Con el siervo suficiente

1.- Entramos en la semana grande en que celebramos los misterios centrales de nuestra fe. La muerte de Cristo es la consecuencia de su propia vida de entrega por todos nosotros. Es terrible que tuviera que suceder lo que sucedió. El propio Dios, que se había hecho uno de nosotros, nos da la prueba suprema de amor. ¿Por qué lo hizo?: para enseñarnos a amar. El anonadamiento de Cristo, cantado en el himno cristológico de la Carta a los Filipenses, es la puerta que conduce a la glorificación. Por la Cruz se llega a la luz. Este himno nos introduce en el misterio pascual -muerte y resurrección de Cristo- que vamos a celebrar en el Triduo Santo. Jesús en este domingo de Ramos es aclamado por aquéllos que después van a quitarle de en medio. Es una muestra más de las incongruencias humanas…..Todo esto ocurre porque Jesús se mete en el mundo -su encarnación fue total-, asume el dolor de todos los hombres que hoy son “crucificados” como aquellos que mueren perseguidos a causa de su fe, de su color o de su condición diferente. Jesús se empeña en estar en todos los “líos”, se sitúa en las entrañas de la vida, allí donde se juega el presente y el futuro de la humanidad. El mundo es su sitio. No le va la marginación ni la muerte injusta. Lucha por acabar con todo aquello que degrada al hombre, que le humilla, que le hunde en el abismo. Fue consecuente y valiente, por eso le mataron tanto el poder político como el religioso.

2. – Jesús sigue muriendo hoy día….Nosotros seguimos crucificando a muchos “cristos” y gritando. “¡Crucifícalo!”. Hoy El nos invita a escoger que camino queremos seguir. Nos pregunta a qué lado queremos estar: ¿Con o contra el Siervo sufriente de Yahvé? La indiferencia aquí no es posible. Jesús espera nuestra respuesta: si estamos a favor de la justicia, apoyando a los débiles, luchando por un mundo mejor, sufriendo lo que nos toque para hacer realidad el Evangelio y siendo seguidores de Jesús hasta la muerte; o si elegimos otros caminos aparentemente más fáciles…

3. – Hoy nos atrevemos a pedirle a Jesucristo que nos ayude a ser como él, generosos y entregados. El se “desvivió” por nosotros, fue como un árbol que da sombra al cansado y al que está castigado por el sol, que es refugio contra la lluvia para el viajero exhausto. El árbol presta sus ramas para que las aves aniden y las criaturas encuentren refugio. Da siempre fruto en el momento oportuno. Echa hondas raíces y se afirma para no ser movido de donde le han encomendado estar. Con sus hojas caídas se abona a sí mismo para crecer más aún. Queremos ser como el árbol, que toma lo poco que necesita y devuelve muchas veces más. Incluso cuando es cortado sirve para un sinfín de usos como leña para dar calor. Pasados los años se derrumba por su antigüedad, pero incluso así se convierte en abono para que otros continúen viviendo. Jesús es ese árbol del que todos hemos recibido vida plena, que se entrega por nosotros hasta la muerte, y una muerte de cruz. El mundo sería diferente, muy diferente, si todos fuéramos como el árbol, como Jesús, que entrega su vida por amor.

José María Martín OSA