Comentario al evangelio – Martes V de Cuaresma

A Jesús lo acusaron de muchas cosas: de comilón, de borracho, de amigo de publicanos y prostitutas, quizá de eunuco, de transgresor de la ley. Hoy aparece un “título” nuevo, muy desconcertante: se sospecha que tiene inclinaciones al suicidio. Los comentarios no dejan lugar a dudas: ¿Será que va a suicidarse, y por eso dice “donde yo voy no podéis venir vosotros”? Esta acusación, como todas las anteriores, no refleja la verdad de Jesús, pero insinúa uno de sus flancos. Jesús no es un suicida, en el sentido que esta palabra tiene ordinariamente, pero sí es alguien que entrega su vida para manifestar el amor del Padre al mundo.

Este mensaje no se entiende. Choca con la manera humana de conducirnos. Por eso Jesús experimenta una frustración: ¿Para qué seguir hablándoos? Podría decir y condenar muchas cosas en vosotros, pero el que me envió es veraz y yo comunico al mundo lo que he aprendido de él.

¿Cuándo comprenderemos lo que Jesús significa para nosotros? ¿Cuándo creeremos en el sentido de su entrega hasta la muerte? Para la teología que subyace al cuarto evangelio no hay ninguna duda: Cuando levantéis al Hijo del Hombre sabréis que yo soy. Este levantamiento se refiere a la cruz, pero a una cruz que es, al mismo tiempo, el trono de la manifestación plena del misterio de Cristo (sabréis que Yo Soy), una cruz, por tanto, que es también fuente de salud. Por eso, la liturgia de este día pone en relación el texto del evangelio de Juan con el del libro de los Números, que parece estar en el trasfondo: Moisés hizo una serpiente de bronce y la colocó en un estandarte; cuando una serpiente mordía a uno, miraba la serpiente de bronce y quedaba curado.

Por tanto, Jesús no es un depresivo abocado al

Meditación – Martes V de Cuaresma

Hoy es martes V de Cuaresma.

La lectura de hoy es del evangelio de Juan (Jn 8, 21-30):

En aquel tiempo, Jesús dijo a los fariseos:«Yo me voy y vosotros me buscaréis, y moriréis en vuestro pecado. Adonde yo voy, vosotros no podéis ir». Los judíos se decían: «¿Es que se va a suicidar, pues dice: ‘Adonde yo voy, vosotros no podéis ir’?». El les decía: «Vosotros sois de abajo, yo soy de arriba. Vosotros sois de este mundo, yo no soy de este mundo. Ya os he dicho que moriréis en vuestros pecados, porque si no creéis que Yo Soy, moriréis en vuestros pecados».

Entonces le decían: «¿Quién eres tú?». Jesús les respondió: «Desde el principio, lo que os estoy diciendo. Mucho podría hablar de vosotros y juzgar, pero el que me ha enviado es veraz, y lo que le he oído a Él es lo que hablo al mundo». No comprendieron que les hablaba del Padre. Les dijo, pues, Jesús: «Cuando hayáis levantado al Hijo del hombre, entonces sabréis que Yo Soy, y que no hago nada por mi propia cuenta; sino que, lo que el Padre me ha enseñado, eso es lo que hablo. Y el que me ha enviado está conmigo: no me ha dejado solo, porque yo hago siempre lo que le agrada a Él». Al hablar así, muchos creyeron en Él.

Hoy, martes V de Cuaresma, a una semana de la contemplación de la Pasión del Señor, Él nos invita a mirarle anticipadamente redimiéndonos desde la Cruz: «Jesucristo es nuestro pontífice, su cuerpo precioso es nuestro sacrificio que Él ofreció en el ara de la Cruz para la salvación de todos los hombres» (San Juan Fisher).

«Cuando hayáis levantado al Hijo del hombre…» (Jn 8,28). En efecto, Cristo Crucificado —¡Cristo “levantado”!— es el gran y definitivo signo del amor del Padre a la Humanidad caída. Sus brazos abiertos, extendidos entre el cielo y la tierra, trazan el signo indeleble de su amistad con nosotros los hombres. Al verle así, alzado ante nuestra mirada pecadora, sabremos que Él es (cf. Jn 8,28), y entonces, como aquellos judíos que le escuchaban, también nosotros creeremos en Él.

Sólo la amistad de quien está familiarizado con la Cruz puede proporcionarnos la connaturalidad para adentrarnos en el Corazón del Redentor. Pretender un Evangelio sin Cruz, despojado del sentido cristiano de la mortificación, o contagiado del ambiente pagano y naturalista que nos impide entender el valor redentor del sufrimiento, nos colocaría en la terrible posibilidad de escuchar de los labios de Cristo: «Después de todo, ¿para qué seguir hablándoos?».

Que nuestra mirada a la Cruz, mirada sosegada y contemplativa, sea una pregunta al Crucificado, en que sin ruido de palabras le digamos: «¿Quién eres tú?» (Jn 8,25). Él nos contestará que es «el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn 14,6), la Vid a la que sin estar unidos nosotros, pobres sarmientos, no podemos dar fruto, porque sólo Él tiene palabras de vida eterna. Y así, si no creemos que Él es, moriremos por nuestros pecados. Viviremos, sin embargo, y viviremos ya en esta tierra vida de cielo si aprendemos de Él la gozosa certidumbre de que el Padre está con nosotros, no nos deja solos. Así imitaremos al Hijo en hacer siempre lo que al Padre le agrada.

Rev. D. Josep Mª MANRESA Lamarca

Martirologio 31 de marzo

ELOGIOS DEL 31 DE MARZO

1.- Si la lectura tiene lugar dentro de la Liturgia de las Hojas se hace después de la oración conclusiva de Laudes o cualquiera de las horas menores.

El lector comienza inmediatamente por la mención del día.*

2.- Si la lectura no tiene lugar dentro de la Liturgia de las Hojas, reunida la asamblea, bien en el coro, bien en capítulo o bien en la mesa, el lector comienza inmediatamente por la mención del día.*

Los elogios de los santos de cualquier día han de leerse siempre el día precedente.

*El lector hace la mención del día:

Día 31 de marzo

Lectura de los elogios del día

Los elogios de los santos o beatos indicados con asterisco se leen solamente en las diócesis o en las familias religiosas a las que ha sido concedido el culto de ese santo o beato. 

1. En el lugar de Argol, en Persia, actualmente Irak, san Benjamín, diácono, que por predicar insistentemente la palabra de Dios, consumó su martirio con cañas puntiagudas clavadas bajo las uñas, en tiempo del rey Vararane V. (c. 420)

2. En Roma, conmemoración de santa Balbina, cuyo título erigido en el Aventino muestra la veneración que se tributó a su nombre. (antes de 595)

3*. En Colonia, en Austrasia, en la actual Alemania, san Agilolfo, obispo, ilustre por la austeridad de vida y por la predicación. (751/752)

4*. En Borgo San Domnino, en las cercanías de Parma, en Italia, san Guido, abad del monasterio de Ponposa, en donde recibió a muchos discípulos y restauró los edificios. Se preocupó de modo especial por la oración, la contemplación y el culto divino, y buscó vivir en la soledad, atento sólo a Dios. (1046)

5*. En Toulouse, en Francia, beata Juana, virgen, de la Orden de Carmelitas. (s. XV)

6*. En Udine, en el territorio de Venecia, actualmente Italia, beato Buenaventura de Forli, presbítero de la Orden de los Siervos de María, que con su predicación por diversas regiones de Italia movió al pueblo a la penitencia. Falleció ya octogenario, mientras predicaba un sermón cuaresmal. (1491)

7*. En Carlisle, en Inglaterra, conmemoración del beato Cristóbal Robinson, presbítero y mártir, que fue testigo del martirio de san Juan Boste y, finalmente, bajo la reina Isabel I, en día no precisado, fue ajusticiado, recibiendo de esta forma la palma de la gloria. (1597)

8*. En la aldea de Ravensbrück, en Alemania, beata Natalia Tulasiewicz, mártir, que al ser ocupada militarmente Polonia, fue recluida en un campo de concentración donde, en una cámara de gas, entregó su alma al Señor. (1945)

El lector concluye diciendo:

Es preciosa a los ojos del Señor.

R./ La muerte de sus santos.

Si la lectura se hace en una hora menor se concluye ahora diciendo “Bendigamos al Señor” y su respuesta acostumbrada o con la conclusión que se encuentra más adelante.

Si la lectura se hace en Laudes o fuera de la Liturgia de las Horas se continúa como se recoge a continuación.

Lectura breve           Is 55, 6-7

Buscad al Señor mientras se le encuentra, invocadlo mientras esté cerca; que el malvado abandone su camino, y el criminal sus planes; que regrese al Señor, y él tendrá piedad, a nuestro Dios, que es rico en perdón.

Palabra de Dios

R./ Te alabamos, Señor.

Oración

V/. Santa María y todos los santos intercedan por nosotros ante el Señor, para que obtengamos de él ayuda y salvación. Por Jesucristo, nuestro Señor.

R./ Amén.

Conclusión

V./ El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna. Por la misericordia de Dios las almas de todos los fieles difuntos descansen en paz.

R./ Amén.

V./ Podéis ir en paz.

R./ Demos gracias a Dios.

Liturgia – Martes V de Cuaresma

MARTES DE LA V SEMANA DE CUARESMA, feria

Misa de la feria (morado)

Misal: Antífonas y oraciones propias. Prefacio Cuaresma.

Leccionario: Vol. II

  • Num 21, 4-9. Los mordidos de serpientes quedarán sanos al mirar a la serpiente de bronce.
  • Sal 101. Señor, escucha mi oración, que mi grito llegue hasta ti.
  • Jn 8, 21-30. Cuando levantéis en alto al Hijo del hombre, sabréis que «Yo soy».

Antífona de entrada          Sal 26, 14
Espera en el Señor, sé valiente, ten ánimo, espera en el Señor.

Monición de entrada y acto penitencial
Hermanos, al comenzar la celebración de la Eucaristía, nos inclinamos ante la cruz de Cristo nuestro Señor, y desde lo más profundo de nuestro corazón le pedimos perdón por nuestros pecados.

  • Señor, ten misericordia de nosotros.
    • Porque hemos pecado contra Ti.
  • Muéstranos, Señor, tu misericordia.
    • Y danos tu salvación.

Oración colecta
CONCÉDENOS, Señor,
perseverar en el fiel cumplimiento
de tu voluntad,
para que, en nuestros días,
crezca en santidad y en número
el pueblo dedicado a tu servicio.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración de los fieles
Oremos con confianza a Dios nuestro Padre, que perdona a su pueblo y lo defiende de la muerte eterna.

1.- Para que Dios bendiga con su gracia al Papa, obispos y fieles, y guarde a su Iglesia de todo mal. Roguemos al Señor.

2.- Para que el Señor escuche la oración de la Iglesia, la bendiga con nuevas vocaciones al ministerio sacerdotal. Roguemos al Señor.

3.- Para que en nuestro mundo reine la paz, y Cristo sea acogido como Redentor en el seno de la sociedad. Roguemos al Señor.

4.- Para que los enfermos y todos los que sufren no duden en levantar su mirada hacia Cristo, elevado sobre la tierra. Roguemos al Señor.

5.- Para que todos nosotros sigamos a Cristo hasta identificarnos plenamente con su vida y su misión. Roguemos al Señor.

Señor, escucha nuestra oración, y ya que elevamos nuestra mirada hacia tu Hijo, clavado en la cruz, no nos escondas tu rostro, sino escucha nuestros gritos y no desprecies las peticiones de tus siervos atribulados. Por Jesucristo nuestro Señor.

Oración sobre las ofrendas
TE ofrecemos, Señor,
el sacrificio de reconciliación,
para que, compasivo, perdones nuestros delitos
y guíes tú mismo nuestros corazones vacilantes.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Prefacio I de la Pasión del Señor

Antífona de comunión          Cf. Jn 12, 32
Cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí, dice el Señor.

Oración después de la comunión
CONCÉDENOS, Dios todopoderoso,
que, participando asiduamente en tus sacramentos,
merezcamos alcanzar los dones del cielo.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Oración sobre el pueblo
OH, Dios, que prefieres compadecerte
de quienes confían en ti antes que enojarte,
concede a tus fieles
llorar justamente los pecados cometidos
y merecer así la gracia de tu consuelo.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Santoral 31 de marzo

SAN JUAN CLÍMACO, monje († 655)

San Juan Clímaco vivió en la segunda mitad del VI y primera del VII. El monje Daniel nos cuenta que Juan era un joven antioqueno de mucho porvernir. Parece que llegó a ser abogado en Antioquía, por lo que fue llamado El Escolástico. Pero un buen día renuncia a todo, sube como Moisés y Elías a la cumbre del Sinaí, entra en la nube de las divinas comunicaciones, que luego comunicaría en un hermoso libro, y allí se quedó.

El bíblico Sinaí estaba lleno de monasterios y de cuevas, habitadas por monjes, que se regían por la regla de San Basilio y la legislación de Justiniano. Así lo contempló Eteria, nuestra monja peregrina. Todavía queda el monasterio de los Cuarenta Mártires y el célebre de Santa Catalina, con su famosa biblioteca, donde se descubrió el Códice Sinaítico del siglo IV.

Tres años pasó Juan de noviciado con el santo monje Martirio. Muerto su maestro, se fue a vivir al extremo del monte, en una pequeña laura, como un anacoreta. Allí pasó cuarenta años, dado al estudio y al trabajo, silencio y soledad, largas oraciones y corto sueño, parco en comer y prolongadas vigilias, como un serafín, embebido en las divinas alabanzas.

Su deseo era vivir completamente aislado. “¡Oh beata solitudo, sola beatitudo!” Pero pronto corrió la fama de sus virtudes y su sabiduría y acudían muchos a pedirle consejo. Juan les atendía, pues entendía que no debía “ocultar la luz bajo el celemín”. El demonio le tentó con fuerza —lo hace en especial con los anacoretas— pero el Señor le ayudó.

Cuando murió el abad de Monte Sinaí, los monjes, conocedores de la virtud y discreción del anacoreta, le rogaron que aceptara sucederle. Juan se oponía. Pero fue tal insistencia que aceptó. Y acertaron, pues el nuevo abad obró siempre con sabiduría y fue un ejemplo para todos.

San Juan Clímaco es el más popular de los escritores ascéticos de aquellos siglos, debido a su única obra Escala del paraíso. Escala es Clímax en griego, y de ahí viene a nuestro Santo el apellido Clímaco. La Escala se compone de treinta grados, que son otros tantos capítulos en los que se explican las virtudes y los vicios del monje con aforismos y sentencias.

Se sirve de ejemplos prácticos. Viendo a un cocinero muy recogido, le pregunta el autor cómo puede conseguirlo. El cocinero le responde: “Cuando sirvo a los monjes me imagino que sirvo al mismo Dios en la persona de sus servidores, y el fuego de la cocina me recuerda las llamas que abrasarán a los pecadores”. (También entre los pucheros anda el Señor: Sta. Teresa).

En los primeros grados de la Escala habla de la renuncia al mundo y a los afectos terrenos, la penitencia, el pensamiento de la muerte, y el don de lágrimas. Los grados siguientes hablan de la dulzura, perdón, huir de la maledicencia, de la mentira y de la pereza, amor al silencio, a la templanza y a la castidad. “La castidad, dice, es un don de Dios, y para obtenerlo conviene recurrir a él, pues a la naturaleza no la podemos vencer con sólo nuestras fuerzas”. En los últimos grados habla de la pobreza, del sueño, del canto de los salmos, de la paz, de la oración, de la humildad. El último grado del libro está dedicado a las virtudes teologales.

El santo abad, tan engolfado en las cosas de Dios, hizo edificar una hospedería cerca del monasterio, para atender a los peregrinos. Enterado de ello el papa San Gregorio Magno, le envió una buena cantidad de dinero para ayudarle en la construcción y manutención. San Juan Climaco, cumplida su misión, subió raudo por la escala de sus buenas obras al paraíso.

 

Otros Santos de hoy: Amós, Balbina, Benjamín, Teódulo, Félix, Cornelia, Acacio, Guido, Esteban, Amadeo.

Justo y Rafael Mª López-Melús

Laudes – Martes V de Cuaresma

LAUDES

MARTES V DE CUARESMA

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Señor, ábreme los labios.
R/. Y mi boca proclamará tu alabanza

INVITATORIO

Se reza el invitatorio cuando laudes es la primera oración del día.

Ant. Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: «No endurezcáis vuestro corazón».

SALMO 66: QUE TODOS LOS PUEBLOS ALABEN AL SEÑOR

El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines de la tierra.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

HIMNO

En tierra extraña peregrinos,
con esperanza caminamos,
que, si arduos son nuestros caminos,
sabemos bien a dónde vamos.

En el desierto un alto hacemos,
es el Señor quien nos convida,
aquí comemos y bebemos
el pan y el vino de la Vida.

Para el camino se nos queda
entre las manos, guiadora,
la cruz, bordón, que es la venera
y es la bandera triunfadora.

Entre el dolor y la alegría,
con Cristo avanza en su andadura
un hombre, un pobre que confía
y busca la Ciudad futura. Amén.

SALMO 23: ENTRADA SOLEMNE DE DIOS EN SU TEMPLO

Ant. El hombre de manos inocentes y puro corazón subirá al monte del Señor.

Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.

— ¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?

— El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.

— Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

— ¿Quién es ese Rey de la gloria?
— El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

— ¿Quién es ese Rey de la gloria?
— El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El hombre de manos inocentes y puro corazón subirá al monte del Señor.

CÁNTICO de TOBÍAS: DIOS CASTIGA Y SALVA

Ant. Ensalzad con vuestras obras al Rey de los siglos.

Bendito sea Dios, que vive eternamente,
y cuyo reino dura por los siglos:
él azota y se compadece,
hunde hasta el abismo y saca de él,
y no hay quien escape de su mano.

Dadle gracias, israelitas, ante los gentiles,
porque él nos dispersó entre ellos.
Proclamad allí su grandeza,
ensalzadlo ante todos los vivientes:
que él es nuestro Dios y Señor,
nuestro padre por todos los siglos.

Él nos azota por nuestros delitos,
pero se compadecerá de nuevo,
y os congregará de entre las naciones
por donde estáis dispersados.

Si volvéis a él de todo corazón
y con toda el alma,
siendo sinceros con él,
él volverá a vosotros
y no os ocultará su rostro.

Veréis lo que hará con vosotros,
le daréis gracias a boca llena,
bendeciréis al Señor de la justicia
y ensalzaréis al rey de los siglos.

Yo le doy gracias en mi cautiverio,
anuncio su grandeza y su poder
a un pueblo pecador.

Convertíos, pecadores,
obrad rectamente en su presencia:
quizá os mostrará benevolencia
y tendrá compasión.

Ensalzaré a mi Dios, al rey del cielo,
y me alegraré de su grandeza.
Que todos alaben al Señor
y le den gracias en Jerusalén.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Ensalzad con vuestras obras al Rey de los siglos.

SALMO 32: HIMNO AL PODER Y A LA PROVIDENCIA DE DIOS

Ant. El Señor merece la alabanza de los buenos.

Aclamad, justos, al Señor,
que merece la alabanza de los buenos.

Dad gracias al Señor con la cítara,
tocad en su honor el arpa de diez cuerdas;
cantadle un cántico nuevo,
acompañando los vítores con bordones:

que la palabra del Señor es sincera,
y todas sus acciones son leales;
él ama la justicia y el derecho,
y su misericordia llena la tierra.

La palabra del Señor hizo el cielo;
el aliento de su boca, sus ejércitos;
encierra en un odre las aguas marinas,
mete en un depósito el océano.

Tema al Señor la tierra entera,
tiemblen ante él los habitantes del orbe:
porque él lo dijo, y existió,
él lo mandó y surgió.

El Señor deshace los planes de las naciones,
frustra los proyectos de los pueblos;
pero el plan del Señor subsiste por siempre,
los proyectos de su corazón, de edad en edad.

Dichosa la nación cuyo Dios es el Señor,
el pueblo que él se escogió como heredad.

El Señor mira desde el cielo,
se fija en todos los hombres;
desde su morada observa
a todos los habitantes de la tierra:
él modeló cada corazón,
y comprende todas sus acciones.

No vence el rey por su gran ejército,
no escapa el soldado por su mucha fuerza,
nada valen sus caballos para la victoria,
ni por su gran ejército se salva.

Los ojos del Señor están puestos en sus fieles,
en los que esperan en su misericordia,
para librar sus vidas de la muerte
y reanimarlos en tiempo de hambre.

Nosotros aguardamos al Señor:
él es nuestro auxilio y escudo;
con él se alegra nuestro corazón,
en su santo nombre confiamos.

Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros,
como lo esperamos de ti.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El Señor merece la alabanza de los buenos.

LECTURA: Za 12, 10-11a

Derramaré sobre la dinastía de David y sobre los habitantes de Jerusalén un espíritu de gracia y de clemencia. Me mirarán a mí, a quien traspasaron, harán llanto como llanto por el hijo único, y llorarán como se llora al primogénito. Aquel día será grande el luto de Jerusalén.

RESPONSORIO BREVE

R/ Él me librará de la red del cazador.
V/ Él me librará de la red del cazador.

R/ Me cubrirá con sus plumas.
V/ Él me librará

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Él me librará de la red del cazador.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. «Cuando levantéis al Hijo del hombre, sabréis que yo soy», dice el Señor.

Benedictus. EL MESÍAS Y SU PRECURSOR. Lc 1, 68-79

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,
porque ha visitado y redimido a su pueblo,
suscitándonos una fuerza de salvación
en la casa de David, su siervo,
según lo había predicho desde antiguo
por la boca de sus santos profetas.

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos
y de la mano de todos los que nos odian;
realizando la misericordia
que tuvo con nuestros padres,
recordando su santa alianza
y el juramento que juró a nuestro padre Abrahán.

Para concedernos que, libres de temor,
arrancados de la mano de los enemigos,
le sirvamos con santidad y justicia,
en su presencia, todos nuestros días.

Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo,
porque irás delante del Señor
a preparar sus caminos,
anunciando a su pueblo la salvación,
el perdón de sus pecados.

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,
nos visitará el sol que nace de lo alto,
para iluminar a los que viven en tinieblas
y en sombra de muerte,
para guiar nuestros pasos
por el camino de la paz.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. «Cuando levantéis al Hijo del hombre, sabréis que yo soy», dice el Señor.

PRECES

Bendigamos a Cristo, pan vivo bajado del cielo, y digámosle:

Cristo, pan de las almas y salvación de los hombres, fortalece nuestra debilidad.

Señor, sacia nuestra hambre en el banquete de tu eucaristía
— y haznos que participemos plenamente de los bienes de tu sacrificio pascual.

Concédenos, Maestro bueno, escuchar tu palabra con un corazón noble
— y haz que perseveremos hasta dar fruto.

Que con nuestro trabajo, Señor, cooperemos contigo para mejorar el mundo,
— para que así, por la acción de tu Iglesia, reino en él la paz.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Reconocemos, Señor, que hemos pecado;
— perdona nuestras faltas por tu gran misericordia.

Porque deseamos que la luz de Cristo alumbre a todos los hombres, pidamos al Padre que su reino llegue a nosotros:
Padre nuestro…

ORACION

Concédenos, Señor, perseverar en el fiel cumplimiento de tu santa voluntad, para que, en nuestros días, crezca en santidad y en número el pueblo dedicado a tu servicio. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Vísperas – Lunes V de Cuaresma

VÍSPERAS

LUNES V DE CUARESMA

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Te damos gracias, Señor,
porque has depuesto la ira
y has detenido ante el pueblo
la mano que lo castiga.

Tú eres el Dios que nos salva,
la luz que nos ilumina,
la mano que nos sostiene
y el techo que nos cobija.

Y sacaremos con gozo
del manantial de la Vida
las aguas que dan al hombre
la fuerza que resucita.

Entonces proclamaremos:
«¡Cantadle con alegría!
¡El nombre de Dios es grande;
su caridad, infinita!

¡Que alabe al Señor la tierra!
Contadle sus maravillas.
¡Qué grande, en medio del pueblo,
el Dios que nos justifica!» Amén.

SALMO 10: EL SEÑOR, ESPERANZA DEL JUSTO

Ant. El Señor se complace en el pobre.

Al Señor me acojo, ¿por qué me decís:
“Escapa como un pájaro al monte,
porque los malvados tensan el arco,
ajustan las saetas a la cuerda,
para disparar en la sombra contra los buenos?
Cuando fallan los cimientos,
¿qué podrá hacer el justo?

Pero el Señor está en su templo santo,
el Señor tiene su trono en el cielo;
sus ojos están observando,
sus pupilas examinan a los hombres.

El Señor examina a inocentes y culpables,
y al que ama la violencia él lo odia.
Hará llover sobre los malvados ascuas y azufre,
les tocará en suerte un viento huracanado.

Porque el Señor es justo y ama la justicia:
los buenos verán su rostro.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El Señor se complace en el pobre.

SALMO 14: ¿QUIÉN ES JUSTO ANTE EL SEÑOR?

Ant. Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda
y habitar en tu monte santo?

El que procede honradamente
y practica la justicia,
el que tiene intenciones leales
y no calumnia con su lengua,

el que no hace mal a su prójimo
ni difama al vecino,
el que considera despreciable al impío
y honra a los que temen al Señor,

el que no retracta lo que juró
aun en daño propio,
el que no presta dinero a usura
ni acepta soborno contra el inocente.

El que así obra nunca fallará.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

CÁNTICO de EFESIOS: EL DIOS SALVADOR

Ant. Dios nos ha destinado en la persona de Cristo a ser sus hijos.

Bendito sea Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en la persona de Cristo
con toda clase de bienes espirituales y celestiales.

Él nos eligió en la persona de Cristo,
antes de crear el mundo,
para que fuésemos santos
e irreprochables ante Él por el amor.

Él nos ha destinado en la persona de Cristo
por pura iniciativa suya,
a ser sus hijos,
para que la gloria de su gracia,
que tan generosamente nos ha concedido
en su querido Hijo,
redunde en alabanza suya.

Por este Hijo, por su sangre,
hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.
El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia
ha sido un derroche para con nosotros,
dándonos a conocer el misterio de su voluntad.

Este es el plan
que había proyectado realizar por Cristo
cuando llegase el momento culminante:
recapitular en Cristo todas las cosas
del cielo y de la tierra.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Dios nos ha destinado en la persona de Cristo a ser sus hijos.

LECTURA: Rm 5, 8-9

La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros. ¡Con cuánta más razón, justificados ahora por su sangre, seremos por él salvos del castigo!

RESPONSORIO BREVE

R/ Yo dije: Señor, ten misericordia.
V/ Yo dije: Señor, ten misericordia.

R/ Sáname, porque he pecado contra ti.
V/ Señor, ten misericordia.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Yo dije: Señor, ten misericordia.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. «Yo doy testimonio de mí mismo —dice el Señor—, y además da testimonio de mí el que me envió, el Padre.»

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. «Yo doy testimonio de mí mismo —dice el Señor—, y además da testimonio de mí el que me envió, el Padre.»

PRECES

Invoquemos al Señor Jesús, que nos ha salvado a nosotros, su pueblo, librándonos de nuestros pecados, y digámosle humildemente:

Jesús, Hijo de David, compadécete de nosotros.

Te pedimos, Señor Jesús por tu Iglesia santa, por la que te entregaste para consagrarla con el baño del agua y con la palabra:
— purifícala y renuévala por la penitencia.

Maestro bueno, haz que los jóvenes descubran el camino que les preparas
— y que respondan siempre con generosidad a tus llamadas.

Tú que te compadeciste de los enfermos que acudían a ti, levanta la esperanza de nuestros enfermos
— y haz que imitemos tu gesto generoso y estemos siempre atentos al bien de los que sufren.

Haz, Señor, que recordemos siempre, nuestra condición de hijos tuyos, recibida en el bautismo,
— y que vivamos siempre para ti.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Da tu paz y el premio eterno a los difuntos
— y reúnenos un día con ellos en tu reino.

Fieles a la recomendación del Salvador, nos atrevemos a decir:
Padre nuestro…

ORACION

Señor Dios nuestro, cuyo amor sin medida nos enriquece con toda bendición, haz que, abandonando la corrupción del hombre viejo, nos preparemos, como hombres nuevos, a tomar parte de la gloria de tu reino. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Lunes V de Cuaresma

1) Oración inicial

Señor, Dios nuestro, cuyo amor sin medida nos enriquece con toda bendición, haz que, abandonando la corrupción del hombre viejo, nos preparemos, como hombres nuevos, a tomar parte en la gloria de tu reino. Por nuestro Señor. 

2) Lectura

Del Evangelio según Juan 8,1-11
Mas Jesús se fue al monte de los Olivos. Pero de madrugada se presentó otra vez en el Templo, y todo el pueblo acudía a él. Entonces se sentó y se puso a enseñarles. Los escribas y fariseos le llevan una mujer sorprendida en adulterio, la ponen en medio y le dicen: «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés nos mandó en la Ley apedrear a estas mujeres. ¿Tú qué dices?» Esto lo decían para tentarle, para tener de qué acusarle. Pero Jesús, inclinándose, se puso a escribir con el dedo en la tierra. Pero, como ellos insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: «Aquel de vosotros que esté sin pecado, que le arroje la primera piedra.» E inclinándose de nuevo, escribía en la tierra. Ellos, al oír estas palabras, se iban retirando uno tras otro, comenzando por los más viejos; y se quedó solo Jesús con la mujer, que seguía en medio. Incorporándose Jesús le dijo: «Mujer, ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado?» Ella respondió: «Nadie, Señor.» Jesús le dijo: «Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más.» 

3) Reflexión

• En el Evangelio de hoy, vamos a meditar sobre el encuentro de Jesús con la mujer que iba a ser lapidada. Por su predicación y por su manera de actuar, Jesús incomodaba a las autoridades religiosas. Por esto, las autoridades procuraban todos los medios posibles para acusarlo y eliminarlo. Le traen delante a una mujer sorprendida en flagrante adulterio. Bajo la apariencia de fidelidad a la ley, usan a la mujer para esgrimir argumentos en contra de Jesús. Hoy también, bajo la apariencia de fidelidad a las leyes de la iglesia, muchas personas son marginadas: divorciados, enfermos de Sida, prostitutas, madres solteras, homosexuales, etc. Veamos como reacciona Jesús:
• Juan 8,1-2: Jesús y la gente. Después de la discusión sobre el origen del Mesías, descrita al final del capítulo 7 (Jn 7,37-52), “cada uno se marchó a su casa” (Jn 7,53). Jesús no tenía casa en Jerusalén. Por esto, se fue para el Monte de los Olivos. Allí había una huerta donde él solía pasar la noche en oración (Jn 18,1). Al día siguiente, antes del amanecer, Jesús estaba de nuevo en el Templo. La gente también acudía pronto para poderle escuchar. Se sentaban alrededor de Jesús y él les enseñaba. ¿Qué enseñaba Jesús? Tiene que haber sido algo muy bonito, porque la gente acudía antea del amanecer para escucharle.
• Juan 8,3-6a: Los escribas preparan una encerrona. De repente, llegan los escribas y los fariseos, trayendo consigo a una mujer sorprendida en flagrante adulterio. La ponen en medio. Según la ley, esta persona debería ser apedreada (Lv 20,10; Dt 22,22.24). Ellos preguntan “¿Tú qué dices?” Era una encerrona. Si Jesús hubiese dicho: “¡Aplicar la ley!”, ellos hubiesen pensado y dicho: “¡No es tan bueno como parece, porque manda matar a la pobre mujer!” Si hubiese dicho: “No la matéis”, hubiesen dicho “¡No es tan bueno como parece, porque ni siquiera observa la ley!” Bajo la apariencia de fidelidad a Dios, ellos manipulan la ley y usan a la persona de la mujer para poder acusar a Jesús.
• Juan 8,6b-8: Reacción de Jesús: escribe en la tierra. Parecía un callejón sin salida. Pero Jesús no se espanta ni se deja llevar por los nervios. Por el contrario. Calmamente, como quien es dueño de la situación, se inclina y comienza a escribir en la tierra con el dedo. Los nervios se adueñan de sus adversarios. E insisten para que Jesús les diga qué piensa. Entonces Jesús se levanta y dice: “¡Aquel de vosotros que esté sin pecado, que le arroje la primera piedra!” E inclinándose volvió a escribir en la tierra. Jesús no discute la ley. Pero cambia el punto del juicio. En vez de permitir que ellos coloquen la luz de la ley por encima de la mujer para condenarla, les pide que se examinen a la luz de lo que la ley les exige a ellos. La acción simbólica de escribir en la tierra lo aclara todo. La palabra de la Ley de Dios tiene consistencia. Una palabra escrita en la tierra no la tiene. La lluvia o el viento la eliminan. El perdón de Dios elimina el pecado identificado y denunciado por la ley.
• Juan 8,9-11: Jesús y la mujer. El gesto y la respuesta de Jesús derriban a los adversarios. Los fariseos y los escribas se retiran avergonzados, uno después del otro, comenzando por los más ancianos. Acontece lo contrario de lo que ellos esperaban. La persona condenada por la ley no era la mujer, sino ellos mismos que pensaban ser fieles a la ley. Al final, Jesús se queda solo con la mujer en medio del círculo. Jesús se levanta y la mira: “Mujer, ¿dónde están? ¡Nadie te ha condenado!” Y ella responde: “¡Nadie, Señor!” Y Jesús: “Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más.”
• Jesús no permite que alguien use la ley de Dios para condenar al hermano o a la hermana, cuando él mismo, ella misma son pecadores. Este episodio, mejor que cualquier otro enseñamiento, revela que Jesús es la luz que hace aparecer la verdad. El hace aparecer lo que existe de escondido en las personas, en lo más íntimo de cada uno de nosotros. A la luz de su palabra, los que parecían los defensores de la ley, se revelan llenos de pecado y ellos mismos lo reconocen, pues se van comenzando por los más viejos. Y la mujer, considerada culpable y merecedora de pena de muerte, está de pié ante de Jesús, absuelta, redimida y dignificada (cf. Jn 3,19-21).
 

4) Para la reflexión personal

• Trata de ponerte en la piel de la mujer: ¿Cuáles habrán sido sus sentimientos en ese momento?
• ¿Qué pasos puede y debe dar nuestra comunidad para acoger a los excluidos? 

5) Oración final

El Señor es mi pastor, nada me falta:
en verdes praderas me hace recostar;
me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas.
Me guía por el sendero justo,
por el honor de su nombre. (Sal 22)

Hecho obediente hasta la muerte

Confiar en Dios en medio de la pruebas de la vida

La primera lectura de este domingo está tomada de los llamados cantos del Siervo de Yahvé que se encuentra en el libro del profeta Isaías. Con estos cantos el profeta pretendía alentar al pueblo elegido que estaba en el exilio para que no cayera en la desesperación. Y le recuera que también en esa situación difícil sigue siendo el Siervo de Dios, y que el Señor sigue contando con él para llevar a cabo su obra de salvación en el mundo. Dios sigue alimentado a Israel con su Palabra cada mañana, aunque eso ni le ahorra la persecución que sufre a causa de su fe.

Isaías describe muy bien la relación que el Siervo mantiene con Dios: es una relación marcada por la «escucha» de la Palabra de Dios. En la Biblia escuchar es lo mismo que confiar. Confiar en Dios conduce a abandonarse serenamente a su voluntad, porque se sabe por experiencia que esa voluntad solo puede ser buena. Dios no puede querer nada malo para sus hijos. San Pablo dirá que en todas las cosa interviene Dios para bien de los que le aman, es decir, para bien de los que confían en él. También de las pruebas de la vida Dios hace surgir el bien. En cambio, la desconfianza lleva a dudar de sus intenciones, a rebelarse ante las pruebas, a creer que nos ha abandonado o incluso a pensar que el Señor encuentra cierta satisfacción en nuestros sufrimientos.

Confiar en Dios es ya de entrada un don suyo. Lo propio del creyente es reconocer que en definitiva todo es don.

De esta confianza nace la audacia para entregarse al servicio de los demás y la resistencia en las pruebas.

Aunque el profeta Isaías no estaba pensando en Jesús cuando escribió este texto, sin embargo, nadie como Jesús cumplió estas palabras. Pues él ofreció su espalda a los que le golpeaban, su mejilla a los que mesaban su barba. No ocultó su rostro a los insultos y salivazos. Y ofreció su rostro como pedernal. Estas últimas palabras expresan su resolución firme y voluntaria de llevar hasta el final su misión, confiando de forma inquebrantable en la ayuda del Padre. Jesús sabía que el Padre le ayudaba; por eso no quedó confundido ni avergonzado.

Los primeros cristianos supieron ver en este pasaje de Isaías una profecía de la Pasión del Señor.

“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

El Salmo 22 comienza por este grito desgarrador ante el silencio de Dios en el momento de la angustia, que sacado de su contexto se puede entender al revés. Para comprenderlo bien hay que leer el Salmo entero. En él se expresa en primer lugar la situación del pueblo elegido en el exilio de Babilonia. Israel experimentó el exilio como una condena a muerte. El Salmo lo describe como a un crucificado del que se burlan los viandantes riéndose de su confianza en Dios, que ahora parece no haberle servido de nada; crucificado al que le han taladrado las manos y los pies; del que ya se han repartido sus ropas y han echado a suertes su túnica ante su mirada, antes de que haya exhalado su último suspiro. Pero en medio de su angustia, Israel no cesó de acudir a Dios, no cesó de orar y no dudó un solo instante de que Dios le escuchaba. Aunque estuvo a punto de ser borrado del mapa, Dios intervino milagrosamente en el momento decisivo. Gracias a esa intervención escapo de la muerte, es decir, regresó del exilio a su patria. El Salmo que había comenzado por un grito desgarrador de angustia, concluye gritando todavía con más fuerza la alegría y la gracia de haber escapado del horror.

Este Salmo es la oración de alguien que sufre y que no duda en gritar a Dios su sufrimiento. En situaciones semejantes también nosotros podemos hacer lo mismo que el salmista: podemos gritar a Dios nuestro sufrimiento, pero sin dudar un instante de su amor, aunque las apariencias nos sugieran lo contrario.

En los dos primeros evangelios se nos dice que Jesús murió pronunciando las primeras palabras de este Salmo. Pero la continuación de los hechos nos muestras que el Padre no guardó silencio ante su muerte sino que respondió a este grito resucitándolo de entre los muertos.

Obediente hasta la muerte y una muerte de cruz

El cántico de la carta a los Filipenses es más antiguo que la misma carta. San Pablo tomó este antiguo himno ya conocido por los cristianos de Filipos y tal vez lo retocó. Con este cántico quería convencer a los Filipenses para que cambiaran su comportamiento marcado por las divisiones, proponiéndoles el ejemplo de Cristo, quien durante su vida terrena eligió un modo de vivir duro y costoso solo por amor a la humanidad, solo para salvarla. A pesar de que por ser Dios podía gozar de todos los privilegios propios de su condición divina, sin embargo eligió la obediencia y la humildad, aceptando identificarse con los hombres incluso hasta experimentar la muerte. En realidad, san Pablo no invita a los Filipenses a imitar tal o cual ejemplo de la vida de Cristo, sino la actitud más profunda de su existencia, es decir, la actitud que le acompañó desde la Encarnación al Calvario: su total entrega a la voluntad del Padre. Esto es lo que le llevó a su vaciamiento, a su abajamiento, a su desprendimiento total. La obediencia de Jesús es la antítesis de la desobediencia del primer Adán. La obediencia de Jesús rescata infinitamente la desobediencia de Adán. Si aquella desobediencia trajo la muerte para todos, la obediencia de Jesús nos trae la vida verdadera.

Jesús obró como hombre para mostrarnos el camino que también nosotros debemos seguir: solo el camino de la humillación y de la obediencia desemboca en la resurrección. La obediencia es la actitud del diálogo perfecto con Dios; la obediencia comienza con la escucha de la palabra de Dios, una palabra que no es más que amor, y que por eso puede escucharse sin temor.

La Pasión según san Mateo

La lectura de la Pasión no deja de conmovernos. Es una llamada a la conversión. En la Pasión de Jesús es el Padre el que nos dice todo su amor, nos muestra hasta dónde está dispuesto a llegar en su amor a la humanidad: hasta darnos lo más querido, a su Hijo. Dios quiere persuadirnos con este hecho para que nos dejemos convencer de que solo respondiendo con amor a su amor así expresado podremos alcanzar lo que anhelamos en el fondo de nuestro corazón y que con frecuencia buscamos por otros caminos.

Los cuatro evangelistas coinciden en lo esencial a la hora de narrar la Pasión del Señor; pero cada uno de ellos se ha fijado en ciertos detalles que no cuentan los otros, poniendo así su propio acento. En todos estos relatos llama la atención el silencio de Jesús; él habla muy poco; son los otros los que dicen y hacen. Jesús calla.

Como no podemos comentar todo el texto de la Pasión, nos centraremos solamente en los episodios que solo se encuentran en la versión del evangelista san Mateo.

Él es el único que nos dice el precio exacto que los Sumos Sacerdotes pagaron a Judas a cambio de su traición: treinta monedas de plata. Este detalle tiene una gran importancia, pues ese era el precio fijado por la Ley para la compra de un esclavo. Ese precio muestra el «desprecio» tanto de los Sumos Sacerdotes como de Judas hacia Jesús, hacia el Señor del Universo. Ese dinero sirvió para comprar el campo del Alfarero. Este Alfarero es también Dios, quien modelo al hombre de barro. Por esta compra los extranjeros que morían en Jerusalén obtuvieron una tumba donde ser enterrados.

El precio de Jesús nos hace reflexionar hoy sobre el precio o aprecio que nosotros sentimos por él. ¿Qué valor le damos a Jesús en nuestras vidas?

Otro detalle que solo encontramos en el evangelio de san Mateo es que durante la comparecencia de Jesús ante Pilato, la mujer de este envió a alguien para que le dijera de su parte: «No te metas con ese justo porque esta noche he sufrido mucho soñando con él». En la narración evangélica queda de manifiesto que este juicio le incomodaba mucho a Pilato, pero no tuvo la valentía de hacer justicia, pues sabía que Jesús era inocente y que se lo habían entregado por envidia. Aunque se lavo las manos, el agua no pudo borrar la grave responsabilidad que tuvo en este asunto. Su comportamiento muestra la perversidad de la justicia que llega al punto de condenar a muerte, a sabiendas, al inocente, teniendo la autoridad y el poder para evitarlo.

La actitud de Pilato ante Jesús es un ejemplo de cómo no hay que obrar. Sigue teniendo toda su actualidad. Las circunstancias nos pueden poner a todos en una situación semejante en la que tendremos que optar entre condenar al inocente o defender su inocencia. Optar por la justicia supone una gran valentía que no se improvisa. Para ello es preciso educar constantemente nuestro espíritu en el Espíritu del Evangelio.

En el momento de la muerte de Jesús los tres primeros evangelios cuentan que el velo del templo se rasgó en dos de arriba abajo, pero Mateo es el único que añade que la tierra tembló, las rocas se rasgaron, las tumbas se abrieron y muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron. Después que Jesús resucitó salieron de las tumbas, entraron en la Ciudad Santa y se aparecieron a muchos.

La muerte de Jesús remueve la historia, el presente y el futuro de la humanidad. Su muerte desemboca en una resurrección que restaura todas las cosas.

Un último detalle propio del relato de la Pasión de Mateo es que los Sumos Sacerdotes y los fariseos acudieron en grupo para pedir a Pilato que diera la orden de vigilar el sepulcro de Jesús hasta el tercer día, con el fin de evitar que sus discípulos robaran su cuerpo y dijeran que había resucitado de entre los muertos, con lo que la última impostura sería peor que la primera.

Pero ni la vigilancia más estricta sería capaz de retener a Jesús en el sepulcro. Ninguna tumba podría retener al Autor de la Vida.

Que la Virgen María, que acompañó a Jesús hasta la cruz, nos guíe a lo largo de estos días santos para que vivamos más plenamente la Pascua de su Hijo.

Fray Manuel Ángel Martínez Juan

Comentario – Lunes V de Cuaresma

San Juan nos sigue presentando a Jesús en polémica con los fariseos, tratando de hacerles ver que el testimonio que él da de sí mismo es veraz; ellos desconfían, sin embargo, de la veracidad de ese testimonio. Jesús había dicho con solemnidad algo que difícilmente podemos encontrar en boca de un ser humano: Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida. ¿Quién podría decir de sí mismo algo tan intrépido? Es evidente que los fariseos vieron en esta expresión extrema arrogancia. ¿Qué hombre sensato podía pretender ser la luz del mundo?

Pues bien, Jesús lo proclama sin desdecirse ni un ápice de esta declaración. Los fariseos intervienen para decirle que mientras su testimonio sea sólo suyo, es decir, que no tenga el respaldo de otros, carecerá de validez. Y Jesús reconoce en cierto modo la fuerza del argumento: Aunque yo doy testimonio de mí mismo –como le echan en cara los fariseos-, mi testimonio es válido, porque sé de dónde he venido y adónde voy, algo que vosotros ignoráis. Jesús se remite a su propia consciencia, a lo que él sabe de sí mismo, de su origen (=su de dónde) y de su fin (=su adónde), como fundamento de su testimonio. Vosotros juzgáis por lo exterior –les dice también-; por eso os quedáis en las apariencias y se os escapa la verdad de las cosas. Por eso, viene a decirles, no veis lo que hay en mí, ni creéis en el testimonio que pretende ponerlo de manifiesto. Mi juicio, en cambio, es legítimo, porque no estoy yo solo, sino que estoy con el que me ha enviado, el Padre. Ya somos dos, parece querer decir, yo y el Padre, y la presencia de dos testigos confiere legitimidad al testimonio según vuestra ley.

Ante esta apuesta, los fariseos reaccionan pidiéndole una explicación: ¿Dónde está tu Padre?: “preséntanos a ese segundo testigo del que hablas”. Y Jesús contesta acusándoles de desconocimiento: si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre; no conocéis a mi Padre porque no me conocéis a mí, que soy su Hijo. Pero semejante desconocimiento es culpable, porque yo no lo he mantenido en secreto, sino que lo he dado a conocer. Y no me conocéis a mí, en mi verdad más profunda, porque no conocéis al verdadero Dios, aunque creáis conocerlo porque lo tenéis muy presente en vuestra tradición.

El evangelista presenta esta polémica como una conversación mantenida por Jesús con los fariseos junto al arca de las ofrendas, cuando enseñaba en el templo. Pero la conversación no transcurrió por cauces pacíficos, puesto que despertó la indignación de los fariseos que, desde entonces, buscaban el modo de hacerlo callar. Sin embargo, ese día no le echaron mano porque todavía no había llegado su hora. Y el advenimiento de esa hora era decisión del Padre.

El testimonio de Jesús, reforzado por las obras que el Padre le había concedido realizar, se prolongó en el testimonio de esa congregación de apóstoles (los Doce) que salieron al mundo para anunciar que Dios lo había resucitado de entre los muertos. Ese testimonio, sostenido y refrendado en el martirio, dio origen a una larga tradición de la que forma parte la Iglesia a la que nosotros pertenecemos; por tanto, una corriente de fe que ha llegado hasta nosotros. No nos vemos, pues, sólo ante el testimonio que ofrece Jesús de sí mismo, sino ante un testimonio reforzado por la vida martirial de la Iglesia desde sus orígenes, un testimonio que aglutina una multitud de testimonios particulares que hacen de ese inicio germinal un aluvión de proporciones inmensas. ¿Por qué nos cuesta tanto otorgar nuestra fe a un testimonio como éste, que habla de promesas divinas, cuando nos resulta tan sencillo hacer esos actos de fe (humana), tan frecuentes en la vida diaria, que consisten en creer a nuestros padres, esposa, marido, hijos, amigos, médico, farmacéutico, mecánico, vecino, etc.?

Si en aquel terreno no tenemos garantías absolutas, en éste tampoco; y sin embargo, creemos: nos dejamos llevar, nos dejamos aconsejar, nos dejamos intervenir, confiamos en su palabra y en su competencia, confiamos en su amor y afecto sinceros, creemos. Es verdad que al otorgar esta fe nos apoyamos en indicios, signos, experiencias que hacen posible la confianza. Pero también la fe en Dios permite acudir a indicios, signos de credibilidad y experiencias que la confirman y fortalecen. Y si no, ¿qué es la resurrección de Jesús testimoniada ‘hasta el derramamiento de sangre’ por sus discípulos? ¿Y qué es esa fuerza que alentó a los mártires de todos los tiempos en su trance de muerte? ¿Y qué es el maravilloso mundo que se extiende ilimitadamente ante nuestros asombrados ojos? ¿Y qué son las experiencias que pueblan las vidas de tantas personas que han dado origen a la fe o a una vocación religiosa? No permitamos que el afán moderno por controlarlo o probarlo todo nos impida creer.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística