Comentario – Viernes V de Cuaresma

A la proclamación: Yo y el Padre somos uno (Jn 10, 30), los judíos agarraron de nuevo piedras para apedrearlo. Pero él no pierde la serenidad y les replica: Os he hecho ver muchas obras buenas por encargo de mi Padre: ¿por cuál de ellas me apedreáis? Jesús remite finalmente al testimonio de sus obras. Frente a la incredulidad obstinada ya no valen las palabras; sólo las obras pueden resultar irrefutables. Las obras buenas hablan de la bondad de su agente y de la calidad de su autor. Jesús presenta el testimonio de sus buenas obras como su mejor aval. Ellas son un reflejo de la bondad y del poder de Dios. ¿Por cuál de estas obras le apedreaban?

Ellos, después de haberle acusado de obrar compinchado con el demonio, le contestan ahora que no le apedrean por una obra buena, sino por una blasfemiaporque tú, siendo un hombre, te haces Dios. Ésta será en último término la acusación con la que concurrirá ante el tribunal judío del Sanedrín, la acusación que prevalecerá sobre cualquier otra. Para un tribunal religioso como aquél, la blasfemia era un delito muy grave, un delito merecedor de pena capital. ¿Y en qué consistía esta blasfemia? No precisamente en hablar mal de Dios, sino en proclamar a Dios públicamente como su Padre en el sentido más estricto del término; o también, en arrogarse el poder de Dios (por ejemplo, perdonando pecados), usurpando su nombre o poniéndose en su lugar. Ellos no veían aquí otra cosa que a un hombre pretendiendo para sí atributos divinos. Por eso le dicen: “te apedreamos porque, siendo hombre, te haces Dios”. Este inmoral y pretencioso “hacerse Dios” por parte de Jesús tenía para ellos el valor de una blasfemia.

Pero el acusado replica, tal vez ironizando, con la Escritura. En la Ley judía se dice: «Yo os digo: sois dioses». La Escritura llama dioses a esos –patriarcas y profetas- sobre los que vino la palabra de Dios y que hablaron de parte de Dios. Por tanto, ‘dioses’ en cuanto receptores y transmisores de la palabra de Dios, no en cuanto dotados de naturaleza divina. Pues bien, argumenta Jesús, si la Sagrada Escritura usa este lenguaje, ¿os extrañáis de que aquel a quien el Padre consagró y envió al mundo diga que es Hijo de Dios? Jesús se sabe ‘consagrado y enviado’ al mundo por su Padre; Jesús se sabe Hijo de ese Padre, Hijo de Dios. Y ha llegado el momento de anunciarlo abiertamente a ese mundo para el que ha sido enviado, aunque semejante proclamación le cueste la vida por ser catalogada como una blasfemia –un delito tipificado como muy grave-.

Jesús insiste en las obras como su gran aval, esas obras en las que se puede apreciar con relativa facilidad el poder, la bondad, la misericordia del mismo Dios, esas obras que hablan por sí mismas de su condición de enviado de Dios, investido del poder y de la bondad de ese Dios a quien representa: Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis; pero si las hago, aunque no me creáis a mí, creed a las obras, para que comprendáis y sepáis que el Padre está en mí y yo en el Padre. He aquí, en síntesis, lo que pretende Jesús: no que le glorifiquen a él por sus obras, sino que comprendan y sepan que el Padre está en él como él en el Padre, que entre él y el Padre hay una sintonía ‘paterno-filial’ digna de crédito, que él está en el mundo como ‘representante y portador’ del Padre, y por eso su palabra merece ser creída. Y si el Padre está en él, dando vida a sus acciones y palabras, no podrá hacer ni decir nada sin que el Padre le mueva o se lo inspire.

De nuevo, nos dice el evangelista, intentaron detenerlo –sus palabras seguían sin surtir efecto persuasivo-, pero se les escabulló de las manos. Aún no había llegado su hora. No obstante, Jesús tomó sus precauciones para que los acontecimientos no se precipitasen. Se marchó al otro lado del Jordán, donde Juan había bautizado, y se quedó allí, lejos del bullicio de la ciudad y apartado de la contienda, cada vez más arriesgada, con los fariseos. Sin embargo, no evitó el contacto con la gente. Muchos acudieron a él. Algunos de ellos habían tenido relación con el Bautista y decían: Juan no hizo ningún signo; pero todo lo que Juan dijo de éste era verdad. El antiguo testimonio de Juan reforzado con el poder de sus (las de Jesús) obras –verdaderos signos de credibilidad-, hizo que muchos creyeran en él. El testimonio de sus obras acaba teniendo un valor de excepcional importancia para la fe.

Pero sólo creerán los que vean en ellas signos (ordinarios o extraordinarios) de la intervención o de la presencia de Dios en el mundo, signos por los cuales Dios se deja ver o sentir. Sucede como con el universo en el que habitamos; si no vemos en él indicios del poder creador de Dios, no podremos creer. La fe se apoya necesariamente en signos de credibilidad, ya sean éstos magnitudes, proporciones aritméticas, cálculos matemáticos, cadenas de aminoácidos, presuntos milagros, testimonios incontestables, experiencias de muerte o de vida. Que el Señor mantenga nuestra mirada limpia y penetrante para captar los signos de su presencia que hacen posible la fe.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística