I Vísperas – Domingo IV de Cuaresma

I VÍSPERAS

DOMINGO IV CUARESMA

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

HIMNO

¿Para qué los timbres de sangre y nobleza?
Nunca los blasones
fueron lenitivo para la tristeza
de nuestras pasiones.
¡No me des coronas, Señor, de grandeza!

¿Altivez? ¿Honores? Torres ilusorias 
que el tiempo derrumba.
Es coronamiento de todas las glorias
un rincón de tumba.
¡No me des siquiera coronas mortuorias!

No pido el laurel que nimba el talento,
ni las voluptuosas
guirnaldas de lujo y alborozamiento.
¡Ni mirtos ni rosas!
¡No me des coronas que se lleva el viento!

Yo quiero la joya de penas divinas
que rasga las sienes.
Es para las almas que tú predestinas.
Sólo tú la tienes.
¡Si me das coronas, dámelas de espinas! Amén.

SALMO 121: LA CIUDAD SANTA DE JERUSALÉN

Ant. Vamos alegres a la casa del Señor.

¡Qué alegría cuando me dijeron:
«Vamos a la casa del Señor»!
Ya están pisando nuestros pies
tus umbrales, Jerusalén.

Jerusalén está fundad
como ciudad bien compacta.
Allá suben las tribus,
las tribus del Señor,

según la costumbre de Israel,
a celebrar el nombre del Señor;
en ella están los tribunales de justicia,
en el palacio de David.

Desead la paz a Jerusalén:
«Vivan seguros los que te aman,
haya paz dentro de tus muros,
seguridad en tus palacios.»

Por mis hermanos y compañeros,
voy a decir: «La paz contigo.»
Por la casa del Señor, nuestro Dios,
te deseo todo bien.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Vamos alegres a la casa del Señor.

SALMO 129: DESDE LO HONDO A TI GRITO, SEÑOR

Ant. Despierta, tú que duermes, levántate de entre los muertos, y Cristo será tu luz.

Desde lo hondo a ti grito, Señor;
Señor, escucha mi voz;
estén tus oídos atentos
a al voz de mi súplica.

Si llevas cuenta de los delitos, Señor,
¿quién podrá resistir?
Pero de ti procede el perdón,
y así infundes respeto.

Mi alma espera en el Señor,
espera en su palabra;
mi alma aguarda al Señor,
más que el centinela a la aurora.

Aguarde Israel al Señor,
como el centinela a la aurora;
porque del Señor viene la misericordia,
la redención copiosa;
y él redimirá a Israel
de todos sus delitos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Despierta, tú que duermes, levántate de entre los muertos, y Cristo será tu luz.

CÁNTICO de FILIPENSES: CRISTO, SIERVO DE DIOS, EN SU MISTERIO PASCUAL

Ant. Dios, por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho vivir con Cristo.

Cristo, a pesar de su condición divina,
no hizo alarde de su categoría de Dios;
al contrario, se despojó de su rango
y tomó la condición de esclavo,
pasando por uno de tantos.

Y así, actuando como un hombre cualquiera,
se rebajo hasta someterse incluso a la muerte,
y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo levantó sobre todo
y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»;
en el cielo, en la tierra, en el abismo,
y toda lengua proclame:
Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Dios, por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho vivir con Cristo.

LECTURA: 2Co 6, 1-4a

Os exhortamos a no echar en saco roto la gracia de Dios, porque él dice: «En tiempo favorable te escuché, en día de salvación vino en tu ayuda»; pues mirad, ahora es tiempo favorable, ahora es tiempo de salvación. Para no poner en ridículo nuestro ministerio, nunca damos a nadie motivo de escándalo; al contrario, continuamente damos prueba de que somos ministros de Dios.

RESPONSORIO BREVE

R/ Escúchanos, Señor, y ten piedad. Porque hemos pecado contra ti.
V/ Escúchanos, Señor, y ten piedad. Porque hemos pecado contra ti.

R/ Cristo, oye los ruegos de los que te suplican.
V/ Porque hemos pecado contra ti.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Escúchanos, Señor, y ten piedad. Porque hemos pecado contra ti.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. En otro tiempo erais tinieblas; ahora sois luz en el Señor.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. En otro tiempo erais tinieblas; ahora sois luz en el Señor.

PRECES
Bendigamos a Dios, solícito y providente para con todos los hombres, e invoquémosle, diciendo:

Salva, Señor, a los que has redimido.

Oh Dios, fuente de todo bien y origen de toda verdad, llena con tus dones al Colegio de los obispos,
— y haz que aquellos que les han sido confiados se mantengan fieles a la doctrin de los apóstoles.

Infunde tu amor en aquellos que se nutren con el mismo pan de vida,
— para que todos sean uno en el cuerpo de tu Hijo.

Que nos despejemos de nuestra vieja condición humana y de sus obras,
— y nos renovemos a imagen de Cristo, tu Hijo.

Concede a tu pueblo que, por la penitencia, obtenga el Perdón de sus pecados
— y tenga parte en los méritos de Jesucristo.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Haz que nuestros hermanos difuntos puedan alabarte eternamente en el cielo,
— y que nosotros esperemos confiadamente unirnos a ellos en tu reino.

Con la misma confianza que nos da nuestra fe, acudamos ahora al Padre, diciendo, como nos enseñó Cristo:
Padre nuestro…

ORACION

Señor, que reconcilias contigo a los hombres por tu Palabra hecha carne, haz que el pueblo cristiano se apresure, con fe viva y entrega generosa, a celebrar las próximas fiestas pascuales. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Sábado III de Cuaresma

1) Oración inicial

Llenos de alegría, al celebrar un año más la Cuaresma, te pedimos, Señor, vivir los sacramentos pascuales y sentir en nosotros el gozo de su eficacia. Por nuestro Señor.

2) Lectura del Evangelio

Del Evangelio según Lucas 18,9-14

A algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás les dijo esta parábola: «Dos hombres subieron al templo a orar; uno fariseo, otro publicano. El fariseo, de pie, oraba en su interior de esta manera: ¡Oh Dios! Te doy gracias porque no soy como los demás hombres, rapaces, injustos, adúlteros, ni tampoco como este publicano. Ayuno dos veces por semana, doy el diezmo de todas mis ganancias.’ En cambio el publicano, manteniéndose a distancia, no se atrevía ni a alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: ¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí, que soy pecador!’ Os digo que éste bajó a su casa justificado y aquél no. Porque todo el que se ensalce será humillado; y el que se humille será ensalzado.»

3) Reflexión

• En el Evangelio de hoy, Jesús cuenta la parábola del fariseo y del publicano para enseñarnos a rezar. Jesús tiene una manera distinta de ver las cosas. Ve algo positivo en el publicano, aunque todo el mundo decía de él: “¡No sabe rezar!” Jesús vivía tan unido al Padre por la oración que todo se convertía para él en expresión de oración.

• La manera de presentar la parábola es muy didáctica. Lucas presenta una breve introducción que sirve de clave de lectura. Luego Jesús cuenta la parábola y al final Jesús aplica la parábola a la vida.

• Lucas 18,9: La introducción. La parábola es presentada por la siguiente frase: “A algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás les dijo esta parábola.” La frase es de Lucas. Se refiere al tiempo de Jesús, pero se refiere también a nuestro tiempo. Hay siempre personas y grupos de personas que se consideran justas y fieles y que desprecian a los demás, considerándolos ignorantes e infieles.

• Lucas 18,10-13: La parábola. Dos hombres van al templo a rezar: un fariseo y un publicano. Según la opinión de la gente de entonces, los publicanos no eran considerados para nada y no podían dirigirse a Dios, porque eran personas impuras. En la parábola, el fariseo agradece a Dios el ser mejor que los demás. Su oración no es que un elogio de sí mismo, una exaltación de sus buenas cualidades y un desprecio para los demás y para el publicano. El publicano ni siquiera levanta los ojos, pero se golpea el pecho diciendo: “¡Dios mío, ten piedad de mí que soy un pecador!” Se pone en su lugar ante Dios.

• Lucas 18,14: La aplicación. Si Jesús hubiera dejado opinar a la gente y decir quién de los dos volvió justificado a su casa, todos hubieran contestado: “¡El fariseo!” Ya que era ésta la opinión común en aquel tiempo. Jesús piensa de manera distinta. Según él, aquel que vuelve a casa justificado, en buenas relaciones con Dios, no es el fariseo, sino el publicano. Jesús da la vuelta al revés. A las autoridades religiosas de la época ciertamente no les gustó la aplicación que él hace de esta parábola.

• Jesús reza. Sobretodo Lucas nos informa de la vida de oración de Jesús. Presenta a Jesús en constante oración. He aquí una lista de textos del evangelio de Lucas, en los que Jesús aparece en oración: Lc 2,46-50; 3,21: 4,1-12; 4,16; 5,16; 6,12; 9,16.18.28; 10,21; 11,1; 22,32; 22,7-14; 22,40-46; 23,34; 23,46; 24,30. Leyendo el evangelio de Lucas, es posible encontrar otros textos que hablan de la oración de Jesús. Jesús vivía en contacto con el Padre. La respiración de su vida era hacer la voluntad del Padre (Jn 5,19). Jesús rezaba mucho e insistía, para que la gente y sus discípulos hiciesen lo mismo, ya que en el contacto con Dios nace la verdad y la persona se encuentra consigo misma, en toda su realidad y humildad. En Jesús, la oración está íntimamente enlazada con los hechos concretos de la vida y con las decisiones que tenía que tomar. Para poder ser fiel al proyecto del Padre, trataba de permanecer a solas con El para escucharle. Jesús rezaba los Salmos. Como cualquier otro judío piadoso, los conocía de memoria. Jesús compuso su propio salmo. Es el Padre Nuestro. Su vida era una oración permanente: “¡Yo no puedo hacer nada por mi cuenta!” (Jn 5,19.30). Se aplica a él lo que dice el Salmo: “¡Me acusan, mientras yo rezo!” (Sal 109,4).

4) Para la reflexión personal

• Mirando de cerca esta parábola, ¿yo soy como el fariseo o como el publicano?
• Hay personas que dicen que no saben rezar, pero hablan todo el tiempo con Dios. ¿Conoces a personas así?

5) Oración final

Piedad de mí, oh Dios, por tu bondad,
por tu inmensa ternura borra mi delito,
lávame a fondo de mi culpa,
purifícame de mi pecado. (Sal 51)

La luz está ya en ti, deja que te inunde y desborde

Al mezclar la tierra con su saliva está simbolizando la creación del hombre nuevo, compuesto por la tierra-carne y la saliva-Espíritu. De ahí la frase que sigue: le untó su barro en los ojos. El barro, modelado por el Espíritu, es el proyecto de Dios realizado ya en Jesús, y con posibilidad de realizarse en todos los seres humanos. Jn usa dos verbos para indicar la aplicación del barro en los ojos: aquí untar-ungir, en relación con el apelativo de Jesús “Mesías”. Más adelante dirá sencillamente aplicar.

Aquí está la clave de todo el relato. El ciego es ahora un “ungido”, como Jesús. El hombre carnal ha sido transformado por el Espíritu. La duda de la gente sobre la identidad del ciego refleja la novedad que produce el Espíritu. Siendo el mismo, es otro. El hombre ciego ya era libre pero no lo había descubierto todavía. De ahí que el ciego utilice las mismas palabras que tantas veces, en Jn, utiliza Jesús para identificarse: “Soy yo“. Esta fórmula refleja la identidad del hombre transformado por el Espíritu. Descubre la transformación que se ha operado en su persona y quiere que los demás la vean.

El ciego, que hasta entonces era solo carne, se dejó transformar por el Espíritu. Debemos tomar conciencia de que el relato no da ninguna importancia al hecho de la curación física. Lo despacha con media línea. Lo que de verdad importa es que este hombre estaba limitado y carecía de toda libertad antes de encontrarse con Jesús. Su vida era anodina y dependiente de los demás. Ahora está llena de sentido. Pierde todo miedo y comienza a ser él mismo, no solo en su interior sino ante los fariseos que le acosan.

La piscina de Siloé estaba fuera de los muros de la ciudad. Recogía el agua de la fuente de Guijón que llegaba a ella conducida por un canal-túnel (de ahí el nombre arameo de “siloah”=emisión-envío, agua emitida-enviada). Jn aplica el nombre a Jesús, el enviado. La doble mención de untar-ungir y la de la piscina, término que era utilizado para designar la fuente bautismal, nos muestra que se está construyendo este relato a partir de los ritos de iniciación (bautismo) de la primera comunidad.

Al principio del relato no se había mencionado que era mendigo, incapacitado y dependiente de los demás. El punto de partida es clave para resaltar el punto de llegada. Jesús le va a dar la independencia. Le hace un hombre cabal. Tampoco se había mencionado que era sábado. Jesús no tiene en cuenta esa circunstancia a la hora de hacer bien al hombre. Amasar barro estaba explícitamente prohibido por la Ley. El amasar el barro el día séptimo, prolonga el día sexto de la creación. Jesús termina la creación del hombre.

A los fariseos no les importa que un hombre haya sido curado. No se alegran del bien del hombre. Solo les interesa la Ley y creen que a Dios tampoco le importa el hombre. Acuden a los padres para desvirtuar el hecho que no pueden negar. Los padres son gente sometida, en tinieblas. La pregunta es triple: ¿Es vuestro hijo? ¿Nació ciego? ¿Cómo recobró la vista? Los padres responden a las dos primeras preguntas, pero a la tercera, la más importante, no se atreven a responder. El miedo les impide aceptar cualquier complicidad con el hecho. Tienen miedo de ser expulsados de la institución.

Al fallarles la argucia empleada con los padres, intentan confundir al ciego. Quieren, por todos los medios, conseguir la lealtad del ciego aún en contra de la evidencia. Condenan a Jesús en nombre de la moral oficial y pretenden que le condene también el que ha sido curado. Ellos lo tienen claro, Dios no puede estar de parte del que no cumple la Ley. Dios no puede actuar contra el precepto ni siquiera en benefició del hombre. Quieren hacerle ver que la vista de que ahora goza es contraria a la voluntad de Dios.

El ciego no tiene miedo. Expresa lo que piensa ante los jefes. A las teorías opone los hechos. Puede que se haya quebrantado la Ley, pero lo que ha sucedido es tan positivo para él, que se hace la pregunta: ¿No estará Jesús por encima del sábado? Ha visto el amor gratuito y liberador. Él sabe ahora lo que es ser un hombre y sabe también lo que es Dios. Él ahora ve, los maestros están ciegos. Descubre que, en Jesús, está presente Dios. El hombre utiliza una teología admitida por todos. Dios no está de parte de un pecador.

Los fariseos están tan seguros de sí, que dudan de la misma realidad. El ciego no sabe nada, pero le es imposible negar lo que personalmente ha vivido. Por no negar su propia experiencia ni renunciar al bien que ha recibido, lo expulsan. Con su mentira han querido apagar la luz-vida. Al no conseguirlo, el hombre no puede permanecer dentro del ámbito de la muerte-tiniebla, que es la sinagoga. Lo mismo que Jesús tuvo que salir del templo, el ciego, que ha recibido la luz, tiene que salir de la institución judía.

“Fue a buscarlo”. El (euron) griego no significa un encuentro fortuito, sino el fruto de una búsqueda. El contraste salta a la vista. Los fariseos lo expulsan, Jesús lo busca. No le dice, como al inválido de la piscina, que no vuelva a dejarse someter, porque ya se había mantenido firme ante los fariseos. Con su pregunta acaba la obra de iluminación. La acción de Jesús había hecho descubrir al ciego una nueva manera de ser hombre, cuyo modelo era Jesús, “el Hombre”. Jesús quiere que tome conciencia de esta realidad.

El relato termina con la plena aceptación de Jesús por parte del ciego. “Se postró” (prosekinesen en griego) es el mismo verbo con que se designa la adoración debida a Dios en (Jn 4,20-24). El gesto de postrarse para adorar a Jesús no es infrecuente en los sinópticos, sobre todo en Mt, pero éste es el único pasaje de Jn en que aparece. Jesús, el Hombre, es el nuevo santuario donde se puede verificar la presencia de Dios. El ciego, expulsado, encuentra en Jesús el verdadero santuario, donde se puede rendir el culto a Dios ‘en espíritu y verdad’, anunciado a la Samaritana.

Para un juicio he venido yo a este mundo: para que los que no ven, vean y los que creen ver se queden ciegos. Era inconcebible que alguien pudiera tener por ciegos a los que estaban encargados de indicar el camino a los demás. Estas no son palabras de Jesús sino de los cristianos de finales del s. I. Clara alusión a los fariseos que se habían erigido en guías del pueblo. ¿También nosotros estamos ciegos? Eran los conocedores y cumplidores de la Ley, que tenían por ciegos a los demás. La respuesta de Jesús deja clara la realidad: Los que más cerca se creen de Dios, son los que menos le conocen.

Meditación

Creer en Jesús es creer en el Hombre.
Él es el modelo de hombre, el hombre acabado según el designio de Dios
Jesús es, a la vez, la manifestación de Dios y el modelo de hombre.                
En su humanidad, se ha hecho presente lo divino.
Mi meta es también dejarme transformar en Espíritu.
Para ello hay que nacer de nuevo.

 

Para profundizar 

¿En qué grupo me encuentro yo?
¿Soy de los que ven pero no ven
O de los que no ven pero ven?
Si está leyendo esto, es que algo ves
Sé consciente de que tienes que aclararte algo más
El relato se propone como un proceso
Empieza con una experiencia personal
Y termina postrándose ante Jesús.
Conocimiento y experiencia inseparables.
Jesús es la luz del mundo porque vio la Luz dentro de él
No me va a iluminar desde fuera
Sino ayudándome a descubrir mi propia Luz
La luz-vida ya está en el fondo de mi ser
Si miro hacia fuera, nunca la descubriré
Vivir mi verdadero ser me hará libre
Pero lo esencial de mí, no se ve con los ojos
Solo desde la verdad que soy, seré hombre cabal
Ninguna de mis limitaciones me impedirá ser yo
Debo procurar superar toda limitación
Pero lo que soy no dependerá nunca de ellas
Solo el ciego ve lo que hay que ver
No se trata de una curación médica y fisiológica
La curación es solo el pretexto para hablar de otra visión
La verdadera visión del ciego está más allá de la vista
Mi error será dejarme llevar por lo que ven los ojos
También yo estaré ciego, mientras no me deje iluminar desde dentro
Toda la Luz del mundo está ya en mí

Fray Marcos

Comentario – Sábado III de Cuaresma

Como en otras ocasiones, san Lucas señala el ‘motivo’ de la parábola de Jesús: por algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás. Esta revelación nos permite orientar en la buena dirección –la del autor- la interpretación de la misma. Antes de escuchar la narración conocemos ya el motivo que la inspira. Jesús alude a dos hombres que suben al templo a orar. Su finalidad, por tanto, es hacer oración; y ambos la hacen, pero cada uno a su manera. El fariseo –no es necesario diseñar sus perfiles-, erguido, oraba así en su interior: ¡Oh Dios!, te doy gracias porque no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo.

No tenemos por qué desconfiar de la sinceridad de su oración. Se trata de una oración interior. Sólo Dios lo escucha. No tiene que aparentar nada ante nadie. Quizá su postura corporal –erguido– pudiera delatar su actitud farisaica, la seguridad en sí mismo y en sus propias acciones. Porque eso es lo que pone de manifiesto su oración, una aparente acción de gracias que no hace otra cosa que pasar revista a sus propios méritos. En su oración el fariseo da gracias a Dios porque no es ni ladrón, ni injusto, ni adúltero, como otros muchos de sus contemporáneos; tampoco es como ese publicano al que puede ver en la parte trasera del templo sin atreverse a levantar los ojos al cielo. Además, cumple religiosamente todos los preceptos de la ley: la observancia del ayuno, dos veces por semana, y el pago del diezmo. Este hombre se siente realmente justo: ¿Qué más le puede pedir Dios?

Y aunque ‘mentalmente’ da gracias a Dios por las virtudes con que le ha adornado, en realidad le está presentando un catálogo de sus múltiples méritos. Tanto es así que no puede dejar de compararse con los que no son como él para despreciarlos como indignos de la presencia de Dios como aquel publicano que comparte con él espacio en el templo. No tiene nada que reprocharse. No encuentra en sí mismo el más leve rasgo de injusticia. Dios no puede tener para él más que palabras de elogio y de gratitud. Es Dios en realidad el que tendría que darle gracias a él por ser como es, por tener a un siervo tan fiel y cumplidor. Su aparente acción de gracias se ha convertido casi al instante en un alegato en su favor promovido por la vanidad, ese sentirse seguro de sí mismo con el consiguiente desprecio de los demás.

La oración se ha transformado en su mente en un acto de autoenaltecimiento. Pero todo el que se enaltece será humillado. Esta es la ley que rige en la entraña del cristianismo. Por eso, el fariseo no pudo salir justificado del templo. El que se acerca a Dios con la actitud del justo que no espera otra cosa que la confirmación de su propia justicia por parte del Juez supremo, no saldrá justificado de su presencia. ¿Qué necesidad tiene de ser justificado el que ya es –o al menos se siente- justo? Pero nadie puede sentirse justo ni santo ante la suprema Justicia. Aquel fariseo había perdido el sentido de la realidad. Su concepción legalista de la religión le había llevado probablemente a confeccionar una idea equivocada de sí mismo, una imagen de perfección que distaba mucho de la verdadera perfección.

La imagen que el publicano tenía de sí mismo era, en cambio, la de un pecador. Se lo recordaban a diario los fariseos. La sociedad entera le señalaba como un pecador que merecía el desprecio de un pagano. Por eso no extraña su actitud en el templo: apenas se atreve a entrar, porque se siente realmente indigno de pisar ese espacio sagrado; se queda en la parte posterior del templo y sin osar levantar los ojos del suelo. Sólo acierta a golpearse el pecho, diciendo de manera casi compulsiva: ¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador.

No se trata de una pose. Si lo fuera, si la cabeza inclinada y los golpes de pecho fueran una pose sin verdadero acompañamiento interior, perdería todo su significado el detalle de la parábola. En el publicano hay auténtica contrición. Se sabe realmente pecador y por eso pide compasión. Su oración es una súplica sincera, y como tal es escuchada, porque la oración es esencialmente ‘escucha’ de una palabra que merece ser oída, la palabra de nuestro Dios. Y si a lo largo de nuestra vida hemos capitalizado algunos méritos, no hace falta que los relatemos al que ya los conoce, porque Él mismo está detrás de ellos haciéndolos posible. Es su gracia la que promueve y corona nuestros méritos. Además, una auténtica acción de gracias contempla por encima de todo los dones que proceden de Dios –no las obras que emanan de nuestras facultades- y no va teñida en ningún caso de desprecio hacia los “pecadores”.

Pues bien, si la oración del fariseo no fue acepta a Dios, la del publicano que imploraba compasión sí. Éste pudo bajar a su casa justificado (a los ojos de Dios), mientras que aquél no pudo. Y la razón la da no sólo el proemio de la parábola, sino también la conclusión: Porque todo el que se enaltece, será humillado, y el que se humilla será enaltecido. Es Dios el que enaltece elevándonos a la altura a la que nos destina. También es Él el que justifica o hace justos. Los demás enaltecimientos o autoenaltecimientos son vanos e inconsistentes. No hay egolatría o culto a la personalidad que resista el paso del tiempo. Al concepto de perfección cristiana pertenece el de humildad. No hay perfección cristiana sin humildad; y la humildad declara y soporta la humillación. Pero el que se humilla será enaltecido por el que enaltece a los humildes.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Directorio para el Ministerio Pastoral de los Obispos “Apostolorum Successores”

III. El Colegio de los Doce y el Colegio de los Obispos

9. La misión pastoral de los Doce.

El Señor Jesús, al inicio de su misión, después de haber orado al Padre, constituyó Doce Apóstoles para que estuvieran con Él y para enviarlos a predicar el Reino de Dios y expulsar a los demonios.(27) Jesús quiso los Doce como un Colegio indiviso con la Cabeza Pedro, y precisamente como tales cumplieron su misión, comenzando desde Jerusalén (cf. Lc 24, 46), y después, como testigos directos de su resurrección para todos los pueblos de la tierra (cf. Mc 16, 20). Tal misión, que el Apóstol San Pedro subrayó como esencial ante la primera comunidad cristiana de Jerusalén (cf. Hch 1, 21-22), la llevaron a cabo los Apóstoles anunciando el Evangelio y haciendo discípulos a todas las gentes (cf. Mt 28, 16-20). Se continuaba de este modo la misma obra que el Resucitado les confió la tarde misma de Pascua: “como el Padre me envió, también yo os envío” (Jn 20, 21).(28)


27 Cf. CONC. ECUM. VAT. II, Constituição Dogmática Lumen Gentium, 19 ; Catecismo da Igreja Católica, 864.

28 Cf. Catecismo da Igreja Católica, 863.

El caso del testigo condenado

«A mi hijo lo citaron como testigo, lo estuvieron interrogando más de dos horas y, al final, lo condenaron como culpable. ¿Usted ha oído hablar de algo parecido?» Me lo dice el padre de un ciego de nacimiento, en voz baja, por miedo a las autoridades. Un caso que tiene conmocionada a Jerusalén en estos días de la gran fiesta.

Todo comenzó el sábado pasado, cuando un muchacho ciego de nacimiento fue curado de su ceguera por un galileo llamado Jesús. Al parecer, entre sus discípulos se planteó la discusión de si era ciego por culpa propia o de sus padres. Jesús dijo que nadie tenía la culpa, se agachó a recoger un poco de polvo, escupió sobre él y untó el barro en los ojos del ciego. Luego le mandó lavarse en la piscina de Siloé. Lo hizo y comenzó a ver.

Este corresponsal ha intentado ponerse en contacto con el ciego pero le ha resultado imposible. Tampoco hay noticias de Jesús, que parece haber abandonado la ciudad. Según algunos, este galileo se considera superior a Abrahán y Moisés y no se siente obligado a observar el sábado. Las autoridades, preocupadas por el escándalo que está provocando en la población, convocaron al ciego como testigo de cargo contra Jesús. Según su padre, se comportó de manera imprudente y de testigo terminó en acusado y condenado. No se extrañen. Jerusalén no es Alejandría. En Jerusalén todo es posible.

Un relato en seis escenas

La curación del ciego de nacimiento en una joya literaria, por su dinamismo, diálogo, ironía. Podemos distinguir siete escenas: 1) Jesús, los discípulos y el ciego. 2) El ciego y sus vecinos. 3) El ciego y los fariseos. 4) Los judíos y los padres del ciego. 5) Los judíos y el ciego. 6) Jesús y el ciego. 7) Los fariseos y Jesús

1ª escena: Jesús, los discípulos y el ciego

La relación entre pecado y castigo estaba muy difundida en el antiguo Israel (y también entre bastantes de nosotros). Jesús mismo ha dicho poco antes al paralítico: «no peques para que no te ocurra algo peor». Sin embargo, en este caso, niega cualquier relación de la enfermedad con un hipotético pecado del ciego o de sus padres. Nació ciego «para que se manifiesten en él las obras de Dios». Una respuesta que puede escandalizar a más de uno. ¿Es preciso que una persona sufra para que Dios manifieste su poder? Dejemos de momento este tema.

En la respuesta de Jesús a los discípulos hay unas palabras esenciales, claves para entender todo el relato: «Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo». ¿Cómo ilumina Jesús? ¿En qué consiste esa luz? Lo descubriremos al final.

La forma de realizar el milagro es desconcertante a primera vista. En el evangelio de Juan, igual que en los Sinópticos, la palabra de Jesús es poderosa. Lo demostrará sobre todo poco más tarde resucitando a Lázaro con la simple orden: «Lázaro, sal fuera». Sin embargo, para curar al ciego adopta un método muy distinto y complicado. Forma barro con la saliva, le unta los ojos y lo envía a la piscina del Enviado (Siloé). El barro en los ojos recuerda a la curación del ciego de Betsaida que cuenta Marcos, donde Jesús le aplica saliva en los ojos y luego le aplica las manos (Mc 8,22-25). La idea de lavarse en la piscina recuerda la orden de Eliseo a Naamán de bañarse siete veces en el Jordán.

¿Se trata de la reminiscencia de un gesto mágico? La clave está en la cuádruple referencia al barro, unida a la indicación: «era sábado el día que Jesús hizo barro». Una contravención expresa del descanso sabático, igual que ocurrió en la curación del paralítico de la piscina. Una de las acusaciones más fuertes que se hacen a Jesús en el cuarto evangelio.

En esta primera escena el ciego no dice nada. Se limita a obedecer.

2ª escena: el ciego y los vecinos

Diálogo cargado de ironía. En el conjunto, es importante advertir que el ciego sabe que el hombre que lo ha curado se llama Jesús, pero no sabe dónde está.

3ª escena: los fariseos y el ciego

Plantea el problema del sábado. Comienza advirtiendo el evangelista que «era sábado el día que Jesús hizo barro», y algunos fariseos concluyen: «Este hombre no viene de Dios porque no guarda el sábado». Sin embargo, otros se sienten desconcertados, como le ocurrió a Nicodemo: «¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?».

El ciego habla poco. Repite la curación, pero con menos palabras que cuando la contó a sus vecinos. En cambio, su visión de Jesús ha mejorado notablemente. Ya no lo considera «un hombre» sino «un profeta». Lo mismo que dijo la samaritana, aunque por motivos distintos: ella, porque Jesús conocía toda su vida; el ciego, porque Jesús ha realizado un prodigio sorprendente.

4ª escena: los judíos y los padres del ciego

Esta escena, que la liturgia permite suprimir, es esencial para comprender el mensaje del episodio a finales del siglo I. En la época de Jesús los fariseos no tenían poder para expulsar de la sinagoga; ese poder lo consiguieron después de la caída de Jerusalén en manos de los romanos (año 70), cuando el sacerdocio perdió fuerza y ellos se hicieron con la autoridad religiosa. A finales del siglo I, bastante después de la muerte de Jesús, es cuando comenzaron a enfrentarse decididamente a los cristianos, acusándolos de herejes y expulsándolos de la sinagoga. El relato de Juan refleja muy bien, a través de los padres del ciego, el miedo de muchos judíos piadosos a sufrir ese castigo si reconocían a Jesús como Mesías. Y las tensiones dentro de la familia cuando uno de sus miembros se hacía cristiano.

5ª escena: los fariseos y el ciego

El ciego terminó su declaración anterior diciendo que Jesús es «un profeta». Los fariseos le exigen ahora que reconozca que «ese hombre es un pecador». Ante esa acusación, el ciego no lo defiende con argumentos teológicos sino de orden práctico: «Si es un pecador, no lo sé; sólo sé que yo era ciego y ahora veo.» Luego no teme recurrir a la ironía, cuando pregunta a los fariseos si también ellos quieren hacerse discípulos de Jesús. Y termina haciendo una apasionada defensa de Jesús: «si éste no viniera de Dios, no tendría ningún poder.» 

La tensión entre cristianos y judíos a finales del siglo I queda clara en las palabras de los fariseos: ellos se consideran «discípulos de Moisés», al que Dios habló, no de Jesús, del que «no sabemos de dónde viene». Resuena aquí un tema típico del cuarto evangelio: ¿de dónde viene Jesús? Es una pregunta ambigua, porque no se refiere a un lugar físico (Nazaret, de donde no puede salir nada bueno, según Natanael; Belén, de donde algunos esperan al Mesías) sino a Dios. Jesús es el enviado de Dios, el que ha salido de Dios. Y esto los fariseos no pueden aceptarlo. Por eso, Jesús es para ellos un pecador, aunque realice un signo sorprendente. Dios no puede salirse de los estrictos cánones que ellos le imponen. Por eso, terminan expulsado al ciego de la sinagoga.

6ª escena: Jesús y el ciego

Hasta ahora, el ciego sólo sabe que la persona que lo ha curado se llama Jesús. Él lo considera un profeta, está convencido de que no es un pecador y de que debe venir de Dios. El ciego ha empezado a ver. Pero la visión completa la recupera en la última escena, cuando se encuentra de nuevo con Jesús, cree en él y se postra a sus pies. Lo importante no es ver personas, árboles, nubes, muros, casas, el sol y la luna… La verdadera visión consiste en descubrir a Jesús, creer en él y adorarlo.

7ª escena: Jesús y los fariseos

La reacción del ciego da paso a la enseñanza final de Jesús. Al principio dijo que él era la luz del mundo. Ahora aclara en qué consiste su misión: «que los que no ven, vean, y los que ven, se queden ciegos». Volviendo a la situación de finales del siglo I, «los que ve» son los fariseos, las autoridades religiosas de Israel, que no dudan de nada y niegan que Jesús sea el Mesías; «los que no ven» son los judíos y paganos de buena voluntad que pueden descubrir poco a poco la persona de Jesús y creer en él.

Si tenemos en cuenta el valor simbólico de la figura del ciego, resulta más fácil entender las palabras iniciales de Jesús de que nació ciego «para que se manifiesten en él las obras de Dios». No se trata de ceguera física, sino de la ceguera espiritual de no conocer a Jesús.

La samaritana y el ciego

Hay un gran parecido entre estas dos historias tan distintas del evangelio de Juan. En ambas, el protagonista va descubriendo cada vez más la persona de Jesús. Y en ambos casos el descubrimiento los lleva a la acción. La samaritana difunde la noticia en su pueblo. El ciego, entre sus conocidos y, sobre todo, ante los fariseos. En este caso, no se trata de una propagación serena y alegre de la fe sino de una defensa apasionada frente a quienes acusan a Jesús de pecador por no observar el sábado.

Relación con la primera lectura

Sin la ayuda de Dios, Samuel es incapaz de ver cuál es la persona elegida como rey de Israel. Sin la ayuda de Jesús, el hombre es incapaz de reconocerlo como su salvador.

Relación con la segunda lectura

La luz que recibimos de Jesús debe manifestarse en nuestra forma de vivir, «como hijos de la luz»: con bondad, justicia, verdad.

José Luis Sicre

No querían creer al ciego

1.- El relato del Evangelio de San Juan que leemos está semana es impresionante, entre otras cosas, por su minuciosidad. Lo primero que llama la atención es el “manoseo” que de la curación del ciego hacen los fariseos. No quieren rendirse a la evidencia y pregunta y repreguntan. Los padres del ciego recién curado responderán con inteligencia y astucia. El mismo ciego entrará en franca porfía con quienes –abusando de su poder de excomulgar– quieren amedrentarle. Pero eso era un camino absurdo e imposible. Alguien que recupera la vista no puede ser asustado por nada y nadie. ¿Podemos imaginarlo? ¿Es posible reconstruir la posición psicológica de alguien que ha vuelto de la total oscuridad a la luz más completa? Surge, pues, el fariseísmo, y no es malo reflexionar en estos tiempos de conversión –con el camino de Cuaresma en su mitad– si el “exceso de celo” no será el pecado más habitual de los “cumplidores”, de quienes están siempre en el templo. La escena evangélica, en palabras de Jesús, de la oración del fariseo –soberbia, autocomplaciente y despreciadora– y del publicano –humilde y buscadora de consuelo y perdón– nos enseña a posicionarnos en lugar correcto.

El evangelio de hoy aplica una investigación policíaca no conducente a aclarar los hechos, si no a desprestigiar al autor del milagro: a Jesús. Y les importaba muy poco el don recibido por el ciego. En todas las comunidades católicas –parroquiales, movimientos, cofradías– hay siempre brotes de fariseísmo que es necesario desmontar con amor y sano discernimiento. Y es que cuanto más profundizamos en nuestra vida religiosa más humildes debemos ser y más convencidos de nuestra poquedad. Ocurre, no obstante, que es fácil convertirse en portavoces de ortodoxia que lleva incluso a criticar a sacerdotes y a la jerarquía eclesiástica, añadiendo peligrosos ingredientes de desunión.

Tampoco debemos considerar la actuación de los fariseos como lo más importante que nos ofrece en Evangelio de San Juan. Lo fundamental es la curación de alma y cuerpo en la persona del ciego y su inscripción en una nueva vida. Él va a reconocer –como la samaritana del domingo pasado– que Jesús es el Mesías y eso añade una nueva dimensión a su vida. Poco le va a importar ya si está excomulgado o no de la vida religiosa oficial. No obstante, el juicio de Jesús es muy duro contra aquellos que por rigidez impiden la autentica conversión de las almas y se enzarzan en un difícil juego de normas, olvidando el objetivo principal que es la salvación de los hermanos. Una vez más –y como siempre– el Evangelio es mensaje actual para nuestras vidas y conciencias.

2.- También es muy minuciosa la búsqueda por parte de Samuel del futuro Ungido del Señor. La vida de David tiene profundas resonancias mesiánicas, pues Dios Padre prometió que el Mesías nacería de la estirpe de David. Si no podemos exagerar nuestras apreciaciones de ortodoxia tampoco debemos seguir con celo y exactitud los caminos exigidos por el Señor. No se trata de imitar a los fariseos, pero tampoco perder la firmeza, perseverancia y objetividad que nos marca Dios. Tan mala es la exageración como la pasividad. Samuel no se iba a conformar con la elección de uno cualquiera de los hijos de Jesé. La vida del cristiano es un camino de discernimiento continuo. De aplicar nuestras dotes intelectuales en la búsqueda del verdadero camino ofrecido por Dios. La minuciosidad de Samuel podría relacionarse con la insistencia de los fariseos en su trabajo denigratorio de la virtud de Jesús.

Lógicamente, la inclusión de ambas lecturas en la liturgia de este Cuarto Domingo de Cuaresma es buena enseñanza para nuestras actitudes de creyentes. No hemos de buscar siempre lo malo en la conducta de nuestros hermanos, ni convertirnos en jueces permanentes de sus conductas y, sin embargo, debemos buscar con ahínco lo que Dios nos pide. Para las dos cosas, la oración es buen vehículo. Nuestras dudas deben ser sometidas al Señor para que nos las aclare.

3.- Eso es lo que, precisamente, dice San Pablo en su Carta a los Efesios: “Caminad como hijos de la luz (toda bondad, justicia y verdad son fruto de la luz), buscando lo que agrada al Señor, sin tomar parte en las obras estériles de las tinieblas, sino más bien denunciadlas”. San Ignacio de Loyola daba mucha importancia a la capacidad de discernimiento y a un trabajo muy personal de búsqueda de la verdad con la ayuda de Dios, por eso es muy útil reflexionar, en presencia del Señor, todas nuestras dudas o aquello que nos parece inadecuado. El Maligno suele tender a engañar a los mejores bajo la fórmula de “sub angelo lucis”, con la apariencia de Ángel de Luz.

El Salmo 22 es uno de los más hermosos del Salterio. “El Señor es mi pastor, nada me falta: en verdes praderas me hace recostar; me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas”. ¿No hemos soñado alguna vez descansar a la vera del Señor en verdes praderas? Pues el Señor nos da ese consuelo si lo buscamos con ahínco y sencillez. Nos hace falta ese descanso en esta subida de la Cuaresma. La alegría de la Pascua está cerca y un gozo limpio, sencillo, luminoso y muy grande. El sufrimiento de la subida al Gólgota ha sido abrasado por la gloria y el amor de Dios.

Ángel Gómez Escorial

Cuando falla la vista del corazón

1.- El Señor nunca se dirige a un lugar para quedarse: llega, pasa y siempre con un fin. Y, cuando Jesús pasa, genera sentimientos diferentes. En el que estaba ciego, pero divisaba con el corazón, encontró agradecimiento. En aquellos otros que veían con los ojos, pero no miraban con el corazón, desató reproches, dudas y acusaciones.

2.- Los cristianos, como seguidores de Jesús, no estamos llamados a pasar por el mundo buscando el conflicto pero, tampoco pensemos que vamos a proponer el vivir según el evangelio, sin acarrear suspicacias o críticas. Cuando se levantan voces y medios contra nosotros puede ser, precisamente, porque hay una resistencia a dejar la oscuridad para vivir en la luz, a olvidar la mediocridad para abrazar la perfección o simplemente porque estamos en la línea de Jesús. La denuncia, junto con el anuncio, conlleva incomprensión: el que ve con sus propios anteojos y vive inmerso en sus caprichos difícilmente puede aceptar ni la luz que le ofrecen ni, por lo tanto, al que la trae consigo.

En aquellos, que rodearon al ciego de nacimiento, residía el pecado de la ceguedad mayor de una persona: aún viendo, estaban totalmente cegados para reconocer la mano poderosa de Dios en Jesús.

El ciego de nacimiento, aún sin comprobar con los ojos, supo fiarse y contemplar la belleza de Jesús y su presencia en lo más hondo del corazón. Una vez más se cumple aquello del principito: “a veces lo más esencial es invisible a los ojos”.

3.- A nadie, más en los tiempos que corremos, nos gusta ser tratados de “bichos raros”. Reconocer la presencia de Dios (en un mundo donde apenas se sienten sus huellas y escasamente se escucha su voz) conlleva el que, en mas de una ocasión, seamos señalados como ilusos o como ciegos. Como aquellos que vivimos inmersos en un mundo de ilusiones y de imposibles.

Yo, como el ciego, prefiero contemplar desde el hontanar del corazón, a ese Dios que proyecta todos los días una gran película real y misteriosa de su luz frente a la tiniebla, de verdad frente a la mentira, de amplitud de horizontes frente a lo puramente efímero.

La cuaresma, como elemento pedagógico, nos viene muy bien para operarnos de esas cataratas que llevamos en nuestros ojos y que nos impiden ver el paso del Señor en tantas situaciones que nos atañen.

Y, por el contrario, la cuaresma es una buena escalera para descender a lo más hondo de nosotros mismos y descubrir que Dios sigue tan vivo como siempre. Ahí, en el corazón, es donde, como el ciego, decimos: sólo sé que antes no veía y ahora veo.

¿Qué hacer para que muchos de nuestros hermanos pudieran llegar a esa confesión real e impactante? ¡Sólo sé que antes no veíamos nada y ahora vemos! ¿Qué métodos emplear (con láser pastoral y cirugía evangélica incluidos) para que el mundo que nos rodea, lejos de cerrarse en banda, viera lo mucho que gana abriéndose a Dios? ¡Jesús es el más grande oculista que jamás haya existido! El nos puede dar la prescripción adecuada para corregir nuestra visión. En él, todo es ciento por ciento. Y está dispuesto a restaurar nuestra visión para permitirnos ver como él ve.

Que la Pascua, cada día más cercana, sea luz para esta postmodernidad que, por sentirse absolutamente sabia no necesita instrucción divina, por creerse solidaria y justa rechaza la salvación o, creyendo ser honrada, olvida que la mayor honra es la que nos viene de Cristo.

4.- Y para terminar, como otras veces os ofrezco esta oración para el IV Domingo de Cuaresma

¡SOLO SE QUE VEO, SEÑOR!

Sólo sé que, en la oscuridad, me perdía
y, desde que te encontré, he encontrado razones para vivir

Sólo sé que, creía saberlo todo
y, desde que te encontré, comprendí que me faltaba la auténtica sabiduría

Sólo sé que, pensaba contemplarlo todo
y, desde que te encontré, todas las cosas han recobrado otro color

Sólo sé que, me sentía muy seguro de mí mismo
y, desde que te encontré, ya no camino por arenas movedizas

Sólo sé que, ahora más que nunca,
estoy hecho para la vida más allá de la muerte

Sólo sé que, ante tanto fuego de artificio,
sólo Tú, Señor, eres la LUZ verdadera

Sólo sé que, no hay mayor pecado que el cerrarse a la gracia,
sabiendo que Tú la das gratuitamente

Sólo sé que, no por sólo ver,
sigo creyendo y esperando en tus promesas como el mayor de los milagros

Sólo sé qué, vivía en un mundo vacío,
y Tú, con tu paso, lo has llenado todo

Sólo sé qué, mis ojos me dictaban cómo era todo,
y mi corazón me susurraba que le faltaba “Alguien”

Sólo sé qué, aún viendo no te veía,
y ahora sin verte estoy más seguro de conocerte

Sólo sé qué, el mundo puede dar respuesta a mi ceguera física
pero, sólo Tú Señor, eres capaz de abrirme el entendimiento
y el corazón a lo verdaderamente importante.

Ayúdame, Señor, a mirar con amor. A ver las cosas como Tú las ves
Y si es necesario, Señor, opérame con el láser de tu gracia divina.
Amén

Javier Leoz

Ojos nuevos

El relato del ciego de Siloé está estructurado desde la clave de un fuerte contraste. Los fariseos creen saberlo todo. No dudan de nada. Imponen su verdad. Llegan incluso a expulsar de la sinagoga al pobre ciego: «Nosotros sabemos que a Moisés le habló Dios». «Sabemos que ese hombre que te ha curado no guarda el sábado». «Sabemos que es pecador».

Por el contrario, el mendigo curado por Jesús no sabe nada. Solo cuenta su experiencia a quien le quiera escuchar: «Solo sé que yo era ciego y ahora veo». «Ese hombre me trabajó los ojos y empecé a ver». El relato concluye con esta advertencia final de Jesús: «Yo he venido para que los que no ven, vean, y los que ven, se queden ciegos».

A Jesús le da miedo una religión defendida por escribas seguros y arrogantes, que manejan autoritariamente la Palabra de Dios para imponerla, utilizarla como arma o incluso excomulgar a quienes sienten de manera diferente. Teme a los doctores de la ley, más preocupados por «guardar el sábado» que por «curar» a mendigos enfermos. Le parece una tragedia una religión con «guías ciegos» y lo dice abiertamente: «Si un ciego guía a otro ciego, los dos caerán al hoyo».

Teólogos, predicadores, catequistas y educadores, que pretendemos «guiar» a otros sin tal vez habernos dejado iluminar nosotros mismos por Jesús, ¿no hemos de escuchar su interpelación? ¿Vamos a seguir repitiendo incansablemente nuestras doctrinas sin vivir una experiencia personal de encuentro con Jesús que nos abra los ojos y el corazón?

Nuestra Iglesia no necesita hoy predicadores que llenen las iglesias de palabras, sino testigos que contagien, aunque sea de manera humilde, su pequeña experiencia del evangelio. No necesitamos fanáticos que defiendan «verdades» de manera autoritaria y con lenguaje vacío, tejido de tópicos y frases hechas. Necesitamos creyentes de verdad, atentos a la vida y sensibles a los problemas de la gente, buscadores de Dios capaces de escuchar y acompañar con respeto a tantos hombres y mujeres que sufren, buscan y no aciertan a vivir de manera más humana ni más creyente.

José Antonio Pagola

Comentario al evangelio – Sábado III de Cuaresma

Ayer el escriba decía a Jesús que el amor al hermano vale más que todos los sacrificios y holocaustos. Hoy lo recuerda Oseas: “misericordia quiero, no sacrificios”, texto que el primer evangelio transmite hasta dos veces en boca de Jesús (Mt 9,13; 12,7).

Pero hoy el profeta habla sobre todo de sanación y recuperación. Dios ha tenido que afligir pedagógicamente a su pueblo, pero llega el tiempo de la restauración, descrita ya simbólicamente como preludio de la resurrección: “al tercer día”. La cuaresma no es solo ni principalmente un tiempo de mirar los propios pecados, sino ante todo de mirar al Dios dispuesto a acogernos y mostrarnos su amor. En realidad es algo que nos toca experimentar en cada eucaristía, pues en el Credo no confesamos que creemos en nuestros pecados, sino en el perdón de los mismos.

De ese Dios que tiene su gusto en acoger al pecador nos habla el evangelio. Los fariseos no eran mala gente; procuraban ser cumplidores, llegar incluso más allá de lo establecido por la ley religiosa judía; pero esa entrega religiosa, sincera en la mayoría de los casos, quedaba empañaba por el orgullo que producía en ellos y el menosprecio hacia los religiosamente marginados, los recaudadores, llamados “publicanos”.

En los fariseos, en muchos casos, se había llegado a una paradoja casi inimaginable: a fuerza de procurar la máxima fidelidad a Dios, ese Dios había terminado siéndoles superfluo. El fariseísmo se había convertido en un pelagianismo anticipado; quien cree salvarse a sí mismo mediante su actitud de “cumplidor”, su sincera entrega religiosa, sus “méritos”, no necesita que un Dios bueno y compasivo venga a salvarle. ¡Dios se hace superfluo!

Por ello, a pesar de tanta buena voluntad, el choque entre Jesús y algunos fariseos se hizo inevitable. Él anuncia un Dios compasivo, que todo lo da gratis y cuya capacidad para el perdón es inconmensurable. Ese Dios, naturalmente, agrada a los publicanos, a los convencidos de su necesidad de perdón y rehabilitación. Y ellos, quizá más ignorantes que los fariseos, captan sin embargo mucho mejor quién es el Dios anunciado y visualizado por Jesús: el de los pequeños, pobres, pecadores.

Debió de ser impresionante ver a Jesús, con todo su halo de profeta, de “hombre de Dios”, compartiendo mesa y vida con aquellos grupos marginales. Y para ellos tuvo que ser un balón de oxígeno.

Hoy somos nosotros los que nos sentamos a la mesa con Jesús, sin que él haya esperado a que desaparezcan por completo nuestros defectos, manías, malos hábitos; no ha venido a llamar a justos… Captando y agradeciendo esa su compasión, saldremos del templo justificados.

Severiano Blanco cmf