Vísperas – Lunes IV de Cuaresma

VÍSPERAS

LUNES IV DE CUARESMA

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Te damos gracias, Señor,
porque has depuesto la ira
y has detenido ante el pueblo
la mano que lo castiga.

Tú eres el Dios que nos salva,
la luz que nos ilumina,
la mano que nos sostiene
y el techo que nos cobija.

Y sacaremos con gozo
del manantial de la Vida
las aguas que dan al hombre
la fuerza que resucita.

Entonces proclamaremos:
«¡Cantadle con alegría!
¡El nombre de Dios es grande;
su caridad, infinita!

¡Que alabe al Señor la tierra!
Contadle sus maravillas.
¡Qué grande, en medio del pueblo,
el Dios que nos justifica!» Amén.

SALMO 135: HIMNO PASCUAL

Ant. Dad gracias al Señor, porque es eterna su misericordia.

Dad gracias al Señor porque es bueno:
porque es eterna su misericordia.

Dad gracias al Dios de los dioses:
porque es eterna su misericordia.

Dad gracias al Señor de los señores:
porque es eterna su misericordia.

Sólo él hizo grandes maravillas:
porque es eterna su misericordia.

Él hizo sabiamente los cielos:
porque es eterna su misericordia.

Él afianzó sobre las aguas la tierra:
porque es eterna su misericordia.

Él hizo lumbreras gigantes:
porque es eterna su misericordia.

El sol que gobierna el día:
porque es eterna su misericordia.

La luna que gobierna la noche:
porque es eterna su misericordia.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Dad gracias al Señor, porque es eterna su misericordia.

SALMO 135

Ant. Grandes y maravillosas son tus obras, Señor, Dios omnipotente.

Él hirió a Egipto en sus primogénitos:
porque es eterna su misericordia.

Y sacó a Israel de aquel país:
porque es eterna su misericordia.

Con mano poderosa, con brazo extendido:
porque es eterna su misericordia.

Él dividió en dos partes el mar Rojo:
porque es eterna su misericordia.

Y condujo por en medio a Israel:
porque es eterna su misericordia.

Arrojó en el mar Rojo al Faraón:
porque es eterna su misericordia.

Guió por el desierto a su pueblo:
porque es eterna su misericordia.

Él hirió a reyes famosos:
porque es eterna su misericordia.

Dio muerte a reyes poderosos:
porque es eterna su misericordia.

A Sijón, rey de los amorreos:
porque es eterna su misericordia.

Y a Hog, rey de Basán:
porque es eterna su misericordia.

Les dio su tierra en heredad:
porque es eterna su misericordia.

En heredad a Israel su siervo:
porque es eterna su misericordia.

En nuestra humillación, se acordó de nosotros:
porque es eterna su misericordia.

Y nos libró de nuestros opresores:
porque es eterna su misericordia.

Él da alimento a todo viviente:
porque es eterna su misericordia.

Dad gracias al Dios del cielo:
porque es eterna su misericordia.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Grandes y maravillosas son tus obras, Señor, Dios omnipotente.

CÁNTICO de EFESIOS: EL DIOS SALVADOR

Ant. Cuando llegó el momento culminante, Dios recapituló todas las cosas en Cristo.

Bendito sea Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en la persona de Cristo
con toda clase de bienes espirituales y celestiales.

Él nos eligió en la persona de Cristo,
antes de crear el mundo,
para que fuésemos santos
e irreprochables ante Él por el amor.

Él nos ha destinado en la persona de Cristo
por pura iniciativa suya,
a ser sus hijos,
para que la gloria de su gracia,
que tan generosamente nos ha concedido
en su querido Hijo,
redunde en alabanza suya.

Por este Hijo, por su sangre,
hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.
El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia
ha sido un derroche para con nosotros,
dándonos a conocer el misterio de su voluntad.

Éste es el plan
que había proyectado realizar por Cristo
cuando llegase el momento culminante:
recapitular en Cristo todas las cosas
del cielo y de la tierra.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Cuando llegó el momento culminante, Dios recapituló todas las cosas en Cristo.

LECTURA: Rm 12, 1-2

Os exhorto, hermanos, por la misericordia de Dios, a presentar vuestros cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios; éste es vuestro culto razonable. Y no os ajustéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir lo que es voluntad de Dios, lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto.

RESPONSORIO BREVE

R/ Yo dije: Señor, ten misericordia.
V/ Yo dije: Señor, ten misericordia.

R/ Sáname, porque he pecado contra ti.
V/ Señor, ten misericordia.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Yo dije: Señor, ten misericordia.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. El padre cayó en la cuenta de que ésa era la hora cuando Jesús le había dicho: «Tu hijo está curado.» Y creyó él con toda su familia.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El padre cayó en la cuenta de que ésa era la hora cuando Jesús le había dicho: «Tu hijo está curado.» Y creyó él con toda su familia.

PRECES

Bendigamos a Dios, nuestro Padre, que, por boca de su Hijo, prometió escuchar la oración de los que se reúnen en su nombre, y, confiados en esta promesa, supliquémosle, diciendo:

Escucha a tu pueblo, Señor.

Señor, tú que en la montaña del Sinaí diste a conocer tu ley por medio de Moisés y la perfeccionaste luego por Cristo,
— haz que todos los hombres descubran que tienen inscrita esta ley en el corazón y que deben guardarla como una alianza.

Concede a los superiores fraternal solicitud hacia los que les han sido confiados,
— y a los súbditos, espíritu de obediente colaboración.

Fortalece el espíritu y el corazón de los misioneros
— y suscita en todas partes colaboradores de su obra.

Que los niños crezcan en gracia y en edad,
— y que los jóvenes se abran con sinceridad a tu amor.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Acuérdate de nuestros hermanos que ya duermen el sueño de la paz
— y dales parte en la vida eterna.

Fieles a la recomendación del Salvador, nos atrevemos a decir:
Padre nuestro…

ORACION

Oh Dios, que renuevas el mundo por medio de sacramentos divinos, concede a tu Iglesia la ayuda de estos auxilios del cielo sin que le falten los necesarios de la tierra. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Lunes IV de Cuaresma

1) Oración inicial

¡Oh Dios!, que renuevas el mundo por medio de sacramentos divinos: concede a tu Iglesia la ayuda de estos auxilios del cielo sin que le falten los necesarios de la tierra. Por nuestro Señor.

2) Lectura del Evangelio

Del Evangelio según Juan 4,43-54

Pasados los dos días, partió de allí para Galilea. Pues Jesús mismo había afirmado que un profeta no goza de estima en su patria. Cuando llegó, pues, a Galilea, los galileos le hicieron un buen recibimiento, porque habían visto todo lo que había hecho en Jerusalén durante la fiesta, pues también ellos habían ido a la fiesta.

Volvió, pues, a Caná de Galilea, donde había convertido el agua en vino. Había un funcionario real, cuyo hijo estaba enfermo en Cafarnaún. Cuando se enteró de que Jesús había venido de Judea a Galilea, fue a él y le rogaba que bajase a curar a su hijo, porque estaba a punto de morir. Entonces Jesús le dijo: «Si no veis signos y prodigios, no creéis.» Le dice el funcionario: «Señor, baja antes que se muera mi hijo.» Jesús le dice: «Vete, que tu hijo vive.» Creyó el hombre en la palabra que Jesús le había dicho y se puso en camino. Cuando bajaba, le salieron al encuentro sus siervos, y le dijeron que su hijo vivía. Él les preguntó entonces la hora en que se había sentido mejor. Ellos le dijeron: «Ayer a la hora séptima le dejó la fiebre.» El padre comprobó que era la misma hora en que le había dicho Jesús: «Tu hijo vive», y creyó él y toda su familia. Tal fue, de nuevo, el segundo signo que hizo Jesús cuando volvió de Judea a Galilea.

3) Reflexión

Jesús salió de Galilea y pasó por la región de Judea, hasta Jerusalén en ocasión de la fiesta (Jn 4,45) y luego, por Samaría, volvió a Galilea (Jn 4,3-4). Los judíos observantes tenían prohibido pasar por Samaría, y no tenían costumbre de conversar con los samaritanos (Jn 4,9). A Jesús no le importan estas normas que impiden la amistad y el diálogo. Se queda diversos días en Samaría y mucha gente se convierte (Jn 4,40). Después de esto determina volver a Galilea.

Juan 4,43-46ª: La vuelta a Galilea. Sabiendo que la gente de Galilea le miraba con una cierta reserva, Jesús quiso volver a su tierra. Probablemente, Juan se refiere a la fea acogida que Jesús recibió en Nazaret de Galilea. Jesús mismo había dicho: “Un profeta no es acogido en su patria” (Lc 4,24). Pero ahora, ante la evidencia de las señales de Jesús en Jerusalén, los galileos cambiaron de opinión y le brindaron una buena acogida. Jesús volvió a Caná, donde había hecho la primera “señal” (Jn 2,11).

Juan 4,46b-47: La petición de un funcionario del rey. Se trata de un pagano. Poco antes, en Samaría, Jesús había conversado con una samaritana, persona hereje para los judíos, a quien Jesús revela su condición de mesías (Jn 4,26). Y ahora, en Galilea, recibe a un pagano, funcionario del Rey, quien buscaba ayuda para su hijo enfermo. Jesús no se encierra en su raza, ni en su religión. Es ecuménico y acoge a todos.

Juan 4,48: La respuesta de Jesús al funcionario. El funcionario quería que Jesús fuera con él hasta la casa para curar al hijo. Jesús contesta: “Si no veis signos y prodigios, no creéis”. Respuesta dura y extraña. ¿Por qué Jesús contesta de este modo? ¿Qué error comete el funcionario a la hora de presentar su petición? ¿Qué quiere enseñar Jesús con esta respuesta? Quiere enseñar como debe ser la fe. El funcionario del rey creería sólo si Jesús fuera con él, a su casa. El quiere ver a Jesús que cura. En el fondo, es la actitud normal de todos nosotros. No nos damos cuenta de que nos falta fe.

Juan 4,49-50: El funcionario vuelve a pedir de nuevo y Jesús repite la respuesta. A pesar de la respuesta dura de Jesús, el hombre no se rinde y repite lo mismo. “Baja antes que se muera mi hijo”. Jesús sigue firme en su propósito. No responde a la petición y no va con el hombre hasta su casa; repite la misma respuesta, pero formulada de otra forma: “Vete, que tu hijo vive.” Tanto en la primera como en la segunda respuesta, Jesús pide fe, mucha fe. Es posible que el funcionario crea que su hijo está curado ya. ¡Y el verdadero milagro se cumple! Sin ver ninguna señal, sin ver ningún prodigio, el hombre cree en la palabra de Jesús y vuelve a casa. No debe haber sido fácil. Este es el verdadero milagro de la fe: creer sin otra garantía que no sea la Palabra de Jesús. El ideal es creer en la Palabra de Jesús, aún sin ver (Cf. Jn 20,29).

Juan 4,51-53: El resultado de la fe en la palabra de Jesús. Cuando el hombre se iba hacia su casa, los empleados fueron a su encuentro para decirle que el hijo estaba curado. El pregunta la hora y descubre que aconteció exactamente en la hora en que Jesús había dicho: “Tu hijo vive.” Así que tuvo la confirmación de su fe.

Juan 4,54: Un resumen de parte de Juan, el evangelista. Juan termina diciendo: “Tal fue el segundo signo que hizo Jesús”. Juan prefiere hablar de signo y no de milagro. La palabra señal evoca algo que yo veo con mis ojos, pero cuyo sentido profundo me lo hace descubrir sólo la fe. La fe es como los rayos X: hace descubrir lo que el ojo no ve.

4) Para la reflexión personal

¿Cómo vives tu fe? ¿Confías en la palabra de Jesús o solamente crees en los milagros y en las experiencias sensibles?
• Jesús acoge a herejes y forasteros. Yo, ¿cómo me relaciono con las personas?

5) Oración final

Cantad para Yahvé los que lo amáis,
recordad su santidad con alabanzas.
Un instante dura su ira,
su favor toda una vida;
por la tarde visita de lágrimas,
por la mañana gritos de júbilo. (Sal 30)

Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá…

En un cuadro plástico de gran belleza, se nos pintan la Vida y la Muerte enfrentados en el sepulcro de Lázaro. La resurrección del amigo es parábola y profecía de futuras victorias sobre todo tipo de muertes: Cristo ha venido para que «tengamos vida y la tengamos en abundancia» (Jn 10,10) y la conservemos para siempre. Él nos repite: «Amigo mío, pueblo mío, yo abriré vuestros sepulcros» (Ez 37,12); yo abriré todos los sepulcros.

En el evangelio de hoy destacan los sentimientos humanos y el poder divino, Jesús que llora (Jn 11,35) y a la vez se proclama «resurrección y vida»(Jn 11, 27). Ambas dimensiones nos convencen de su verdad.

Betania era el lugar donde Jesús se quedaba cuando iba a Jerusalén. Así lo atestigua la tradición sinóptica, y hace razonable la suposición de que era en aquella casa Lázaro donde se hospedaba y que sus moradores eran verdaderamente amigos íntimos de Jesús.

Cuando, avisado de la muerte de su amigo, Jesús llega a Betania, Marta, hermana del amigo difunto, sale al encuentro de Jesús y le dice con dolor: «¡si tú hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto! Pero sé que cualquier cosa que pidas a Dios, Él te la concederá» (Jn 11, 21-22). Marta pide de manera confiada un milagro; pide a Jesús que resucite a su hermano Lázaro, que devuelva a la vida a uno de sus seres más queridos aquí en esta tierra.
Jesús responde con palabras que se refieren a la vida eterna: «el que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees tú esto?» (Jn 11, 26).

Marta hace una afirmación de fe: “SI, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo”., pero, aunque la pronuncia parece que no entiende el alcance de la expresión “el que tenía que venir al mundo” … En realidad, no ha entendido que la luz y la vida ya han venido al mundo. Marta no sabe bien lo que dice. Ella piensa siempre en un tiempo futuro, pero no comprende que ese tiempo ya ha comenzado.

El futuro, que ella espera, lo tiene corporalmente delante: Mi hermano resucitara (futuro) enel último día, dice Marta, ante el “yo soy(presente) la resurrección y la vida” que le responde Jesús. Marta no sabe que Jesús trae el futuro al presente, a su presente. Jesús la ayuda a poder creer esto. Lo hace transformando su saber acerca de la resurrección futura en una fe en él, “que es la resurrección y la vida”. El saber de Marta se transforma en un creer en Jesús

Jesús ora al Padre, “Yo sé que siempre me escuchas” (Jn 11,42): Jesús confía absolutamente en el Padre porque hace siempre lo que agrada al Padre. (Mi alimento es hacer la voluntad del Padre” (Jn 4, 34) Sabe que cuanto pide es conforme a la voluntad del Padre y que por ello precisamente es siempre escuchado. Exige a sus seguidores esta misma confianza en la oración.

La descripción del milagro no es espectacular. Los testigos y los lectores tenían/tenemos los ojos fijos en la tumba, al quitar la piedra y en la salida de Lázaro, pero los ojos de Jesús se elevan al cielo. Lázaro sale con las vendas, pero no habla. Y no nos cuenta, -no sabemos- nada sobre el más allá. La intención del evangelista no es satisfacer la curiosidad sobre el más allá, sino poder simbolizar la vida. Y la resurrección a la vida eterna hay que simbolizarla desde la resurrección a la vida natural.

La resurrección de Lázaro tiene sentido a la luz de la resurrección de Jesús. Los fariseos están preparando la muerte de Jesús. Finalmente lo van a matar, pero el Padre no lo abandonará en la muerte, sino que lo resucitará. En la muerte se encuentra la definitiva vida de Dios. El relato nos recuerda que esta vida de Jesús se comunicara a todos los que creen en él.

La fe en la victoria de la gracia sobre el pecado, en la victoria de la vida sobre la muerte del cuerpo y del alma, es explicada por San Pablo en su carta a los Romanos que hemos escuchado en esta liturgia. Jesús, en efecto, dijo en Betania: «Yo soy la resurrección y la vida, quien cree en mí no morirá eternamente». (Jn 11, 25-26)

«¿Crees tú esto?», pregunta Jesús a Marta. Y con esta pregunta está interrogando a los discípulos de todos los tiempos; pregunta a cada uno de nosotros en este quinto domingo de Cuaresma, cuando ya estamos tan cercanos al día de la Pascua. ¿Qué respondes…?

Fray José Hernando O.P.

Comentario – Lunes IV de Cuaresma

El evangelista sitúa a Jesús en Caná de Galilea, donde había comenzado a hacer sus “signos”, concretamente la conversión del agua en vino. Estando allí, un funcionario real que tenía un hijo enfermo en Cafarnaúm fue a verle para que bajase a curar a su hijo moribundo. Jesús le recibe con un cierto desdén: Como no veáis signos y prodigios no creéis. Pero el funcionario insiste –al fin y al cabo está en juego la vida de su hijo-: Señor, baja antes de que se muera mi niño. Y Jesús, sin más dilación, le dice: Anda, tu hijo está curado. Y aquella palabra calmó la ansiedad del funcionario, que se dio por satisfecho e inició el camino de vuelta. Cuando iba bajando, vinieron a su encuentro sus criados para comunicarle la gozosa noticia de que su hijo se había curado. Al preguntar por la hora de la mejoría, le dijeron que a la una lo dejó la fiebre.

Esa era precisamente la hora en que Jesús la había dicho: «Tu hijo está curado». Y aquel funcionario creyó y con él toda su familia. Ya había creído en la palabra de Jesús cuando le dijo que su hijo estaba curado, puesto que dejó de insistirle. Se puede decir incluso que ya creía en él cuando decidió acudir a él en busca de auxilio. Pero esta fe inicial, apoyada en las noticias que le habían llegado del Maestro de Nazaret, se vio reforzada con la propia experiencia, esto es, con la constatación del poder curativo de Jesús hecho realidad en su propio hijo. El testimonio de aquel magistrado y la presencia con salud del enfermo hizo el resto y facilitó la fe de su entera familia. San Juan presenta este hecho como el “segundo signo” realizado por Jesús en su vuelta a Galilea.

La fe del funcionario y su familia a partir de la curación de aquel muchacho no resta seriedad a la primera frase de Jesús: Como no veías signos y prodigios no creéis. Parece como si los signos prodigiosos fueran consubstanciales a la fe, como si la fe necesitase de tales signos para actuarse. Y es que la fe, aunque ilumine la realidad, es oscura en sí misma. La fe es esa luz que, encendida, nos permite ver las cosas desde la óptica de Dios y, por tanto, en su verdad más profunda; pero supone un firme acto de confianza en el testimonio del mismo Dios a través de sus mediaciones; y este asentimiento del entendimiento no deja de ser un acto de fe hecho en la in-evidencia del Dios que crea y que habla. El milagro había confirmado la fe del funcionario en Jesús y en su poder taumatúrgico, es decir, le había demostrado que su fe en Jesús no había errado.

Pero ahí no acababa todo. Jesús pedirá a sus seguidores que lo reciban no sólo como a un enviado de Dios –como a uno de sus profetas-, sino como al mismo Hijo de Dios en carne mortal. Ello implica una concreta fe en Dios no sólo como Creador, sino como Padre de ese Hijo. Tal es la fe cristiana profesada en el bautismo: fe en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, fe en Dios Trinidad de personas. Esa es la fe a la que nos quiere llevar Jesucristo. Para eso se ha hecho hombre, de modo que todo en su vida terrena, sus palabras y sus obras, sean signos que nos orienten hacia esa fe y nos la faciliten.

Somos seres sensibles y racionales, que juzgamos en razón de lo que nos llega a través de los sentidos y tras una elaboración mental acorde con esas observaciones. Para otorgarle nuestra fe a alguien necesitamos que nos ofrezca signos de credibilidad. Pero si la exigencia de signos es excesiva, podemos no tener nunca signos suficientes para creer, podemos quedarnos sin fe y sin la luz que esa fe aporta. Tratándose de realidades que no se ven, no podemos guiarnos únicamente por evidencias; también tenemos que recurrir a razones y, finalmente, a actos de fe en ‘autoridades’ cuya credibilidad nos parece razonable. Jesús había dado muestras de poseer un poder extraordinario para curar, ganándose así el crédito que muchos depositaron en él. La muestra más extraordinaria del poder de Dios es este mundo que contemplan nuestros ojos, visto como obra suya, como creación.

La exigencia de una causa (necesaria) para este mundo contingente siempre se ha visto como una buena razón para creer. Pero ni siquiera esto resulta una evidencia. Y es que la fe, aun teniendo razones en su favor, no será nunca equiparable a una evidencia. Si lo fuera se difuminaría. Ya no viviríamos en el mundo de las opacidades y los enigmas, sino en el mundo de las transparencias. Pero este mundo no es el mundo en que vivimos, en que tantas cosas se nos ocultan y tantos misterios están por descubrir.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Directorio para el Ministerio Pastoral de los Obispos “Apostolorum Successores”

11. Continuidad de la misión de los Doce en el Colegio episcopal.

La misión pastoral del Colegio Apostólico perdura en el Colegio episcopal, como en el Romano Pontífice perdura el oficio primacial de Pedro. El Concilio Vaticano II enseña que “los Obispos han sucedido, por institución divina, a los Apóstoles como Pastores de la Iglesia, de modo que quien los escucha, escucha a Cristo, y quien los desprecia, desprecia a Cristo y a quien le envió” (cf. Lc 10, 16).(29)

El Colegio episcopal, con el Romano Pontífice como Cabeza y nunca sin él, es “sujeto de la potestad suprema y plena sobre toda la Iglesia”,(30) mientras que el mismo Pontífice, en cuanto “Vicario de Cristo y Pastor de toda la Iglesia”,(31) tiene la “potestad ordinaria, que es suprema, plena, inmediata y universal en la Iglesia, y que puede siempre ejercitar libremente”.(32) Esto comporta que el Romano Pontífice recibe también el primado de la potestad ordinaria sobre todas las Iglesias particulares y sobre sus agrupaciones.(33) El episcopado, uno e indiviso, se presenta unido en la misma fraternidad en torno a Pedro, para actuar la misión de anunciar el Evangelio y de guiar pastoralmente la Iglesia, para que crezca en todo el mundo y, aun en la diversidad de tiempo y de lugar, siga siendo comunidad apostólica.


29 CONC. ECUM. VAT. II, Constituição Dogmática Lumen Gentium, 20.

30 Codex Iuris Canonici, cân. 336.

31 CONC. ECUM. VAT. II, Constituição Dogmática Lumen Gentium, 22.

32 Codex Iuris Canonici, cân. 331.

Homilía – Domingo V de Cuaresma

1.- «Os infundiré mi espíritu y viviréis» (Ez 37,12-14)

En situación de abatimiento, Dios apuesta por la vida. En el fondo, está el poder del Señor que levanta la débil esperanza de su pueblo.

La mayor debilidad la experimenta el hombre en el drama de su muerte. En Ezequiel hay un atisbo seguro de esperanza: «Os infundiré mi espíritu y viviréis». El pueblo abatido se parece, en efecto, a los muertos que yacen en sus sepulcros.

La esperanza de una vida triunfadora de la muerte se perfilando poco a poco en el Antiguo Testamento. Lo hace desde la antropología que le es propia. No sólo se abrirá camino la idea de la inmortalidad del alma (de cuño más griego), sino de la resurrección que incluye también el cuerpo. En la entraña del progresivo desarrollo de esa fe está la confianza en el Señor-, el «sabréis que yo soy el Señor, lo digo y lo hago» (que recuerda la obra de la creación) amplía progresivamente su ámbito, en la línea de la re-creación.

También el poder creador de Dios podrá definitivamente contra la muerte y «vuestra tierra» donde seréis colocados, no será sólo esta tierra, perteneciente a este pueblo, sino el mismo Dios como tierra y patria definitiva.

La lectura de Ezequiel marcha por este camino. Aún no ha llegado a la meta. Pero su apuesta por la vida y su confianza en el poder de Dios marcan un hito importante, abierto al anuncio de la resurrección.

2.- Dios «vivificará también vuestros cuerpos mortales» (Rom 8, 8-11)

San Pablo reflexiona sobre el futuro personal y colectivo, más allá de la muerte, ya desde la resurrección de Cristo. Y, en su apuesta por la vida, apunta a la comunión en el mismo Espíritu de Dios (el «espíritu» de Ezequiel se ha convertido ya en «el Espíritu» de la revelación de la intimidad de Dios), para atribuir igual suerte a Cristo y a los cristianos. El Espíritu une tan estrechamente al cristiano con Cristo que lo hace propiedad suya.

Si «el que no tiene el Espíritu de Cristo no es de Cristo», el que lo tiene, lo tiene de tal manera que se hace uno con Él. Y para Cristo, el Espíritu es la fuente de su resurrección y su vida. Lo mismo para el cristiano que, aun muerto, «vive para la justicia» y será «vivificado por el mismo Espíritu que en él habita».

Toca el Apóstol el eje fundamental de la vida creyente. Sin la resurrección y la vida para siempre en el Señor, nada en la vida cristiana alcanzaría su meta ni su sentido. Todo quedaría a mitad de camino, si la esperanza que tenemos nos defrauda.

3.- «Yo soy la resurrección y la vida» (Jn 11, 1-45)

La resurrección de Lázaro no es sólo un gesto de entrañable amistad por parte de Jesús, Es, ante todo, un signo que abre los ojos para ahondar más sobre la identidad del Maestro: «Lázaro ha muerto, y me alegro por vosotros de que no hayamos estado allí, para que creáis».

Creer en Jesús como resurrección y vida para siempre. No se contenta Jesús con que Marta confiese que espera la resurrección de su hermano que acontecerá cuando llegue «el último día». No se trata, en efecto, de una resurrección anónima. La resurrección tiene un nombre, Jesús: «Yo soy la resurrección y la vida». La fe en él es ya germen de lo nuevo que está naciendo para vivir: «El que cree en mí no morirá para siempre».

La resurrección de Lázaro es un signo de la vida que no acaba. Él revivió, para volver a morir. Pero, en esa vida mortal, regalada otra vez al amigo por Jesús, él se manifiesta como Señor de la vida, capaz de hacerla nacer en la entraña misma de la muerte, como un nuevo y definitivo nacimiento. Es la expresión más cabal de que él es el Enviado: «Te doy gracias porque me has escuchado…, para que crean que tú me has enviado».

La esperanza enamorada

Desde el calcáreo osar de la existencia
mi súplica te grita confiada,
porque sabe que el polvo de su nada
tiene amparo, Señor, en tu clemencia.

Como el vigía atisba con paciencia
el lívido rumor de la alborada,
aguarda mi esperanza enamorada
el cenital fulgor de tu presencia…

Resucitar no es cosa de futuro,
es invertir el tiempo en el seguro
de crecer al amor en cada instante…,

vivir la eternidad ya en esta vida,
pues no hay muerte, distancia ni partida,
que separe al amado del amante.

Pedro Jaramillo

Jn 11 (Evangelio Domingo V de Cuaresma)

Nuestra victoria sobre la muerte, en Jesús

Estamos en lo que podemos llamar el «climax» de nuestro evangelio. Debemos estar muy atentos, no a lo sucedido, sino a lo que se nos quiere decir o enseñar en nues­tro relato. Desde luego el evangelista no duda ni un instante de que Jesús ha devuelto a la vida a su amigo Lázaro; pero ¿cómo lo interpreta y qué significa eso? No es tanto la resurrección de Lázaro lo que interesa, sino el misterio de la muerte y de la vida que tiene su fuente en la misma persona de Jesús. Se trata de lo que los hombres buscan, y de lo que Dios ofrece. Ya nos vamos in­tro­duciendo en el pensamiento de Juan y vamos conociendo su talante, que aunque mis­te­rio­so nos sirve mucho para conocer al Señor Jesús. Y es que Jesús no es para nosotros una fi­gura histórica que existió en un tiempo, sino que sigue existiendo y está presente en nues­tras vidas, aunque nuestra mediocridad no lo experimente a veces. Este capítulo lo debemos ver como una enseñanza poderosa sobre la muerte y la re­su­rrec­ción de Jesús que se prolonga en los cristianos. Si nos fijamos bien, no se nos quiere re­latar solamente la tradición del hecho de la resurrección de Lázaro, que se trata de una simple reviviscencia (una vuel­ta a la vida), sino aprovechar esta coyuntura para ahondar en lo que Jesús significa pa­ra la fe cristiana y muy concretamente ante el misterio de la muerte.

Se dice que si Lázaro está enfermo es «para mostrar la gloria de Dios» (v.4). Fi­jémonos, más que en cualquier otra cosa, en las palabras que pronuncian los personajes y, sobre to­do, en las palabras que el evangelista ha puesto en boca de Jesús durante todo el relato. Lo mismo se nos decía en la curación del ciego de nacimiento: «para que se manifiesten las obras de Dios» (Jn 9,3). Son dos narraciones bastante semejantes. Las dos gravitan en torno a las ex­pre­sio­nes del don de Dios: la luz y la vida. En el primero, la luz verdadera, Jesús, se enfrenta con las tinieblas del pecado; la luz en los ojos del ciego no era sino el signo de la otra luz que le fue dada: la fe. Y aquí, en nuestro relato, el que regala la vida a Lázaro, está en ca­mi­no hacia la muerte. Y la vida que aparece de nuevo en el cuerpo de Lázaro no es más que el signo de la otra vida, la del creyente, la que Dios dará a todos a partir de la resurrección salvadora de su Hijo.

El relato se nos presenta, por una parte, bastante humano, y por lo mismo lleno de significaciones. Lázaro está enfermo. Es hermano de dos mujeres amigas de Jesús que re­presentan dos motivaciones: Marta y la búsqueda impetuosa de la resurrección según los judíos; y María que se postra a los pies de Jesús esperando de Él cualquier decisión, pe­ro sin preestablecer cómo debe ser, ni cuando eso de la resurrección. Jesús se entera de que es­tá enfermo su amigo. Pero Jesús no se mueve -no lo hace moverse el evangelista, intencionadamente-, sino que se retarda pa­ra que de tiempo, precisamente, a que muera. Y es que las pretensiones eran mostrar có­mo Dios considera la muerte física. Si se hubiera querido mostrar el poder solamente, el poder taumatúrgico, Jesús hubiera marchado enseguida para curar a Lázaro. Pero Jesús quie­re enfrentarse con la muerte tal como es, y tal como la consideran los hombres: una tra­gedia. La muerte, pues, tiene un doble sentido: a) la muerte física, que no le preocupa a Jesús y, por lo mismo, se retrasa su llegada, para ver la serenidad con que Jesús la afronta, ya que entiende que la muerte viene a ser el encuentro profundo con el Dios de los vivos; b) la muerte como misterio, de la que Jesús libera, y en ésto se va a centrar el relato en su enseñanza para nosotros.

Este simbolismo joánico quiere también introducirnos en el misterio de la misma muer­te de Jesús. Jesús está fuera de Judea, lejos de Jerusalén, que es donde se va a ce­le­brar el drama de la muerte de Jesús. Los judíos están buscando una ocasión para coger a Jesús. Lázaro está en el territorio de los judíos (los no creyentes), cerca de Jerusalén. Para con­solar a las hermanas del muerto vienen los judíos de Jerusalén (los no creyentes). Vemos co­mo juega el evangelista con el simbolismo de creer y no creer en Jesús. Las hermanas son las que se confían a Él. Ellas, como buenas judías, aceptaban que debía haber resurrección al final de los tiempos. Pero no entendían el sentido. La respuesta de Marta (Jn 11,24) es la misma que pensaban los fariseos. Pero con esto no se logra darle a la muerte todo su sentido. ¿Por qué hace Jesús el milagro? Para que los hombres crean. No para probar su po­der divino, sino para que los hombres crean que hay una vida después de la muerte. Y pa­ra hacer entender que la muerte sin esperanza es una muerte que nace del alejamiento de Dios. Los ju­díos (los no creyentes) no han podido encontrar en Dios toda la fuerza de la vida, porque bus­caban algo que superaba la razón y que solamente se puede encontrar en la fe en la per­sona de Jesús. Ellos no han logrado esperanzar a las hermanas de Lázaro. Viniendo Jesús al territorio judío se expresa que entra en la esfera de la muerte de los hombres, la esfera de los que no tienen esperanza, la esfera de los que no ponen en Dios todo, la esfera de una religión de tejas abajo; la esfera de los egoísmos y las mio­pías. Jesús sabe que pronto va a llegar su muerte en ese territorio de los judíos, pero no le importa.

El “mirar como le amaba” no puede interpretarse solamente como un gesto de la amis­tad personal del hombre Jesús con Lázaro. El evangelista no quiere presentar nunca so­lamente al hombre Jesús, sino a Jesús Señor. Quiere decirse que el Señor, a todos los que es­tán muertos en razón de la ley humana y en razón de sus mismos pecados, no los aban­do­na, aunque estén cuatro días en la tumba. Uno más, para significar que pasado tres días, ya es cuando al cadáver se le daba por perdido. Ningún hombre está perdido ante el Señor. Jesús grita a Lázaro y este sale con los pies y las manos atadas (Jn 11,43). La voz de Dios es al­go que se oye dentro del ser, del corazón y uno se conmueve. Esta es la voz que re­su­ci­ta. Fijémonos en el v.43, cuando se dice que sale de la tumba y, sin embargo, está atado de pies y manos. Y luego se les dice a los otros que lo desaten. Hay un distinción entre lo que Jesús hace y lo que hacen los hombres. El que ver­da­deramente da la vida es el Señor, y entonces Lázaro revive. Luego se manda que se le desate. En Lázaro está representada la muerte de los hombres a todos los efectos. Lázaro era un buen judío, pero desde los planteamientos de su religión no se le puede dar vida. No quiere decir, ni que Lázaro fuera un gran pecador, ni un judío contrario a Je­sús. Sabemos que es al revés. Es un simbolismo para el gran amor que se expresa.

Esta resurrección de Lázaro, no obstante, no tiene sentido más que a la luz de la misma re­su­rrección de Jesús. Así lo quiere presentar el evangelista. Se está preparando la muerte de Jesús por parte de los fariseos. A partir de los vv. 45-57 tenemos el juicio que los fa­ri­seos tienen sobre él. Muchos se han convertido. Y esto hace temblar a los responsables de la religión. Deciden darle muerte, cosa que se ha ido preparado en todo el evangelio. Por eso este relato es el simbolismo mismo de lo que va a suceder con el Jesús hom­bre; que Dios no lo abandonará a la muerte, sino que lo resucitará. Se hacía necesario que Jesús marchara a su propia muerte para hacernos comprender que tras la muerte se en­cuentra la definitiva vida de Dios. Y esta vida de Jesús que se comunicará a todos los que creen es la que se simboliza en todo el relato. Jesús está haciendo una donación del don de la vida que él anuncia: «yo soy la re­su­rrección y la vida» (11,25). El milagro es un signo de la vida de Jesús, y no se trata pro­pia­men­te de una anticipación de la resurrección corporal, ya que Lázaro debe morir de nuevo. Ade­más, propiamente, no se trata de una resurrección, como en Jesús, sino de una reviviscencia. Y la reviviscencia solamente supone una vuelta de nuevo a este mundo, y en este mundo necesariamente se ha de morir.

En Jesús si se trata de una resurrección, ya que la resurrección supone una trans­for­ma­ción total del ser corporal humano. Luego el milagro de la reviviscencia de Lázaro es el símbolo de la vida que Jesús adquiere en su resurrección y que anticipa a los hombres de este mun­do mediante la fe, aunque sea una pizca. Debemos caer en la cuenta del simbolismo con el que gestiona Juan la narración, en su totalidad, para que no nos perdamos en lo insignificante y nos preguntemos, sin obtener respuesta, en qué ha consistido el milagro (en Juan es un “signo” sêmeion). Si nos empeñamos en averiguar cómo fue este milagro no llegaremos a la grandeza teológica y espiritual del texto. Porque si entendemos la vuelta a la vida de Lázaro como resurrección, debemos asumir que ha debido morir otra vez: lo cuál sería bastante desconcertante: así no se soluciona el misterio de la muerte. En una novela actual se dice: “nadie es tan malo que merezca morir dos veces”, en palabras de Magdalena a Jesús. Por ello, este milagro último viene a cerrar y coronar la serie de representaciones por los signos de la obra de Jesús. Este es el más evocador de todos y el que más tensión crea, ya que va a preparar la muerte de Jesús por parte de los judíos. Jesús ya puede ir a la muerte, porque la muerte física no es obstáculo para la vida eterna. Con ello se logra pre­parar a los fieles para que entiendan, desde ya, que la muerte física no puede destruir al hombre. Que la Cruz (donde va a morir Jesús) viene a ser el comienzo de la vida, por la acción verdaderamente resucitadora de Dios.

Rom 8, 8-11 (2ª lectura Domingo V de Cuaresma)

Canto del Espíritu, canto de la vida

Este texto de Romanos forma parte del canto del Espíritu del c. 8, que es la respuesta teológica y espiritual a Rom 7, es decir, al “yo” que nos encierra en el pecado y en el egoísmo radical, por lo que nos acusa y nos acosa la Ley. Es la apología más hermosa que se haya escrito sobre el Espíritu y su papel en la vida cristiana. Pablo ha logrado algo que no es posible expresar en pocas líneas. El hombre está llamado a ser hijo de Dios y esta experiencia no se logra simplemente porque sí, sino por el Espíritu de Dios, que Cristo nos ha dado. Pero si el hombre se encierra en su “yo”, en su carne, entonces vivirá su experiencia de muerte.

Es el Espíritu, don de Dios y de Cristo quien gana para nosotros la batalla de la muerte y del pecado. Si nos abrimos, pues, a ese donde del Espíritu ni siquiera la muerte podrá asustarnos. Es más, adelantamos realmente la resurrección, la vida nueva, cuando poseemos el Espíritu de Dios. Por eso este es un canto de liberación para que por medio del Espíritu atravesemos el desierto de nuestra propia existencia. Por eso frente a la Ley, el Espíritu de Dios; frente a la muerte, la vida en el Espíritu; frente al egoísmo de uno mismo, la libertad en el Espíritu de Dios y de Cristo.

Ez 37, 12-14 (1ª lectura Domingo V de Cuaresma)

La muerte en los sepulcros, la vida en el Espíritu

Este oráculo de Ezequiel forma parte del famoso relato del valle de los huesos, en el que el profeta del destierro tiene una visión de cómo esos huesos van recobrando vida poco a poco. Es uno de los textos más famosos del profeta del destierro en este caso, que con una parábola explica lo que significa esa visión del valle de los huesos. Debemos saber que esa visión la experimenta el profeta para hablar a los desterrados en Babilonia que se sienten muertos, en un valle de huesos donde han caído los peregrinos. La mano del Señor, y el Espíritu le llevo a contemplar… y después le impulsó a explicar lo que Dios, por el Espíritu, debería hacer: dar vida a esos huesos que representan a un pueblo “muerto”, desterrado, en el sepulcro.

En realidad no es un texto preanunciando la “resurrección” escatológica. Aunque algunos así lo hayan interpretado y se use muy frecuentemente como uno de los textos veterotestamentarios de carácter escatológico. Es un anuncio de la vuelta a la patria, a la tierra prometida. Pero bien es verdad que tenemos derecho a ir más allá de las palabras y del momento puntual del relato. El tema de la muerte siempre ha estado rondando en todas las situaciones humanas y en todas las religiones. Y de estas palabras de Ezequiel podemos colegir… algo importante ; la vida está en el Espíritu. Es verdad que la nueva vida no será como se describe en Ez 37; los huesos no se recubrirán de carne, no tendría sentido, porque sería para volver a morir; el misterio de la muerte, de nuestra muerte, solamente puede tener solución desde la experiencia de una nueva vida por el Espíritu de Dios que trasmite a los que han muerto.

Comentario al evangelio – Lunes IV de Cuaresma

La Cuaresma es el camino que hacemos hacia la Pascua, la fiesta de la luz, de la vida y de la alegría. Pero este año un tanto doloroso para todos por el coronavirus. Y en medio de este caminar difícil el Profeta Isaías nos anuncia con fuerza que Dios va a “crear un nuevo cielo y una nueva tierra”, que se va a producir una transformación y un cambio profundos y que el pueblo lo va a ver y experimentar. Que Dios no nos abandona y que toda esta pandemia va a dar frutos buenos en cada uno y en toda la sociedad. La voz del Profeta es una llamada a los cristianos a no perder la esperanza y la confianza en medio de la prueba y a no olvidarnos que “Dios escribe recto con renglones torcidos”.

Sabemos que este anuncio del Profeta tuvo pleno cumplimiento en Jesús: su Palabra realizó –y realiza hoy- prodigios y maravillas. Pero hay que creer en Él con una fe que no está contaminada por el propio interés o el sentido mágico, sino llena de confianza pues estamos seguros que Jesús actúa siempre o liberándonos de una enfermedad, una pandemia, una situación difícil… o fortaleciéndonos interiormente en la esperanza y el amor, o afianzándonos en nuestras convicciones y valores. La Palabra siempre se cumple.

Juan nos narra la escena del funcionario real que acude a Jesús para pedirle la curación de su hijo gravemente enfermo. A la petición del funcionario Jesús le dice: “Vete, tu hijo vive”. El funcionario creyó en la palabra del Señor y se volvió a su casa. Creyó y obedeció; escuchó a Jesús y puso en práctica lo que le dijo; superó sus temores y dudas y bajó hacia su casa. En este camino de vuelta a su casa le acompañó únicamente la Palabra de Jesús, y esta Palabra también sostuvo cada uno de sus pasos de regreso a casa. Y desde casa los criados le salen al encuentro con la grata certeza y con las mismas palabras que le había dicho Jesús: “tu hijo vive”. La fe que ha caminado en la oscuridad y la incertidumbre encuentra la luz y se convierte en pleno asentimiento: “Y creyó él y todos los suyos”. Los temores y las dudas se disiparon y las certezas de la luz brillaron en su corazón y en de los suyos. Una vez más lo que el funcionario había oído de Jesús se realizaba en su hijo, en él y en los suyos.

Este relato –como todos los que nos cuentan los Evangelios- se cumple también hoy, pues la Palabra de Jesús es viva, eficaz y eterna. Es una Palabra que actúa cuando hay una fe profunda y sincera. En la noche de la prueba y del sufrimiento la Palabra de Jesús es lámpara para nuestros pasos y es oración confiada que encuentra su confirmación luminosa. Cuando todo va bien es como el agua que fecunda nuestro corazón y le hace dar frutos buenos y abundantes. Repite hoy con alegría y convicción: “Tu Palabra me da vida, confío en Ti, Señor; tu Palabra es eterna, en ella esperaré”.

José Luis Latorre