo o comienzos de abril.

Después de estos días, en los que la naturaleza humana de Jesús se encuentra debilitada, se acercó el Tentador para tenderle la primera trampa. El evangelio nos muestra al príncipe de los demonios acercándose de modo insidioso, probablemente con forma humana. Los distintos nombres que le dan los escritores sagrados son los mismos que se suelen encontrar en otros lugares de la Escritura: Satán, palabra hebrea que significa «adversario»; diablo o calumniador; y también tentador. Contra Cristo manifestará toda su astucia y su maldad[3].

La imagen del Mesías que tiene el demonio es semejante a la que tenían muchos judíos de aquel tiempo: un gran profeta, pero hombre al fin y al cabo.

Advierten los Santos Padres[4] que Jesús quiso someterse a las tres tentaciones que ordinariamente más estragos hacen en los hombres: la falta de templanza, la soberbia y la avaricia. Quiso darnos ejemplo de fortaleza contra las intenciones de nuestro enemigo de perder nuestra alma por uno de esos caminos.

Estas tentaciones del Señor son difíciles de comprender por nosotros. Jesús, como dice la Carta a los Hebreos[5], quiso ser tentado para compadecerse de nuestras debilidades y servirnos de ejemplo. Tienen, además, estas pruebas un sentido mesiánico, en cuanto que el demonio trataba de averiguar si Jesús era el Mesías. Si era así, procuraría atraerle hacia un mesianismo popular, político y triunfal, según la idea más extendida de la época. Le propone la comodidad en vez de la cruz, los milagros aparatosos en vez de la vida trabajosa, la dominación política del universo en vez de un reinado en las almas. Nunca pudo imaginar el diablo que aquel hombre era el Hijo de Dios, Dios mismo.

Hemos de recordar aquí que el Señor fue tentado porque Él quiso y que su absoluta perfección no permitía sino lo que llamamos tentación externa. Cristo, la santidad misma, era esencialmente impecable y careció del desorden que provocó el pecado original en el mundo. Tuvo la experiencia, real y auténtica, de la tentación, pero no la del pecado. Soportó sobre sí la presión del demonio, de los hombres, de las circunstancias, que le pedían desnaturalizar su mesianismo. Fueron tentaciones reales, pero no implicaban desorden interior alguno, aunque para ser rechazadas requerían fortaleza: no tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino que, siendo como nosotros, fue probado en todo, menos en el pecado.

En el Señor existían las apetencias normales de lo que era bueno para su cuerpo y para su alma, y también el rechazo de lo que les era nocivo. Cuando se dice que Él no padeció el desorden de la concupiscencia no se afirma la ausencia o la negación de la sensibilidad. Al contrario, Jesús poseía una sensibilidad delicada, como muestran sus reacciones con quienes encontró a su paso y en su predicación: se compadeció ante las necesidades de los demás; sintió hambre y apeteció el comer; tuvo sed y sueño, y experimentó la necesidad de saciarlos; se indignó con ira santa; saboreó el gozo de la amistad; lloró con auténtico dolor de hombre; sintió miedo y angustia ante la muerte.

Su santa Humanidad rechazó los tormentos y la muerte, sin que ese rechazo fuese desordenado, pues corresponde al orden de las cosas. Pero esa misma naturaleza humana libre dominó la repulsión hacia los tormentos y la muerte, y obedeció al Padre: si es posible, pase de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya (Lc).

Las tentaciones del Señor se sitúan, con todo, en un contexto más amplio: el de la lucha entre Satanás y el Hijo de Dios, el Mesías, tan señalada en los evangelios. Jesús sufre los ataques de Satanás, quien, a pesar de emplear todos los medios a su alcance, es vencido siempre y en todo[6].

Las tres tentaciones se refieren de un modo u otro al mesianismo de Cristo y guardan estrecha relación con la interpretación terrena que la mentalidad de la época daba a la misión del Mesías. Satanás emplea sus poderes contra Jesús para que oriente su misión en provecho propio y, por tanto, a espaldas de la voluntad del Padre. De hecho, el Señor hubo de rechazar a lo largo de su vida las presiones de su ambiente, que le empujaban en esta dirección, contraria al plan del Padre. Es la misma tentación que promueven los judíos al final de su vida, cuando está ya en la cruz: Si eres el Hijo de Dios, baja de la cruz, y creeremos (Mt; Mc).

Se trata, pues, de tentaciones numerosas y reales, que Cristo vence con perseverancia. El gran tentador de Jesús es Satanás, pero la tentación brotará también más tarde de sus enemigos, del ambiente, de sus mismos discípulos y de los familiares.

Para que la experiencia de la tentación sea real y su vencimiento una auténtica victoria, no es necesario que el corazón del hombre esté inclinado al mal, que tenga el fomes peccati. En Jesucristo no hay ninguna connivencia con el mal; no reina en sus miembros ninguna ley del pecado[7]; pero fue tentado verdaderamente. Sus victorias sobre estas tentaciones no tienen solo un sentido pedagógico (enseñarnos a luchar); forman parte además de su lucha y de su victoria sobre el príncipe de este mundo (Jn).

La victoria de Cristo sobre el diablo se consumó en la cruz; pero comenzó ya -y de forma contundente- mucho antes. Uno de los momentos cruciales de esa lucha y victoria de Jesús fueron precisamente estas tentaciones en el desierto de Judea.


[1] JUAN PABLO II, Enc. Dominum et vivificantem, 18-V-1986, nn. 21-22.

[2] Ibídem.

[3] El demonio posee un gran poder, pero este no es infinito. Solo es una criatura, poderosa por el hecho de ser espíritu puro, pero siempre criatura: no puede impedir la edificación del Reino de Dios. Aunque Satán actúe en el mundo por odio contra Dios y su Reino en Jesucristo, y aunque su acción cause graves daños –de naturaleza espiritual e indirectamente incluso de naturaleza física en cada hombre y en la sociedad–, esta acción es permitida por la divina providencia que, con fuerza y dulzura, dirige la historia del hombre y del mundo. Es un gran misterio para nosotros que Dios permita la actividad diabólica, pero sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman (Rm 8, 28). La victoria de Jesús aquí en el desierto sobre el Tentador es un anticipo de la victoria de la Pasión, momento supremo de su amor y obediencia filial al Padre (cfr. Catecismo, nn. 395, 540).

[4] Cfr. SAN JUAN CRISÓSTOMO, Homilías sobre san Mateo, 12, 1: MG 57, 209 ss.; SAN AGUSTÍN, Sermón 123: ML, pp. 85 ss., etc.

[5] Hb 2, 18; 4, 15.

[6] Los cristianos podemos salir victoriosos de las pruebas gracias a la victoria de Jesús; y de hecho vamos a sufrir diversas y frecuentes tentaciones. San Pedro lo recordaba a los primeros cristianos: Sed sobrios y estad vigilantes; porque vuestro enemigo el diablo anda dando vueltas alrededor de vosotros en busca de presa que devorar… (1 P 5, 8). El Señor, en su providencia, ha dispuesto que también de las tentaciones saquemos provecho. Toda tentación vencida robustece el alma y aumenta la gracia santificante.

[7] Cfr. Rm 7, 21-25.