II Vísperas – Domingo IV de Cuaresma

II VÍSPERAS

DOMINGO IV CUARESMA

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. 
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

HIMNO

Te damos gracias, Señor,
porque has depuesto la ira
y has detenido ante el pueblo
la mano que lo castiga.

Tú eres el Dios que nos salva,
la luz que nos ilumina,
la mano que nos sostiene
y el techo que nos cobija.

Y sacaremos con gozo
del manantial de la Vida
las aguas que dan al hombre
la fuerza que resucita.

Entonces proclamaremos:
«¡Cantadle con alegría!
¡El nombre de Dios es grande;
su caridad, infinita!

¡Que alabe al Señor la tierra!
Contadle sus maravillas.
¡Qué grande, en medio del pueblo,
el Dios que nos justifica!» Amén.

SALMO 109: EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE

Ant. Dios lo ha nombrado juez de vivos y muertos.

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies.»
Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora.»

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno,
según el rito de Melquisedec.»

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.
En su camino beberá del torrente,
por eso levantará la cabeza.

Señor, mis ojos están vueltos a ti,
en ti me refugio, no me dejes indefenso;
guárdame del lazo que me han tendido,
de la trampa de los malhechores.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Dios lo ha nombrado juez de vivos y muertos.

SALMO 111: FELICIDAD DEL JUSTO

Ant. Dichoso el que se apiada en el Señor; jamás vacilará.

Dichoso quien teme al Señor
y ama de corazón sus mandatos.
Su linaje será poderoso en la tierra,
la descendencia del justo será bendita.

En su casa habrá riquezas y abundancia,
su caridad es constante, sin falta.
En las tinieblas brilla como una luz
el que es justo, clemente y compasivo.

Dichoso el que se apiada y presta,
y administra rectamente sus asuntos.
El justo jamás vacilará,
su recuerdo será perpetuo.

No temerá las malas noticias,
su corazón está firme en el Señor.
Su corazón está seguro, sin temor,
hasta que vea derrotados a sus enemigos.

Reparte limosna a los pobres;
su caridad es constante, sin falta,
y alzará la frente con dignidad.

El malvado, al verlo, se irritará,
rechinará los dientes hasta consumirse.
La ambición del malvado fracasará.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Dichoso el que se apiada en el Señor; jamás vacilará.

CÁNTICO de PEDRO: LA PASIÓN VOLUNTARIA DE CRISTO, EL SIERVO DE DIOS

Ant. Dios cumplió de esta manera lo que había predicho por los profetas, que su Mesías tenía que padecer.

Cristo padeció por nosotros,
dejándonos un ejemplo
para que sigamos sus huellas.

Él no cometió pecado
ni encontraron engaño en su boca;
cuando lo insultaban,
no devolvía el insulto;
en su pasión no profería amenazas;
al contrario,
se ponía en manos del que juzga justamente.

Cargado con nuestros pecados, subió al leño,
para que, muertos al pecado,
vivamos para la justicia.
Sus heridas nos han curado.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Dios cumplió de esta manera lo que había predicho por los profetas, que su Mesías tenía que padecer.

LECTURA: 1Co 9, 24-25

En el estadio todos los corredores cubren la carrera, aunque uno solo se lleva el premio. Corred así: para ganar. Pero un atleta se impone toda clase de privaciones. Ellos para ganar una corona que se marchita; nosotros, en cambio, una que no se marchita.

RESPONSORIO BREVE

R/ Escúchanos, Señor, y ten piedad. Porque hemos pecado contra ti.
V/ Escúchanos, Señor, y ten piedad. Porque hemos pecado contra ti.

R/ Cristo, oye los ruegos de los que te suplican.
V/ Porque hemos pecado contra ti.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Escúchanos, Señor, y ten piedad. Porque hemos pecado contra ti.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. He lavado mis ojos, y ahora veo; y creo en ti, Señor.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, 
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. He lavado mis ojos, y ahora veo; y creo en ti, Señor.

PRECES

Demos siempre gracias a Cristo, nuestra cabeza y nuestro maestro, que vino a servir y a hacer el bien a todos, y digámosle humilde y confiadamente:

Atiende, Señor, a tu Iglesia.

Asiste, Señor, a los obispos y presbíteros de la Iglesia y haz que cumplan bien su misión de ser instrumentos tuyos, cabeza y pastor de la Iglesia,
— para que por medio de ti conduzcan a todos los hombres al Padre.

Que tus ángeles sean compañeros de camino de los que están de viaje,
— para que se vean libres de todo peligro de cuerpo y de alma.

Enséñanos, Señor, a servir a todos los hombres,
— imitándote a ti, que viniste a servir y no a ser servido.

Haz que en toda comunidad humana reine un espíritu fraternal,
— para que, estando tú en medio de ella, sea como una plaza fuerte.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Sé misericordioso, Señor, con todos los difuntos
— y admítelos a contemplar la luz de tu rostro.

Concluyamos nuestra súplica con la oración que le mismo Señor nos enseñó:
Padre nuestro…

ORACION

Señor, que reconcilias contigo a los hombres por tu Palabra hecha carne, haz que el pueblo cristiano se apresure, con fe viva y entrega generosa, a celebrar las próximas fiestas pascuales. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

 

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Liturgia penitencial y bautismal

1. Toda la liturgia de este domingo de cuaresma (lecturas, oraciones y cantos) es bautismal y, además, penitencial porque, no lo olvidemos, el bautismo, como todavía proclamamos en el credo de nuestra fe, era “para el perdón de los pecados”.

Como Jesús, y como Samuel en la primera lectura de hoy, no debemos fijarnos, al elegir para el bautismo, en lo exterior de los candidatos, en la apariencia, sino en lo único que Dios ve: En el corazón. Es Dios quien, en último término, ha elegido al candidato para que forme parte del Cuerpo de Cristo, y ha sido Dios quien lo ha ungido con su Espíritu. Sobre esa unción es de lo que nos habla también el salmo responsorial. Dios no se fija en la presencia, en la apariencia, sino en el corazón. Y Dios prefiere lo pequeño, lo olvidado, lo que no cuenta. “La mirada de Dios no es como la mirada del hombre”.

2. La segunda lectura, en perfecta concordancia con el relato del ciego que nos trae el Evangelio, nos habla de la época en que, todavía sin bautizarnos, éramos tinieblas. Jesús devuelve la vista, la luz, a ese ciego de nacimiento; en la segunda lectura se dice que nosotros, si estamos bautizados, debemos caminar como hijos de la luz. Pablo nos dice que despertemos, que resucitemos, que permitamos a Jesucristo que llene de su luz nuestra vida. “En otro tiempo”, antes del bautismo, “erais tinieblas”, pero el bautismo nos ha llenado de luz. Ser bautizados es nacer a la Luz.

En la misma línea que el relato de la samaritana, que comentábamos el domingo pasado, este domingo se nos dice que Jesús es no sólo el agua de la vida, sino que, además, es la luz de la vida. Por eso, el bautismo se llama también “iluminación”. Hemos sido iluminados, somos hijos ya de la luz: Practiquemos las obras de la luz.

Todo bautizado-confirmado, nos dice esta catequesis bautismal, ha pasado de la ceguera a la luz, ha sido alguien cuya vida ha quedado iluminada por Cristo. Todo bautizado debe pasar del barro sobre los ojos a las aguas de Cristo, que es el enviado (“Siloé”, en hebreo). Una vez bautizado-confirmado, es miembro del cuerpo de Cristo., y tan hijo de Dios como Jesús.

Igual que la samaritana, este ciego-bautizado va proclamando todo lo que Jesús ha llegado a ser para él: El enviado por Dios, un profeta, el ungido o Mesías, el maestro al que debemos oír en vez de Moisés, es alguien a quien Dios oye, que viene de Dios, es el Señor, es la luz del mundo.

3. A los recién bautizados, en la Iglesia de los primeros siglos, se les llamaba los “fotitzómenoi”, los iluminados; en eso debiéramos quedar convertidos nosotros, en eso debiera quedar convertida nuestra vida, en una vida iluminada por Cristo, en una vida cuyo sentido hubiera cambiado totalmente gracias a Jesucristo, gracias a su luz. ¿De verdad, ha quedado nuestra vida completamente cambiada gracias al conocimiento que hemos ido adquiriendo de Jesús?

“Da gloria a Dios”, dicen los fariseos que interrogan al ciego recién curado por Jesús. Una fórmula tan usada ahora, era, en esa época, la fórmula oficial para exigirle a alguien que dijera la verdad y reparara la ofensa hecha a Dios.

En su afán de que, una vez puesto a Jesús en el lugar que le corresponde, todo quede en su lugar, Juan nos dice que los fariseos, los defensores de la Ley, no son ciegos (porque si lo fueran no serían culpables), sino que no quieren ver. Recordemos que el evangelio según san Juan, se escribió después de la destrucción de Jerusalén y el templo, justamente cuando los fariseos estaban tomando, quizá para siempre, el control sobre el pueblo judío y sobre su mentalidad religiosa. El Evangelio llegó a llamarlos ciegos y guías de ciegos. Los suyos, dice san Juan, sus compatriotas y correligionarios, no recibieron a Jesús, ni siquiera los que decían ser los guías del pueblo de Dios.

El Señor no sólo quiere que veamos, sino que seamos luz; quiere que podamos iluminar las tinieblas del mundo. La fe es una sobredosis de luz. La fe nos aclara el sentido de la vida, nos hace ver con profundidad el misterio de la vida, nos hace ver y comprender el misterio de Dios en todas las cosas.

“El que ama a su hermano permanece en la luz… pero el que aborrece a su hermano está en tinieblas… y no sabe a donde va, porque las tinieblas han cegado sus ojos”. Ser luz equivale a vivir en el amor.

Antonio Díaz Tortajada

En este tiempo de incertidumbre, el Señor nos ilumina

En esta Cuaresma tan especial nos ha visitado un invitado inesperado. Nos está obligando a permanecer en nuestras casas. También nos está forzando a reordenar nuestra vida y costumbres. Igualmente ha hecho que reformulemos nuestra escala de valores y prioridades.

En medio de esta situación extraordinaria, mientras recorremos el camino cuaresmal, podemos aprovechar su presencia imprevista para profundizar un poco más en el sentido auténtico de este tiempo litúrgico. La gran invitación de toda Cuaresma es la conversión: volver a Dios, al prójimo y a lo más profundo de nosotros mismos. La tradición de la Iglesia siempre nos ha enseñado que éste es el mejor método para preparar con autenticidad la Pascua de Resurrección del Señor Jesús.

La Palabra de Dios de este cuarto Domingo de Cuaresma preña de esperanza este tiempo de incertidumbre. Las lecturas de hoy nos invitan a seguir confiando en nuestro Buen Dios, y nos recuerdan que Él es la luz que ilumina las tinieblas de nuestro mundo, también las que han ensombrecido nuestras ciudades y pueblos en estos días de cuarentena.

Caminar a oscuras nos inquieta: somos incapaces de ver lo que nos rodea, avanzamos a tientas sin poder prepararnos para lo que está por venir. Esta experiencia vital nos hace recordar que sólo la luz nos permite ver con acierto, con precisión, con verdad. Estas dos ideas están profundamente ligadas en las lecturas que hoy no podremos escuchar en nuestras iglesias, pero que sí pueden iluminar nuestra oración personal y comunitaria en nuestras casas, con nuestras familias. Porque a Dios no solo lo encontramos en los templos, sino que sobre todo lo descubrimos en nuestro interior, en cada uno de nosotros, ya que por el bautismo somos templos del Espíritu.

El primer libro de Samuel nos recuerda que “Dios no ve como los hombres, que ven la apariencia; el Señor ve el corazón”. Dios conoce nuestra intimidad más profunda, nuestros miedos y anhelos, nuestras dudas y sueños. Por eso, en este tiempo difícil y doloroso en muchas de nuestras familias, abramos nuestro corazón a su mirada misericordiosa, dejémonos acompañar por Él: es el bálsamo que cura nuestras heridas, el consuelo que alivia nuestros momentos más duros, la esperanza que supera toda desesperanza.

El salmo responsorial nos invita a hacer nuestra esta certeza. Nos puede ayudar a rezarla, a contemplarla, a compartirla con quienes tenemos a nuestro lado. Hoy más que nunca estamos invitados a repetir en nuestro corazón las palabras del salmista, haciéndolas nuestras, haciéndolas tuyas: “El Señor es mi Pastor, nada me falta”, “Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo”, “Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida”.

Esta confianza en Dios alienta nuestra vida en este tiempo extraordinario y, en medio de las tinieblas, nos estimula a ser luz en nuestros hogares, con nuestros familiares y amigos, con nuestros vecinos y con todos aquellos profesionales que están dando la batalla en primera línea para superar esta crisis. La carta del apóstol san Pablo a los Efesios nos exhorta a ser luz en el Señor: “Caminad como hijos de la luz –toda bondad, justicia y verdad son fruto de la luz–, buscando lo que agrada al Señor”. No cejemos en este compromiso, cada uno a su nivel y desde su lugar en esta coyuntura, pero todos unidos en el Señor que ilumina nuestra vida y llena de esperanza nuestro horizonte.

Como nos recuerdan algunas de las campañas que se han hecho virales en estos días, “no estamos solos”. Aunque debamos quedarnos en casa, nos sentimos cerca los unos de los otros. Fortalecidos por la fe, nos sentimos todos en las manos de Dios. Dejemos que Él siga cuidando de nosotros: consolando nuestras preocupaciones, aliviando nuestros desvelos y curando nuestras heridas. Así lo vivió en sus propias carnes el ciego de nacimiento que hoy nos presenta el evangelista Juan. Recuperó la vista, se postró en tierra delante de Jesús y confesó agradecido: “Creo, Señor”.

Ojala que estas semanas extraordinarias nos ayuden a vivir una Cuaresma extraordinaria, más auténtica y profunda. Una Cuaresma que, un año más, vuelva nuestra vida al Señor Resucitado para confesar, como el ciego de nacimiento, ¡creo, Señor!

Xabier Camino Sáez, sdb

Comentario – Domingo IV de Cuaresma

Hay miradas muy diversas. Hay quienes se quedan en la apariencia (superficie) de las cosas; hay quienes miran el interior (hacia adentro); hay quienes en su mirada muestran incredulidad o desconfianza; otros reflejan fe; hay quienes miran con ojos limpios; otros lo hacen con ojos turbios. Algunos ven la vida con pesimismo; otros, con optimismo. Hay quienes creen ver, pero en realidad no ven o están ciegos para ciertas cosas.

La primera lectura nos habla de la mirada de Dios: Dios no se limita a ver las apariencias, pues ésta no son el todo de la realidad, sino sólo lo que aparece de ella. Es verdad que las cosas y personas se nos muestran en primer lugar en su apariencia. Pero ésta no lo dice todo. Además de la apariencia, está el interior, que no siempre aparece o se nos revela del todo. Cuando Samuel tiene que elegir al futuro rey de los judíos de entre los hijos de Jesé, se fija primero en el mayor (el más alto y el más fuerte); pero Dios le obliga a fijarse en el menor (el más pequeño y el más inexperto). Y le dice: No mires las apariencias…, el Señor mira el corazón. Y conforme a esa mirada al interior, elige. Más que lo que aparece, le importa lo que lleva dentro. Esta mirada es mucho más profunda y certera. Conoce mejor la realidad. Ve las cosas como son y no simplemente como aparecen. Y el ser se nos ofrece muchas veces oculto o disimulado.

El evangelio de san Juan se mueve en esta paradoja: la de aquellos que creen ver, y según esta visión juzgan y sentencian, pero en realidad están ciegos (= los fariseos) y la de quienes, estando ciegos, empiezan a ver porque se han dejado curar o iluminar por el que puede devolver la vista o puede dar luz porque es la misma luz que viene a iluminar a los que viven en las tinieblas. Jesús se encuentra con un ciego de nacimiento. Ante esta realidad tan penosa para un ser humano, los apóstoles se preguntan de inmediato por la causa o el por quéMaestro, ¿quién pecó para que naciera ciego?

Suponen que la causa es el pecado del que sufre la maldición (o la desgracia) o de sus padres, puesto que es ciego de nacimiento. Tras la desgracia descubren, por tanto, la existencia de una culpa que explicaría el hecho aflictivo como un castigo; pues el mal tiene que ser culpable. De lo contrario habría que atribuírselo al mismo Creador del universo. Jesús no responde a esta inquietud intelectual que indaga en la causa de las cosas, pero sí responde al para qué: éste está ciego, nació ciego, para que se manifiesten en él las obras de Dios, es decir, para que en su curación resplandezca el actuar poderoso de Dios.

Y así fue. En su curación se manifestó el poder y la misericordia de Dios de manera admirable: esa misericordia que es como el bálsamo que se derrama sobre las heridas de los miserables de este mundo. Dios es misericordioso no sólo porque se compadece de las miserias humanas, sino porque las pone remedio. Es lo que hizo con este ciego por medio de Jesús, que le dice: ve y lávate en la piscina de Siloé. Y tras lavarse recobró la vista.

Pero aquella acción se convirtió en seguida en objeto de polémica por parte de los que no querían ver en la actividad benéfica de Jesús la mano misericordiosa de Dios. Su incredulidad (y sus prejuicios) les cegaba. Habían visto la obra admirable (la recuperación de la vista de un ciego de nacimiento), pero se negaban a reconocerla como obra respaldada por Dios. Se indignan porque ha sido curado en Sábado. Deducen que esta curación no puede venir de Dios (el promulgador del Sábado), porque va contra la ley promulgada por Él mismo. La conclusión a que había llegado el ciego de nacimiento, a diferencia de los fariseos, era que si Jesús podía curar la ceguera -aunque fuera en sábado- no podía ser un pecador, como pretendían sus críticos, desautorizando la actuación del Maestro de Nazaret.

La gratitud por el beneficio le lleva al reconocimiento, a la fe¿Crees en el Hijo del hombre?, le pregunta Jesús más tarde. ¿Y quién es, para que crea? El que habla contigo: el que te ha sanado. Creo Señor. El encuentro con Jesús, su sanador, le ha llevado a la fe. Ahora ve mucho más de lo que alcanzar a ver sus ojos. Ahora ve en Jesús al Mesías; en su curación, la obra de Dios; en los fariseos a personas cegadas por sus prejuicios; en el pecado, una oscuridad mayor de aquélla en la que se encontraba por ser invidente. Ha pasado a ser hijo de la luz de ciego de nacimiento que era: alguien que vive a la luz no sólo del sol o las estrellas, sino a la luz de la verdad aportada por Jesús; alguien que se ha dejado no sólo curar, sino también iluminar por Cristo.

También nosotros hemos sido iluminados por esta luz; hemos pasado a ser hijos de la luz. Vivir como tales es nuestra obligación. Vivir como hijos de la luz es vivir dejándoseiluminar por la palabra de Dios; es vivir en la bondad, la justicia y la verdad de Dios; es vivir buscando lo que agrada a Dios y huyendo de las obras de las tinieblas; es vivir en la esperanzade la contemplación de Dios cara a cara.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Directorio para el Ministerio Pastoral de los Obispos “Apostolorum Successores”

10. Los Apóstoles fundamentos de la Iglesia.

Los Apóstoles, con Pedro como Cabeza, son el fundamento de la Iglesia de Cristo; sus nombres están escritos sobre los cimientos de la Jerusalén celeste (cf. Ap 21, 14); en cuanto arquitectos del nuevo Pueblo de Dios, garantizan su fidelidad a Cristo, piedra fundamental del edificio, y a su Evangelio; enseñan con autoridad, dirigen la comunidad y tutelan su unidad. De este modo, la Iglesia, “edificada sobre el cimiento de los Apóstoles” (Ef 2, 20), tiene en sí el carácter de la apostolicidad, en cuanto que conserva y transmite íntegro aquel buen depósito que a través de los Apóstoles ha recibido del mismo Cristo. La apostolicidad de la Iglesia es garantía de fidelidad al Evangelio recibido y al sacramento del Orden que hace que el oficio apostólico permanezca en el tiempo.

Lectio Divina – Domingo IV de Cuaresma

Un ciego encuentra la luz
Los ojos se abren conviviendo con Jesús
Juan 9,1-41 

1. Oración inicial

Señor Jesús, envía tu Espíritu, para que Él nos ayude a leer la Biblia en el mismo modo con el cual Tú la has leído a los discípulos en el camino de Emaús. Con la luz de la Palabra, escrita en la Biblia, Tú les ayudaste a descubrir la presencia de Dios en los acontecimientos dolorosos de tu condena y muerte. Así, la cruz, que parecía ser el final de toda esperanza, apareció para ellos como fuente de vida y resurrección.

Crea en nosotros el silencio para escuchar tu voz en la Creación y en la Escritura, en los acontecimientos y en las personas, sobre todo en los pobres y en los que sufren. Tu palabra nos oriente a fin de que también nosotros, como los discípulos de Emaús, podamos experimentar la fuerza de tu resurrección y testimoniar a los otros que Tú estás vivo en medio de nosotros como fuente de fraternidad, de justicia y de paz. Te lo pedimos a Ti, Jesús, Hijo de María, que nos has revelado al Padre y enviado tu Espíritu. Amén.

2. Lectura

a) Clave de lectura:

El texto del evangelio de este cuarto domingo de cuaresma nos invita a meditar la historia de la curación de un ciego de nacimiento. Es un texto reducido, pero muy vivo. Tenemos aquí un ejemplo concreto de cómo el Cuarto Evangelio revela el sentido profundo escondido en los hechos de la vida de Jesús. La historia de la curación del ciego nos ayuda a abrir los ojos sobre la imagen de Jesús que cada uno lleva consigo. Muchas veces, en nuestra cabeza, hay un Jesús que parece un rey glorioso, ¡distante de la vida del pueblo! En los Evangelios, Jesús aparece como un Siervo de los pobres, amigo de pecadores. La imagen del Mesías-Rey, que tenían en la mente los fariseos les impedía reconocer en Jesús el Mesías-Siervo. Durante la lectura, tratemos de prestar atención a dos cosas: (i) el modo expedito y libre con el que el ciego reacciona ante las provocaciones de las autoridades, y (ii) el modo en el que el mismo, el ciego, abre los ojos con respecto a Jesús.

b) Una división del texto para ayudarnos en la lectura:

Juan 9,1-5: La ceguera ante el mal que existe en el mundo
Juan 9,6-7: El signo del “Enviado de Dios” que provocará diversas reacciones
Juan 9,8-13: La reacción de los vecinos
Juan 9,14-17: La reacción de los fariseos
Juan 9,18-23: La reacción de los padres
Juan 9,24-34: La sentencia final de los fariseos
Juan 9,35-38: La conducta final del ciego de nacimiento
Juan 9,39-41: Una reflexión conclusiva

c) Texto:

1 Vio, al pasar, a un hombre ciego de nacimiento. 2 Y le preguntaron sus discípulos: «Rabbí, ¿quién pecó, él o sus padres, para que haya nacido ciego?» 3 Respondió Jesús: «Ni él pecó ni sus padres; es para que se manifiesten en él las obras de Dios. 4 «Tenemos que trabajar en las obras del que me ha enviado mientras es de día; llega la noche, cuando nadie puede trabajar. 5 Mientras estoy en el mundo, soy luz del mundo.»

6 Dicho esto, escupió en tierra, hizo barro con la saliva, y untó con el barro los ojos del ciego 7 y le dijo: «Vete, lávate en la piscina de Siloé» (que quiere decir Enviado). Él fue, se lavó y volvió ya viendo.

8 Los vecinos y los que solían verle antes, pues era mendigo, decían: «¿No es éste el que se sentaba para mendigar?» 9 Unos decían: «Es él». «No, decían otros, sino que es uno que se le parece.» Pero él decía: «Soy yo.» 10 Le dijeron entonces: «¿Cómo, pues, se te han abierto los ojos?» 11 Él respondió: «Ese hombre que se llama Jesús, hizo barro, me untó los ojos y me dijo: `Vete a Siloé y lávate.’ Yo fui, me lavé y vi.» 12 Ellos le dijeron: «¿Dónde está ése?» Él respondió: «No lo sé.» 13 Lo llevan a los fariseos al que antes era ciego.

14 Era sábado el día en que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. 15 Los fariseos a su vez le preguntaron cómo había recobrado la vista. Él les dijo: «Me puso barro sobre los ojos, me lavé y veo.» 16 Algunos fariseos decían: «Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado.» Otros decían: «Pero, ¿cómo puede un pecador realizar semejantes signos?» Y había disensión entre ellos. 17 Entonces le dicen otra vez al ciego: «¿Y tú qué dices de él, ya que te ha abierto los ojos?» Él respondió: «Que es un profeta.»

18 No creyeron los judíos que aquel hombre hubiera sido ciego, hasta que llamaron a los padres del que había recobrado la vista 19 y les preguntaron: «¿Es éste vuestro hijo, el que decís que nació ciego? ¿Cómo, pues, ve ahora?» 20 Sus padres respondieron: «Nosotros sabemos que este es nuestro hijo y que nació ciego. 21 Pero, cómo ve ahora, no lo sabemos; ni quién le ha abierto los ojos, eso nosotros no lo sabemos. Preguntadle; edad tiene; puede hablar de sí mismo.» 22 Sus padres decían esto por miedo a los judíos, pues los judíos se habían puesto ya de acuerdo en que, si alguno le reconocía como Cristo, quedara excluido de la sinagoga. 23 Por eso dijeron sus padres: «Edad tiene; preguntádselo a él.»

24 Llamaron por segunda vez al hombre que había sido ciego y le dijeron: «Da gloria a Dios. Nosotros sabemos que ese hombre es un pecador.» 25 Les respondió: «Si es un pecador, no lo sé. Sólo sé una cosa: que era ciego y ahora veo.» 26 Le dijeron entonces: «¿Qué hizo contigo? ¿Cómo te abrió los ojos?» 27 Él replicó: «Os lo he dicho ya, y no me habéis escuchado. ¿Por qué queréis oírlo otra vez? ¿Es qué queréis también vosotros haceros discípulos suyos?» 28 Ellos le llenaron de injurias y le dijeron: «Tú eres discípulo de ese hombre; nosotros somos discípulos de Moisés. 29 Nosotros sabemos que a Moisés le habló Dios; pero ése no sabemos de dónde es.» 30 El hombre les respondió: «Eso es lo extraño: que vosotros no sepáis de dónde es y que me haya abierto a mí los ojos. 31 Sabemos que Dios no escucha a los pecadores; mas, si uno es religioso y cumple su voluntad, a ése le escucha.32 Jamás se ha oído decir que alguien haya abierto los ojos de un ciego de nacimiento. 33 Si éste no viniera de Dios, no podría hacer nada.» 34 Ellos le respondieron: «Has nacido todo entero en pecado ¿y nos das lecciones a nosotros?» Y le echaron fuera.

35 Jesús se enteró de que le habían echado fuera y, encontrándose con él, le dijo: «¿Tú crees en el Hijo del hombre?» 36 Él respondió: «¿Y quién es, Señor, para que crea en él?» 37 Jesús le dijo: «Le has visto; el que está hablando contigo, ése es». 38 Él entonces dijo: «Creo, Señor.» Y se postró ante él.

39 Y dijo Jesús: «Para un juicio he venido a este mundo: para que los que no ven, vean; y los que ven, se vuelvan ciegos.» 40 Algunos fariseos que estaban con él oyeron esto y le dijeron: «¿Es que también nosotros somos ciegos?» 41 Jesús les respondió: «Si fuerais ciegos, no tendríais pecado; pero, como decís: `Vemos’, vuestro pecado permanece.»

3. Un momento de silencio orante

para que la Palabra de Dios pueda entrar en nosotros e iluminar nuestra vida.

4. Algunas preguntas

para ayudarnos en la meditación y en la oración.

a) ¿Qué parte del texto me ha llamado más la atención? ¿Por qué?
b) Dice el refrán popular: ¡No hay peor ciego que el que no quiere ver!¿Cómo aparece esto en la conversación entre el ciego y los fariseos?
c) ¿Cuáles son los títulos que Jesús recibe en el texto?¿De quién los recibe? ¿Qué significan?
d) ¿Cuál es el título que más me atrae? ¿Por qué? O sea, ¿cuál es la imagen de Jesús que yo tengo en la cabeza y que llevo en el corazón? ¿De dónde me viene esta imagen?

5. Para aquéllos que desean profundizar más aun en el texto

a) Contexto en el que fue escrito el Evangelio de Juan:

Meditando la historia de la curación del ciego, es bueno recordar el contexto de las comunidades cristianas en Asia Menor hacia finales del siglo primero, para las cuáles fue escrito el Evangelio de Juan y que se identificaban con el ciego y con su curación. Ellas mismas, a causa de una visión legalista de la ley de Dios, eran ciegas de nacimiento. Pero, como sucedió para el ciego, también ellas consiguieron ver la presencia de Dios en la persona de Jesús de Nazaret y se convirtieron. ¡Fue un proceso doloroso! En la descripción de las etapas y de los conflictos de la curación del ciego, el autor del Cuarto Evangelio evoca el recorrido espiritual de la comunidades, desde la obscuridad hasta la plena luz de la fe iluminada por Cristo

b) Comentario del texto:

Juan 9, 1-5: La ceguera ante el mal que exite en el mundo

Viendo al ciego los discípulos preguntan: “Rabbí ¿quién pecó, él o sus padres, para que haya nacido ciego?” En aquella época, un defecto físico o una enfermedad era considerada un castigo de Dios. Asociar los defectos físicos al pecado era un modo con el cual los sacerdotes de la Antigua Alianza mantenían su poder sobre la conciencia del pueblo. Jesús ayuda a corregir sus ideas: “Ni él pecó ni sus padres, es para que se manifiesten en él las obras de Dios”. Obras de Dios o lo que es lo mismo Signos de Dios. Por tanto, lo que era en aquella época signo de ausencia de Dios, será signo de su presencia luminosa en medio de nosotros. Jesús dice: “Tenemos que trabajar en las obras del que me ha enviado mientras es de día; llega la noche, cuando nadie puede trabajar. Mientras estoy en el mundo, soy luz del mundo”. El Día de los signos comienza a manifestarse cuando Jesús, “el tercer día” (Jn 2,1), realiza “el primer signo” en Caná (Jn 2,11). Pero el Día está por terminar. La noche está por llegar, porque estamos ya en el “séptimo día”, el sábado, y la curación del ciego es el sexto signo (Jn 9,14). La Noche es la muerte de Jesús. El séptimo signo será la victoria sobre la muerte en la resurrección de Lázaro (Jn 11). En el evangelio de Juan hay sólo siete signos, milagros, que anuncian el gran signo que es la Muerte y la Resurrección de Jesús.

Juan 9,6-7. El signo de “Enviado de Jesús” que produce diversas reacciones

Jesús escupe en la tierra, hace fango con la saliva, unta el fango sobre los ojos del ciego y le pide que se lave en la piscina de Siloé. El hombre va y vuelve curado. ¡Este es el signo! Juan comenta diciendo que Siloé significa enviado. Jesús es el Enviado del Padre que realiza las obras de Dios, los signos del Padre. El signo de este “envío” es que el ciego comienza a ver.

Juan 9,8-13: La primera reacción: la de los vecinos

El ciego es muy conocido. Los vecinos quedan dudosos: “¿Será ciertamente él? Y se preguntan: ¿Cómo, pues, se le han abierto los ojos? Aquel, que primero era ciego, atestigua: “Ese Hombre que se llama Jesús me ha abierto los ojos”. El fundamento de la fe en Jesús es aceptar que Él es un ser humano como nosotros. Los vecinos se preguntan: “¿Dónde está?” – “No lo sé”. Ellos no quedan satisfechos con la respuesta del ciego, y para aclarar el asunto, llevan al hombre ante los fariseos, las autoridades religiosas.

Juan 9, 14-17: La segunda reacción: la de los fariseos

Aquel día era un sábado y el día de sábado estaba prohibido curar. Interrogado por los fariseos, el hombre vuelve de nuevo a contarlo todo. Algunos fariseos, ciegos en su observancia por la ley, comentan: “¡Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado!”. Y no estaban dispuestos a admitir que Jesús pudiese ser un signo de Dios, porque curaba al ciego en sábado. Pero otros fariseos, interpelados por el signo, responden: “¿Cómo puede un pecador realizar semejantes signos?” ¡Y había disensión entre ellos! Y preguntaron al ciego: “¿Y tú qué dices de él, ya que te ha abierto los ojos?” Y él ofrece su testimonio: “¡Es un Profeta!”

Juan 9, 18-23: La tercera reacción: la de los padres

Los fariseos, llamados ahora judíos, no creían que hubiese sido ciego. Pensaban que se tratase de un engaño. Por esto mandaron llamar a los padres y le preguntaron: “¿Es éste vuestro hijo de quien vosotros decís que nació ciego?¿Cómo, pues, ve ahora?” Con mucha cautela los padres respondieron: “Nosotros sabemos que éste es nuestro hijo y que nació ciego; pero, cómo ve ahora, no lo sabemos, ni quien le ha abierto los ojos, eso nosotros no lo sabemos. ¡Preguntadle; edad tiene; puede hablar de sí mismo!”. La ceguera de los fariseos ante la evidencia de la curación produce temor en la gente. Y aquél que confesaba tener fe en Cristo Mesías era expulsado de la sinagoga. La conversación con los padres del ciego revela la verdad, pero las autoridades religiosas se niegan a aceptarla. Su ceguera es mayor que la evidencia de los hechos. Ellos, que tanto insistían en la observancia de la ley, ahora no quieren aceptar la ley que declara válido el testimonio de dos personas (Jn 8,17).

Juan 9, 24-34: La sentencia final de los fariseos con respecto a Jesús

Llaman de nuevo al ciego y le dicen: “Da gloria a Dios. Nosotros sabemos que ese hombre es un pecador”. En este caso: “dar gloria a Dios” significaba: “¡Pide perdón por la mentira que hace poco has dicho!”. El ciego había dicho: “¡Es un Profeta!” Según los fariseos debiera haber dicho: “¡Es un pecador!” Pero el ciego es inteligente. Y responde: “Si es un pecador no lo sé. Sólo sé una cosa; que yo antes era ciego y ahora veo!” ¡Contra este hecho no hay argumentos! De nuevo los fariseos preguntan: “¿Qué hizo contigo?¿Cómo te abrió los ojos?” El ciego responde con ironía: “Os lo he dicho ya. ¿Es que queréis también vosotros haceros discípulos suyos?” Entonces le insultaron y le dijeron: “Tú eres discípulo de ese hombre; nosotros somos discípulos de Moisés. Nosotros sabemos que a Moisés le habló Dios; pero ése no sabemos de dónde es”. Con fina ironía, de nuevo el ciego responde: “Eso es lo extraño: que vosotros no sepáis de dónde es y que me haya abierto a mí los ojos”. “Si ése no fuese de Dios, no podría hacer nada”. Ante la ceguera de los fariseos, crece en el ciego la luz de la fe. Él no acepta el razonamiento de los fariseos y confiesa que Jesús viene del Padre. Esta profesión de fe le causa la expulsión de la sinagoga. Lo mismo sucedía en las comunidades cristianas de finales del primer siglo. Aquél que profesaba la fe en Jesús debía romper cualquier lazo de unión familiar y comunitario. Así sucede hoy también: aquél o aquélla que decide ser fiel a Cristo corre el peligro de ser excluido.

Juan 9,35-38: La conducta de fe del ciego delante de Jesús

Jesús no abandona a áquel que es perseguido por su causa. Cuando se entera de que lo han expulsado, se encuentra con el hombre, lo ayuda a dar otro paso, invitándolo a asumir su fe y le pregunta: “¿Tú crees en el Hijo del Hombre?” Y él le responde: ¿Y quién es, Señor, para que yo crea en él? Jesús le dice: “Tú lo has visto; el que está hablando contigo, ése es”. El ciego exclama: “¡Creo, Señor!” Y se postró ante él. La conducta de fe del ciego delante de Jesús es de absoluta confianza y total aceptación. Acepta todo de parte de Jesús. Y es ésta la fe que sustentaba a las comunidades cristianas del Asia Menor hacia finales del siglo primero, y que nos sostiene hasta hoy.

Juan 9,39-41: Una reflexión final

El ciego que no veía, acaba viendo mejor que los fariseos. Las comunidades del Asia Menor que antes eran ciegas, descubren la luz. Los fariseos que pensaban ver correctamente, son más ciegos que el ciego de nacimiento. Encerrados en la vieja observancia, mienten cuando dicen que ven. ¡No hay peor ciego que el que no quiere ver!

c) Prolongando la visión:

– Los Nombres y Títulos que Jesús recibe

A lo largo de la narración de la curación del ciego, el evangelista registra varios títulos, adjetivos y nombres, que Jesús recibe de las más variadas personas: de los discípulos, del mismo evangelista, del ciego, de los fariseos, de Él mismo. Este modo de describir los hechos de la vida de Jesús formaba parte de la catequesis de la época. Era una forma de ayudar a las personas a aclarar las propias ideas respecto a Jesús y a definirse ante Él. Veamos algunos de estos nombres, adjetivos y títulos. La lista indica el crecimiento del ciego en la fe y cómo se aclara su visión.

* Rabbí (maestro) (Jn 9,1): los discípulos
* Luz del mundo (Jn 9,5): Jesús
* Enviado (Jn 9,7): el Evangelista
* Hombre (Jn 9,11): el ciego curado
* Jesús (Jn 9,11): el ciego curado
* No viene de Dios (Jn 9,16): algunos fariseos
* Profeta (Jn 9,17): el ciego curado
* Cristo (Jn 9, 24): el pueblo
* Pecador (Jn 9,24): algunos fariseos
* No sabemos de dónde es (Jn 9,31): el ciego curado
* Religioso (Jn 9,31): el ciego curado
* Hace la voluntad de Dios (Jn 9,31): el ciego curado
* Hijo del Hombre (Jn 9,35): Jesús
* Señor (Jn 9,36): el ciego curado
* ¡Creo, Señor! (Jn 9,38): el ciego curado

– El Nombre: “YO SOY”

Para revelar el significado profundo de la curación del ciego, el Cuarto Evangelio recuerda la frase de Jesús: “Yo soy la luz del mundo” (Jn 9,5). En otros diversos lugares, en respuesta a las preguntas que las personas hacen, incluso hoy, con respecto a Jesús: “¿Quién eres tú?” (Jn 8,25) o “¿Quién crees que eres?” (Jn 8,53), el evangelio de Juan repite esta misma afirmación: “YO SOY”:

*Yo soy el pan de vida (Jn 6,34-48)
* Yo soy el pan bajado del cielo (Jn 6,51)
* Yo soy la luz del mundo (Jn 8,12; 9,5)
* Yo soy la puerta (Jn 10, 7.9)
* Yo soy el buen Pastor (Jn 10,11,25)
* Yo soy la resurrección y la vida (Jn 11,25)
* Yo soy el camino, la verdad y la vida (Jn 14,6)
* Yo soy la vid (Jn 15,1)
* Yo soy rey (Jn (18,37)
* Yo soy (Jn 8,24.27.58)

Esta auto-revelación de Jesús llega a su culmen en la conversación con los judíos, en la que Jesús afirma: “Cuando levantéis en alto al Hijo del Hombre entonces conoceréis que YO SOY” (Jn 8,27). El nombre Yo soy es lo mismo que Yahvé, nombre que Dios se da en el Éxodo, expresión de su presencia liberadora entre Jesús y el Padre (Ex 3,15). La repetida afirmación YO SOY revela la profunda identidad entre Jesús y el Padre. El rostro de Dios resplandece en Jesús de Nazaret: “¡Quien me ve, ve al Padre!” (Jn 14,9)

6. Oración: Salmo 117 (116)

Un resumen de la Biblia en una oración
¡Aleluya!
¡Alabad a Yahvé, todas las naciones,
ensalzadlo, pueblos todos!
Pues sólido es su amor hacia nosotros,
la lealtad de Yahvé dura para siempre.

7. Oración final

Señor Jesús, te damos gracia por tu Palabra que nos ha hecho ver mejor la voluntad del Padre. Haz que tu Espíritu ilumine nuestras acciones y nos comunique la fuerza para seguir lo que Tu Palabra nos ha hecho ver. Haz que nosotros como María, tu Madre, podamos no sólo escuchar, sino también poner en práctica la Palabra. Tú que vives y reinas con el Padre en la unidad del Espíritu Santo por todos los siglos de los siglos. Amén.

Solo el que no sabe mira

Se cuenta que, al ser cuestionada su teoría heliocéntrica, Galileo pidió al cardenal presidente del consejo que lo juzgaba que mirara por el telescopio para poder apreciar por sí mismo el movimiento de los planetas. A tal invitación, el cardenal contestó con tanta rapidez como vehemencia: “No necesito mirar por ningún sitio. Yo sé bien cómo son las cosas”La creencia no indaga, pontifica; no le interesa la verdad, sino su propia autoafirmación.

Indudablemente, el que sabe no mira –afirma que no necesita mirar–, porque su creencia constituye para él la única verdad. Sin duda, una de las características más peligrosas de toda creencia es su tendencia a identificarse con la verdad. En cuanto eso ocurre, la creencia constituye el mayor obstáculo para abrirse a la verdad, porque actúa como unas anteojeras que no permiten ver sino lo que previamente se ha aceptado. Por ese motivo, el que sabe –el que cree saber– no mira, no indaga e incluso llega a negar lo evidente. 

Es lo que les sucede a los fariseos en este magnífico relato compuesto por la comunidad de Juan, como catequesis bautismal. Aferrados a sus creencias –“quien no guarda el sábado no puede venir de Dios”, “nosotros sabemos que este hombre es un pecador”–, no pueden ver la realidad, llegando incluso a extremos patéticos.

“Los que ven se quedan ciegos”, dice Jesús. Que podría traducirse de este modo: quienes creen ver están incapacitados para abrirse a la verdad.

Solo el que no sabe mira. El reconocimiento socrático de que “solo sé que no sé nada” nos sitúa en actitud de indagación. Pero eso requiere soltar todas las creencias: religiosas y antirreligiosas, psicológicas, culturales e incluso “científicas” –también la ciencia que, por definición, estaría libre de toda creencia, suele caer en esa trampa al dar por supuestos determinados apriori nada científicos, como aquel que afirma que solo existe lo que puede ser medido o comprobado en un laboratorio–.

Soltar las creencias significa, no solo no confundirlas con la verdad –la creencia no es la verdad, como la miel no es el dulzor–, sino aprender a tomar distancia de la mente y de todas sus construcciones –toda creencia no es sino un constructo mental, un pensamiento al que le otorgamos nuestra adhesión–, al advertir que la verdad no cabe en la mente ni puede ser dicha con palabras. Como bien dijera Krishnamurti, “solo una mente en silencio puede ver la verdad, no una mente que se esfuerza por verla”.

¿Cómo me posiciono ante las creencias?

Enrique Martínez Lozano

Ceguera, periferias y vulnerabilidades

ojos cremallera

También nosotros y nosotras necesitamos liberar la mirada de múltiples cegueras que terminamos por naturalizar. Por eso eso necesitamos convertirla e invertirla y exponerla a las periferias sociales y existenciales, que son lugar preferente de la revelación de Dios. Recorrer quizás el mismo itinerario que hizo el ciego del texto de hoy, conscientes que para ir viendo con los ojos del Evangelio no bastan sólo las buenas intenciones, ni los buenos análisis, ni la mera voluntad, sino que hemos de dejar que sea Jesús quien nos tome de la mano, y como a otro ciego, el de Betsaida, nos saque de la ciudad (Mc 8, 23). Porque la mirada del Evangelio se aprende de forma privilegiada e inaudita en las afueras y en los abajo de la historia. En ellos podemos experimentar que la pedagogía desconcertante de Jesús con nosotras y nosotros, su modo de untarnos los ojos con saliva es la de aproximarnos a todos los orillados y expulsados, de manera que sean ellos, sus relatos, sus significaciones, los que vayan dándonos las instrucciones, las pistas, para aprender a mirar de manera nueva. Es este un aprendizaje lento que requiere paciencia, fidelidad y una gran confianza en Aquel que nos guía. Requiere también tocar fondo, perder miedo al vacío y desde esa desnudez, una vuelta a lo esencial que nos permita distinguir las sombras de la luz.

Quizás la crisis del corona-virus, sin quitarle un ápice a su dureza y la gran de tragedia que va a ser- que está siendo ya- para los y las más pobres, pueda ser un buen colirio para liberarnos de la ceguera de unas vidas centradas en la globalización de la indiferencia y el “sálvese quien pueda” y nos abra los ojos a la interdependencia, la solidaridad y el cuidado de la vida más vulnerable. 

Pepa Torres Pérez

Tener vista

En varias ocasiones la Organización Nacional de Ciegos Españoles (ONCE) ha organizado una experiencia que permite a quienes no carecen del sentido de la vista ponerse en la piel de una persona ciega: con los ojos tapados por un antifaz, deberán hacer un recorrido enfrentándose a los obstáculos que las personas ciegas diariamente tienen que afrontar en su vida cotidiana. La reacción de quienes han realizado esta experiencia suele ser unánime: todos deberían realizarla para ponerse en la situación de las personas con discapacidad visual. Pero también coincidían en que esta discapacidad hace que se potencien otras capacidades que sí tienen. Porque una cosa es el sentido de la vista, con el que los ojos perciben algo, y otra cosa es “tener vista”, un conocimiento o sagacidad para descubrir algo que otros no ven. Y todos podemos “tener vista”.

En la 1ª lectura ya hemos escuchado que la mirada de Dios no es como la mirada del hombre, pues el hombre mira las apariencias, pero el Señor mira el corazón. Y en el Evangelio de hoy vemos dos ejemplos de esto: por una parte, están los que ven pero no tienen vista; y por otra parte, está ese ciego de nacimiento, que no veía pero sí que “tiene vista”, tiene capacidad para reconocer a Jesús como el Hijo de Dios.

Este ciego de nacimiento era considerado un “discapacitado” que sólo podía pedir limosna; además, algunos pensaban que era culpable de su ceguera: ¿Quién pecó: éste o sus padres, para que naciera ciego? Pero Jesús mira el corazón de este hombre y lo elige para que se manifiesten en él las obras de Dios.

Porque el ciego de nacimiento en realidad tenía mucha vista, como nos muestra el proceso que recorre tras recuperar el sentido de la vista: empieza refiriéndose al Señor como ese hombre que se llama Jesús, y ni siquiera sabe dónde está. Sólo sabe decir lo que Jesús había hecho con él: Me puso barro en los ojos, me lavé, y veo. Pero cada vez tiene más “vista” y cuando le vuelven a preguntar sobre Jesús, él afirma: Que es un profeta; ya lo reconoce como alguien que habla y actúa de parte de Dios.

Y su “vista” sigue aumentando porque se atreve a rebatir a quienes acusan a Jesús de ser un pecador: si éste no viniera de Dios no tendría ningún poder.

Por eso, como ahora no sólo ve, sino que “tiene vista”, cuando Jesús se encuentra de nuevo con él, lo reconoce como el Hijo del hombre, el Mesías esperado: Creo, Señor. Y se postró ante Él.

Este cuarto domingo de Cuaresma nos invita a ponernos en la piel del ciego de nacimiento y preguntarnos si “tenemos vista” o estamos “ciegos” en lo referente a la fe, y experimentar los obstáculos a los que él tuvo que enfrentarse en su proceso de fe.

Quizá nos cuesta, o no nos han enseñado a “ver la presencia de Dios”, y nos limitamos a “pedir limosna”, a dirigirnos a Dios cuando tenemos alguna necesidad pero sin “verle” realmente.

Quizá lo único que “vemos” de Jesús es su humanidad, ese hombre que se llama Jesús, pero del que no sabemos nada más, ni dónde está ahora ni cómo encontrarle, y seguimos “ciegos” para verle.

Pero quizá, aunque estemos muy “ciegos” en la fe, tenemos ya algo de “vista” y en ese hombre que se llama Jesús, por su acción en nuestra vida, vamos descubriendo que es un profeta, a alguien que habla y actúa de parte de Dios. Quizá no sepamos todavía explicar con claridad esto que vamos “viendo”, experimentando, en nosotros, y sólo podemos decir: sólo sé que yo era ciego y ahora veo.
Quizá en nuestro proceso de fe también nos tengamos que confrontar con quienes nos preguntan: ¿Dónde está Él? O con quienes niegan su divinidad: Este hombre no viene de Dios. O con quienes no van a querer escuchar nuestros razonamientos respecto a Jesús: ¿Nos vas a dar lecciones a nosotros?

Pero si “tenemos vista”, ninguno de estos obstáculos nos impedirá “ver” al Señor cuando nos encontremos con Él, y afirmar como el ciego de nacimiento: Creo, Señor.  

Una persona ciega desarrolla otras capacidades para poder desarrollar su vida. Si descubrimos que somos “ciegos en la fe”, esto ha de ser un estímulo para procurar “tener vista” y descubrir la presencia del Señor en nuestra vida. Las tradicionales prácticas cuaresmales: la oración, el ayuno, la limosna, vividas en su sentido profundo, serán medios que nos permitirán superar los diferentes obstáculos para que se nos abran los ojos y podamos afirmar con convencimiento: Creo, Señor.

Comentario al evangelio – Domingo IV de Cuaresma

De la confusión a la luz

      El evangelio de hoy cuenta una historia larga y preciosa. Da para hablar y comentar mucho: las actitudes de los diversos personajes, identificarnos con unos y con otros, etc. Pero nos vamos a centrar en la relación entre el ciego y Jesús. Si dejamos de lado todas las discusiones y diálogos posteriores al milagro, el relato del milagro en cuanto tal es brevísimo. Jesús se acerca al ciego –no se dice que el ciego haya solicitado su curación, simplemente estaba allí y Jesús lo vio–, escupe en tierra, hace barro con la saliva, se lo unta en los ojos y le dice que se vaya a lavar. El ciego obedece y recobra la vista. Luego viene toda la discusión entre los conocidos, la familia, los fariseos y el ciego. Jesús prácticamente desaparece del relato. Hasta que al final se encuentra de nuevo con el ciego, expulsado de la sinagoga simplemente por contar lo que le había sucedido, y le invita a creer en él.

      Atención al método de curación. Jesús unta barro en los ojos del ciego. Es como si Jesús llevase al ciego a una mayor confusión todavía. En realidad el ciego vivía tranquilo y contento en su situación. No pide a Jesús que le cure. Simplemente está allí cuando Jesús pasa. Podemos pensar que si era ciego de nacimiento, no sentiría ninguna necesidad de ver. ¿Para qué? Su mundo había sido siempre oscuro. No conocía la luz. No sentía necesidad de ella. Quizá ni siquiera tenía conciencia de tener ojos. 

      Jesús le hace tomar conciencia de su realidad. El barro en los ojos le tuvo que doler al ciego. Le hizo sentir que tenía ojos. ¿No es verdad que el dolor en una parte del cuerpo nos hace sentir esa parte de una forma especial? Algo así le pasó al ciego. Luego vino la instrucción. “Vete a lavarte”. “Lavarme, ¿qué?”, pensaría el ciego. Pero fue y, al lavarse, descubrió por primera vez lo que era la vista. Descubrió el mundo. Se descubrió a sí mismo. 

      Su existencia tranquila se complicó muchísimo. De repente entró en conflicto con sus conocidos, con su mundo. Los fariseos le terminaron expulsando de la sinagoga y sus mismos familiares no querían saber mucho de él. Al final, se encuentra con Jesús y, con su vista recién ganada, reconoce al salvador. “Creo, Señor”. Y se postró ante él.

      A mitad de la Cuaresma, el Evangelio nos dice que Jesús es la luz del mundo. Es nuestra luz. Nos hace ver la realidad de nuestra vida. Nos saca de la oscuridad en la que nos sentimos cómodos. Nos descubre lo que nos gustaría dejar oculto. Nos hace enfrentarnos con nuestra realidad. A la vez y sobre todo, nos muestra la luz, nos enseña que más allá de la oscuridad hay un mundo mejor y más bello, hecho de fraternidad y reino. Y nos desafía a dar una respuesta. ¿Quién se anima a abrir así los ojos?

Para la reflexión

      ¿Cuáles son las partes de nuestra vida, de nuestra familia, de nuestras relaciones, de nuestra sociedad, que preferimos dejar en la oscuridad y no mirarlas? ¿Queremos de verdad que Jesús nos abra los ojos? ¿En qué tendríamos que cambiar si nos decidimos a abrir los ojos? ¿Qué papel juega Jesús en nuestra vida? ¿Es de verdad nuestra luz?

Fernando Torres, cmf