Homilía – Domingo de Resurrección

1.- «Nos lo hizo ver y nos encargó predicar» (Hch 10, 34a.37-43)

El discurso de Pedro contiene el «kerigma apostólico»: anuncio de la vida, muerte y resurrección de Jesús. La proclamada parte del bautismo: «Ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo», y se resume de manera admirablemente sencilla: «Pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo». El alma de la vida y la obra de Jesús. «Dios estaba con él». Por esta presencia de Dios, será la suya «una vida no abandonada a la muerte». La muerte hace alusión al modo concreto de su ejecución: «Lo mataron, colgándolo de un madero». Y la resurrección apunta a la acción de Dios que no abandona: «Pero Dios lo resucitó de entre los muertos».

Pedro insiste en la experiencia de las apariciones. El m Dios que lo resucitó concede esta «gracia» a los suyos. En efecto, no dice Pedro: «Lo vimos», sino: «Dios nos lo hizo ver». La visión se realiza en el contexto de las comidas pascuales con el Resucitado: «A los que comimos con él después de la resurrección». Prepara ya la lectura de Hechos el entrañable relato de la «comida» de Emaús.

«Justificados por su resurrección», dirá san Pablo El solemne testimonio de Pedro se une al testimonio unánime de los profetas en toda la historia de la salvación «Los que creen en él reciben en su nombre el perdón de los pecados» En el Resucitado, se abre para todos la posibilidad de la vida nueva

 

2.- «Buscad los bienes de allá arriba» (Col 3, 1-4)

Pablo saca la consecuencia de haber resucitado con Cristo de nuevo, la insistencia en una resurrección «compartida». Una vida nueva no sólo para Él, sino para todos los que crean en Él En palabras de nuestro soneto «Buscar bienes, ocultos a los ojos/ más allá de tus lábiles antojos,/ saber que estás muerto y que tu vida/ en Dios —sin fin— con Cristo está escondida».

«Buscad los bienes de allá arriba» ¿Por qué se apunta tan alto Allá «está Cristo sentado a la derecha del Padre» La unión bautismal con Cristo suscita ¡a «querencia» de estar con él y vivir como él Vivir una vida que pueda ser también, un día, resucitada Lo será en la medida en que —como la vida de Cristo— haya sabido adherirse «a los bienes de arriba, no a los de la tierra» No se trata de «ausentarse», se trata de la nueva presencia en el mundo desde Dios «Vuestra vida está con Cristo escondida en Dios»

Y con Cristo, en Dios, está la vida resucitada para la salvación del mundo Pablo apunta al futuro «Cuando aparezca Cristo» La segunda venida en gloria transformante, que será una gloria compartida «Apareceréis, justamente con él en la gloria»

3.- La primera testigo: María Magdalena (Jn 20, 1-9)

Para el cuarto evangelio, María Magdalena es la primera testigo de la Resurrección…, y la primera encargada del anuncio. Bien se la ha podido llamar «apostola apostolorum» («apóstola» de los apóstoles).

Es verdad que en la escena del texto evangélico de hoy, en María Magdalena sólo existe el desconcierto ante el sepulcro vacío; es un primer «anuncio negativo»; «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto». Pero, más adelante, recibirá el encargo del propio Resucitado: «Vete a mis hermanos y diles…».

El cuarto evangelio presenta, sin embargo, la resurrección «creída» por los apóstoles como el primer eslabón de toda la cadena de testimonios: frente al sepulcro vacío, el desconcierto de María Magdalena y la extrañeza de Pedro… Frente al mismo signo desconcertante, la fina intuición del «otro discípulo a quien el Señor quería»: «Vio y creyó». Para Pedro y para Juan; para la Magdalena y para toda la comunidad, la nueva comprensión de las Escrituras antiguas: «Hasta entonces no habían entendido las Escrituras». Desde su profundización —como la que hace el propio Jesús con los discípulos de Emaús— se imponía una «evidencia de fe»: «Que él había de resucitar de entre los muertos».

Los bienes de allá arriba

Pasar haciendo el bien. Seguir la estela,
que nos marcó su humano itinerario:
curar al ciego, al mudo, al perdulario…,
descerrajar el hambre y la cancela.

Despabilar la llama de tu vela,
ceñirte a tu papel en tu escenario,
abrazarte a tu cruz en tu calvario
y amar a tu enemigo, aunque te duela;

buscar bienes, ocultos a los ojos,
más allá de tus lábiles antojos…;
saber que estás muerto y que tu vida

en Dios —sin fin— con Cristo está escondida.
Eso es resucitar…, sentirte amado,
al ver el monumento abandonado.

 

Pedro Jaramillo