I Vísperas – Domingo V de Cuaresma

I VÍSPERAS

DOMINGO V DE CUARESMA

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

HIMNO

¿Para qué los timbres de sangre y nobleza?
Nunca los blasones
fueron lenitivo para la tristeza
de nuestras pasiones.
¡No me des coronas, Señor, de grandeza!

¿Altivez? ¿Honores? Torres ilusorias 
que el tiempo derrumba.
Es coronamiento de todas las glorias
un rincón de tumba.
¡No me des siquiera coronas mortuorias!

No pido el laurel que nimba el talento,
ni las voluptuosas
guirnaldas de lujo y alborozamiento.
¡Ni mirtos ni rosas!
¡No me des coronas que se lleva el viento!

Yo quiero la joya de penas divinas
que rasga las sienes.
Es para las almas que tú predestinas.
Sólo tú la tienes.
¡Si me das coronas, dámelas de espinas! Amén.

SALMO 140: ORACIÓN ANTE EL PELIGRO

Ant. Meteré mi ley en sus corazones; yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo

Señor, te estoy llamando, ve de prisa,
escucha mi voz cuando te llamo.
Suba mi oración como incienso en tu presencia,
el alzar de mis manos como ofrenda de la tarde.

Coloca, Señor, una guardia en mi boca,
Un centinela a la puerta de mis labios;
no dejes inclinarse mi corazón a la maldad,
a cometer crímenes y delitos
ni que con los hombres malvados
participe en banquetes.

Que el justo me golpee, que el bueno me reprenda,
pero que el ungüento del impío no perfume mi cabeza;
yo seguiré rezando en sus desgracias.

Sus jefes cayeron despeñados,
aunque escucharon mis palabras amables;
como una piedra de molino, rota por tierra,
están esparcidos nuestros huesos a la boca de la tumba.

Señor, mis ojos están vueltos a ti,
en ti me refugio, no me dejes indefenso;
guárdame del lazo que me han tendido,
de la trampa de los malhechores.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Meteré mi ley en sus corazones; yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo

SALMO 141: TÚ ERES MI REFUGIO

Ant. Todo lo estimo pérdida, comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor.

A voz en grito clamo al Señor,
a voz en grito suplico al Señor;
desahogo ante él mis afanes,
expongo ante él mi angustia,
mientras me va faltando el aliento.

Pero tú conoces mis senderos,
y que en el camino por donde avanzo
me han escondido una trampa.

Mira a la derecha, fíjate:
nadie me hace caso;
no tengo adónde huir,
nadie mira por mi vida.

A ti grito, Señor;
te digo: «Tú eres mi refugio

y mi lote en el país de la vida.»

Atiende a mis clamores,
que estoy agotado;
líbrame de mis perseguidores,
que son más fuertes que yo.

Sácame de la prisión,
y daré gracias a tu nombre:
me rodearán los justos
cuando me devuelvas tu favor.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Todo lo estimo pérdida, comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor.

CÁNTICO de FILIPENSES: CRISTO, SIERVO DE DIOS, EN SU MISTERIO PASCUAL

Ant. Él, a pesar de ser Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer.

Cristo, a pesar de su condición divina,
no hizo alarde de su categoría de Dios;
al contrario, se despojó de su rango
y tomó la condición de esclavo,
pasando por uno de tantos.

Y así, actuando como un hombre cualquiera,
se rebajo hasta someterse incluso a la muerte,
y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo levantó sobre todo
y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»;
en el cielo, en la tierra, en el abismo,
y toda lengua proclame:
Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Él, a pesar de ser Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer.

LECTURA: 1P 1, 18-21

Ya sabéis con qué os rescataron de ese proceder inútil recibido de vuestros padres: no con bienes efímeros, con oro o plata, sino a precio de la sangre de Cristo, el Cordero sin defecto ni mancha, previsto antes de la creación del mundo y manifestado al final de los tiempos por vuestro bien. Por Cristo vosotros creéis en Dios, que lo resucitó de entre los muertos y le dio gloria, y así habéis puesto en Dios vuestra fe y vuestra esperanza.

RESPONSORIO BREVE

R/ Escúchanos, Señor, y ten piedad. Porque hemos pecado contra ti.
V/ Escúchanos, Señor, y ten piedad. Porque hemos pecado contra ti.

R/ Cristo, oye los ruegos de los que te suplican.
V/ Porque hemos pecado contra ti.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Escúchanos, Señor, y ten piedad. Porque hemos pecado contra ti.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. El Padre, que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús, vivificará también vuestros cuerpos mortales, pro el mismo Espíritu que habita en vosotros.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El Padre, que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús, vivificará también vuestros cuerpos mortales, pro el mismo Espíritu que habita en vosotros.

PRECES
Glorifiquemos a Cristo, el Señor, que ha querido ser nuestro Maestro, nuestro ejemplo y nuestro hermano, y supliquémosle, diciendo:

Renueva, Señor, a tu pueblo

Cristo, hecho en todo semejante a nosotros, excepto en el pecado, haz que nos alegremos con los que se alegran y sepamos llorar con los que están tristes,
— para que nuestro amor crezca y sea verdadero.

Concédenos saciar tu hambre en los hambrientos
— y tu sed en los sedientos.

Tú que resucitaste a Lázaro de la muerte,
— haz que, por la fe y la penitencia, los pecadores vuelvan a la vida cristiana.

Haz que todos, según el ejemplo de la Virgen María y de los santos,
— sigan con más diligencia y perfección tus enseñanzas.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Concédenos, Señor, que nuestros hermanos difuntos sean admitidos a la gloria de la resurrección,
— y gocen eternamente de tu amor.

Con la misma confianza que tienen los hijos con sus padres, acudamos nosotros a nuestro Dios, diciéndole:
Padre nuestro…

ORACION

Te rogamos, Señor Dios nuestro, que tu gracia nos ayude, para que vivamos siempre de aquel mismo amor que movió a tu Hijo a entregarse a la muerte por la salvación del mundo. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Sábado IV de Cuaresma

1) Oración inicial

Que tu amor y tu misericordia dirijan nuestros corazones, Señor, ya que sin tu ayuda no podemos complacerte. Por nuestro Señor. 

2) Lectura

Del Evangelio según Juan 7,40-53
Muchos entre la gente, que le habían oído estas palabras, decían: «Este es verdaderamente el profeta.» Otros decían: «Este es el Cristo.» Pero otros replicaban: «¿Acaso va a venir de Galilea el Cristo? ¿No dice la Escritura que el Cristo vendrá de la descendencia de David y de Belén, el pueblo de donde era David?» Se originó, pues, una disensión entre la gente por causa de él. Algunos de ellos querían detenerle, pero nadie le echó mano.
Los guardias volvieron a los sumos sacerdotes y los fariseos. Éstos les dijeron: «¿Por qué no le habéis traído?» Respondieron los guardias: «Jamás un hombre ha hablado como habla ese hombre.» Los fariseos les respondieron: «¿Vosotros también os habéis dejado embaucar? ¿Acaso ha creído en él algún magistrado o algún fariseo? Pero esa gente que no conoce la Ley son unos malditos.» Les dice Nicodemo, que era uno de ellos, el que había ido anteriormente a Jesús: «¿Acaso nuestra Ley juzga a un hombre sin haberle antes oído y sin saber lo que hace?» Ellos le respondieron: «¿También tú eres de Galilea? Indaga y verás que de Galilea no sale ningún profeta.»
Y se volvieron cada uno a su casa. 

3) Reflexión

• En el capítulo 7, Juan constata que en medio de la gente había diversas opiniones y mucha confusión respecto a Jesús. Los parientes pensaban de una forma (Jn 7,2-5), la gente pensaba de otra forma (Jn 7,12). Unos decían: “¡Es un profeta!” (Jn 7,40). Otros decían: “¡Engaña a la gente!” (Jn 7,12) Unos lo elogiaban: “¡Hace el bien!” (Jn 7,12). Otros lo criticaban: “¡No ha estudiado!” (Jn 7,15) ¡Muchas opiniones! Cada uno tenía sus argumentos, sacados de la Biblia o de la Tradición. Pero nadie recordaba al mesías Siervo, anunciado por Isaías (Is 42,1-9; 49,1-6; 50,4-9; 52,13-53,12; 61,1-2). Hoy también se discute mucho sobre religión, y cada cual saca sus argumentos de la Biblia. Como en el pasado, hoy también acontece muchas veces que los pequeños son engañados por el discurso de los grandes y, a veces, hasta por el discurso de gente de iglesia.
• Juan 7,40-44: Una confusión en medio de la gente. La reacción de la gente es de lo más variada. Algunos dicen: es un profeta. Otros: es el Mesías, el Cristo. Otros rebaten: no puede ser, porque el mesías vendrá de Belén y éste viene de Galilea. Estas diversas ideas sobre el Mesías producen división y disputas. Había gente que quería detenerle y darle muerte, pero no lo hicieron. Probablemente, porque tenían miedo de la multitud (cf. Mc 14,2).
• Juan 7,45-49: Los argumentos de las autoridades. Anteriormente, ante las reacciones de la gente favorable a Jesús, los fariseos habían enviado a guardias para detenerle (Jn 7,32). Pero habían vuelto sin Jesús. Se habían quedado impresionados por su manera de hablar: “Jamás un hombre ha hablado como habla ese hombre”. Los fariseos reaccionaron: “¿Vosotros también os habéis dejado embaucar?” Para los fariseos “esa gente que no conoce la ley” se deja engañar por Jesús. Es como se dijesen: “¡Nosotros los jefes conocemos mejor las cosas y no nos dejamos engañar!” Ellos atribuyen al pueblo el adjetivo de ¡”maldito”! Las autoridades religiosas de la época trataban a la gente con mucho desprecio.
• Juan 7,50-52: La defensa de Jesús hecha por Nicodemo. Ante este argumento estúpido, la honestidad de Nicodemo se rebela y levanta su voz para defender a Jesús: “¿Acaso nuestra Ley juzga a un hombre sin haberle antes oído y sin saber lo que hace?” La reacción de los otros es escarnio: “¿También tú eres de Galilea? ¡Indaga y verás que de Galilea no sale ningún profeta!” Ellos están seguros. Con el librito del pasado en la mano se defienden en contra del futuro que llega incomodando. ¡Esto ocurre también hoy! Sólo acepto lo nuevo si está de acuerdo con las ideas mías que son del pasado. 

4) Para la reflexión personal

• ¿Cuáles son hoy las diversas opiniones sobre Jesús que existen en medio de la gente? Y en tu comunidad ¿existen diferentes opiniones que generan confusión? ¿Cuáles? Cuéntalas.
• Hay personas que sólo aceptan lo nuevo si están de acuerdo con sus ideas que pertenecen al pasado. ¿Y yo? 

5) Oración final

Misericordia, Dios mío, por tu bondad,
por tu inmensa compasión borra mi culpa;
lava del todo mi delito,
limpia mi pecado. (Sal 50)

Lázaro de Betania

1.- Es muy posible aprehender fácilmente el clima de emociones encontradas que respira el texto de San Juan. Desde los sentimientos un tanto confusos de los Apóstoles por el regreso al peligro de Judea hasta el reproche de Marta a Jesús por no haber estado presente. Le culpa en cierto modo de la muerte de Lázaro. Y Jesús, a sus buenos amigos –a los Apóstoles, a Marta, a María– les recuerda su misión y la necesidad de descubrir la gloria y el poder de Dios mediante sus obras.

2.- Jesús de Nazaret no tapa sus sentimientos, pero por encima de ellos está misión encargada por el Padre. No puede dudarse que desde el punto de vista del conflicto suscitado por fariseos, escribas y senadores judíos, la resurrección de Lázaro iba a ser el desencadenante de la “solución final” contra Jesús: su muerte en la cruz. Y ese sacrificio es la Redención. Para nosotros la expresividad del Señor, sus lágrimas, su afecto por los hermanos de Betania, la reacción de los presentes que admiran los sentimientos a flor de piel que exhibe Cristo son ingredientes maravillosos para mejor conocer a Jesús y adentrarnos en su personalidad. Jesús es un hombre como nosotros y vivió su paso en la tierra con las mismas condiciones que marcan nuestra vida: alegría, tristeza, risas, lágrimas, etc.

Ángel Gómez Escorial

Comentario – Sábado IV de Cuaresma

Los discursos pronunciados por Jesús en la explanada del Templo de Jerusalén provocaron una gran diversidad de opiniones sobre su persona. Unos decían: Éste es de verdad el profeta. Otros: Éste es el Mesías. Pero su supuesto origen galileo –Jesús era conocido como ‘el Nazareno’, aunque había nacido en Belén de Judá, de familia davídica-, generaba dificultades: ¿Es que de Galilea va a venir el Mesías? ¿No dice la Escritura que vendrá del linaje de David, y de Belén, el pueblo de David? Así era, en efecto; pero el criado y crecido en Galilea había nacido realmente en el lugar profetizado, en Belén de Judá. Tras el debate, vino la discordia. Algunos querían prenderlo –nos informa el evangelista-; de hecho, los sumos sacerdotes ya habían dado orden de arresto, pero esta orden no se ejecutó. Los guardias del templo habían acudido a sus jefes con las manos vacías. Y a la pregunta de sus superiores: ¿Por qué no lo habéis traído?, ellos responden: Jamás ha hablado nadie así. Se han sentido desarmados por sus palabras.

Los fariseos reaccionan ante la pasividad de los guardias y les acusan de haberse dejado embaucar por un discurso engañoso. Y tratan de desprestigiarle: ningún jefe o fariseo, es decir, ningún hombre de valía reconocida ha creído en él; sólo se ha ganado la confianza de esa gente ‘despreciable’ que no entienden de la ley y que, por lo mismo, merecen ser considerados unos “malditos”. Pero esto no era del todo cierto; también había fariseos que se habían dejado tocar por el mensaje de Jesús. Era el caso de Nicodemo, el que había ido en otro tiempo a visitarlo de incógnito y que ahora habla en su defensa: ¿Acaso nuestra ley permite juzgar a nadie sin escucharlo primero y averiguar lo que ha hecho? La ley no lo permitía, pero ellos, tan legalistas, están dispuestos a ignorar la ley cuando las circunstancias lo exijan. Por eso, a la propuesta de Nicodemo, reaccionan malhumorados con argumentos ad hominem¿También tú eres galileo? Estudia y verás que de Galilea no salen profetas? Aunque con sus acciones y palabras Jesús pueda acreditarse como profeta, ellos nunca aceptarán esta posibilidad, porque sus numerosos prejuicios se lo impiden. La Galilea de los gentiles es una tierra que no puede dar profetas; y Jesús viene de esa región.

Siempre podremos encontrar motivos para no abrir nuestro corazón a Dios y a su profeta. Nuestra mente puede estar sembrada de prejuicios que lo impidan: prejuicios filosóficos, científicos, experienciales. Es verdad que para los que hemos nacido en el seno de una tradición creyente y cristiana, las creencias educacionales pueden ejercer de prejuicios favorables, si es que no hemos reaccionado a esa educación como una imposición intolerable contra la que luchamos denodadamente para librarnos de ella; pero también puede formar parte de nuestra educación esa filosofía de la sospecha que lo cuestiona todo o esa mentalidad cientifista que no admite otra vía de conocimiento que la proporcionada por el método empírico y que lleva a rechazar todo dato que no pase por este crisol. Las mismas experiencias decepcionantes de la vida pueden sumarse a este escepticismo que nos hace desconfiar de todo testimonio y de toda promesa u oferta de salvación. Sólo la apertura de la mente y del corazón hace posible el acercamiento a esta realidad cuyo fondo resulta inalcanzable para la ciencia y la razón humanas por mucho margen de progreso que se las reconozca.

Jesucristo nos pide el obsequio de nuestra fe. ¿Seremos capaces de dárselo? Él ha venido de parte del Padre como su enviado e Hijo, como su Hijo amado. Éste es su coherente testimonio, mantenido hasta el final de su corta existencia. ¿Creeremos en él? Todavía es tiempo de conversión. Todavía estamos a tiempo.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Directorio para el Ministerio Pastoral de los Obispos “Apostolorum Successores”

16. Los Obispos diocesanos miembros de los Dicasterios de la Curia Romana.

 La presencia de algunos Obispos diocesanos como miembros de los Dicasterios de la Curia Romana constituye un ulterior signo del afecto colegial entre los Obispos y el Papa. Dicha presencia permite a los Obispos presentar al Sumo Pontífice la mentalidad, los deseos y las necesidades de todas las Iglesias. De este modo, mediante la Curia Romana, el vínculo de unión y de caridad vigente en el Colegio episcopal se extiende a todo el Pueblo de Dios.(48)


48 Cf. JOÃO PAULO II, Constituição Apostólica Pastor Bonus, art. 9.

¡Sal fuera!

1.- Hemos escuchado, en los dos domingos precedentes, las sugerentes catequesis bautismales del agua y de la luz. Hoy, a una semana del Domingo de Ramos, nos encontramos con un evangelio donde sale a relucir uno de los lados más humanos de Jesús: la amistad.

¿Quién de nosotros no estaría dispuesto a realizar cualquier cosa por un amigo? Jesucristo, después de dos diálogos afectuosos y llenos de complicidad y confianza, con Marta y María, acude con la misma rapidez como cuando la sangre salta en la herida, ante una situación de muerte, de pena y de desolación: ¡Había muerto un gran amigo! ¡Había muerto Lázaro!

Llama la atención que, Aquel que todo lo puede, llore y se conmueva profundamente por el amigo que ha perdido. Pero, Jesús, lejos de detenerse ante la muerte, va y se enfrenta a ella. Aunque, para ello, le cueste su propia vida. La resurrección de Lázaro es un aperitivo de lo que nos queda por contemplar al final de la trayectoria de Jesús en su vida pública: su poder será más grande que la misma muerte. O dicho de otra manera: la muerte ya no será obstáculo para la felicidad. Con Jesús, incluso esa realidad que aborta nuestras expectativas, puede ser vencida.

2.- El Señor, también a nosotros, “nuevos lázaros” (aunque estemos vivos) nos invita a abandonar tantos sepulcros donde malvivimos y en los que, en más de una ocasión, estamos aprisionados por largas y serpenteantes vendas que nos impiden respirar con paz, vivir serenidad y actuar con libertad.

No hay más que observar a nuestro alrededor y comprobar, con mucha frecuencia, la multitud de situaciones de muerte en las que nos encontramos inmersos; la desesperación de muchos hombres, la soledad de personas que mueren estando vivas porque ya no quieren vivir, el olor a “corrupción” que sacuden instituciones y organismos, el relativismo del bien en favor del mal, el afán de tener y acaparar, de aparentar y de poseer; el secularismo que llena los bolsillos pero deja congelados el alma y el corazón. Jesús, también llega a estos lugares, y nos grita: ¡Salid afuera!

No nos podemos quedar fríos, impasibles, vencidos en esos lugares que producen en nosotros parálisis y desencanto. Ante la llamada a la vida, por parte del Señor, quedarse muerto es ir mano a mano y codo a codo con el sinsentido y el absurdo del mal vivir. No vive quien malvive, sino aquel que sabe que es posible vivir con más dignidad.

Creer, en el Señor de la vida, implica enfrentarse a esas situaciones de muerte y de dolor que caminan a nuestro lado. Con su ayuda podremos entonces recuperar la fuerza, vivir con intensidad cada momento y marcarnos un nuevo rumbo.

Esta Pascua, que llama a nuestra puerta, puede ser una Pascua distinta. Dispongamos el corazón para vivirla en esa clave. Será una Pascua diferente si es camino de liberación de lo que estamos esclavizados, atados, como Lázaro que está atado en la muerte. El Señor quiere sacarnos de ese lugar con su muerte, con su entrega por nosotros.

Que como Lázaro, cuando escuchemos la voz del Señor: ¡Sal afuera!, tengamos el valor y el coraje de deshacernos de tantas vendas que nos han ido asfixiando y produciendo claros síntomas de muerte o de agonía. ¿Sabéis por qué? Porque, como dice María en el Evangelio de hoy, si no está Jesús (por medio o cerca) suelen ocurrir estas cosas: la muerte del hombre en vida.

Y ahora ahí os dejo la oración de este domingo.

SEÑOR, DESÁTAME

De la oscuridad que no me deja ver la grandeza de la luz
De la incredulidad que no me permite disfrutar de tu presencia
De las dudas que me exigen pedirte pruebas de tu existencia
Del pecado que no me deja verte
De los reproches por no haberte sentido conmigo
De las situaciones que me impiden ser libre
Del sinsentido de las muchas cosas que hago
Del vacío de muchas palabras
De la frialdad con la que te trato
De la desesperanza que sale a mi encuentro
De la apatía por superarme a mí mismo
De las losas que no me dejan expresar lo que vivo y siento
De las personas que me quieren enterrar aún estando vivo
De la falta de sentimientos que me impiden llorar contigo
De la muerte que me dice que es más fuerte que Tú mismo
Del maligno que me impide beber tu agua fresca
Del maligno que prefiere que viva en la oscuridad a la luz
Del maligno que me susurra sobre la necedad de la vida eterna
Y cuando me desates, Señor, haz que nunca olvide que Tú fuiste
quien me gritó: ¡Ven afuera!

Javier Leoz

El perdón de los pecados

1. En este domingo los cristianos de la Iglesia primitiva sometían, por tercera y última vez, a votación de toda la comunidad, la candidatura al bautismo de todos los que eran catecúmenos. Quien no pasaba esta tercera votación, debía esperar un año más preparándose para el bautismo. Las lecturas y oraciones son netamente bautismales y, por lo mismo, penitenciales. Recordemos que el bautismo era, y es, para el perdón de los pecados; no sólo para el perdón de los pecados, pero es para el perdón de los pecados.

2.- Las dos primeras lecturas de este domingo han sido colocadas en la liturgia de hoy por el evangelio, que relata la resurrección de Lázaro. La resurrección de Lázaro es un símbolo de Cristo resucitado. Alguien que ha vuelto a la vida, a esta vida, se convierte en signo de aquel que ha vuelto a la vida definitiva y final, de aquel por quien ha vuelto la vida, la verdadera vida.

El sentido que en la liturgia del bautismo y cuaresma tenía esta lectura es evidente: Aunque nuestra vida ya hediera, de puro corrompida, y estuviera muerta como la de un cadáver, si nos acercamos a Cristo, si escuchamos su voz (que es la voz de Dios), si escuchamos su palabra, Él nos devolverá la vida.

Es Jesús, dice Juan, quien puede sacarnos de nuestra podredumbre y corrupción y devolvernos la vida, y devolvernos a la vida. Quien cometía un pecado grave, según los cristianos primeros, quedaba muerto para la comunidad, por eso a esos pecados se los llamó “mortales”. Cristo, dice el evangelio según san Juan, es capaz de devolverles la vida, de hacerlos vivir de verdad. Recordemos, una vez más, que el Bautismo de Cristo es, como todavía lo dice nuestro Credo, “para el perdón de los pecados”.

3. Jesús, en el Evangelio, exige a Marta que confiese su fe en Él. Eso es lo que se le pedía a quien iba a ser bautizado, que confesara su fe en Cristo resucitado y resucitador. Ser cristiano no es creer en la muerte, hablar de la muerte, predicar la muerte, sino creer en la resurrección, hablar de la resurrección, predicar la resurrección. Preguntémonos: ¿Creemos nosotros en la resurrección?

Leamos lo que en los periódicos escribimos acerca de nuestros muertos y tendremos la respuesta. Allí hablamos del “viaje sin retorno”, de “los que se van para no volver”, etc.

Peor todavía, olvidemos en este momento nuestras ideas, fijémonos sólo en nuestras vidas. ¿No son nuestras vidas una negación directa, clara, precisa, de nuestra fe en la resurrección? Vivimos como si hubiéramos de morir, pero no como quienes van a resucitar con Cristo y en Cristo. Vivimos como quienes creen en el “bebamos y comamos que mañana moriremos”, pero no como quienes creen en que así como Cristo resucitó nosotros hemos de resucitar.

4.- Nos hemos vuelto, para mayor vergüenza nuestra y negación peor de la resurrección, esencia de nuestra fe, nos hemos vuelto espiritistas. Jesús habla de resurrección de los muertos, el Evangelio habla de resurrección de los muertos, la Iglesia nos hace confesar la fe en la resurrección de los muertos, pero nosotros preferimos hablar de espíritus, de almas de muertos. Creencias orientales, que nada tienen que ver con nuestra fe, que niegan y contradicen nuestra fe en la resurrección, han invadido nuestra fe cristiana; hablamos, con la mayor frescura del caso, de reencarnación; de espíritus y almas que reencarnan en otros cuerpos.

Creencias paganas, creencias griegas, platónicas y socráticas, pero no cristianas, están presentes en nuestro vocabulario e ideas diarias. Hablamos, como si eso no fuera una negación de la fe en la resurrección, de inmortalidad del alma. Jesús no creía en la inmortalidad del alma, Jesús no creía en reencarnación de ninguna clase; Jesús creía en la resurrección de los muertos.

Para que la resurrección sea verdadera, la muerte tiene que ser verdadera. A eso viene el subrayar, en el relato del evangelio de este domingo, que Lázaro estaba ya podrido, ya hedía, estaba verdaderamente muerto.

Pero para el cristiano la muerte no es el hecho definitivo y final; por eso se habla de “dormir”, se habla de un Lázaro que duerme. Para el cristiano la muerte es sólo el paso necesario a la resurrección. Cristo ha resucitado y Cristo va a resucitar a los muertos en Cristo. El Evangelio de este domingo nos cuestiona: ¿Crees esto?

Antonio Díaz Tortajada

Yo soy la Resurrección y la Vida

1.- “¿Crees esto?”, le pregunta Jesús a Marta. Una pregunta parecida les había hecho antes a la samaritana y al ciego de nacimiento. Los tres responden afirmativamente: “Creo”. La clave de nuestra fe es la Resurrección de Jesús, su triunfo sobre la muerte. Si Cristo no hubiera resucitado vana sería nuestra fe y nosotros los más miserables de los hombres, afirma San Pablo.

En nuestro Bautismo nuestros padres proclamaron la fe por nosotros. Después hemos tenido ocasión de confirmarla y reafírmala. Lo hacemos cada domingo, cuando decimos “creo en la resurrección de los muertos”. No sé si sabemos lo que decimos, pues da la sensación de que vivimos como hombres sin esperanza, agarrados a las cosas de abajo. La resurrección es la participación en la vida de Cristo resucitado, una vida nueva, plena, gratificante. Si esto es lo que esperamos, ¿por qué no asumimos con más paz la realidad de la muerte?

2.- Hay tres relatos de resurrección en los evangelios: la hija de Jairo, el hijo de la viuda de Naím y Lázaro. Sólo el último aparece en el evangelio de Juan que leemos este domingo. No son comparables estas resurrecciones con la Resurrección de Cristo. De estas tres habría que decir que más bien son “reanimaciones”, vuelta a la vida de antes en este mundo. La Resurrección de Cristo es el triunfo definitivo sobre la muerte, el paso a una VIDA plena y eterna.

3.- Lázaro es un símbolo del hombre agobiado por realidades de muerte: droga, guerra, terrorismo, aborto, desesperación. Todos estamos heridos de muerte, siendo las heridas más importantes las del corazón. ¿Quién nos sacará del sepulcro?, ¿Quién dará fin a nuestra vida mortecina?, ¿Quién acabará con nuestros lamentos?, ¿Quién será capaz de dar una explicación a tantos porqués? Sólo Cristo, porque El es “la resurrección y la vida”. Aunque estemos muertos por el peso de nuestras culpas podemos salir y gritar “Sí, Señor, yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios”. Y si creo, yo sé, no ya que resucitaré, sino que estoy resucitado. Haz, Señor, que sea testigo y defensor de la vida.

José María Martín OSA

Una puerta abierta

Estamos demasiado atrapados por el «más acá» para preocuparnos del «más allá». Sometidos a un ritmo de vida que nos aturde y esclaviza, abrumados por una información asfixiante de noticias y acontecimientos diarios, fascinados por mil atractivos que el desarrollo técnico pone en nuestras manos, no parece que necesitemos un horizonte más amplio que «esta vida» en la que nos movemos.

¿Para qué pensar en «otra vida»? ¿No es mejor gastar todas nuestras fuerzas en organizar lo mejor posible nuestra existencia en este mundo? ¿No deberíamos esforzarnos al máximo en vivir esta vida de ahora y callarnos respecto a todo lo demás? ¿No es mejor aceptar la vida con su oscuridad y sus enigmas, y dejar «el más allá» como un misterio del que nada sabemos?

Sin embargo, el hombre contemporáneo, como el de todas las épocas, sabe que en el fondo de su ser está latente siempre la pregunta más seria y difícil de responder: ¿qué va a ser de todos y cada uno de nosotros? Cualquiera que sea nuestra ideología o nuestra fe, el verdadero problema al que estamos enfrentados todos es nuestro futuro. ¿Qué final nos espera?

Peter Berger nos ha recordado con profundo realismo que «toda sociedad humana es, en última instancia, una congregación de hombres frente a la muerte». Por ello, es ante la muerte precisamente donde aparece con más claridad «la verdad» de la civilización contemporánea, que, curiosamente, no sabe qué hacer con ella si no es ocultarla y eludir al máximo su trágico desafío.

Más honrada parece la postura de personas como Eduardo Chillida, que en alguna ocasión se expresó en estos términos: «De la muerte, la razón me dice que es definitiva. De la razón, la razón me dice que es limitada».

Es aquí donde hemos de situar la postura del creyente, que sabe enfrentarse con realismo y modestia al hecho ineludible de la muerte, pero que lo hace desde una confianza radical en Cristo resucitado. Una confianza que difícilmente puede ser entendida «desde fuera» y que solo puede ser vivida por quien ha escuchado, alguna vez, en el fondo de su ser, las palabras de Jesús: «Yo soy la resurrección y la vida». ¿Crees esto?

José Antonio Pagola

Comentario al evangelio – Sábado IV de Cuaresma

En la Palabra de Dios de hoy leemos por una parte la confesión dolorosa del profeta Jeremías que nos cuenta hasta qué punto hay que estar dispuestos a padecer por ser fieles a Dios sirviéndole con corazón recto, y la discusión sobre la identidad de Jesús en el evangelio de Juan. La persona de Jesús causa confusión con su identidad, su procedencia, sus palabras y su testimonio; Jesús genera discusión, conflicto, disputas y hasta la dispersión de los que planean su muerte. La persona de Jesús genera controversia porque, siendo hombre como nosotros y bien encarnado en nuestra realidad, tiene la capacidad de revelarnos a Dios hablando y actuando como nadie antes lo había hecho: unos quedan admirados y se interrogan, otros lo confiesan como Mesías. Los fariseos se cierran en sus esquemas y tratan de ignorantes y malas personas a quienes no comparten sus criterios.

El evangelio termina diciendo: “y se volvieron cada uno a su casa” muchos encerrados en la duda o la indiferencia porque rechazaron al único que es capaz de unificar el corazón y a los hombres; otros con la alegría y la paz de descubrir al verdadero Jesús. Pues si siempre es grave introducir en la propia vida a otra persona, pues sabemos que ya no será posible disponer enteramente de nosotros mismos, dejar entrar a Jesús en nuestra vida encierra un riego, pues no se sabe hasta dónde nos llevará esa presencia suya. La persona de Jesús no deja a nadie indiferente y en la medida que tenemos más amistad con Él descubrimos que la vida tiene otro horizonte y que es preciso ir dejando en segundo lugar muchas cosas que nos parecían imprescindibles e irrenunciables. Pero es tal la atracción que ejerce sobre nosotros que no vivimos en paz hasta que hacemos lo que Él nos va diciendo en cada momento. De ahí que los amigos de verdad de Jesús son pocos, pues no todos los invitados están dispuestos a dejar sus intereses, comodidades y forma de vida.

También es cierto que cuando uno se decide a ser amigo de Jesús experimenta una paz y alegría tan grandes que difícilmente las encontrará fuera de Él, y se siente enganchado de tal manera que ya no concibe la vida de otra manera, ni puede vivir sin Él, aunque esté rodeado de enormes dificultades como el profeta Jeremías nos decía hoy. Al mismo tiempo está dispuesto a dejar de lado lo que antes le ataba tan fuertemente que le parecía imposible prescindir. Se cumplen las parábolas de la perla preciosa y el tesoro escondido en el campo. Esta amistad con Jesús despierta en el corazón humano la capacidad de heroísmo al estar dispuesto a dar la propia vida por los demás. Se hace realidad esta palabra de Jesús “ nadie tiene amor más grande que quien da la vida por los demás ”. La persona es consciente además de que el amor es la fuerza que mueve y transforma la vida y le da el verdadero y pleno sentido.

José Luis Latorre, cmf