La historia agridulce de Jesús: triunfo y miseria

1.- Hoy, Domingo de Ramos, muchas calles y plazas de las grandes ciudades; rincones y cuestas de los pueblos más escondidos siguen rememorando aquel ayer de la última entrada de Jesús en Jerusalén:

–La alegría, días después, se convertiría en luto

–La multitud que lo aclamaba, más tarde y en la hora de nona, se reduciría a una mínima expresión

–Los piropos y los halagos, los cantos y las adhesiones, en traiciones, deserciones y negaciones

La historia de la humanidad, también la de los que nos consideramos seguidores de Jesús, es un manojo de sonrisas y de lágrimas. Es el eterno dilema: ¡Si pero no!

El pueblo espontáneamente se echó a la calle para aclamar al rey y Señor. En la retina de muchos habían quedado grabadas las imágenes de los milagros obrados por Jesús:

Los pobres habían encontrado un confidente.

La samaritana entendió que su cántaro ya no servía para calmar lo que el corazón le pedía desde su encuentro con Jesús.

El ciego veía el mundo que le rodeaba pero no olvidaba quién fue el que le dio la luz.

Lázaro se palpaba, una y otra vez para convencerse que, en verdad, Jesús era la vida.

¡Cuántos de los que le aclamaban habían sido convocados, sin necesidad del “pásalo”, como fruto de una experiencia gratificante o desconcertante con Jesús!

2.- Cuando en la coyuntura social y política que nos toca vivir en España, ciertos sectores y poderes mediáticos pretenden que el hecho religioso sea relegado al fondo de las sacristías, el Domingo de Ramos, es una ocasión privilegiada para manifestar públicamente que, muchas veces, el pueblo no va por donde respiran sus gobernantes. Esto, y es bueno recordarlo, no es nuevo. ¿No ocurrió algo parecido en tiempos de Jesús? Ni tan siquiera el Domingo de Ramos, donde Jesús se dio un baño de masas, logró frenar la decisión tomada por aquellos a los que la Palabra de Jesús. Su hablar tan a las claras, les resultaba hiriente o, simplemente, les molestaba. Como molesta el testimonio de la iglesia y su doctrina ante ciertos grupos de presión que la quisieran ver sometida y sino….fulminada.

El Domingo de Ramos nos adentra de lleno en la Pasión de Cristo. Entrará montado en un borrico y saldrá de la ciudad llevando una cruz. Subirá en medio de la agitación gozosa de aquellos que se sintieron liberados o tocados por su gracia y, días después, ascenderá hacia el gólgota arropado por el morbo o la indiferencia.

3.- También el Señor, en este día, ha atravesado nuestra puerta, ha cruzado el umbral de nuestras murallas y, al igual que entonces, le hemos gritado: “¡Hosanna…Bendito el que viene!”. Que no salgamos ninguno de nosotros, de esta celebración, indiferentes a la mirada de Cristo. No seamos tan necios de pensar aquello de: “si yo hubiera estado, no hubiera ocurrido esto”. Como Pedro lo negaremos y, como Judas, venderemos al Señor incluso, tal vez, por mucho menos precio. ¿Por cuánto no lo han vendido muchos que creyeron en El pero viven como si El nunca hubiera existido? ¡Cuántos que han bebido de su fuente o han sido educados en su escuela dicen, ahora, no conocerle!

Sería bueno, que en estas vísperas de la Semana Santa, pensáramos qué personaje encaja mejor con nuestra situación personal. Que abriésemos de par en par la fortaleza de nuestro corazón para que el Señor compruebe que, por lo menos, nos molestamos en alfombrarlo con una buena confesión, con posibles propósitos, con una vida dispuesta al cambio, con una intensa oración, etc., etc.

4.- El Domingo de Ramos es la puerta que dejamos abierta para que Cristo entre en lo más hondo de nuestras vidas. De poco servirá que le aclamemos con los ramos si, luego, no dinamitamos los candados de nuestros corazones y nos quedamos como meros espectadores. Jesús no quiere curiosos, necesita hombres y mujeres que vivan con espíritu cristiano su pasión, muerte y resurrección y, luego, den testimonio de ella.

Pidamos al Señor que nos deje homenajearle en este día. Que nos ayude a vivir intensamente sus horas de pasión y de muerte. Que nos haga reconocer, en estas próximas jornadas, la gravedad de nuestras faltas y de nuestras contradicciones, del “sí pero no” a la hora de seguirle.

Gritemos, hoy más que nunca, en medio de un mundo que cierra las posibilidades a todo lo que suene a Cristo, que es posible la esperanza y el amor, la justicia y la libertad, la resurrección y la vida cuando se cree esperando y amando a Cristo.

Hoy es el triunfo del Señor en su última entrada a Jerusalén, el viernes será su miseria pero, el Domingo de Pascua, se multiplicará por cien el triunfo que cualquier hombre pudo jamás soñar: la Resurrección.

Javier Leoz