La misa del domingo

V Domingo de Cuaresma

29 de marzo de 2020

Llevamos dos semanas de reclusión con lo que ello conlleva. Todos nos vemos un poco más tristes y desconcertados a la vez que las noticias del exterior van haciendo mella en “los adentros” de cada uno. Es inevitable también la pregunta sobre Dios en esta circunstancia. Algunas personas vuelven a la pregunta después de mucho tiempo viajando por la superficie de la vida. ¿Será el miedo, la duda, la necesidad de dar sentido? Ahí está en todo este mejunje la “última frontera”, que dirían los filósofos; la cuestión sobre la finitud y la muerte. En definitiva, es ésta la única cuestión para los humanos, pues arrastra todas las demás.

El evangelio de la resurrección de Lázaro, que nos propone Juan, plantea la misma pregunta. La diferencia es que la responde desde la esperanza definitiva en Jesús.

Te ofrezco un comentario al evangelio de hoy, sabiendo que es una lectura personal sobre el texto, y que no será proclamado en asamblea.

Señor, tu amigo está enfermo

El evangelio comienza cuando las hermanas de Lázaro avisan a Jesús de la enfermedad grave de su amigo. Aunque lo amaba, aún permanece dos días sin acudir, como esperando el desenlace fatal pues según expresa: “esta enfermedad servirá para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella”.

Nos causa sorpresa la demora, y la reconocemos en nosotros muchas veces, cuando nos parece que Dios no responde a nuestra súplica, al menos como nos gustaría. Parece que demora su presencia consoladora o curativa. ¿Por qué hace esto Dios? No lo sabemos. Pero está claro que de todo lo que hace o consiente, saca vida y esperanza. ¿Reconoces en esta espera dilatada en medio de la enfermedad algún brote de vida? ¿Has recuperado tal vez algo olvidado hace tiempo? (silencio, resistencia, colaboración, amabilidad en el trato…)

Si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto

Esta frase de Marta, resume la esperanza del creyente. Si Dios está, no hay mal que pueda con nosotros. Y añade algo más: “aun ahora sé que lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá”.

Jesús es el único mediador ante Dios, y todo nos lo concede a través de Él. No nos concede todo cuanto deseamos, pero todo lo que nos concede lo hace en su nombre. Nuestra fe es, pues, cristocéntrica. Es decir, tiene a Cristo en el centro. Jesús no es un personaje más; del que podamos prescindir. A Jesús le necesitamos para todo: para crecer en esperanza, para orar, para ir al corazón de Dios, para ir al encuentro de los hermanos. Sin Jesús, no hay fe cristiana. Los que somos educadores en la fe deberíamos examinar hasta cuándo posponemos el hablar de Jesús, el enseñar a invocarlo y a llevarlo al corazón de nuestros destinatarios.

Yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios

En el diálogo que sigue, Marta va a ir confesando su fe “in crescendo”. Primero dice que cree en la resurrección en el último día. Luego, Jesús la lleva a centrar la confesión en su propia persona “Yo soy la resurrección y la vida: ¿crees esto?”. Por eso, ella afirma: “Yo creo que tú eres el Mesías, el hijo de Dios”. Esto es lo decisivo, aunque lo fe es gradual. Poco a poco nos vamos dando cuenta en nuestra vida creyente que toda gracia y don de Dios viene de Jesucristo.

Estamos en el tiempo de preparación para la Pascua. Se nos pide fuerza para renovar nuestras promesas bautismales. ¿Nos animamos a hacerlo? Si celebras la eucaristía, lo puedes hacer dentro de un momento. Si no, recita el credo de manera personal sintiéndote unido a toda la Iglesia.

Lázaro, ven afuera

Estamos en el desenlace del pasaje; pero fíjate que el signo de resucitar a Lázaro, es la consecuencia de todo lo anterior. No es un “milagrito” de Jesús, es la puesta en acto del poder de Dios, que da vida a los muertos. Y esto es lo que va a suceder ahora.

Si Jesús es el rostro de Dios, conviene no perder de vista, que Dios tiene sentimientos y llora por cada uno de nosotros: “Mirad cómo le quería”, dicen los vecinos al ver llorar a Jesús. Y este amor es el que rompe el mal del mundo, el pecado y la muerte. Por eso, en el signo supremo de su Muerte, Dios nos lo va a decir todavía más clarito para que no haya duda ni confusión. Las palabras de Jesús suenan a exorcismo: “Lázaro, sal afuera”; y la naturaleza se estremece y renace la vida a la voz de quien es la Palabra.

Ser creyente no es saberse todas las respuestas; aquí no hay privilegios. Ser creyente en el Dios de Jesús es saberse acompañado. El lenguaje bíblico ha expresado durante siglos la confianza en Dios, en medio de avatares catastróficos (guerras, destrucción, deportación…). Y Dios, siempre en el más acá, cuando se cerraba el horizonte del “más allá”. Y viceversa, Dios en el “más allá” cuando el corazón creyente le atisbaba tan cercano que parecía eterno y para siempre.

Os invito a mirar con esperanza el presente, pues Jesús es la vida que sana el mundo.

Txetxu Villota, sdb