Hora Santa en el Jueves Santo

JUEVES SANTO EN LA CENA DEL SEÑOR

Hora Santa

Esta oración se puede hacer entorno a un icono de Cristo, con al- guna vela encendida para crear un ambiente de oración. Si alguna familia considera que es demasiado extensa haga la oración, elíjase una parte.

Ambientación:

Me dispongo a estar contigo, Señor.

Si se considera oportuno, se puede escuchar el canto de “Cerca de ti, Señor”.

Hoy queremos acompañarte, Señor, como familia, en estos momentos que preceden a la entrega de tu vida por nuestra salvación. En estos tiempos de incertidumbre y zozobra queremos acoger y profundizar en los tres grandes regalos con que nos obsequias: la Eucaristía, el sacerdocio y el amor fraterno.

Disponnos a la oración en esta nuestra Iglesia doméstica. En este momento nos sentimos unidos a toda la Iglesia y a esta humanidad doliente, que vive con preocupación este momento singular de nuestra historia. Danos la gracia de disponer nuestra mente y nuestro corazón para estar contigo, dejando de lado otras distracciones.

Escucha de la Palabra de Dios

A continuación, se proclama el siguiente texto pausadamente: Evangelio Lc 22, 39-46

Escuchad ahora, hermanos, las palabras del santo Evangelio según san Lucas.

Todos: Gloria a ti, Señor.

EN aquel tiempo, Jesús salió y se encaminó, como de costumbre, al monte de los Olivos, y lo siguieron los discípulos. Al llegar al sitio, les dijo:
«Orad, para no caer en tentación».
Y se apartó de ellos como a un tiro de piedra y, arrodillado, oraba diciendo:

«Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya».
Y se le apareció un ángel del cielo, que lo confortaba. En medio de su angustia, oraba con más intensidad. Y le entró un sudor que caía hasta el suelo como si fueran gotas espesas de sangre.

Y, levantándose de la oración, fue hacia sus discípulos, los encontró dormidos por la tristeza, y les dijo: «¿Por qué dormís? Levantaos y orad, para no caer en tentación».

Palabra del Señor.

Todos: Gloria a ti, Señor Jesús.

Reavivamos en nuestra mente esta escena evangélica.

Se deja un momento de silencio. Luego, el guía continúa:

Jesús, ante el momento definitivo de su vida, se rodea de los suyos y estos lo dejan solo, se duermen. ¡Cuántas veces nosotros te dejamos solo, Señor! Nuestras ocupaciones, gustos, aficiones nos ocupan muchos momentos de nuestro día. Encontramos tiempo para todo, menos para ti. La causa, Señor, es que en nuestra vida hay otras prioridades. Pero de repente, un pequeño virus, trastoca nuestros proyectos y nos llena de temor.

Hoy queremos acompañarte en oración antes de afrontar tu misión decisiva: entregar la vida por nuestra salvación.

Queremos que tú ilumines nuestra existencia y tantas situaciones y personas que necesitan, en este tiempo de modo especial, sentirse queridas por ti, a través de la acogida y de la cercanía que tus discípulos les brindemos.

Nos disponemos a este encuentro orando con estas súplicas.

Puede leer las súplicas un lector y responden todos. Conviene hacerlo despacio, dejando un breve silencio entre una y otra.

Cuando todos te abandonan, cuando Judas te traiciona, cuando el Sanedrín prepara tu condena.

Todos: Nosotros queremos estar contigo.

Cuando los discípulos duermen.

Todos: Nosotros queremos velar contigo.

Cuando los soldados te prenden.

Todos: Nosotros queremos defenderte.

Cuando Pedro te niega tres veces.

Todos: Nosotros queremos confesarte.

La siguiente oración pueden rezarla todos juntos o uno en voz alta despacio, dando tiempo a interiorizarla a los demás.

Señor Jesús,
en esta hora de silencio y de paz,
al adentrarnos en la noche de tu entrega,
en que las sombras de la inquietud se acercan,
queremos estar contigo

que nos amas hasta el extremo.

Tú has puesto para nosotros lo que tú eres;
nosotros ponemos ante ti lo que somos,
para adorarte en espíritu y en verdad.

En la intimidad profunda de esta noche santa,
en que tus palabras son tu testamento,

tu voluntad última, tu oración,
haz de nosotros amigos fieles,
discípulos verdaderos, enamorados de tu amor.

Es noche de Alianza Nueva,
de banquete del Reino;
noche sacerdotal

en que del todo te consagras; tiempo de orar y velar,
noche de gracia en que nos salvas.

Acepta, Señor, nuestra compañía en esta hora;
siembra en nosotros tu Evangelio

y haznos capaces de vivir contigo
y desde ti todas las cosas,
amando, como tú, hasta el extremo.

Ponemos ante ti el dolor y la soledad
de tantos hijos e hijas tuyos,
golpeados por el coronavirus

en este tiempo y danos la gracia
de sentir que tú estás con nosotros
y entregas tu vida por nosotros tus hijos.

PRIMER MOMENTO
Esto es mi Cuerpo entregado
Oramos por el don de la Eucaristía

Hoy no hemos podido celebrar la Misa de la Cena del Señor, nos hemos unido a ella a través de los medios de comunicación.

En aquel memorial de la Pascua, sintetizaste toda tu vida en un pedazo de pan y un poco de vino, signo de tu vida entregada por amor: «Habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo».

Cada día en la Eucaristía te ofreces como alimento para nuestro peregrinar hacia la casa del Padre y para construir un mundo fraterno, humano y humanizador. Un alimento que nos alienta a caminar en santidad conscientes de que Dios lo pide todo, y lo que ofrece es la verdadera vida, la felicidad para la cual fuimos creados. Él nos quiere santos y no espera que nos conformemos con una existencia mediocre, aguada o licuada (GE 1).

¡Cuántas veces la Eucaristía no es el centro de nuestra vida! ¡Cuántas veces es profanada de palabra y de obra! ¡Cuántos olvidos de tu presencia en el Sagrario donde siempre nos esperas! ¡Cuántas veces convertimos en un rito vacío que no nos lleva a dar la vida en servicio a los hermanos, como haces tú con nosotros!

Hoy, Señor, queremos adorarte y darte gracias por quedarte con nosotros hecho pan de vida y vino de alegría para nuestro caminar, en este momento difícil para nuestro mundo. Queremos reparar, de algún modo, tantas ofensas y pedirte que no dejes de amarnos. Por eso, oramos juntos diciendo: Te damos gracias, Señor.

A continuación, lee un lector y responden todos.

Por el Misterio Pascual de tu muerte y resurrección.

Todos: Te damos gracias, Señor.

Por el pan y el vino de la Eucaristía.

Todos: Te damos gracias, Señor.

Por haberte quedado con nosotros.

Todos: Te damos gracias, Señor.

Por haberte abajado y haber asumido nuestras debi- lidades.

Todos: Te damos gracias, Señor.

El lector: Por tu amor hasta la muerte.

Todos: Te damos gracias, Señor.

Por tu presencia permanente.

Todos: Te damos gracias, Señor.

Por la fuerza de tu resurrección.

Todos: Te damos gracias, Señor.

Por el aliento de tu Espíritu.

Todos: Te damos gracias, Señor.

Señor Jesús, tenemos mucho que agradecerte. Vivimos hoy como comunidad, como Iglesia, gracias a la Eucaristía actualizada por tus sacerdotes y prolongada en la práctica del amor fraterno, tan importante en este momento que nos ha tocado vivir. Enséñanos a valorar tu presencia en nuestros sagrarios, oasis para recuperar la esperanza. Haznos crecer en deseos de conocerte y permanecer junto a ti, para que nuestra norma de conducta sea siempre vivir en tu seguimiento, creciendo en santidad, dando frutos de bondad, de alegría, de perdón, de unidad y de fraternidad. Cuidando, como tú nos enseñaste, los pequeños detalles en la vida cotidiana y que hoy pueden ser la fuerza de esta humanidad golpeada por el coronavirus (cf. GE 143).

Permanecemos aquí, Señor, dejando que tu amor caliente nuestro frío corazón con tu vida hecha Pan de Eucaristía.

Un cristiano, como el sarmiento, solo puede tener vida si permanece unido a la vid. Solo tendremos vida si nos alimentamos de la savia nueva de Cristo, Pan de vida.

Se deja un momento de silencio.

Escucha de la Palabra de Dios

Evangelio Jn 6, 33-34. 36-39

Escuchad ahora, hermanos, las palabras del santo Evangelio según san Juan.

Todos: Gloria a ti, Señor.

EN aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos:

«El pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo».

Entonces le dijeron:
«Señor, danos siempre de este pan».
Jesús les contestó: «Como os he dicho, me habéis visto y no creéis. Todo lo que me da el Padre vendrá a mí, y al que venga a mí no lo echaré afuera, porque he bajado del cielo no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado. Esta es la voluntad del que me ha enviado: que no pierda nada de lo que me dio, sino que lo resucite en el último día».

Palabra del Señor.

Todos: Gloria a ti, Señor Jesús.

Vivimos en un mundo absorbido por la utilidad y el pragmatismo. Solo nos preocupa el pan material, los bienes, el para qué sirve o cuánto gano con esto. Tener más, para gastar más y disfrutar más.

Jesús, en cambio, nos habla de un pan diferente que alimenta una vida nueva, una vida para siempre. Un pan que es su vida entregada por nosotros, para nuestra salvación.

Hoy también te decimos: «Señor, danos de este pan». Mejor, ayúdanos a descubrir que ese pan es la Eucaristía para que así recupere el lugar central que debe tener en nuestra vida. Que la valoremos y no vivamos regateando tiempo, despreocupados de entender lo que hacemos y por qué se hace.

Señor, que la Eucaristía sea el centro y culmen de nuestra vida, pero no lo único. Que ella nos lleve a comprender la necesidad de formarnos en la fe, para dar razón de lo que creemos y celebramos y testi- moniarlo en el servicio a los hermanos. Que ella sea luz para que podamos comprender los tiempos de incertidumbre, de miedo y dolor como este que nos toca vivir. Que en ella encontremos fuerza para abriros a la esperanza. Señor, a ti, hecho pan de Vida, te presentamos en este momento nuestros sentimientos y vivencias y las de nuestros hermanos; el dolor y la esperanza de este mundo que sufre y necesita de tu fuerza, de tu Pan de Vida.

Sigue un momento de silencio en el que cada uno presentamos al Señor, Eucaristía, nuestros sentimientos ante este momento que vivimos.

SEGUNDO MOMENTO
Haced esto en memoria mía
Oramos por el don del sacerdocio

En este segundo momento oramos por los sacerdotes. «Haced esto en memoria mía», dijo el Señor a los suyos, en el transcurso de aquella cena pascual. Desde aquel instante los ministros de la Iglesia cumplen ese mandato en servicio de la comunidad presidiendo la Eucaristía, centro de la vida de la Iglesia y de todo cristiano.

El santo Cura de Ars se admiraba ante la grandeza del sacerdocio y llegó a decir que si no tuviésemos el sacramento del Orden sacerdotal, no tendríamos a nuestro Señor. ¿Quién le ha puesto ahí, en ese tabernáculo? El sacerdote. ¿Quién la alimenta para darle fuerza para hacer su peregrinación de la vida? El sacerdote. ¿Quién la preparará a presentarse ante Dios, lavando esta alma, por última vez, en la sangre de Jesucristo? El sacerdote. ¿Y si esta alma va a morir por el pecado, quién la resucitará?, ¿quién le devolverá la calma y la paz? Otra vez el sacerdote.

No os podéis acordar de una buena obra de Dios, sin encontrar al lado de este recuerdo a un sacerdote.

En estos días de alerta y confinamiento en nuestros hogares, muchos de nuestros sacerdotes, en los templos vacíos, oran por nosotros y nos presentan al Señor. Se desviven y arriesgan su vida en los hospitales al lado de los enfermos, cercanos a quien pierde un ser querido, alentando a tantos voluntarios que buscan aliviar el dolor de los que carecen de lo imprescindible para la vida. Ellos, tantas veces incomprendidos, son sembradores de esperanza con su disponibilidad para atender las necesidades espirituales de los que se lo piden y lo necesitan. El sacerdote es sembrador de esperanza estando al servicio de todos. Él, en estos momentos, al igual que Jesucristo, no puede retirarse, ni esconderse ante la cruz, sino que debe manifestar a la sociedad que la Iglesia también sale con ellos favoreciendo la vida. Especialmente mediante los sacramentos, a través de la Unción de enfermos, de la Penitencia, así como de la Eucaristía, aún celebrada en la soledad. A causa de sus miserias, entregan en silencio su vida, por la salud del mundo (cf. Nota de los Obispos de la Subcomisión Episcopal Familia y defensa de la Vida, Jornada por la Vida de 25 de marzo de 2020).

En este momento, asombrémonos ante el don del sacerdocio y demos gracias a Dios orando por ellos diciendo todos juntos a cada súplica:

R/. Gracias, Señor, por tus sacerdotes.

Te damos gracias, Señor, porque en la tarde del Jueves Santo instituiste el Sacramento del Orden para seguir presente en tu Iglesia como Pastor, Maestro y Pontífice de tu pueblo. R/.

Te damos gracias, Señor, porque en tus sacerdotes sigues presente en medio de nosotros predicando el amor de Dios, sus designios de salvación, y enseñando el camino del cielo y de la felicidad cada vez que predican y nos exhortan. R/.

Te damos gracias, Señor, porque en tus sacerdotes sigues guiando a tu pueblo a través de la historia cada vez que nos reúnen como miembros de tu Iglesia, cada vez que nos libran de los falsos pastores y cada vez que nos alientan en los males que amenazan nuestra vida. R/.

Perdona, Señor, sus faltas y ayúdanos a comprender que llevan el tesoro de su vocación en un corazón de barro, y, que lo que son, es gracias a tu bondad y misericordia, y suscita en nuestras familias y comunidades vocaciones abundantes a buenos y santos sacerdotes. R/.

Ahora escuchemos la oración de Jesús por sus sacerdotes y, siguiendo su invitación a orar también nosotros, oremos al Padre por ellos. De modo especial hoy recordamos a aquellos que entregaron su vida sirviendo a tus hermanos en esta crisis del coronavirus y a cuantos la exponen para llevar los auxilios de la salvación y la esperanza que nace de tu amor por nosotros.

Se deja un breve silencio y luego uno proclama el texto del Evangelio, la oración de Jesús por sus sacerdotes, de modo pausado.

Escucha de la Palabra de Dios

Evangelio Jn 17, 1a. 11b. 14-15. 20-21

Escuchad ahora, hermanos, las palabras del santo Evangelio según san Juan.

Todos: Gloria a ti, Señor.

EN aquel tiempo, Jesús, levantando los ojos al cielo, dijo:
«Padre santo, guárdalos en tu nombre, a los que me has dado, para que sean uno, como nosotros. Yo les he dado tu palabra, y el mundo los ha odiado porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. No ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del maligno.
No solo por ellos ruego, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado».

Palabra del Señor.

Todos: Gloria a ti, Señor Jesús.

Jesús ora por los suyos a quienes ha llamado y les enviará a llevar su Buena Noticia por todo el mundo, siendo puentes de la salvación y de la gracia de Dios para los hombres. En esta noche, al igual que Jesús, oremos por nuestros sacerdotes. Ellos, que tantas veces reciben nuestras críticas despiadadas, necesitan mucho más de nuestra oración para permanecer fieles en su debilidad, para no desalentarse ante las tentaciones del mundo, para promover la comunión y ser sembradores de esperanza cuando el temor nos invade. Señor, que estén encarnados en el mundo, pero que no se conviertan en mundanos.

Se deja un breve silencio para orar. El guía:

El mundo necesita testigos de tu presencia, Señor, porque en la vida de muchos hombres, la fe en ti se ha apagado, el vacío y el miedo atenazan nuestras vidas. Nuestros sacerdotes a menudo se sienten impotentes ante la indiferencia que crece en tantos que se dicen cristianos y viven como paganos, preocupados únicamente por sus intereses y de aumentar su bienestar y su hacienda. En ocasiones ellos son tentados por el desaliento al no ver el fruto deseado y pueden caer en el lamento, el individualismo y la autorreferencialidad. Danos tu gracia para acompañarlos y que ellos se dejen acompañar, para caminar juntos y en la misma dirección con esperanza y alegría.

Suscita entre nosotros hombres generosos, capaces de olvidarse de sí mismos para poner sus vidas al servicio de los demás, sobre todo de aquellos que más lo necesitan, y que se entreguen con alegría al anuncio gozoso de tu Evangelio. Envía, Señor, sacerdotes santos a tu Iglesia. Sacerdotes que entreguen su vida por amor a sus fieles. Sacerdotes que los lleven hacia ti y sean puentes de comunión, no muros que separan, aíslan y dividen.

Después de un breve silencio de interiorización, el guía dice:

Meditamos y oramos un momento:

Damos gracias a Dios por nuestros Pastores, pedimos para que sean testigos de comunión en medio de la comunidad. Los presentamos ante el Señor con sus vidas y pedimos que no caigan en la mundanidad espiritual.

Nos sentimos también nosotros partícipes del sacerdocio de Cristo y llamados a construir, trabajando por el Reino de Dios, la unidad en nuestro mundo y llamados a ser portadores de esperanza desde la cercanía a quien se siente solo y desalentado.

Se deja un tiempo de silencio y oración.

Oración por los sacerdotes

Luego, el guía hace suya esta oración e invita a los miembros de la familia a orar por lo sacerdotes.

Al santo padre el papa Francisco.

Todos: Dale, Señor, tu corazón de Buen Pastor.

A los sucesores de los Apóstoles.

Todos: Dales, Señor, solicitud paternal por sus sacerdotes.

Al obispo de nuestra diócesis, puesto por el Espíritu Santo.

Todos: Compromételo con sus fieles, Señor.

A los párrocos.

Todos: Enséñales a servir y a no desear ser servidos, Señor.

A los confesores y directores espirituales.

Todos: Hazlos, Señor, instrumentos dóciles de tu Espíritu.

A los que anuncian tu palabra.

Todos: Que comuniquen espíritu y vida, Señor.

A los asistentes del apostolado seglar,

Todos: Que lo impulsen con su testimonio, Señor.

A los que trabajan por la juventud.

Todos: Que la comprometan contigo, Señor.

A los que trabajan entre los pobres.

Todos: Haz que te vean y te sirvan en ellos, Señor.

A los que atienden a los enfermos.

Todos: Que les enseñen el valor del sufrimiento, Señor.

A los sacerdotes pobres.

Todos: Socórrelos, Señor.

A los sacerdotes enfermos.

Todos: Sánalos, Señor.

A los sacerdotes ancianos.

Todos: Dales alegre esperanza, Señor.

A los tristes y afligidos.

Todos: Consuélalos, Señor.

A los sacerdotes turbados.

Todos: Dales tu paz, Señor.

A los que están en crisis.

Todos: Muéstrales tu camino, Señor.

A los calumniados y perseguidos.

Todos: Defiende su causa, Señor.

A los sacerdotes tibios.

Todos: Inflámales en el fuego de tu amor, Señor.

A los desalentados.

Todos: Reanímalos, Señor.

A los que entregaron su vida sirviendo a los enfermos de esta pandemia.

Todos: Acógelos en tu descanso, Señor.

A los que aspiran al sacerdocio.

Todos: Dales la perseverancia, Señor.

A todos los sacerdotes.

Todos: Dales fidelidad a ti y a tu Iglesia, Señor.

A todos los sacerdotes.

Todos: Dales obediencia y amor al papa, Señor.

A todos los sacerdotes.

Todos: Que vivan en comunión con su obispo, Señor.

Que todos los sacerdotes.

Todos: Sean uno como tú y el Padre, Señor.

Que todos los sacerdotes.

Todos: Promuevan la justicia con que tú eres justo.

Que todos los sacerdotes.

Todos: Sean vínculo de comunión con sus hermanos en el sacerdocio, Señor.

Que todos los sacerdotes, llenos de ti.

Todos: Vivan con alegría en el celibato, Señor.

A todos los sacerdotes.

Todos: Dales la plenitud de tu Espíritu y transfórmalos en ti, Señor.

 

TERCER MOMENTO
Esto os mando, que os améis
Oramos por la fraternidad

La Eucaristía y el sacerdocio son dos grandes dones del Señor en esta víspera de la pasión y muerte de Jesús. Pero él, que pasó por el mundo haciendo el bien y se hizo pan partido para la vida del mundo, nos quiere servidores y que nos amemos como hermanos. Celebrar la Eucaristía implica vivir la comunión fraterna con los hermanos, de modo especial con los más necesitados, y entregarse a su servicio. El amor fraterno se alimenta de la vida entregada del Señor y le hace presente en el mundo al tiempo que descubre en cada hermano a su Señor. Supliquemos al Señor, en esta tarde, para que redescubramos con más fuerza la fraternidad que nos une.

Escucha de la Palabra de Dios

Evangelio Jn 15, 9-17

Escuchad ahora, hermanos, las palabras del santo Evangelio según san Juan.

Todos: Gloria a ti, Señor.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud.

Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer.

No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca. De modo que lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo dé. Esto os mando: que os améis unos a otros».

Palabra del Señor.

Todos: Gloria a ti, Señor Jesús.

Tu mensaje, Señor, resulta revolucionario en nuestro mundo donde cada uno va a lo suyo. Tú quieres que nos amemos, pero no de cualquier modo, sino como tú y el Padre os amáis. Para ello nos das tu Espíritu, admirable constructor de la unidad. En la Eucaristía nos hermanas alrededor de tu mesa y del pan de tu Cuerpo entregado, y nos dejas pastores que nos alienten en el camino de la comunión fraterna.

El mandamiento que nos das en este día es el del amor. La iniciativa parte de Jesús. Él nos amó primero. Su amor es una invitación, un punto de partida para el nuestro; y algo más, es gracia derramada que nos capacita para amar como él mismo nos amó. Su amor es el del Padre, su amor es el Espíritu Santo derramado en nuestros corazones.

Señor, enséñanos a mirar a cada persona con una mirada fraterna. Como ha dicho el papa Francisco el pasado 8 de marzo, las familias debemos vivir esta crisis sanitaria y humana con la fuerza de la fe, la certeza de la esperanza y el fervor de la caridad. Llamados, en familia, a ser sembradoras de esperanza, construyendo y viviendo la Iglesia doméstica. La Iglesia está en casa, en el hogar, en la familia. Es momento de cuidarnos unos a otros y de practicar la misericordia dentro de la familia y con los más cercanos, empezando por esa maravillosa obra de misericordia que nos llama a “sufrir con paciencia los defectos del prójimo” (cf. Nota de los Obispos de la Subcomisión Episcopal Familia y defensa de la Vida, Jornada por la Vida de 25 de marzo de 2020).

No permitas que nuestro corazón se cierre a tantas injusticias que nos rodean y a tantos hombres como sufren. Haz que sepamos reconocer en cada ser humano tu rostro vivo para que te adoremos y te sirvamos por medio de nuestra entrega y nuestra solidaridad.

Hoy, Señor, queremos orar por aquellos que entregan su vida para ayudarnos a superar esta situación de pandemia:

Al personal sanitario, que está sembrando la esperanza con su entrega y buen hacer, practicando una medicina humanitaria capaz de defender la vida de los más débiles, acogiéndolos, protegiéndolos y acompañándolos en su enfermedad, aún con el riesgo de sus vidas.

Todos: Dales fortaleza, Señor.

A los transportistas y cuantos con su trabajo en el sector de servicios hacen que el pan de cada día llegue a cada hogar.

Todos: Guíalos y aliéntalos, Señor.

A cuantos trabajan en los servicios de limpieza para protegernos del contagio de este terrible virus.

Todos: Hazles llegar nuestra gratitud, Señor.

A los hombres del campo y a las fuerzas de seguridad.

Todos: Dales constancia, Señor.

A los cuidadores de los enfermos y ancianos.

Todos: Llénalos de tu misericordia, Señor.

A los voluntarios que siguen manteniendo la acción caritativa entregando su vida para ayudar a los necesitados.

Todos: Dales amor y compasión, Señor.

A los científicos y a cuantos luchan por la vida.

Todos: Ilumínalos, Señor.

A los que, de modo silencioso, están cerca de quien les necesita.

Todos: Premia su generosidad, Señor.

A los abuelos, a los padres que cuidan de sus hijos, a los niños y a los jóvenes.

Todos: Llénalos de tu generosidad y amor, Señor.

A cuantos, en estos días, perdieron a un ser querido y vivieron este momento en la soledad.

Todos: Dales la esperanza de tu resurrección, Señor.

A cuantos han muerto a causa de esta pandemia.

Todos: Acógelos en tu descanso, Señor.

A todos nosotros, que no debemos olvidar que existe un Dios que cuida de nosotros y nos llama a cuidarnos como hermanos.

Todos: Danos un corazón sensible a las necesidades del otro, Señor.

CONCLUSIÓN
Que sean uno para que el mundo crea

Señor, entregaste tu vida por nuestra salvación y nos dejas el gran don de la Eucaristía, el sacerdocio y el amor fraterno, para prolongar en el mundo tu estilo de vida.

Al concluir este momento de oración, dirigimos nuestra mirada a tu Madre, que con el alma traspasada de dolor viviría estos momentos de tu Pasión, para que ella interceda ante ti por todos nosotros, de modo especial por los más vulnerables y golpeados por esta pandemia, diciendo:

Y todos juntos dicen:

Bajo tu amparo nos acogemos, santa Madre de Dios;
no desoigas las súplicas
que te dirigimos
en nuestras necesidades,
antes bien
líbranos de todo peligro,
¡oh, Virgen gloriosa y bendita! Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Todos: Amén