Dios ha creado al hombre para la vida inacabable

1.- Andamos a hachazos con los tabúes. Somos hombres libres, no podemos permitir tabúes que nos hagan seres reprimidos y hemos arremetido con el tabú del sexo, destrozando la dignidad humana y la familia. Y el tabú del porro y la droga. Queremos echar a tras y no podemos. Y el tabú de padres y maestros, y cada vez es más fuerte la autoridad policial.

Pero hay un tabú del que nadie se atreve hablar: la muerte. Porque sólo hablar de él nos transforma en seres reprimidos. Se habla de apresurar la muerte, mediante la eutanasia, de aquellos que son “inútiles”. Se les pone cuanto antes bajo la pesada losa del tabú de la muerte, sin librarles de él.

2.- Sólo ha habido un hombre en la Historia que se ha atrevido a hablar contra el tabú de la muerte. Es aquel que se ha llamado a sí mismo: Verdad y Vida, Resurrección y Vida. El que ha prometido Vida Eterna al que cree en Él.

Él es el único que nos puede prometer que esta vida nos conducirá, a través de la muerte, a otra Vida Inacabable. Él mismo pasó por esa experiencia.

A lo largo del Viernes Santo todo se va oscureciendo. Va perdiendo luz y vida:

—Desaparece el flash de los milagros.

—Desaparecen los gritos alegres de los que proclamaban Hijo de David.

—Con los tormentos, la humanidad de Jesús va perdiendo colorido.

—Los soldados oscurecen sus ojos vendándolos con un trapo.

—En el Calvario el sol se oscurece.

—Y llegan las tinieblas definitivas a la oscuridad de un sepulcro abierto en piedra. Cerrado como una losa y sellado.

Jesús no escamotea. La muerte la pasa y la vence. No nos enseña a morir dignamente, sino a convertir esa misma muerte en un paso entre dos vidas. Un puente que une la orilla de la vida mortal con la vida eterna. Al transformar esa muerte en el mero traqueteo del tren cuando entra en agujas de la estación eterna y definitiva de esa tierra nueva que no acaba. Una muerte que simboliza la transformación del grano de trigo en una maravillosa cosecha. Transformación de un gusano de seda en una maravillosa mariposa llena de vida.

3.- Por eso, ¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?

—No es en el sepulcro.

—No es en la oscuridad.

—No es en la tristeza.

—en caras largas.

—No es todo lo que paraliza al hombre donde el Señor Dios está.

Dios no es Dios de muertos, sino de vivos.

4.- A Dios se le encuentra. No en la inmovilidad del cadáver, sino en la agitación de aquellas mujeres que corren a dar la buena noticia a los Apóstoles.

A Dios lo encuentra María no dentro del sepulcro sino en medio de una explosión de flores y plantas en el jardín.

A Dios se lo tropiezan los caminantes de Emaús al aire libre cuando van deprisa siguiendo su camino.

A Dios lo palpan los Apóstoles en una reunión de hermanos en el cenáculo y no en la soledad de la tumba.

Es en medio de la vida donde está Dios. Como siempre estuvo Jesús en el bullicio del templo o en banquetes de amigo, que por eso le llamaron comilón y borracho.

Dios quiere la felicidad del hombre y lo ha creado, no para la muerte, sino para la vida.

5.- Este es el mensaje de la Resurrección: en la muerte hay vida:

—Como en la muerte de la semilla está la fecundidad de una planta.

—Como la explosión de una estrella en el espacio produce luz para millones de años.

Tanto en la muerte de Jesús, como en la nuestra, hay una explosión de vitalidad que tiende al infinito.

6.- Si creemos esto, entonces ¿a qué vienen esas caras? ¿Por qué nos aburre ser cristianos? ¿Por qué quisiéramos no haber tenido Fe? ¿Por qué llevamos a rastras nuestra vida cristiana?

Vida es movimiento que nace dentro. El canto rodado de los ríos se mueve porque le empujan. Eso no es vida. Vida es la del salmón que nada contracorriente para dejar, allá en lo alto, un nuevo principio de vida.

¿Nos movemos o nos arrastran? ¿Vivimos como peces en pecera respirando con dificultad para amanecer una mañana, panza arriba, sin vida?

José Maria Maruri SJ.