Santoral 27 de marzo

BEATO DIEGO JOSÉ DE CÁDIZ, presbítero († 1801)

El Beato Diego José de Cádiz, incansable misionero popular capuchino, nació en Cádiz el 1743. Recién ordenado sacerdote, quedó impresionado por los estragos que causaban en la iglesia de España las corrientes enciclopedistas y regalistas, mezcladas con las teorías del obispo de Tréveris, Febronius, que negaba la constitución monárquica de la Iglesia, y afirmaba que el Papa estaba sujeto al Concilio. Creó gran confusión.

Nuestro Beato ha sido comparado con San Vicente Ferrer, con San Juan de Ávila y, podemos añadir, con el P. Tarín. Nunca ha habido un orador sagrado tan popular. “Si a un tiempo predicaran San Pablo y el Padre Cádiz, escribía un canónigo, un día oiría al Apóstol, y otro a fray Diego”. Dios le dio grandes dotes, y eso que lo rechazaban por fracasar en los estudios.

Vivió treinta años de vida activísima. Recorrió varias veces toda Andalucía, siempre a pie. Y puede decirse que no quedó ninguna región española que no recibiera su predicación. El cardenal Lorenzana escribía entusiasmado: “La entrada de Fray Diego en Toledo ha sido tan magnífica como la de Jesús en Jerusalén”. Todos lo reclamaban. No daba abasto.

En sus misiones populares hablaba varias horas al día, ante muchedumbres de hasta cincuenta mil personas, siempre al aire, a pulmón limpio, incansable, fogoso, arrollador. Acudían toda clase de gentes a escuchar su palabra de fuego. En él veían al hombre de Dios, que avalaba su predicación con santidad de vida y con los muchos milagros que obraba.

¿De dónde sacaba tiempo? Pues dedicaba varias horas al día a la oración mental, y su correspondencia epistolar es inmensa. De la Virgen María, a la que llamaba Pastora de las almas y de la paz, predicó más de cinco mil sermones, y seguramente pasaron de veinte mil sobre otros temas. Aparte de escribir una cantidad ingente de obras ascéticas y devocionales.

El veía claramente los peligros que se cernían sobre España. Las ideas de la “ilustración” sembraban confusión en las mentes y luego venía la pérdida de las buenas costumbres. Y, como dice el refrán, que hace más por la luz el que enciende una cerilla que el que maldice de las tinieblas, se puso a escribir y predicar a todas horas y en todas partes.

Su director espiritual le repetía que Dios le había escogido para sembrar luz por toda España, desde la Corte hasta la última aldea. En su misión de Aranjuez y Madrid quiso atraer al buen camino a la reina María Luisa, esposa de Carlos IV. No lo pudo conseguir, y menos por la influencia perniciosa de Godoy. Pero fray Diego no se arredraba nunca.

Dios le concedió carismas extraordinarios: comunicaciones místicas, don de profecía y muchos milagros. Pero también hubo de pasar por el crisol de la tribulación. Cuenta que siendo estudiante se sentía atado por la inclinación afectuosa a una persona, lo que le tenía disperso y desconcentrado. “Clamé a Dios, corté aquellos apegos y todo cambió en mí”.

No se le ahorró ni la acometida de las tentaciones carnales, ni el cansancio ante los fracasos. Pero tuvo paciencia, puso los medios de todo lo sacó a salvo el Señor. Su vida fue un don de Dios para la España del XVIII.

Su libertad evangélica a la hora de corregir, le trajo problemas. Estuvo un tiempo confinado por orden del Gobierno. Fue denunciado a la Inquisición, que le obligó a medir más sus palabras. Él seguía incansable su tarea de apóstol, mientras tuvo fuerzas. Se había desvivido por sus hermanos. Poco antes de morir repitió: “Señor, Tú sabes que te amo”.

 

Otros Santos de hoy: Juan, Alejandro, Lázaro, Lidia, Fileto, Macedón.

Justo y Rafael Mª López-Melús