Comentario – San José

El evangelio caracteriza a san José, el esposo de María, como hombre justo (δίκαιος) en el sentido más íntegro de la palabra, justo y bueno. Y demostró realmente con su actuación ser un hombre justo y bueno a la vez. A san José le fueron confiados grandes misterios, como a la Iglesia, como al sacerdote dentro de la Iglesia. ¿Cómo no ver en él un «don de Dios» para el mundo? Y los primeros en percibir esto fueron sin duda María, su mujer, y el «hijo» que le fue confiado. Porque María, la madre de Jesús, estaba desposada con él, aunque todavía no habían empezado a vivir juntos; en ese intervalo de tiempo que podía prolongarse alrededor de seis meses o un año, entre los desposorios y la conducción a la propia casa y cohabitación, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo.

Pero ¿quién podía probar esto, que era debido a la acción del Espíritu Santo? José, su esposo, que era bueno y no quería denunciarla, decidió repudiarla en secreto. El esposo o prometido percibe los síntomas de maternidad de su mujer durante ese período anterior a la cohabitación. En semejante situación podía considerarse traicionado y tomar la opción de denunciarla o repudiarla públicamente con el riesgo que esto entrañaba para la vida de esa mujer, que pasaba a ser adúltera, convirtiéndose a consecuencia de ello en rea de muerte; pues la ley del Levítico, que mandaba apedrear a las adúlteras, seguía vigente como revela el posterior encuentro de Jesús con la mujer sorprendida en adulterio. José no toma esta decisión, sino otra, más bondadosa, que busca salvaguardar la vida de su mujer. Decide repudiarla en secreto, o lo que es lo mismo, no acudir a por ella para llevarla a su propia casa. En semejante estado no podía aceptarla como legítima esposa; pero tampoco quiere ponerla en trance de muerte. El hecho (la no acogida) podía ser interpretado de diferente manera, hasta hacer recaer la culpabilidad incluso sobre sí mismo y su posible irresponsabilidad. En esta resolución tomada, aunque no llevada a término, ve el evangelista la bondad y la justicia de José para con su mujer.

Pero Dios, que rige los designios de la historia, haciendo de ella historia de salvación, interviene para corregir el rumbo de los acontecimientos. A José se le aparece en sueños un ángel que le dice: José, no tengas repara en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados. Cuando José se despertó, hizo de inmediato lo mandado por el ángel. Pero «hacer lo mandado» en este caso tenía mucho mérito. Se trataba de dar crédito a un mensaje ‘increíble’, que además le había llegado por un cauce –un sueño- poco fiable. Su tradición conocía «madres-estériles» o mujeres estériles que habían acabado siendo madres; pero no «madres-vírgenes», es decir, madres que hubieran permanecido vírgenes en su maternidad. A pesar de todo, José hizo lo mandado porque creyó en el poder de Dios. ¿Si había sido capaz de transformar a mujeres estériles en madres, por qué no a una virgen? La fe es la base de todas estas empresas o encargos de Dios que implican el cumplimiento de una misión a la que es esencial la obediencia. Así sucedió con Abrahán, y después con Moisés, y con María y José. Así sucede también con cualquier vocacionado. Sin fe no puede emprenderse un camino de obediencia; sin fe tampoco hay esperanza para perseverar en la tarea.

José fue un don de Dios para María, su mujer, y el hijo de ésta. Cualquier persona (un padre, una madre, un hijo, un amigo, un compañero de trabajo) puede ser un don de Dios para todos aquellos para quienes es padre, madre, hijo, amigo: alguien que Dios les ha dado para su provecho personal, para su gozo y su sustento, para su crecimiento, para su bien. Y si cualquier persona puede ser don de Dios para sus beneficiarios, con mayor razón podrá serlo el sacerdote, puesto por Dios en su Iglesia para distribuir sus dones, los dones salvíficos. Si apreciamos estos dones (el don de su palabra, el de la eucaristía, el del perdón, el de la vida de hijos de Dios, el de la esperanza cristiana), apreciaremos a aquel por cuyo medio nos llegan, al sacerdote como «don de Dios». Os ruego una pequeña oración por nuestros sacerdotes y por los que se preparan para el sacerdocio en nuestros seminarios. ¡Ojalá que seamos don de Dios para el mundo, incluso para ese mundo que no nos reconoce como tales!

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística