La Vida de Jesús – Fco. Fernández-Carvajal

3.- EL DEMONIO VUELVE A LA CARGA

Había mostrado el Señor un total abandono en Dios. Quiere ahora el demonio inducirle a una confianza presuntuosa. Le lleva consigo a la ciudad santa. No quiere decir esto que el demonio le obligase a seguirle con violencia ni que Cristo le acompañase amigablemente[1]. Es más probable que fuera solamente una representación de tipo imaginativo, sin que Jesús le acompañase «físicamente». La ciudad santa era Jerusalén, centro del culto judío. El pináculo parece referirse a alguno de los ángulos de los pórticos del Templo que se levantaban sobre el torrente Cedrón, a unos 180 m de altura sobre el fondo del torrente. De una de estas alturas, según la tradición, fue precipitado Santiago el Menor.

Según una creencia judía muy corriente en tiempo del Señor, el Mesías había de manifestarse pública y repentinamente sobre una de las terrazas del Templo y desde allí anunciar con gesto triunfal la liberación del pueblo de Israel. Parece que el enemigo tiene presente esta opinión judía, e invita a Jesús a que comience su ministerio mesiánico con un acto espectacular, arrojándose del pináculo del Templo y asombrando a todos. Acude de nuevo a la Escritura para argumentar su sugerencia. Le recuerda unas palabras del salmo 90:

Dará órdenes acerca de ti a sus ángeles,

de que te lleven en sus manos

no sea que tropiece tu pie contra alguna piedra.

Pero el demonio tergiversa su sentido. No quiso decir el salmista que todo lo que emprenda el justo le saldrá bien, sino que en todas las cosas que lleve a cabo por seguir la justicia, aunque todo el mundo se le oponga, experimentará el auxilio divino, de tal manera que le parecerá ser llevado en manos de los ángeles. Así lo hace ver el Señor: Escrito está también: No tentarás al Señor tu Dios.

A continuación, de nuevo lo llevó el diablo a un monte muy alto, y le mostró todos los reinos del mundo y su gloria.Ignoramos qué monte pudo ser este a donde el demonio llevó al Señor. Algunos piensan que quizá fuese la cumbre del que hoy se llama el monte de la Cuarentena, cercano al mismo sitio donde Jesús había ayunado, pero es más probable que se trate también de una representación imaginaria, pues no hay ningún monte en la tierra desde el que se vean todos los reinos del mundo.

En el Antiguo Testamento se promete al Mesías el reinado sobre todo el mundo, pero debía conquistarlo por medio de la humildad y de los sufrimientos de la Pasión. Satanás le ofrece un camino más cómodo y fácil de poseerlo. Fingiéndose Dios y dueño del universo, le muestra y le ofrece la gloria, las riquezas y las maravillas de todos los reinos de la tierra; basta con que se postre en tierra y le adore. Esta visión debe interpretarse en sentido figurado o como meramente interna. San Lucas parece indicar que todo tuvo lugar en un instante. Pretende el diablo comprobar si Jesús busca sinceramente la gloria de Dios o su comodidad y su propia gloria, si está realmente dispuesto a desprenderse de las honras humanas y de las riquezas de las que podría gozar si dominara todos los reinos del mundo[2].

La respuesta de Jesús a esta proposición es enérgica y, como las dos primeras, tomada de la Escritura[3]. Con voz imperiosa alejó de Sí al enemigo llamándole por su nombre y descubriendo su maldad: Apártate, Satanás, pues escrito está: Al Señor tu Dios adorarás y a Él solo darás culto.

San Lucas advierte que esta retirada del diablo no fue definitiva, sino solo hasta el tiempo señalado (Lc). Fue probablemente el de la Pasión, que el mismo Cristo llamó la hora de sus enemigos y el poder de las tinieblas (Lc).Terminada esta lucha con el demonio, los ángeles vinieron y le servían (Mt)[4]. Quizá le proporcionaran algunos alimentos con que reparar las fuerzas extenuadas por el ayuno.


[1] Como dice Orígenes (MG 13, 1879), «le seguía como un atleta que voluntariamente camina a la lucha».

[2] «Pero Jesús nos dice también lo que objetó a Satanás, lo que dijo a Pedro y lo que explicó de nuevo a los discípulos de Emaús: ningún reino de este mundo es el Reino de Dios, ninguno asegura la salvación de la humanidad en absoluto. El reino humano permanece humano, y el que afirme que puede edificar el mundo según el engaño de Satanás, hace caer el mundo en sus manos.

Aquí surge la gran pregunta que nos acompañará a lo largo de todo este libro: ¿qué ha traído Jesús realmente, si no ha traído la paz al mundo, el bienestar para todos, un mundo mejor? ¿Qué ha traído?

La respuesta es muy sencilla: a Dios. Ha traído a Dios. Aquel Dios cuyo rostro se había ido revelando primero poco a poco, desde Abraham hasta la literatura sapiencial, pasando por Moisés y los Profetas; el Dios que solo había mostrado su rostro en Israel y que, si bien entre muchas sombras, había sido honrado en el mundo de los pueblos; ese Dios, el Dios de Abraham, Isaac y Jacob, el Dios verdadero, Él lo ha traído a los pueblos de la tierra.

Ha traído a Dios: ahora conocemos su rostro, ahora podemos invocarlo. Ahora conocemos el camino que debemos seguir como hombres en este mundo. Jesús ha traído a Dios y, con El, la verdad sobre nuestro origen y nuestro destino; la fe, la esperanza y el amor. Solo nuestra dureza de corazón nos hace pensar que esto es poco. Sí, el poder de Dios en este mundo es un poder silencioso, pero constituye el poder verdadero, duradero. La causa de Dios parece estar siempre como en agonía. Sin embargo, se demuestra siempre como lo que verdaderamente permanece y salva. Los reinos de la tierra, que Satanás puso en su momento ante el Señor, se han ido derrumbando todos. Su gloria, su doxa, ha resultado ser apariencia. Pero la gloria de Cristo, la gloria humilde y dispuesta a sufrir, la gloria de su amor, no ha desaparecido ni desaparecerá» (BENEDICTO XVI, Jesús de Nazaret, pp. 101-102).

[3] Dt 6, 13-14.

[4] «… Y los ángeles vinieron y le servían». También en nuestra vida vamos a

tener la ayuda de estos mensajeros de Dios. Yo mandaré a un ángel delante de ti –dice el Señor a Moisés– para que te defienda en el camino y te haga llegar al lugar que te he dispuesto (Ex 23, 20). Esto se hace realidad en la vida de cada hombre.

Misión de los ángeles es auxiliar al hombre contra todas las tentaciones y peligros, y traer a su corazón buenas inspiraciones. Son nuestros intercesores, nuestros custodios, y nos prestan su auxilio cuando los invocamos. También pueden prestarnos ayudas materiales, si son convenientes para nuestro fin sobrenatural o para el de los demás. Especialmente pueden colaborar con nosotros en el apostolado, en la lucha contra las tentaciones y contra el demonio, y en la oración. «Además de llevar a Dios nuestras noticias, traen los auxilios de Dios a nuestras almas y las apacientan como buenos pastores, con comunicaciones dulces e inspiraciones divinas. Los ángeles nos defienden de los lobos, que son los demonios, y nos amparan» (SAN JUAN DE LA CRUZ, Cántico espiritual, 2, 3).

Nunca estamos solos en la tentación o en la dificultad, nuestro ángel nos asiste; estará a nuestro lado hasta el mismo momento en que abandonemos este mundo, y después nos acompañará al juicio.