La Vida de Jesús – Fco. Fernández-Carvajal

IX. LOS PRIMEROS DISCÍPULOS

1.- EL CORDERO DE DIOS

Jn 1, 29-31

El Bautista predicaba y seguía bautizando en Betania, la que está al otro lado del Jordán. Lo señala así el evangelista para distinguirla de otra Betania, cercana a Jerusalén. Allí Juan daba testimonio de Jesús a quienes acudían a él: Yo no soy el Cristo (Jn), dirá a una legación de sacerdotes y levitas enviada desde Jerusalén, mientras la expectación en torno a la llegada del Mesías, próxima ya, era muy grande.

Al día siguiente del testimonio del Bautista ante los enviados de Jerusalén, vio a Jesús que se dirigía hacia él. Al acercarse, dijo: He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Este nombre tenía resonancias muy profundas entre los judíos y hacía referencia al sacrificio redentor del Mesías. Los oyentes conocían bien el significado del cordero pascual, cuya sangre era derramada en el altar de los holocaustos en conmemoración de la noche en que los judíos fueron liberados de la esclavitud en Egipto. También habían leído muchas veces las palabras de Isaías en las que compara los sufrimientos del Siervo del Señor, el Mesías, con el sacrificio de un cordero.

El cordero pascual, que cada año era el recuerdo de la liberación y del pacto que Dios había estrechado con su pueblo, se sacrificaba en el Templo. Todo ello era promesa y figura de la verdadera Víctima en el sacrificio del Calvario en favor de toda la humanidad. Más tarde, san Pablo dirá a los primeros cristianos de Corinto que nuestro Cordero pascual, Cristo, ha sido inmolado, y les invita a una vida nueva, a una vida santa[1].


[1] 1 Co 5, 7. Cada día, antes de administrar la Sagrada Comunión a los fieles, los sacerdotes pronuncian estas palabras, mientras muestran al mismo Jesús: Este es el Cordero de Dios… Alguna vez tendríamos que emocionarnos ante estas palabras del sacerdote.