Santoral 22 de marzo

SANTA CATALINA DE GÉNOVA († 1510)

Santa Catalina de Génova era de la ilustra familia de los Flisci, rivales seculares de los Adurni. Era muy frecuente en las ciudades italianas la lucha a muerte de dos familias por hacerse con el predominio de la ciudad. Hasta en Roma sucedía por hacerse con la tiara pontificia en el siglo X, el siglo oscuro del pontificado, entre los Túsculos y los Crecencios. Todavía hoy siguen las familias rivales de los mafiosos. Fue famoso el caso de Romeo y Julieta que reconciliaron a Montescos y Capuletos.

Igual sucedió en nuestro caso. Los Flisci y los Adurni llevaban siglos de lucha por el predominio de la ciudad de Génova. Cansados de sangre, buscaron la reconciliación, sacrificando para ello a Catalina. La casaron a los dieciséis años, sin vocación para el matrimonio, por conveniencias.

Fue una triste etapa de su vida. Eran dos caracteres muy diversos. Catalina Flisci era dulce, sensitiva, concentrada, piadosa. Su marido era un Adurni duro, violento, mundano, derrochador. No podían entenderse. Él se quejaba de que lo habían casado con una monja, ella de que la habían unido a un bruto. Él disfrutaba en la política, en aventuras, en malgastar la hacienda en los juegos. Ella, recluida, mitigaba su dolor con libros piadosos.

Algunos advirtieron a Catalina que ella era la responsable del desvío de su marido. Que se adornara y saliera con él y se lo ganaría. Catalina les hizo caso. Se vistió sus mejores galas y empezó a frecuentar los salones de la alta sociedad. Y como era bella, graciosa y de buen ingenio, se ganó las simpatías de todos. Y su marido estaba orgulloso de ella.

Cinco años duró esta segunda etapa de su vida, cinco años que llenarán de amargor el resto de su vida. Porque en medio de todos aquellos saraos y veladas, Catalina no era feliz. Cuando más tarde escriba el admirable Diálogo entre el cuerpo y el alma, nos abrirá los íntimos sentimientos de su corazón. Comprendía que nada de aquello podía satisfacerla, que sólo Dios podía llenar su corazón. Sentía un dolor inmenso de haber ofendido a Dios. “Yo no sé cómo no he muerto cuando he visto el mal que encierra el más ligero pecado, por muy leve que sea”, se lamenta inconsolable.

En 1474 se realiza un nuevo y radical cambio en su vida. Es la tercera etapa. Estaba en una iglesia, cuando recibió una súbita iluminación y sintió una repentina transformación, una llama de amor, que le hizo concebir un inmenso desprecio hacia su vida mundana y cortesana.

Y empezó una vida de penitencias, de oración inflamadas, de cuaresmas enteras pasadas sin probar bocado, de raptos y visiones, de una vida de íntima unión con Dios, pero no dominada ya por el temor, sino por el amor. “De todos los libros santos, habíale dicho Jesús, escoge una sola palabra: amor”. Desde ahora el corazón de Catalina le palpita tan violentamente que acabará por romperle el pecho. Su cuerpo se torna incandescente. Toda ella es un volcán que salta chispas de amor. “Más, más”, clamaba aún.

Todos quedan maravillados de aquel sagrado torbellino. Su mismo marido se torna en amante esposo, cristiano ferviente y ciudadano honrado. La vida de Catalina respira ahora más madurez, serenidad y seguridad, confianza y gozo. Afincada plenamente en Dios, todo, hasta los sufrimientos, queda asumido y transformado en amor, en gozo y serena esperanza.

Hasta el purgatorio, que ella contempló en sus visiones, será una mezcla inefable de tormento y amor, que se transforma en gozo y en jubilo, gozo que pronto se verá sublimado para ella en el paraíso.

 

Otros Santos de hoy: Pablo, Bienvenido, Basilio, Saturnino, Basilisa, Zacarías.

Justo y Rafael Mª López-Melús