Vísperas – Lunes V de Cuaresma

VÍSPERAS

LUNES V DE CUARESMA

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Te damos gracias, Señor,
porque has depuesto la ira
y has detenido ante el pueblo
la mano que lo castiga.

Tú eres el Dios que nos salva,
la luz que nos ilumina,
la mano que nos sostiene
y el techo que nos cobija.

Y sacaremos con gozo
del manantial de la Vida
las aguas que dan al hombre
la fuerza que resucita.

Entonces proclamaremos:
«¡Cantadle con alegría!
¡El nombre de Dios es grande;
su caridad, infinita!

¡Que alabe al Señor la tierra!
Contadle sus maravillas.
¡Qué grande, en medio del pueblo,
el Dios que nos justifica!» Amén.

SALMO 10: EL SEÑOR, ESPERANZA DEL JUSTO

Ant. El Señor se complace en el pobre.

Al Señor me acojo, ¿por qué me decís:
“Escapa como un pájaro al monte,
porque los malvados tensan el arco,
ajustan las saetas a la cuerda,
para disparar en la sombra contra los buenos?
Cuando fallan los cimientos,
¿qué podrá hacer el justo?

Pero el Señor está en su templo santo,
el Señor tiene su trono en el cielo;
sus ojos están observando,
sus pupilas examinan a los hombres.

El Señor examina a inocentes y culpables,
y al que ama la violencia él lo odia.
Hará llover sobre los malvados ascuas y azufre,
les tocará en suerte un viento huracanado.

Porque el Señor es justo y ama la justicia:
los buenos verán su rostro.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El Señor se complace en el pobre.

SALMO 14: ¿QUIÉN ES JUSTO ANTE EL SEÑOR?

Ant. Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda
y habitar en tu monte santo?

El que procede honradamente
y practica la justicia,
el que tiene intenciones leales
y no calumnia con su lengua,

el que no hace mal a su prójimo
ni difama al vecino,
el que considera despreciable al impío
y honra a los que temen al Señor,

el que no retracta lo que juró
aun en daño propio,
el que no presta dinero a usura
ni acepta soborno contra el inocente.

El que así obra nunca fallará.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

CÁNTICO de EFESIOS: EL DIOS SALVADOR

Ant. Dios nos ha destinado en la persona de Cristo a ser sus hijos.

Bendito sea Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en la persona de Cristo
con toda clase de bienes espirituales y celestiales.

Él nos eligió en la persona de Cristo,
antes de crear el mundo,
para que fuésemos santos
e irreprochables ante Él por el amor.

Él nos ha destinado en la persona de Cristo
por pura iniciativa suya,
a ser sus hijos,
para que la gloria de su gracia,
que tan generosamente nos ha concedido
en su querido Hijo,
redunde en alabanza suya.

Por este Hijo, por su sangre,
hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.
El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia
ha sido un derroche para con nosotros,
dándonos a conocer el misterio de su voluntad.

Este es el plan
que había proyectado realizar por Cristo
cuando llegase el momento culminante:
recapitular en Cristo todas las cosas
del cielo y de la tierra.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Dios nos ha destinado en la persona de Cristo a ser sus hijos.

LECTURA: Rm 5, 8-9

La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros. ¡Con cuánta más razón, justificados ahora por su sangre, seremos por él salvos del castigo!

RESPONSORIO BREVE

R/ Yo dije: Señor, ten misericordia.
V/ Yo dije: Señor, ten misericordia.

R/ Sáname, porque he pecado contra ti.
V/ Señor, ten misericordia.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Yo dije: Señor, ten misericordia.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. «Yo doy testimonio de mí mismo —dice el Señor—, y además da testimonio de mí el que me envió, el Padre.»

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. «Yo doy testimonio de mí mismo —dice el Señor—, y además da testimonio de mí el que me envió, el Padre.»

PRECES

Invoquemos al Señor Jesús, que nos ha salvado a nosotros, su pueblo, librándonos de nuestros pecados, y digámosle humildemente:

Jesús, Hijo de David, compadécete de nosotros.

Te pedimos, Señor Jesús por tu Iglesia santa, por la que te entregaste para consagrarla con el baño del agua y con la palabra:
— purifícala y renuévala por la penitencia.

Maestro bueno, haz que los jóvenes descubran el camino que les preparas
— y que respondan siempre con generosidad a tus llamadas.

Tú que te compadeciste de los enfermos que acudían a ti, levanta la esperanza de nuestros enfermos
— y haz que imitemos tu gesto generoso y estemos siempre atentos al bien de los que sufren.

Haz, Señor, que recordemos siempre, nuestra condición de hijos tuyos, recibida en el bautismo,
— y que vivamos siempre para ti.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Da tu paz y el premio eterno a los difuntos
— y reúnenos un día con ellos en tu reino.

Fieles a la recomendación del Salvador, nos atrevemos a decir:
Padre nuestro…

ORACION

Señor Dios nuestro, cuyo amor sin medida nos enriquece con toda bendición, haz que, abandonando la corrupción del hombre viejo, nos preparemos, como hombres nuevos, a tomar parte de la gloria de tu reino. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Lunes V de Cuaresma

1) Oración inicial

Señor, Dios nuestro, cuyo amor sin medida nos enriquece con toda bendición, haz que, abandonando la corrupción del hombre viejo, nos preparemos, como hombres nuevos, a tomar parte en la gloria de tu reino. Por nuestro Señor. 

2) Lectura

Del Evangelio según Juan 8,1-11
Mas Jesús se fue al monte de los Olivos. Pero de madrugada se presentó otra vez en el Templo, y todo el pueblo acudía a él. Entonces se sentó y se puso a enseñarles. Los escribas y fariseos le llevan una mujer sorprendida en adulterio, la ponen en medio y le dicen: «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés nos mandó en la Ley apedrear a estas mujeres. ¿Tú qué dices?» Esto lo decían para tentarle, para tener de qué acusarle. Pero Jesús, inclinándose, se puso a escribir con el dedo en la tierra. Pero, como ellos insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: «Aquel de vosotros que esté sin pecado, que le arroje la primera piedra.» E inclinándose de nuevo, escribía en la tierra. Ellos, al oír estas palabras, se iban retirando uno tras otro, comenzando por los más viejos; y se quedó solo Jesús con la mujer, que seguía en medio. Incorporándose Jesús le dijo: «Mujer, ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado?» Ella respondió: «Nadie, Señor.» Jesús le dijo: «Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más.» 

3) Reflexión

• En el Evangelio de hoy, vamos a meditar sobre el encuentro de Jesús con la mujer que iba a ser lapidada. Por su predicación y por su manera de actuar, Jesús incomodaba a las autoridades religiosas. Por esto, las autoridades procuraban todos los medios posibles para acusarlo y eliminarlo. Le traen delante a una mujer sorprendida en flagrante adulterio. Bajo la apariencia de fidelidad a la ley, usan a la mujer para esgrimir argumentos en contra de Jesús. Hoy también, bajo la apariencia de fidelidad a las leyes de la iglesia, muchas personas son marginadas: divorciados, enfermos de Sida, prostitutas, madres solteras, homosexuales, etc. Veamos como reacciona Jesús:
• Juan 8,1-2: Jesús y la gente. Después de la discusión sobre el origen del Mesías, descrita al final del capítulo 7 (Jn 7,37-52), “cada uno se marchó a su casa” (Jn 7,53). Jesús no tenía casa en Jerusalén. Por esto, se fue para el Monte de los Olivos. Allí había una huerta donde él solía pasar la noche en oración (Jn 18,1). Al día siguiente, antes del amanecer, Jesús estaba de nuevo en el Templo. La gente también acudía pronto para poderle escuchar. Se sentaban alrededor de Jesús y él les enseñaba. ¿Qué enseñaba Jesús? Tiene que haber sido algo muy bonito, porque la gente acudía antea del amanecer para escucharle.
• Juan 8,3-6a: Los escribas preparan una encerrona. De repente, llegan los escribas y los fariseos, trayendo consigo a una mujer sorprendida en flagrante adulterio. La ponen en medio. Según la ley, esta persona debería ser apedreada (Lv 20,10; Dt 22,22.24). Ellos preguntan “¿Tú qué dices?” Era una encerrona. Si Jesús hubiese dicho: “¡Aplicar la ley!”, ellos hubiesen pensado y dicho: “¡No es tan bueno como parece, porque manda matar a la pobre mujer!” Si hubiese dicho: “No la matéis”, hubiesen dicho “¡No es tan bueno como parece, porque ni siquiera observa la ley!” Bajo la apariencia de fidelidad a Dios, ellos manipulan la ley y usan a la persona de la mujer para poder acusar a Jesús.
• Juan 8,6b-8: Reacción de Jesús: escribe en la tierra. Parecía un callejón sin salida. Pero Jesús no se espanta ni se deja llevar por los nervios. Por el contrario. Calmamente, como quien es dueño de la situación, se inclina y comienza a escribir en la tierra con el dedo. Los nervios se adueñan de sus adversarios. E insisten para que Jesús les diga qué piensa. Entonces Jesús se levanta y dice: “¡Aquel de vosotros que esté sin pecado, que le arroje la primera piedra!” E inclinándose volvió a escribir en la tierra. Jesús no discute la ley. Pero cambia el punto del juicio. En vez de permitir que ellos coloquen la luz de la ley por encima de la mujer para condenarla, les pide que se examinen a la luz de lo que la ley les exige a ellos. La acción simbólica de escribir en la tierra lo aclara todo. La palabra de la Ley de Dios tiene consistencia. Una palabra escrita en la tierra no la tiene. La lluvia o el viento la eliminan. El perdón de Dios elimina el pecado identificado y denunciado por la ley.
• Juan 8,9-11: Jesús y la mujer. El gesto y la respuesta de Jesús derriban a los adversarios. Los fariseos y los escribas se retiran avergonzados, uno después del otro, comenzando por los más ancianos. Acontece lo contrario de lo que ellos esperaban. La persona condenada por la ley no era la mujer, sino ellos mismos que pensaban ser fieles a la ley. Al final, Jesús se queda solo con la mujer en medio del círculo. Jesús se levanta y la mira: “Mujer, ¿dónde están? ¡Nadie te ha condenado!” Y ella responde: “¡Nadie, Señor!” Y Jesús: “Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más.”
• Jesús no permite que alguien use la ley de Dios para condenar al hermano o a la hermana, cuando él mismo, ella misma son pecadores. Este episodio, mejor que cualquier otro enseñamiento, revela que Jesús es la luz que hace aparecer la verdad. El hace aparecer lo que existe de escondido en las personas, en lo más íntimo de cada uno de nosotros. A la luz de su palabra, los que parecían los defensores de la ley, se revelan llenos de pecado y ellos mismos lo reconocen, pues se van comenzando por los más viejos. Y la mujer, considerada culpable y merecedora de pena de muerte, está de pié ante de Jesús, absuelta, redimida y dignificada (cf. Jn 3,19-21).
 

4) Para la reflexión personal

• Trata de ponerte en la piel de la mujer: ¿Cuáles habrán sido sus sentimientos en ese momento?
• ¿Qué pasos puede y debe dar nuestra comunidad para acoger a los excluidos? 

5) Oración final

El Señor es mi pastor, nada me falta:
en verdes praderas me hace recostar;
me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas.
Me guía por el sendero justo,
por el honor de su nombre. (Sal 22)

Hecho obediente hasta la muerte

Confiar en Dios en medio de la pruebas de la vida

La primera lectura de este domingo está tomada de los llamados cantos del Siervo de Yahvé que se encuentra en el libro del profeta Isaías. Con estos cantos el profeta pretendía alentar al pueblo elegido que estaba en el exilio para que no cayera en la desesperación. Y le recuera que también en esa situación difícil sigue siendo el Siervo de Dios, y que el Señor sigue contando con él para llevar a cabo su obra de salvación en el mundo. Dios sigue alimentado a Israel con su Palabra cada mañana, aunque eso ni le ahorra la persecución que sufre a causa de su fe.

Isaías describe muy bien la relación que el Siervo mantiene con Dios: es una relación marcada por la «escucha» de la Palabra de Dios. En la Biblia escuchar es lo mismo que confiar. Confiar en Dios conduce a abandonarse serenamente a su voluntad, porque se sabe por experiencia que esa voluntad solo puede ser buena. Dios no puede querer nada malo para sus hijos. San Pablo dirá que en todas las cosa interviene Dios para bien de los que le aman, es decir, para bien de los que confían en él. También de las pruebas de la vida Dios hace surgir el bien. En cambio, la desconfianza lleva a dudar de sus intenciones, a rebelarse ante las pruebas, a creer que nos ha abandonado o incluso a pensar que el Señor encuentra cierta satisfacción en nuestros sufrimientos.

Confiar en Dios es ya de entrada un don suyo. Lo propio del creyente es reconocer que en definitiva todo es don.

De esta confianza nace la audacia para entregarse al servicio de los demás y la resistencia en las pruebas.

Aunque el profeta Isaías no estaba pensando en Jesús cuando escribió este texto, sin embargo, nadie como Jesús cumplió estas palabras. Pues él ofreció su espalda a los que le golpeaban, su mejilla a los que mesaban su barba. No ocultó su rostro a los insultos y salivazos. Y ofreció su rostro como pedernal. Estas últimas palabras expresan su resolución firme y voluntaria de llevar hasta el final su misión, confiando de forma inquebrantable en la ayuda del Padre. Jesús sabía que el Padre le ayudaba; por eso no quedó confundido ni avergonzado.

Los primeros cristianos supieron ver en este pasaje de Isaías una profecía de la Pasión del Señor.

“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

El Salmo 22 comienza por este grito desgarrador ante el silencio de Dios en el momento de la angustia, que sacado de su contexto se puede entender al revés. Para comprenderlo bien hay que leer el Salmo entero. En él se expresa en primer lugar la situación del pueblo elegido en el exilio de Babilonia. Israel experimentó el exilio como una condena a muerte. El Salmo lo describe como a un crucificado del que se burlan los viandantes riéndose de su confianza en Dios, que ahora parece no haberle servido de nada; crucificado al que le han taladrado las manos y los pies; del que ya se han repartido sus ropas y han echado a suertes su túnica ante su mirada, antes de que haya exhalado su último suspiro. Pero en medio de su angustia, Israel no cesó de acudir a Dios, no cesó de orar y no dudó un solo instante de que Dios le escuchaba. Aunque estuvo a punto de ser borrado del mapa, Dios intervino milagrosamente en el momento decisivo. Gracias a esa intervención escapo de la muerte, es decir, regresó del exilio a su patria. El Salmo que había comenzado por un grito desgarrador de angustia, concluye gritando todavía con más fuerza la alegría y la gracia de haber escapado del horror.

Este Salmo es la oración de alguien que sufre y que no duda en gritar a Dios su sufrimiento. En situaciones semejantes también nosotros podemos hacer lo mismo que el salmista: podemos gritar a Dios nuestro sufrimiento, pero sin dudar un instante de su amor, aunque las apariencias nos sugieran lo contrario.

En los dos primeros evangelios se nos dice que Jesús murió pronunciando las primeras palabras de este Salmo. Pero la continuación de los hechos nos muestras que el Padre no guardó silencio ante su muerte sino que respondió a este grito resucitándolo de entre los muertos.

Obediente hasta la muerte y una muerte de cruz

El cántico de la carta a los Filipenses es más antiguo que la misma carta. San Pablo tomó este antiguo himno ya conocido por los cristianos de Filipos y tal vez lo retocó. Con este cántico quería convencer a los Filipenses para que cambiaran su comportamiento marcado por las divisiones, proponiéndoles el ejemplo de Cristo, quien durante su vida terrena eligió un modo de vivir duro y costoso solo por amor a la humanidad, solo para salvarla. A pesar de que por ser Dios podía gozar de todos los privilegios propios de su condición divina, sin embargo eligió la obediencia y la humildad, aceptando identificarse con los hombres incluso hasta experimentar la muerte. En realidad, san Pablo no invita a los Filipenses a imitar tal o cual ejemplo de la vida de Cristo, sino la actitud más profunda de su existencia, es decir, la actitud que le acompañó desde la Encarnación al Calvario: su total entrega a la voluntad del Padre. Esto es lo que le llevó a su vaciamiento, a su abajamiento, a su desprendimiento total. La obediencia de Jesús es la antítesis de la desobediencia del primer Adán. La obediencia de Jesús rescata infinitamente la desobediencia de Adán. Si aquella desobediencia trajo la muerte para todos, la obediencia de Jesús nos trae la vida verdadera.

Jesús obró como hombre para mostrarnos el camino que también nosotros debemos seguir: solo el camino de la humillación y de la obediencia desemboca en la resurrección. La obediencia es la actitud del diálogo perfecto con Dios; la obediencia comienza con la escucha de la palabra de Dios, una palabra que no es más que amor, y que por eso puede escucharse sin temor.

La Pasión según san Mateo

La lectura de la Pasión no deja de conmovernos. Es una llamada a la conversión. En la Pasión de Jesús es el Padre el que nos dice todo su amor, nos muestra hasta dónde está dispuesto a llegar en su amor a la humanidad: hasta darnos lo más querido, a su Hijo. Dios quiere persuadirnos con este hecho para que nos dejemos convencer de que solo respondiendo con amor a su amor así expresado podremos alcanzar lo que anhelamos en el fondo de nuestro corazón y que con frecuencia buscamos por otros caminos.

Los cuatro evangelistas coinciden en lo esencial a la hora de narrar la Pasión del Señor; pero cada uno de ellos se ha fijado en ciertos detalles que no cuentan los otros, poniendo así su propio acento. En todos estos relatos llama la atención el silencio de Jesús; él habla muy poco; son los otros los que dicen y hacen. Jesús calla.

Como no podemos comentar todo el texto de la Pasión, nos centraremos solamente en los episodios que solo se encuentran en la versión del evangelista san Mateo.

Él es el único que nos dice el precio exacto que los Sumos Sacerdotes pagaron a Judas a cambio de su traición: treinta monedas de plata. Este detalle tiene una gran importancia, pues ese era el precio fijado por la Ley para la compra de un esclavo. Ese precio muestra el «desprecio» tanto de los Sumos Sacerdotes como de Judas hacia Jesús, hacia el Señor del Universo. Ese dinero sirvió para comprar el campo del Alfarero. Este Alfarero es también Dios, quien modelo al hombre de barro. Por esta compra los extranjeros que morían en Jerusalén obtuvieron una tumba donde ser enterrados.

El precio de Jesús nos hace reflexionar hoy sobre el precio o aprecio que nosotros sentimos por él. ¿Qué valor le damos a Jesús en nuestras vidas?

Otro detalle que solo encontramos en el evangelio de san Mateo es que durante la comparecencia de Jesús ante Pilato, la mujer de este envió a alguien para que le dijera de su parte: «No te metas con ese justo porque esta noche he sufrido mucho soñando con él». En la narración evangélica queda de manifiesto que este juicio le incomodaba mucho a Pilato, pero no tuvo la valentía de hacer justicia, pues sabía que Jesús era inocente y que se lo habían entregado por envidia. Aunque se lavo las manos, el agua no pudo borrar la grave responsabilidad que tuvo en este asunto. Su comportamiento muestra la perversidad de la justicia que llega al punto de condenar a muerte, a sabiendas, al inocente, teniendo la autoridad y el poder para evitarlo.

La actitud de Pilato ante Jesús es un ejemplo de cómo no hay que obrar. Sigue teniendo toda su actualidad. Las circunstancias nos pueden poner a todos en una situación semejante en la que tendremos que optar entre condenar al inocente o defender su inocencia. Optar por la justicia supone una gran valentía que no se improvisa. Para ello es preciso educar constantemente nuestro espíritu en el Espíritu del Evangelio.

En el momento de la muerte de Jesús los tres primeros evangelios cuentan que el velo del templo se rasgó en dos de arriba abajo, pero Mateo es el único que añade que la tierra tembló, las rocas se rasgaron, las tumbas se abrieron y muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron. Después que Jesús resucitó salieron de las tumbas, entraron en la Ciudad Santa y se aparecieron a muchos.

La muerte de Jesús remueve la historia, el presente y el futuro de la humanidad. Su muerte desemboca en una resurrección que restaura todas las cosas.

Un último detalle propio del relato de la Pasión de Mateo es que los Sumos Sacerdotes y los fariseos acudieron en grupo para pedir a Pilato que diera la orden de vigilar el sepulcro de Jesús hasta el tercer día, con el fin de evitar que sus discípulos robaran su cuerpo y dijeran que había resucitado de entre los muertos, con lo que la última impostura sería peor que la primera.

Pero ni la vigilancia más estricta sería capaz de retener a Jesús en el sepulcro. Ninguna tumba podría retener al Autor de la Vida.

Que la Virgen María, que acompañó a Jesús hasta la cruz, nos guíe a lo largo de estos días santos para que vivamos más plenamente la Pascua de su Hijo.

Fray Manuel Ángel Martínez Juan

Comentario – Lunes V de Cuaresma

San Juan nos sigue presentando a Jesús en polémica con los fariseos, tratando de hacerles ver que el testimonio que él da de sí mismo es veraz; ellos desconfían, sin embargo, de la veracidad de ese testimonio. Jesús había dicho con solemnidad algo que difícilmente podemos encontrar en boca de un ser humano: Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida. ¿Quién podría decir de sí mismo algo tan intrépido? Es evidente que los fariseos vieron en esta expresión extrema arrogancia. ¿Qué hombre sensato podía pretender ser la luz del mundo?

Pues bien, Jesús lo proclama sin desdecirse ni un ápice de esta declaración. Los fariseos intervienen para decirle que mientras su testimonio sea sólo suyo, es decir, que no tenga el respaldo de otros, carecerá de validez. Y Jesús reconoce en cierto modo la fuerza del argumento: Aunque yo doy testimonio de mí mismo –como le echan en cara los fariseos-, mi testimonio es válido, porque sé de dónde he venido y adónde voy, algo que vosotros ignoráis. Jesús se remite a su propia consciencia, a lo que él sabe de sí mismo, de su origen (=su de dónde) y de su fin (=su adónde), como fundamento de su testimonio. Vosotros juzgáis por lo exterior –les dice también-; por eso os quedáis en las apariencias y se os escapa la verdad de las cosas. Por eso, viene a decirles, no veis lo que hay en mí, ni creéis en el testimonio que pretende ponerlo de manifiesto. Mi juicio, en cambio, es legítimo, porque no estoy yo solo, sino que estoy con el que me ha enviado, el Padre. Ya somos dos, parece querer decir, yo y el Padre, y la presencia de dos testigos confiere legitimidad al testimonio según vuestra ley.

Ante esta apuesta, los fariseos reaccionan pidiéndole una explicación: ¿Dónde está tu Padre?: “preséntanos a ese segundo testigo del que hablas”. Y Jesús contesta acusándoles de desconocimiento: si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre; no conocéis a mi Padre porque no me conocéis a mí, que soy su Hijo. Pero semejante desconocimiento es culpable, porque yo no lo he mantenido en secreto, sino que lo he dado a conocer. Y no me conocéis a mí, en mi verdad más profunda, porque no conocéis al verdadero Dios, aunque creáis conocerlo porque lo tenéis muy presente en vuestra tradición.

El evangelista presenta esta polémica como una conversación mantenida por Jesús con los fariseos junto al arca de las ofrendas, cuando enseñaba en el templo. Pero la conversación no transcurrió por cauces pacíficos, puesto que despertó la indignación de los fariseos que, desde entonces, buscaban el modo de hacerlo callar. Sin embargo, ese día no le echaron mano porque todavía no había llegado su hora. Y el advenimiento de esa hora era decisión del Padre.

El testimonio de Jesús, reforzado por las obras que el Padre le había concedido realizar, se prolongó en el testimonio de esa congregación de apóstoles (los Doce) que salieron al mundo para anunciar que Dios lo había resucitado de entre los muertos. Ese testimonio, sostenido y refrendado en el martirio, dio origen a una larga tradición de la que forma parte la Iglesia a la que nosotros pertenecemos; por tanto, una corriente de fe que ha llegado hasta nosotros. No nos vemos, pues, sólo ante el testimonio que ofrece Jesús de sí mismo, sino ante un testimonio reforzado por la vida martirial de la Iglesia desde sus orígenes, un testimonio que aglutina una multitud de testimonios particulares que hacen de ese inicio germinal un aluvión de proporciones inmensas. ¿Por qué nos cuesta tanto otorgar nuestra fe a un testimonio como éste, que habla de promesas divinas, cuando nos resulta tan sencillo hacer esos actos de fe (humana), tan frecuentes en la vida diaria, que consisten en creer a nuestros padres, esposa, marido, hijos, amigos, médico, farmacéutico, mecánico, vecino, etc.?

Si en aquel terreno no tenemos garantías absolutas, en éste tampoco; y sin embargo, creemos: nos dejamos llevar, nos dejamos aconsejar, nos dejamos intervenir, confiamos en su palabra y en su competencia, confiamos en su amor y afecto sinceros, creemos. Es verdad que al otorgar esta fe nos apoyamos en indicios, signos, experiencias que hacen posible la confianza. Pero también la fe en Dios permite acudir a indicios, signos de credibilidad y experiencias que la confirman y fortalecen. Y si no, ¿qué es la resurrección de Jesús testimoniada ‘hasta el derramamiento de sangre’ por sus discípulos? ¿Y qué es esa fuerza que alentó a los mártires de todos los tiempos en su trance de muerte? ¿Y qué es el maravilloso mundo que se extiende ilimitadamente ante nuestros asombrados ojos? ¿Y qué son las experiencias que pueblan las vidas de tantas personas que han dado origen a la fe o a una vocación religiosa? No permitamos que el afán moderno por controlarlo o probarlo todo nos impida creer.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Directorio para el Ministerio Pastoral de los Obispos “Apostolorum Successores”

18. El empeño ecuménico. Consciente de que el restablecimiento de la unidad ha sido una de las principales intenciones del Concilio Vaticano II(57) y de que no se trata sólo de un apéndice añadido a la actividad tradicional de la Iglesia,(58) el Obispo sentirá la urgencia de promover el ecumenismo, sector en el que la Iglesia católica está empeñada de manera irreversible.

Aunque la dirección del movimiento ecuménico corresponde principalmente a la Santa Sede, toca a los Obispos, sin embargo, singularmente y reunidos en Conferencia Episcopal, dar normas prácticas para aplicar las superiores disposiciones a las circunstancias locales.(59)

Siguiendo fielmente las indicaciones y las orientaciones de la Santa Sede, el Obispo se preocupe, además, de mantener relaciones ecuménicas con las diversas Iglesias y Comunidades cristianas presentes en la diócesis, nombrando un representante suyo que sea competente en la materia, a fin de animar y de coordinar las actividades de la diócesis en este campo.(60) Si las circunstancias de la diócesis lo aconsejan, el Obispo constituirá un secretariado o una comisión, encargados de proponer al Obispo cuanto pueda ayudar a la unidad entre los cristianos y de realizar las iniciativas que él mismo indique, de promover en la diócesis el ecumenismo espiritual, proponer subsidios para la formación ecuménica del clero y de los seminaristas,(61) y sostener a las parroquias en el empeño ecuménico.


57 Cf. CONC. ECUM. VAT. II, Decreto Unitatis Redintegratio, Proémio, 1.

58 Cf. JOÃO PAULO II, Carta Encíclica Ut unum sint, 20.

59 Cf. Codex Iuris Canonici, cân. 755 §§ 1-2.

60 Cf. CONSELHO PONTIFÍCIO PARA A UNIDADE DOS CRISTÃOS, Directório para a aplicação dos Princípios e das Normas sobre o Ecumenismo, 41-45.

61 Cf. CONSELHO PONTIFÍCIO PARA A UNIDADE DOS CRISTÃOS, Directório para a aplicação dos Princípios e das Normas sobre o Ecumenismo, 55-91.

Homilía – Domingo de Ramos

1.- La ayuda del Señor (Is 50, 4-7)

La misión del Siervo es «decir al abatido una palabra de aliento». Desde la experiencia de la palabra de ánimo que él mismo recibe del Señor en sus propios sufrimientos. Él los ofrece y acepta en expiación por todos. «Ofrecí la espalda»… «no oculté mi rostro».

En la entraña de esta entrega total está la más radica confianza, la escucha sencilla y acogedora, hecha posible, porque Dios mismo interviene en la decisión de la obediencia: «El Señor Dios me ha abierto el oído». Dios mismo lleva la iniciativa de la obediencia. Al iniciado le toca responder: «Yo no me he rebelado ni me he echado atrás».

La obediencia lleva al Siervo por caminos desconcertantes. Humanamente, incomprensibles. Pero, en su interior habita una inquebrantable confianza-. El Señor ayuda… no quedaré confundido». Inspiración veterotestamentaría para adentrarse y describir el misterio de Jesús, Siervo sufriente en rescate por muchos.

2.- «Dios lo levantó sobre todo» (Flp 2, 6-11)

También para Jesús, el sufrimiento está teñido de una confiada esperanza. El himno de la Carta a los filipenses tiene los dos movimientos: el de bajada hasta lo más hondo de la experiencia humana «Se rebajó hasta someterse a una muerte de cruz» no sólo hombre; en su humanidad, «varón de dolores, conocedor de todos los quebrantos». Encarnación llevada hasta las últimas consecuencias: la experiencia de la extrema debilidad de la carne.

Pero está también el movimiento de subida. No buscado, sino recibido en la confianza: «Por eso, Dios lo levantó sobre todo». Es el misterio insondable de la Pascua. El grano que muere y germina; el anonadado y rebajado a quien es concedido «el Nombre-sobre-todo-nombre»; el Siervo, convertido en Señor, «ante quien toda rodilla se dobla»; el Crucificado que es el Exaltado, del que toda la comunidad confiesa: «Jesucristo es el Señor»; la más explícita confesión de su divinidad (el Kyrios griego —Señor—, que traduce en los LXX al Yavé hebreo).

El himno vuelve así a su comienzo: «la condición divina», de la que Cristo «no hizo alarde»… Como en el caso del Siervo, una obediencia voluntaria.

3.- ¿No ha confiado en Dios? (Mt 26, 14-27, 66)

La burlona pregunta de los sacerdotes, letrados y senadores frente al Crucificado revela el desconcierto que produce el primer movimiento de la Pascua: el de la bajada hasta el fondo de la debilidad de la carne. Y no sólo es pregunta burlona de enemigos , es también súplica desconcertada de Jesús «Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado?»

En el pretendido desarrollo temporal que la liturgia hace de las Pascua, en la Semana Santa, el relato de la pasión se queda en ese primer movimiento del acontecimiento pascual Quiere la Iglesia que también nosotros nos adentremos en el desconcierto humano, en esas contradicciones escandalosas que hacen tambalear los mismos cimientos de la confianza Tantos «por qué» que no son arrogancia frente a la omnipotencia de Dios, sino cuestionamientos desconcertados de quienes aún no hemos comprendido que «sus caminos no son nuestros caminos»

«Quiso Dios llevarlo a la perfección por la cruz» La liturgia de hoy nos de]a sólo en el camino la cruz La perfección, que es acabamiento y plenitud, la reserva para
la Vigilia de la resurrección

Pero, incluso en el mismo relato del camino desconcertante («por la cruz a la luz»), Mateo introduce ya la mejor de las pistas para entrever que en la cruz no está el final es la confesión del centurión, testigo de la muerte de Jesús «Realmente, este era Hijo de Dios» Ya se apunta a otra dimensión, que recoge nuestro poeta «Palabra fiel afronta su destino de dar al hombre la esperanza cierta»

¡Callen las piedras!

¡Callen las piedras, que los niños cantan
hosannas de alabanzas y victoria!
Llega a Sión el Rey de la Gloria
y las viejas compuertas se levantan…

¡Hablan los mudos y los cojos saltan,
la Promesa florece en la memoria,
los anhelos de ayer se hacen historia,
ceden las leyes, que la Ley quebrantan…!

Huele a incienso y espliego la mañana,
Jerusalén se apresta y engalana.
¡El Hijo de David está a la puerta!

Rey humilde, cabalga en un pollino.
Palabra fiel, afronta su destino
de dar al hombre la esperanza cierta…

 

Pedro Jaramillo

Mt 26-27 (Evangelio Domingo de Ramos)

Pasión según San Mateo

Hoy la lectura de la Pasión según san Mateo debe ser valorada en su justa medida. La lectura, en sí, debe ser “evangelio”, buena noticia, y nosotros, como las primeras comunidades para las que se escribió, debemos poner los cinco sentidos y personalizarla. La pasión según San Marcos es el relato más primitivo que tenemos de los evangelios, aunque no quiere decir que antes no hubiera otras tradiciones de las que él se ha valido, esa es la fuente de nuestro relato de Mateo. Debemos saber que no podemos explicar el texto de la Pasión en una “homilía”, sino que debemos invitar a todos para que cada uno se sienta protagonista de este hermoso relato y considere dónde podía estar él presente, en qué personaje, cómo hubiera actuado en ese caso. Precisamente porque es un relato que ha nacido casi con toda seguridad para la liturgia, es la liturgia el momento adecuado para experimentar su fuerza teológica y espiritual

No es, pues, el momento de entrar en profundidades históricas y exegéticas sobre este relato, sobre el que se podían decir muchas cosas. Desde el primer momento, en los vv. 1-2 nos vamos a encontrar con los personajes protagonistas. El marco es las fiestas de Pascua que se estaban preparando en Jerusalén (faltaban dos días) y los sumos sacerdotes no querían que Jesús muriera durante la “fiesta”; tenía que ser antes; el relato, no obstante, arreglará las cosas para que todo ocurra en la gran fiesta de la Pascua de los judíos ¡nada más y nada menos! Los responsables, dice el texto, “buscaban cómo arrestar a Jesús para darle muerte!. Era lo lógico, porque era un profeta que no se dejaba intimidar por la teología oficial. Era un profeta que estaba en las manos de Dios. Esto era lo que no soportaban.

Mateo, como se ha dicho, sigue de cerca el texto de Marcos, pero algunas claves particulares se deben hacer notar:

A) Lo que da unidad y coherencia a las distintas secciones (algunos hablan de tres) es la perspectiva cristológica en que todo se presenta. Mateo es el que mejor ha tratado de respaldar el misterio de la pasión del Mesías con el cumplimiento de las Escrituras. Esto era muy explicable para una comunidad que, procedente del judaísmo, debía asumir que la pasión y muerte, coronada por la resurrección, entraba en el plan de Dios y así era asumido libremente por Jesús.

B) Hay algunos particulares del relato que Mateo que llaman la atención. La diferencia con respecto a Marco se halla en el episodio de Barrabás y se convierte en uno de los elementos claves de su visión de la pasión y las consecuencias para Israel. Hace unos años se escribía una obra sobre la redacción de Mateo y su teología que se fundamentaba en la en Mt 27,25: “caiga su sangre…”. Consta de dos elementos: intervención de la mujer de Pilato y escena en que Pilato se lava las manos. No se trata de simples agregados. Mateo retoma todo el conjunto y nos presenta una nueva composición óptimamente construida, donde la intención doctrinal y eclesial aparece claramente. Quedan definidos los lazos de Cristo con el pueblo de Israel. Cuando la mujer del pagano intercede por el “justo”, la hija de Sión exige a gritos la muerte de su Mesías, de su Cristo (en vez de “rey de los judíos”, Mateo utiliza dos veces este título). “Todo el pueblo” toma sobre sí la responsabilidad que Pilato rehúsa (27,-2425).Esta toma de posición del pueblo de la antigua alianza marca un vuelco en la historia de la salvación. La perspectiva cristológica de todo esto es manifiesta. Es el rechazo del judaísmo al Mesías que ha elegido libremente la pasión. Pero ello no debe incitar -¡de ninguna manera!- al antisemitismo, como ha ocurrido en lecturas apologéticas que no entienden que el pueblo de Israel no es el responsable de la muerte del “profeta”, sino unos dirigentes ciegos e inmisericordes. Es verdad que el Evangelio de Mateo mantiene una constante de “antijudaísmo” como problema histórico y teología, pero no es “antijudío” por naturaleza.

C) No deberíamos decir que Jesús “eligió” la muerte porque Dios así lo quería o así lo necesitaba. No es el sufrimiento el camino que Dios quiere para redimir y salvar a los hombres. Pero Dios, en este caso por medio de la opción decisiva del profeta, del Mesías verdadero de Israel, (según la teología de Mateo) sabe asumir todo lo que los hombres “construyen” religiosamente, precisamente para destruir esta “construcción religiosa” antihumana y antidivina. La construcción eclesiológica de Mateo del relato de pasión es la misma que la que han mantenido en toda su obra. A este respecto se podría decir que el relato de Marcos sobre la pasión es más kerygmático y el de mateo más eclesiológico. Pero los dos aspectos deben ir unidos en nuestra reflexión de lo que significa leer la “pasión” en la liturgia del Domingo de Ramos. No incidamos demasiado en el sufrimiento, porque esa no es la clave de Mateo, sino en cómo una comunidad se identifica con su Señor para hacer posible que el proyecto salvador de Dios se viva de verdad por encima de las decisiones absurdas de los dirigentes del pueblo que no pudieron asumir el que el profeta desmontara la concepción que ellos tenían sobre Dios y sobre la religión de Israel. Y eso iba en beneficio de toda la humanidad.

D) La Pasión, los cristianos, no la deberíamos leer como un tema “gore” (de sangre y sufrimiento cruel). No es esa la concepción del relato primitivo que cada uno de los evangelistas ha redactadote de acuerdo con su comunidad. Es el misterio de la identificación con su causa, con el proyecto del Reino que había anunciado hasta llegar a sus últimas consecuencias. No sufrió Jesús más que los crucificados de los caminos que el Imperio romano prodigaba, ni derramó más sangre que ellos, pero sí estuvo identificado con el sufrimiento de todos esos crucificados. Es verdad que en su juicio concurren una serie de circunstancias religiosas que lo hacen diferente, y por ello a un juicio y una condena diferente, contemplamos una condena diferente. Es más hermoso el poema musical de la Pasión según San Mateo de Bach que películas que solamente señalan –sin poesía ni religiosidad alguna- el sufrimiento por el sufrimiento. No olvidemos que nuestros relatos se confeccionan con la perspectiva de la resurrección como victoria de Dios sobre los proyectos de los poderosos o del amor sobre el odio.

Flp 2, 6-11 (2ª lectura Domingo de Ramos)

El Himno del “abajamiento” divino

El himno de la carta a los Filipenses pone de manifiesto la fuerza de la fe con que los primeros cristianos se expresaban en la liturgia y que Pablo recoge para las generaciones futuras como evangelio vivo del proceso de Dios, de Cristo, el Hijo: El que quiso compartir con nosotros la vida; es más, el que quiso llegar más allá de nuestra propia debilidad, hasta la debilidad de la muerte en cruz (añadiría Pablo), que es la muerte más escandalosa de la historia de la humanidad, para que quedara patente que nuestro Dios, al acompañarnos, no lo hace estéticamente, sino radicalmente. No es hoy el día de profundizar en este texto inaudito de Pablo. La Pasión de Mateo debe servir de referencia de cómo el Hijo llegó hasta el final: la muerte en la cruz.

El himno tiene dos partes. La primera subraya la autohumillación de Cristo que, siendo de condición divina, se convierte en esclavo. La segunda se refiere a la exaltación de Jesús por parte de Dios a la categoría de Señor. Establece, además, una relación de causa a efecto entre humillación y exaltación: «Precisamente por eso» (Flp 2, 9). Y aquí radica la gran paradoja: que quien no destacó en vida por gesta heroica alguna, quien no fue soberano ni tuvo el título de Señor, quien termina sus días crucificado por vil y subversivo a los ojos del Imperio y de su propia religión, es considerado «Señor» y Mesías. Y, paradoja todavía mayor: el anuncio del Mesías crucificado se convierte en el núcleo de la predicación de Pablo y en el centro de la fe cristiana. Esto no podía por menos que chocar a la mentalidad helenista que, en sus cultos, aclamaba a los «señores» que habían tenido una existencia gloriosa. Tenía que sorprender igualmente al mundo judío, para quien el Mesías debía tener una existencia gloriosa, que ciertamente Jesús no tuvo. Por eso, dirá Pablo que el anuncio de un Mesías crucificado es «escándalo para los judíos, locura para los griegos» (1Cor 1, 23).

Is 50, 4-7 (1ª lectura – Domingo de Ramos)

El siervo de Yavé: a sus espaldas el futuro

Los cuatro cantos del Deutero-Isaías (42,1-4.7.9; 49,1-6.9.13; 50,4-9.11; 52,13-53,12) abren la Pasión de Jesús en este día de Domingo de Ramos. Estamos ante el tercer cántico del “Siervo de Yahvé”, donde se subraya el sufrimiento, una figura que ha dado mucho que hablar en la teología veterotestamentaria, sin que se haya llegado a una identificación precisa. Que los cristianos se atrevieran a identificar al Jesús crucificado con el Siervo, era la única lógica teológica para poder defender que era el Mesías. La teología oficial del judaísmo no podía aceptar de ninguna manera el sufrimiento como algo posible en el futuro Mesías. Por eso al cristianismo se le abrieron las puertas de par en par para poder afirmar que si Jesús fue juzgado, condenado y crucificado… se cumplían casi al pie de la letra las “revelaciones” o manifestaciones del Siervo de Yahvé. Esta fue la “biblia básica” de los primeros cristianos, aunque sin descartar la lectura de La Ley y los Profetas. De esa “biblia básica” pasaron poco a poco a redactar el primer relato de la pasión que leían en las celebraciones como memoria de la muerte de su Señor.

¿Cuál es su mensaje?: nos abre a la ignominia de este mundo violento, cruel, frente a la fuerza de la mansedumbre del discípulo, del siervo de Dios porque, en su «pasión», Dios siempre estará con él. Es una lectura muy adecuada de preparación a la proclamación de la pasión del domingo de Ramos, ya que fueron los primeros cristianos los que descubrieron en estos cantos que el Mesías habría de sufrir si quería que su propuesta de salvación tuviera fuerza.

Comentario al evangelio – Lunes V de Cuaresma

¿Se puede saber para qué escribió Juan el cuarto evangelio? (Si viniera un estudioso de la obra de Juan le trataría a uno de indocumentado, pero nosotros ya nos entendemos, y no vamos a estar hablando del redactor final o de qué sé yo cuántas manos que intervinieron/interfirieron en la aparición de la criatura.) Para enterarnos de los objetivos de muchos escritos nos resultan particularmente útiles los prólogos y los epílogos. Justo el cuarto evangelio tiene un epílogo en el capítulo 20 donde declara sin ambages: “Jesús realizó… otros muchos signos que no están escritos en este libro. Éstos lo han sido para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre” (Jn 20,30-31). 

Es bueno recordar ese epílogo, pues a lo largo de estas dos semanas finales de la cuaresma nos guiará el evangelio de Juan. Si en nosotros se cumple en alguna proporción el objetivo del autor, podremos afirmar que su escrito sigue siendo un evangelio vivo y de largo alcance. Además, para que sepamos de qué va el asunto de la fe y cómo se puede creer acerca de Jesús lo que desea el evangelista, se nos narra en su obra un buen puñado de historias de fe.

Hoy, aparte de mencionarse la primera (los discípulos de Jesús creen en él tras el signo de Caná), se nos cuenta otra historia que también tiene un “final teologalmente feliz”: el funcionario real cree junto con toda su familia. Esta historia de la fe viene precedida y preparada por otro desenlace feliz: el niño de la casa del funcionario, una criatura ya a punto de malograrse, prematuramente hechizada por la sonrisa de la muerte, se había zafado de la fiebre la víspera a la hora séptima. Y a este desenlace lo precede la palabra de Jesús y una primera diligencia de fe de aquel hombre, que se fía de esa palabra. (En realidad, ya había habido unas diligencias previas: cierto asomo de esperanza en que Jesús realizara un signo como en Caná y la búsqueda del maestro para que interviniera también en su propio caso. Pero es ahora cuando vemos al régulo ejercitando la fe.) Acto seguido, le llega una buena noticia y cumple una segunda diligencia. (Ah, no!, nada de grandes cavilaciones, sólo una rápida y sencilla comprobación horaria. La diligencia final la hace con toda la casa: la madre, el niño, los criados. Es, para él, una fase nueva de la fe. Se dice escuetamente que creyó, sin más especificaciones. Pero basta para darnos cuenta de que ha hecho un itinerario: ha ido de fe en fe, y la segunda y última ha sido una fe a coro.

Sí, sin duda, “dichosos los que sin ver creyeron”. Pero dichosos también los que vieron “los signos” y creyeron. ¿Cuáles son los signos que nos ayudan a creer? ¿Cómo consolidan nuestra fe? ¿Cómo hacen de balizas en nuestro camino en medio de la noche?