La causa de un Dios de amor

1. La realeza de Cristo: “¡Viva el Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Viva el Altísimo!” tiene su contrapunto con el grito: “¡Crucifícale!, ¡crucifícale!, ¡crucifícale!”, repetido en dos ocasiones en el relato pasional.

A Jesús le matan violentamente, clavándolo en la cruz. Es ajusticiado después de un proceso solemne llevado a cabo por las fuerzas religiosas y civiles más influyentes de aquella sociedad, que celebran haber liberado al pueblo de un agitador.

Jesús sufre la muerte de un fracasado, de un maldito, de un abandonado que nada puede ante el poder de los que dominan la tierra. Vive su muerte como un servicio, el último y supremo servicio a la causa de un Dios de amor, que le ha encomendado establecer su Reino entre nosotros; su vida y la causa de su condena fue vivir liberando de opresiones a los marginados; estableciendo la libertad, la justicia, la paz, perdonando y enseñando a perdonar; ciertamente, su vida fue un servicio a la humanidad.

2. La muerte de Cristo es la mayor manifestación de su amor. Nos ha amado hasta el final, ha sido fiel a su amor para con nosotros sin pedir nada. Ha mantenido su palabra, su mensaje salvador. No aceptó la resignación y el sometimiento a la mentira, ni el engaño, ni la violencia en nombre de Dios, y enseñó que Dios exige rebeldía y denuncia contra todo lo que implique violación de la dignidad de los hombres, creados a imagen de Dios y llamados a ser sus hijos.

Como dice san Agustín, el verdadero sacrificio es todo lo que hacemos de bueno por Dios y nuestro prójimo durante toda esta vida. Cristo muriendo en la cruz realiza el mayor sacrificio, el mayor acto de amor a la humanidad.

3. Ya no hay signos de gloria y triunfo. Hay un gran signo de dolor y duelo. Hay un funeral cósmico, porque muere en una cruz, clavado, el Hijo de Dios vivo: “Era ya cerca de la hora sexta cuando, al eclipsarse el sol, vinieron tinieblas sobre toda la tierra hasta la hora nona”. “En esto, el velo del Santuario se rasgó en dos, de arriba abajo; y tembló la tierra y las rocas se hendieron”.

Ahora, en el momento de morir Cristo y de consumarse su obra redentora, parece que hay como una última sacudida fuerte del estilo, ya expirante, de la vieja ley; como una última apelación a la naturaleza terrible y tonante del Sinaí.

4. Tres años de parábolas dulces no pudieron en Pedro lo que pudo en el centurión un minuto de tinieblas teatrales. El mundo que había querido un Mesías ostentoso y poderoso, exigía ahora una gran metáfora cósmica de la muerte de un Dios. Quería un Dios que muriese entre eclipses y terremotos. ¡Como si no fuera más auténtico certificado de divinidad el perdón de sus verdugos!

Jesús insiste en los puros signos espirituales del vino, el agua y el pan. Sólo al final, como un desesperado arranque de dureza carnal de los hombres, llegan los vistosos signos cósmicos y sinaíticos: El eclipse y el terremoto.

Pero los hombres, duros y tercos, se empeñan en no oír este silbo suave de la ley de Amor, y Dios tiene que sacudir de vez en cuando sus entendederas con guerras, revoluciones y persecución, para que los hombres, como el centurión, crean en Él «cuando vean el terremoto».

El mundo actual sabe algo de eso. Hombres locos, hombres locos, ¿por qué no evitáis el terremoto y las tinieblas, tomando partido a tiempo por el agua, el vino y el pan?

Antonio Díaz Tortajada