Comentario – Miércoles V de Cuaresma

Jesús dirige la palabra a los judíos que habían creído en él: Si os mantenéis en mi palabra seréis de verdad discípulos míos; conoceréis la verdad y la verdad os hará libres. Jesús reconoce como discípulos a los que han aceptado su palabra y se mantienen en ella como el que se mantiene en un compromiso, en una afiliación o en un juramento. Al mismo tiempo les promete el acceso (cognoscitivo) a la verdad y, por ella, a la libertad. Sucede que entre la verdad y la libertad hay una íntima correlación. Sin la verdad, la libertad –como todo lo que no es verdadero- se revela finalmente engañosa, falsa, apariencia de libertad; tal vez libertinaje. Para que la libertad sea verdadera libertad tiene que estar apoyada en la verdad: en la verdad de lo que uno es, de lo que son los demás, de lo que es el mundo. Sin el factor de la verdad, todo se torna falso, engañoso, fatuo. Pues bien, Jesús promete ambas cosas: el conocimiento de la verdad y la concesión de la libertad. Y las dos las hace depender de su palabra como elemento integrador y estructurador de la vida.

Pero entre los oyentes de Jesús no están sólo estos judíos creyentes; están también los que replican a sus palabras, tensando la cuerda, porque no están dispuestos a doblegarse fácilmente a su testimonio. Somos linaje de Abrahán –le responden con orgullo- y nunca hemos sido esclavos de nadie. ¿Cómo dices tú: seréis libres? Esto no era cierto. Su historia milenaria había conocido tiempos de esclavitud, como los sufridos en Egipto bajo la tiranía de los faraones. Los mismos judíos contemporáneos de Jesús vivían sometidos al yugo extranjero de los romanos. Pero en cuanto linaje de Abrahán se sentían ‘pueblo escogido’, ‘nación consagrada’, hijos del Dios verdadero, libres. No obstante, Jesús señalaba a una esclavitud más íntima y personal, la esclavitud a que somete el poder del pecado: Os aseguro que quien comete pecado es esclavo. El esclavo no se queda en la casa para siempre, el hijo se queda para siempre. Y si el Hijo os hace libres, seréis realmente libres. Ya sé que sois linaje de Abrahán; sin embargo tratáis de matarme, porque no dais cabida a mis palabras.

El pecado hace esclavos porque esclaviza, como si se tratara de un poder extraño y tiránico de cuyas cadenas cuesta mucho liberarse; más aún, al que ya es esclavo le resulta imposible liberarse sin la intervención y ayuda de un libertador que esté liberado o que sea libre del pecado. Esta es la situación del Hijo que, en cuanto libre, puede hacernos realmente libres, haciéndonos partícipes de la libertad y dignidad de que dispone el hijo en su casa. Jesús está revelando su condición de Hijo y de Salvador o liberador de la mayor –por ser la más íntima y la más férrea- de las esclavitudes, la del pecado. Es consciente de que aquellos a quienes habla son linaje de Abrahán, y así lo reconoce, pero esta condición no les inmuniza contra el pecado; de hecho pretenden matarle; por tanto, el pecado en forma de odio o de homicidio inoculado ya ha pervertido su corazón, haciéndoles esclavos. Pero semejante infección tiene un origen más profundo, que es su incredulidad. Porque no dan cabida a sus palabras, acaban queriendo expulsarle de la tierra de los vivos. Empiezan por no dar crédito a sus palabras, continúan por no soportarlas, y acaban con propósitos criminales. Esta es la secuencia lógica de ese proceso en el que el pecado se adueña del corazón humano.

Jesús insiste en la veracidad de su testimonio: Yo hablo de lo que he visto junto a mi Padre, pero vosotros hacéis lo que le habéis oído a vuestro padre. Cada uno habla de lo que ha visto y oído: yo, de lo que he oído junto a mi Padre; vosotros, de lo que habéis oído al vuestroNuestro padre es Abrahán –replican ellos-. Si fuerais hijos de Abrahán-les dice Jesús- haríais lo que hizo Abrahán; pero no lo hacéis porque tratáis de matarme a mí, que os he hablado de la verdad que le escuché a mi Dios. Jesús se presenta, pues, como portador de la verdad de Dios, y su testimonio no tiene retroceso ni rectificación, sean cuales sean las consecuencias que pueda provocar. De hecho, sombras de muerte se ciernen sobre él.

Pero Jesús no rehuye el desafío y tensa más y más la cuerda: Vosotros hacéis lo que hace vuestro padre. Le responden: Nosotros no somos hijos de prostituta; tenemos un solo padre: Dios; como queriendo decir: “nosotros somos hijos de Dios; no pretendas tú ahora adueñarte de este título haciendo de él un título en propiedad”. Y Jesús precisa: Si Dios fuera vuestro padre me amaríais, porque yo salí de Dios y aquí estoy. Pues no he venido por mi cuenta, sino que él me envió. De nuevo se remite a su condición de enviado de Dios. El que tiene a Dios por Padre debe sintonizar necesariamente con su enviado y su representante. Si no hay sintonía con éste, no la habrá tampoco con Dios. ¿Y puede llamarse hijo al que no sintoniza con su padre? Esa falta de amor al Hijo delata una grave deficiencia en la relación con el Padre. Nosotros, en cuanto cristianos, no tenemos otro modo de acceder a Dios que Cristo, ni otro modo de filiación divina que la vivida en y desde el Hijo, es decir, de aquel que salió de Dios para estar en el mundo.

Aquellos judíos se gloriaban de tener por padre a Dios, pero Jesús, el Hijo, les descubre que están engañados, que tienen por padre a otro (el demonio), bajo cuyo maléfico influjo viven, puesto que se han dejado contagiar de sus impulsos homicidas. Quizá no sean “hijos de prostituta”, pero lo son de alguien peor, de alguien que ha inoculado en ellos designios de muerte para con el Hijo de Dios. Esta es la espiral en la que podemos vernos atrapados casi sin advertirlo. Que el Señor nos mantenga lúcidos y receptivos a sus revelaciones.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística