En este tiempo de incertidumbre, el Señor nos ilumina

En esta Cuaresma tan especial nos ha visitado un invitado inesperado. Nos está obligando a permanecer en nuestras casas. También nos está forzando a reordenar nuestra vida y costumbres. Igualmente ha hecho que reformulemos nuestra escala de valores y prioridades.

En medio de esta situación extraordinaria, mientras recorremos el camino cuaresmal, podemos aprovechar su presencia imprevista para profundizar un poco más en el sentido auténtico de este tiempo litúrgico. La gran invitación de toda Cuaresma es la conversión: volver a Dios, al prójimo y a lo más profundo de nosotros mismos. La tradición de la Iglesia siempre nos ha enseñado que éste es el mejor método para preparar con autenticidad la Pascua de Resurrección del Señor Jesús.

La Palabra de Dios de este cuarto Domingo de Cuaresma preña de esperanza este tiempo de incertidumbre. Las lecturas de hoy nos invitan a seguir confiando en nuestro Buen Dios, y nos recuerdan que Él es la luz que ilumina las tinieblas de nuestro mundo, también las que han ensombrecido nuestras ciudades y pueblos en estos días de cuarentena.

Caminar a oscuras nos inquieta: somos incapaces de ver lo que nos rodea, avanzamos a tientas sin poder prepararnos para lo que está por venir. Esta experiencia vital nos hace recordar que sólo la luz nos permite ver con acierto, con precisión, con verdad. Estas dos ideas están profundamente ligadas en las lecturas que hoy no podremos escuchar en nuestras iglesias, pero que sí pueden iluminar nuestra oración personal y comunitaria en nuestras casas, con nuestras familias. Porque a Dios no solo lo encontramos en los templos, sino que sobre todo lo descubrimos en nuestro interior, en cada uno de nosotros, ya que por el bautismo somos templos del Espíritu.

El primer libro de Samuel nos recuerda que “Dios no ve como los hombres, que ven la apariencia; el Señor ve el corazón”. Dios conoce nuestra intimidad más profunda, nuestros miedos y anhelos, nuestras dudas y sueños. Por eso, en este tiempo difícil y doloroso en muchas de nuestras familias, abramos nuestro corazón a su mirada misericordiosa, dejémonos acompañar por Él: es el bálsamo que cura nuestras heridas, el consuelo que alivia nuestros momentos más duros, la esperanza que supera toda desesperanza.

El salmo responsorial nos invita a hacer nuestra esta certeza. Nos puede ayudar a rezarla, a contemplarla, a compartirla con quienes tenemos a nuestro lado. Hoy más que nunca estamos invitados a repetir en nuestro corazón las palabras del salmista, haciéndolas nuestras, haciéndolas tuyas: “El Señor es mi Pastor, nada me falta”, “Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo”, “Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida”.

Esta confianza en Dios alienta nuestra vida en este tiempo extraordinario y, en medio de las tinieblas, nos estimula a ser luz en nuestros hogares, con nuestros familiares y amigos, con nuestros vecinos y con todos aquellos profesionales que están dando la batalla en primera línea para superar esta crisis. La carta del apóstol san Pablo a los Efesios nos exhorta a ser luz en el Señor: “Caminad como hijos de la luz –toda bondad, justicia y verdad son fruto de la luz–, buscando lo que agrada al Señor”. No cejemos en este compromiso, cada uno a su nivel y desde su lugar en esta coyuntura, pero todos unidos en el Señor que ilumina nuestra vida y llena de esperanza nuestro horizonte.

Como nos recuerdan algunas de las campañas que se han hecho virales en estos días, “no estamos solos”. Aunque debamos quedarnos en casa, nos sentimos cerca los unos de los otros. Fortalecidos por la fe, nos sentimos todos en las manos de Dios. Dejemos que Él siga cuidando de nosotros: consolando nuestras preocupaciones, aliviando nuestros desvelos y curando nuestras heridas. Así lo vivió en sus propias carnes el ciego de nacimiento que hoy nos presenta el evangelista Juan. Recuperó la vista, se postró en tierra delante de Jesús y confesó agradecido: “Creo, Señor”.

Ojala que estas semanas extraordinarias nos ayuden a vivir una Cuaresma extraordinaria, más auténtica y profunda. Una Cuaresma que, un año más, vuelva nuestra vida al Señor Resucitado para confesar, como el ciego de nacimiento, ¡creo, Señor!

Xabier Camino Sáez, sdb