Comentario – Jueves V de Cuaresma

El texto de san Juan prolonga la polémica de Jesús con los judíos. En el transcurso de la misma va aumentando la tensión hasta desencadenar un verdadero conflicto con grave riesgo para la vida del Maestro de Nazaret. Jesús, solemnizando, llega a decirles: Os aseguro: Quien guarda mi palabra no sabrá lo que es morir para siempre, como concediendo a su palabra no sólo efectos medicinales, sino también vivificantes o generadores de inmortalidad.

Aquello les sonó a falta de juicio, además de a intolerable pretensión. Ahora vemos claro –le dijeron- que estás endemoniado –por no decir, loco-; Abrahán murió, los profetas también, ¿y tú dices: «Quien guarde mi palabra no conocerá lo que es morir para siempre»? También los profetas murieron; ¿por quién te tienes? He aquí la cuestión. Jesús se tenía por alguien capaz de dar la vida, o de recuperarla, o de mantenerla. Es verdad que los patriarcas y los profetas, aun siendo hombres tan excepcionales, habían muerto. Pero él se tiene por más que profeta: Aquí hay uno que es más que Jonás… más que Salomón –dirá en otra ocasión-. ¿Pretensión o realidad? Los acontecimientos posteriores dictarían sentencia: Jesús murió, como cualquier hombre, como los santos profetas de su tradición; pero la muerte no lo retuvo, porque según el testimonio de los apóstoles resucitó al tercer día. No supo, por tanto, lo que es morir para siempre; porque no murió para siempre.

Pero volvamos de nuevo a la discusión. Los judíos le acusan de presunción, de fanfarronería o de vanagloria. Por eso Jesús responde en estos términos: Si yo me glorificara a mí mismo, mi gloria no valdría nada. El que me glorifica es mi Padre, de quien vosotros decís: «Es nuestro Dios», aunque no lo conocéis. Yo sí lo conozco, y si dijera: «No lo conozco», sería como vosotros, un embustero; pero yo lo conozco y guardo su palabra. Abrahán, vuestro padre, saltaba de gozo pensando ver mi día: lo vio, y se llenó de alegría.

La gloria humana es vanagloria, y la gloria con la que uno pretende glorificarse o enaltecerse a sí mismo, más vana todavía. Jesús se reafirma en la idea de que no se está glorificando a sí mismo, aunque lo parezca, puesto que habla de sí mismo y del poder inherente a su palabra, sino que es su Padre, Dios, el que lo glorifica en las obras que le ha concedido realizar y el que lo glorificará en su día, resucitándolo de entre los muertos. Ese Dios, al que ellos invocan como su Dios, es un auténtico desconocido para ellos; y si dicen que lo conocen están mintiendo. Jesús no para de tensar la cuerda hasta que finalmente se rompa. Les echa en cara su desconocimiento de Dios; les acusa de embusteros; y cuando se remite a Abrahán como testigo presencial y gozoso de su triunfo, hace crecer la indignación de sus oyentes que ya no pueden digerir por más tiempo el discurso de Jesús. Le dicen: No tienes todavía cincuenta años, ¿y has visto a Abrahán?

Jesús lleva la réplica hasta extremos ‘intolerables’ para aquellos oídos: Os aseguro que antes que naciera Abrahán existo yo. El Nazareno parece aludir a una misteriosa preexistencia que les rompe todos sus esquemas mentales. Antes había hablado de un “no morir para siempre”; después, hablará de Abrahán como espectador gozoso del día triunfal de su resurrección; ahora habla de una existencia “anterior” a la de Abrahán, su antepasado. Todo muy extraño, y más que extraño, falto de juicio e inaceptable para una mentalidad como la de aquellos judíos que lo escuchaban. Estas últimas palabras desataron definitivamente su cólera hasta el punto de coger piedras para arrojárselas, pero Jesús se escondió y salió del templo. Tampoco ésta era su hora; pero tuvo que esquivar su linchamiento.

El incidente narrado por san Juan nos dice a las claras que a Jesús, o se le acepta tal como es, acogiendo su testimonio con actitud de fe y sin prejuicios o esquemas previos, o se le rechaza como alguien que ha enloquecido o ha perdido el sentido de la realidad o que no encaja de ninguna manera en nuestros esquemas mentales. Es preciso acogerlo como un novum que irrumpe en nuestras vidas desviándolas de sus órbitas ordinarias. O se acepta que no es un hombre cualquiera, o difícilmente se le puede aceptar. Lo que seguramente pretende decirnos san Juan con este relato que refleja los últimos días de la vida terrena de Jesús con su carga de enfrentamiento y de conflicto es que, o le acogemos como el Hijo de Dios que viene a cumplir una misión en el mundo, o tenemos que desecharle como un loco iluso y extraviado que no merece sino desprecio o, quizá, compasión. Tal es la alternativa en la que nos sitúa su presencia entre nosotros, el signo de contradicción que encarnó en su existencia humana. Pidamos al Señor luz (=fe) para ver su realidad más profunda y auténtica.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística