Comentario – Sábado V de Cuaresma

San Juan sitúa a Jesús en Betania, localidad cercana a Jerusalén, y estando ya muy próxima la Pascua judía. El evangelista nos informa que muchos judíos que habían acudido a casa de María, la hermana de Lázaro, al ver lo que había hecho Jesús con éste, rescatándolo del sepulcro y devolviéndole la vida, creyeron en él. Éste hecho de la resurrección de Lázaro era un signo demasiado evidente del poder de Jesús sobre la muerte que se había adueñado de un ser vivo; signo, por tanto, de su poder vivificante, un poder equivalente al creador.

Jesús había sido acusado de “hacerse Dios” siendo un simple hombre; pero con tales acciones demostraba tener el poder de Dios. Si no me creéis a mí –había dicho también-, creed al menos las obras que yo hago. En razón de esta obra extraordinaria –la resurrección de un muerto que llevaba cuatro días enterrado-, muchos judíos creyeron en él. Otros, sin embargo, amigos de los fariseos, acudieron a estos para contarles lo sucedido. E inmediatamente se pusieron en movimiento. Convocaron el sanedrín y se pusieron a deliberar: Este hombre hace muchos milagros –dan por hecho, por tanto, que hay obras extraordinarias-. Si lo dejamos seguir, todos creerán en él y vendrán los romanos y nos destruirán el lugar santo y la nación. Su temor parecen ponerlo en la intervención de los romanos, que acabarían destruyendo el templo y la nación, a consecuencia de la nueva fe en Jesús y del movimiento generado por sus acciones ‘mesiánicas’. Lo que temen en realidad es quedar privados de su autoridad y poder religiosos ante el gran empuje representado por este rabino heterodoxo que era para ellos Jesús de Nazaret, cuya fuerza de persuasión resultaba imparable. Este era su miedo: si le dejamos seguir, todos creerán en él. El que era sumo sacerdote aquel año, Caifás, dijo alarmado: Vosotros no entendéis ni palabra: no comprendéis que os conviene que uno muera por el pueblo, y no que perezca la nación entera.

San Juan entiende que en estas palabras había una profecía, pues Dios también se sirve de los indignos para anunciar cosas que tendrán cumplimiento en el futuro. Y Caifás, aún indigno, no dejaba de ser sumo sacerdote. Seguramente que el purpurado no veía más allá de un corto horizonte histórico, presagiando un próximo desastre nacional del pueblo judío si no cortaban de raíz el vertiginoso movimiento iniciado por Jesús. El sumo sacerdote expone la ‘conveniencia’ de una muerte, la del Maestro de Nazaret, por la ‘salud nacional’. Y aquí se encerraba la profecía. Se estaba anunciando que Jesús habría de morir por la nacióny no sólo por la nación –como había declarado Caifás-, sino también para reunir a los hijos de Dios dispersos.

Su muerte será una muerte por para: por o en lugar de la nación (para que la nación no sea destruida) y para reunir a los hijos de Dios (los futuros creyentes) dispersos por todas las naciones. La congregación de los hijos era un propósito divino muy antiguo como puede apreciarse en textos como el del profeta Ezequiel: Esto dice el Señor Dios: Voy a recoger a los israelitas de las naciones a las que marcharon; voy a congregarlos de todas partes… Los haré un solo pueblo en su tierra… Ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios (17, 21-24). La muerte de Jesús habría de tener un profundo alcance y una honda significación. Será una muerte vicaria y benéfica para muchos: para todos los congregados por la fe en el nuevo pueblo de Dios. Jesús morirá en lugar de los pecadores para la salud de los creyentes que se congregarán en torno a él. En el momento mismo en que se dicta sentencia de muerte contra él, ésta adquiere ya trazas de muerte redentora, con un poder de convocación inimaginable.

Y como aquel mismo día las autoridades judías habían tomado la firme decisión de darle muerte, Jesús ya no andaba públicamente con los judíos, sino que se retiró a una pequeña localidad de la región vecina y poco poblada, llamada Efraín. Allí pasaba el tiempo en compañía de sus discípulos y a la espera de los tiempos de la consumación. Porque Jesús no se había retirado para morir sin sobresaltos y olvidado de todos en su camastro y a una edad longeva. Jesús se había retirado de la escena pública sólo momentáneamente, esperando el momento propicio para su reaparición, que habría de coincidir con la próxima Pascua, y más en concreto con el sacrificio del Cordero Pascual, haciendo realidad las palabras, también proféticas, de Juan el Bautista: He ahí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Esperar el momento propicio era esperar a la hora marcada por el Padre para el sacrificio.

Pero la hora del sacrificio era también la hora de la consumación de la misión y la hora de la plena manifestación del amor o de la entrega: Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su propio Hijo. Jesús se estaba preparando, y quizá también preparando a sus discípulos, para la hora suprema del martirio. Toda su vida había sido un testimonio del amor de Dios por el hombre, y llegaba el momento de sellar este testimonio con la propia sangre. El momento de la rúbrica o del sello es siempre el momento solemne en el que se refrenda el compromiso o el acuerdo. Si ese sello se plasma con la propia sangre, y con toda la sangre, entonces el compromiso es máximo y el testimonio insuperable. Así rubricó Jesús su testimonio mesiánico.

Los judíos que habían subido a Jerusalén antes de la Pascua para purificarse, se preguntaban si Jesús, el sentenciado a muerte, acudiría a la fiesta a pesar de la sentencia dictada contra él. ¿Cómo no iba a acudir a su fiesta, a su Pascua, a la Pascua en la que él mismo sería Cordero pascual y Sacerdote oferente? Todos los datos históricos nos hablan de que Jesús fue muy consciente de lo que le esperaba en Jerusalén. Por eso acudirá a la fiesta y lo preparará todo con detalle. Es su hora suprema. Ha venido para esto, llega a decir. Aquí se completará su misión. Pero esta misión completada en él y por él, tendrá que completarse aún en cada uno de los hijos de Dios congregados de la dispersión, es decir, en cada uno de nosotros.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística