Comentario al evangelio – Lunes dentro de la Octava de Pascua

Gracias por la carta de amor que me has escrito hoy. Lo has hecho a través de las palabras de tu portavoz Mateo. La quiero volver a leer con detención. En la de ayer me has urgido a saltar de gozo, cantar aleluya, aleluya, aleluya. Tu gran obra es la resurrección de tu Hijo amado.  Nos deja sorprendidos. Nos supera por todas partes. No la abarcamos. Nos dices que es tu respuesta a la entrega de amor hasta la muerte; nos dices que es tu gran protesta contra la muerte. Nos revelas tu nuevo nombre: Resucitador. Nos habías puesto difícil creer en Ti, al ser testigos de la muerte ignominiosa de tu Hijo del alma. Pero al glorificarlo has llenado de luz la oscuridad. Has llenado de vida nuestras sombras de muerte. Eres el Dios resucitador.

Hoy en tu carta me invitas al asombro. Tu Hijo amado Jesucristo, resucitado por ti a la vida gloriosa, no ha querido dejarnos el enorme vacío de su ausencia. El mismo sale al encuentro. Toma la iniciativa de presentarse a las mujeres que estaban asustadas por el descubrimiento que habían hecho y se habían marchado corriendo. Las saludó. Le dirigió la palabra. Y como dijiste a ellas entonces, también nos dices a nosotros hoy: Alegraos. Donde tu Hijo resucitado aparece, allí surge la alegría; la lleva él, la es él mismo. Allí nos entran enormes ganas de abrazarlo y colmarlo de besos.

Dios Padre resucitador, te debes sentir muy orgulloso de tu Hijo del alma. Nosotros también lo sentimos nuestro. Él quiere seguir con nosotros. Siempre dispuesto a curarnos de nuestros miedos y nuestras tristezas. No temáis. Es parte de su saludo de entonces que se alarga hasta hoy. Como a sus primeros discípulos les envió a Galilea, es decir, a retomar el camino y la aventura de la fe, así también nos envía hoy a nuestra galilea personal, a nuestro amor primero, a recorrer el camino de la vida, pero de una manera distinta, con ojos nuevos.

 Gracias Padre resucitador, por tu gran carta de amor.

Bonifacio Fernández, cmf