Comentario – Martes V de Cuaresma

El evangelista sitúa a Jesús en el centro neurálgico del judaísmo, en Jerusalén. Ahí le vemos polemizando con los judíos que cuestionan el testimonio que da de sí mismo. Lo que realmente se pone en cuestión es la identidad de este rabino al que resulta difícil enmarcar en una determinada escuela. El lenguaje de Jesús resulta enigmático. Parece como si él mismo buscara expresamente rodear su discurso de una cierta oscuridad, nunca del todo esclarecida. Yo me voy –les decía- y me buscaréis, y moriréis por vuestro pecadoDonde yo voy no podéis venir vosotros.

Habla de ida, pero no aclara a dónde; simplemente señala que a ese destino no pueden acceder ellos. Las enigmáticas palabras de Jesús les hacen manejar a aquellos oyentes desconcertados conjeturas descabelladas y de escaso gusto, como el posible suicidio del que así se expresaba; pues comentaban: ¿será que va a suicidarse? Pero no era ésta la intención de Jesús. Lo que sí veía próxima era su partida de este mundo. Me voy –les aseguraba-; pero notaréis mi ausencia. Cuando me haya ido, me echaréis en falta y me buscaréis. ¿Con qué propósito?, cabe preguntarse. ¿Tal vez con el ánimo de rectificar el error cometido, dando muerte a un inocente?

Pero Jesús no les augura un buen futuro: moriréis por vuestro pecado. Y ese pecado no es otro que la incredulidad, aunque esta incredulidad sea a su vez fruto de la ceguera, de una ceguera culpable. Semejante pecado les acarreará la muerte, no la muerte a que dio origen el pecado de Adán, sino otra muerte aún peor, la eterna. Incredulidad es no creer en su testimonio por falta de fe en él. Incredulidad es no creer en él como lo que es y como el que es. Incredulidad es no creer en él como el que no es de este mundo, como el enviado del que es veraz, porque es la Verdad misma, como el Hijo del Padre, como el que esCuando levantéis al Hijo del hombre, sabréis que yo soy.

Ese yo soy tenía una resonancia especial; remitía al yo soy que oyó Moisés en su experiencia teofánica de boca del Dios de sus antepasados que le enviaba a liderar al frente de su pueblo la descomunal epopeya de la liberación de Egipto. Era el nombre que el Dios liberador se daba a sí mismo al ser preguntado por su propia identidad. Quien enviaba a Moisés a esta magna empresa era Yahvéhel que es. Este sería su nombre desde entonces y para siempre: el nombre del Dios de la Alianza. Aquí, Jesús parece querer usurpar el mismo nombre de Yahvéh. Pero no, Jesús no es ningún usurpador que pretenda arrebatar a otro un poder que no le pertenece. Él se siente –y así lo proclama- simplemente el enviado del Padre, alguien que no hace nada por su cuenta –independientemente de quien lo envía-, pues todo lo que hace y dice es lo que ve hacer y decir al Padre, alguien que no obra nada que no sea del agrado del Padre; por tanto, alguien que se sabe enteramente dependiente de la voluntad de otro, su Padre.

Aquellas palabras, que provocaron la fe de muchos, fueron también piedra de tropiezo para otros. Muchos judíos se escandalizaron al oír hablar a Jesús en ese tono tan familiar y próximo de su relación con Dios. Esto fue precisamente lo que escandalizó a aquellos judíos contemporáneos de Jesús: su modo de hablar de Dios y de su relación con él, algo que les obligaba a hacerse y a hacerle esta pregunta: ¿Quién eres tú? ¿Por quién te tienes?

Es evidente que Jesús se tenía por alguien que, tras su ida, sería buscado, y que a diferencia de sus oyentes no era de este mundo, siendo plenamente hombre y habiendo nacido de mujer; se tenía por alguien que reclamaba fe, como el mismo Yahvéh, Dios de la Alianza, y que estaba en permanente comunicación con Dios Padre, por el cual había sido enviado y cuya voluntad tenía siempre a la vista. Jesús se tenía a sí mismo como el que es, algo que se pondría de manifiesto sobre todo cuando fuera levantado en alto (en la cruz); entonces, revelaría claramente al mundo su condición de aliado supremo del hombre decidido a sellar la alianza con el sacrificio de su propia vida en el altar de la cruz. Este mismo sacrificio le lleva a reclamar de los beneficiarios un acto de fe en su lealtad y en su verdad, y en su condición de enviado del Padre para sellar la nueva y definitiva Alianza.

No aceptar su testimonio, no creer, es perpetuarse en la incredulidad y morir en este estado de pecado y a causa del mismo pecado. La polémica de Jesús con los judíos saca finalmente a flote el gran obstáculo que impide la acción de Dios en el hombre, el pecado por excelencia, la incredulidad, un pecado de consecuencias devastadoras, un pecado que acarrea la muerte: Si no creéis que yo soy, moriréis por vuestros pecados.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística